
OCTAVA CONFERENCIA
EL ESTATUTO DE LA I INTERNACIONAL – LA CONFERENCIA DE LONDRES – EL CONGRESO DE GINEBRA – NOTA. INFORME DE MARX – LOS CONGRESOS INTERNACIONALES DE LAUSANA Y BRUSELAS – BAKUNIN Y MARX – EL CONGRESO DE BASILEA – LA GUERRA FRANCO – PRUSIANA – LA COMUNA – LA LUCHA ENTRE MARX Y BAKUNIN – EL CONGRESO DE LA HAYA.
La última vez traté con bastante extensión de la historia de la fundación de la Internacional y del Manifiesto inaugural; hablaré ahora del estatuto que fue igualmente escrito por Marx y se compone de dos partes: principios y organización.
Hemos visto con qué arte introdujo Marx en el Manifiesto inaugural los principios fundamentales del comunismo, pero era mucho más importante y difícil introducirlos en el estatuto de la Internacional. El Manifiesto inaugural sólo perseguía un propósito: explicar el motivo que había inducido a los obreros reunidos en la asamblea del 28 de septiembre de 1864 a fundar la Internacional. No era aún un programa, era sólo una introducción, una proclama solemne que anuncia al mundo entero, como lo indica su título, que se ha fundado una nueva internacional, la Asociación de los trabajadores.
Marx logró desempeñarse con igual éxito en este segundo trabajo; formular las tareas generales del movimiento obrero en los diferentes países. He aquí el texto:
Considerando: Que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos; que los esfuerzos de los trabajadores para conquistar su emancipación no han de tender a constituir nuevos privilegios, sino a establecer para todos los mismos derechos y los mismos deberes; que la supeditación del trabajador al capital es la fuente de toda servidumbre política, moral y material; que por lo mismo, la emancipación económica de los trabajadores es el supremo objetivo a que debe subordinarse todo movimiento político, como medio (1); que todos los esfuerzos hechos hasta ahora han fracasado
(1) Estas palabras, “come medio”, no figuran en las ediciones españolas que conocemos del estatuto. Más adelante se hallarán interesantes referencias a este respecto – (N, de los T)
por falta de solidaridad entre los obreros de las diferentes profesiones en cada país y de la unión fraternal entre los obreros de las diversas naciones; que la emancipación de los trabajadores no es un problema simplemente local o nacional, sino que, al contrario, este problema interesa a todas las naciones civilizadas, estando necesariamente subordinada su solución al concurso teórico de las mismas; que el movimiento que se está efectuando entre los obreros de los países más industriales del mundo entero, al engendrar nuevas esperanzas da un solemne aviso para no incurrir en antiguos errores y aconseja combinar todos los esfuerzos hasta ahora aislados;…
Leyendo atentamente estos puntos se advierte su exacta semejanza con algunas de las tesis del programa de nuestro partido, que son la repetición textual de las formuladas por Marx. La lectura de los primeros programas de los partidos inglés, francés y alemán lleva a la misma comprobación. En ellos se encuentran, particularmente en el programa francés y en el de Erfurt, algunos puntos que son la repetición textual de las tesis inaugurales del estatuto de la I internacional.
Claro que los miembros del comité provisorio de la Internacional no interpretaban todos de la misma manera muchas de estas tesis. Los ingleses, los alemanes y los franceses reconocían que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los trabajadores mismos, pero cada uno lo entendía a su manera. Los trade-unionistas y los viejos partidos ingleses veían en esta tesis una protesta contra la tutela permanente de las clases medias, la afirmación de la necesidad de una organización obrera independiente. Los franceses, fuertemente indispuestos entonces contra los intelectuales, consideraban que esta tesis los ponía en guardia contra los traidores de esa clase, y que los obreros podían pasarse sin su ayuda. Sólo, probablemente, los alemanes miembros de la antigua Liga de los comunistas, comprendían las consecuencias que comportaba esta tesis. Si la clase obrera sola está en condiciones de liberarse, toda coalición con la burguesía, todo acuerdo con la clase capitalista es una contradicción manifiesta. Adviértase que no se trata de la emancipación de este o del otro grupo de obreros, sino de la clase obrera; que, en consecuencia, se requiere la organización de clase del proletariado.
De la tesis que manifiesta que el monopolio de los medios de producción por el capitalismo es la causa esencial de la servidumbre económica se infiere que es necesario suprimir este monopolio. Esta deducción está ratificada en la exposición que sostiene la necesidad de suprimir todo dominio de clase, cosa imposible sin suprimir la división de la sociedad en clases.
El estatuto no dice directamente, como el Manifiesto inaugural, que para conseguir todos los objetivos que se propone el proletariado debe conquistar el poder político; emplea otra fórmula. Dice solamente que la emancipación económica de la clase obrera “es el supremo objetivo al que debe subordinarse todo movimiento político, como medio”.
Como esta tesis provocó posteriormente las más violentas divergencias en la I Internacional, conviene que analicemos.
¿Cuál es su significado? El propósito supremo del movimiento obrero es la emancipación económica de la clase obrera y esto sólo puede conseguirse por la expropiación de los medios de producción y la supresión de todo dominio de clase. ¿Pero de qué modo se lograra? ¿Hay que evitar la lucha política como lo proponían los socialistas y los anarquistas puros?
No, responde la tesis elaborada por Marx. La lucha política de la clase obrera es tan necesaria como la lucha económica. Es indispensable una organización política; el movimiento político de la clase obrera ha de desarrollarse fatalmente, pero esta lucha no es un fin en sí, como en la democracia burguesa, en los intelectuales radicales que colocan en primer plano la modificación de las formas políticas, la instauración de la república, pero no quieren oír hablar de la tarea fundamental. Por esto señala Marx que para la clase obrera el movimiento político es sólo un medio para conseguir su propósito, un movimiento subordinado. Verdad que está formula no era tan clara como la del Manifiesto Comunista o la del Manifiesto inaugural, donde se dice que la conquista del poder político ha llegado a ser la obligación principal de la clase obrera.
Para los miembros ingleses de la Internacional la fórmula de Marx era ciertamente clara. El estatuto estaba escrito en inglés y Marx había empleado la terminología familiar a los viejos cartistas y owenistas, que se hallaban en el comité. Contra estos, que se limitaban a aceptar el “supremo objetivo” y rechazaban lo atingente a la acción política, luchaban los cartistas. Cuando los cartistas compusieron su programa con sus seis célebres puntos, los owenistas les reprocharon haber olvidado completamente el socialismo. Por su parte, los cartistas destacaban entonces que, por lo menos para ellos, la lucha política no era el objetivo principal. Empleaban exactamente la misma fórmula que Marx empleó veinte años mas tarde. Para nosotros, replicaban los cartistas a los owenistas, es sólo un medio y no un fin en sí. De modo, pues, que la fórmula de Marx no suscitó duda alguna en el comité mismo. Sólo algunos años más tarde, cuando comenzaron las discusiones enconadas entre los bakuninistas y sus adversarios sobre la cuestión de la lucha política, este punto llega a ser la verdadera manzana de discordia. Los bakuninistas sostenían que primitivamente las palabras “como medio” no figuraban en el estatuto; que Marx las había introducido más tarde, a fin de lograr hacer pasar de contrabando en el estatuto su teoría. Y, en efecto, si se suprimen las palabras “como medio”, el punto adquiere un sentido distinto. Según esto, en el texto francés estas palabras fueron omitidas.
Se produjo un ligero malentendido, que hubiera sido fácil esclarecer, pero que en el ardor de la luchas condujo a los adversarios de Marx a acusarlo de falsificación del estatuto de la Internacional. Cuando se tradujo el estatuto al francés para divulgarlo en Francia, se suprimieron en la edición legal palabra “como medio”. El texto francés decía: “La emancipación económica de los trabajadores es el supremo objetivo a que debe subordinarse todo movimiento político”.
Se juzgó necesaria la supresión a fin de no llamar la atención de la policía, que vigilaba cuidadosamente todo movimiento político entre los obreros. Esta última, en efecto, consideraba al comienzo a los internacionalistas franceses, para emplear nuestra vieja terminología, no como “políticos”, sino como “economistas”. De igual modo lo entendían los blanquistas, que como “políticos”, cubrían de injurias a los internacionalistas que para ellos eran sólo miserables “economistas”.
Agravó aún la cuestión el hecho de que la traducción francesa del estatuto así desnaturalizado fuese impresa en la Suiza francesa y de allí distribuido en todos los países donde el francés estaba más en uso, es decir, Italia, España y Bélgica. Como veremos más tarde, en el primer congreso internacional que ratificó el estatuto provisorio de la Internacional, cada nación aceptó los puntos del estatuto según el texto que tenía ante sus ojos. La I Internacional era demasiado pobre para imprimir su texto en tres idiomas. Del texto inglés mismo, aunque formase con el Manifiesto inaugural apenas un pliego impreso, sólo se hicieron mil ejemplares, bien pronto agotados. Guillaume, uno de los más encarnizados adversarios de Marx, uno de los que lo acusaron furiosamente de falsificación, asegura, en su historia de la Internacional, que sólo vio por primera vez el texto inglés con las palabras “como medio” en 1905. Cierto que de haberlo deseado habría podido convencerse antes de que Marx no era un falsificador aunque esto seguramente no hubiera modificado en nada su actitud, pues sabemos perfectamente que uno puede hacerse trizas sobre cuestiones de táctica aún aceptando un solo y mismo programa.
Hay aún en el estatuto un punto contra el cual los anarquistas no protestaban, pero que desde el punto de vista marxista suscitaba dudas. Ya vimos que para obtener la unanimidad de los elementos heterogéneos que formaban el comité, Marx se vio obligado a hacer algunas concesiones. Pero estas concesiones no fueron hechas en el Manifiesto Inaugural, sino en el estatuto. Voy a explicar en qué consisten.
Luego de exponer los principios que los miembros del comité elegidos por la asamblea del 28 septiembre de 1864 tomaban como base para fundar la Asociación internacional de los trabajadores, Marx continúa:
El congreso…declara que esta asociación internacional, como también todas las sociedades e individuos que a ella se adhieran, reconocerán como base de su conducta para con todos los hombres la “Verdad”, la “Justicia” y la “Moral”, sin distinción de color, creencia ni nacionalidad.
El congreso considera como un deber reclamar los derechos del hombre y del ciudadano no sólo para los miembros de la Asociación, sino también para todos los que cumplen sus deberes. No más deberes sin derechos, no mas derechos sin deberes.
¿En qué consisten las concesiones hechas por Marx? A este respecto él mismo escribía a Engels: “todas mis proposiciones han sido aceptadas por la subcomisión. Solo se me ha obligado a insertar en la introducción del estatuto dos o tres fases, como “derecho”, “verdad, moral y justicia”, pero todo esta dispuesto de modo que no perjudique nada el sentido general.”
En efecto, no hay allí nada particularmente perjudicial. Se puede hablar de verdad de justicia, de moral, a condición de no olvidar que ni la verdad, ni la justicia, ni la moral son algo eterno e inmutable, una cosa absoluta, independiente de las condiciones sociales. Marx no niega la verdad, la justicia y la moral; demuestra solo que el desenvolvimiento de estos conceptos está condicionado por el desarrollo histórico y que cada clase les atribuye un sentido diferente.
Lo peligroso hubiera sido que Marx se viera obligado a repetir la declaración de los socialistas ingleses y franceses, a probar que es necesario realizar el socialismo porque la verdad, la justicia y la moral lo exigen, y no porque, como lo expone en el Manifiesto inaugural, es inevitable y surge lógicamente de las condiciones mismas creadas por el capitalismo, de la situación que ocupa la clase obrera. Tal como fueron dispuestas por Marx, esas palabras no son más que la comprobación del hecho de que los miembros de la Asociación internacional de los trabajadores contraen la obligación de atenerse en sus relaciones mutuas a la verdad, la justicia y la moral, es decir, a no traicionarse, a no traicionar a su clase, a no engañar mutuamente, a trabajar como camaradas. Estas ideas, que eran para utopistas los principios, los fundamentos del socialismo, son en Marx las reglas esenciales de conducta de la organización proletaria.
Pero en el punto que examinamos se dice que estos principios deben estar en la base de la conducta de los miembros de la Internacional entre ellos y con todos los hombres. Y esto no es racional. Hay que recordar que en esa época la guerra civil torturaba a estados Unidos; que, antes, la insurrección polaca había sido definitivamente aplastada; que en ese mismo momento las tropas zaristas terminaban de someter la Cáucaso; que, en varios Estados, las persecuciones religiosas eran furiosas; que hasta en Inglaterra los judíos solo habían obtenido sus derechos políticos hacia 1858 y que en los restantes Estados europeos aun no gozaban enteramente de los derechos civiles. La burguesía misma no había realizado los “eternos” principios de moral y de justicia para los miembros de su propia clase y en su propio país, y los violaba sin ceremonias si se trataba de otro país o de nacionalidad.
El segundo punto sobre los derechos y los deberes suscito muchas más objeciones. Impone, no se sabe por qué, a cada miembro de la Internacional la obligación de tener los derechos del hombre y del ciudadano; no sólo para él mismo, sino para los otros. Pero este adjunto no hace más claro el sentido. A pesar de toda su diplomacia, Marx fue obligado, en esta circunstancia, a hacer una gran concesión a los representantes de los revolucionarios franceses desterrados, miembros del comité.
Dejadme recordar ahora algunos hechos de la historia de la revolución francesa. Uno de los primeros actos de esta revolución fue la proclamación de los derechos del hombre y del ciudadano. En su lucha contra la nobleza y el absolutismo, que se arrogaban todos los privilegios y dejaban para los otros todas las obligaciones, la burguesía revolucionaria reclamo la igualdad, la fraternidad y la libertad, lo mismo que en reconocimiento para todo hombre y ciudadano de algunos derechos intangibles entre ellos el derecho a la propiedad, frecuentemente violado por la aristocracia y el poder real en detrimento del tercer estado.
A esta declaración de los derechos del hombre y el ciudadano los jacobinos sólo le hicieron algunas enmiendas, que dejan intacto el punto concerniente a la propiedad individual, pero hacen esta declaración más radical, desde el punto de vista político, al admitir el derecho del pueblo a la insurrección y proclamar la fraternidad de todos los pueblos. En esta forma se le conoce con el nombre de “Declaración de los derechos de 1793” o de Robspierre, y llega a ser el programa de los revolucionarios franceses a partir del año 1830.
Los adeptos a Mazzini, como lo hemos visto, insistían para que fuera adoptado su programa. En su célebre libro “Los deberes del hombre”, que traducido al inglés era muy popular entre los obreros de este idioma, Mazzini, conforme con su divisa “Dios y el pueblo”, contrariamente a laos materialistas franceses en la razón y la naturaleza, ponía en la base de su ética idealista la concepción del deber y de las obligaciones del hombre establecidas por Dios. Comprenderán ahora de donde provenía la formula de Marx: “No más derechos sin deberes, no más deberes sin derechos”. Obligando a introducir en su documento la reivindicación de la declaración de los derechos del hombre, aprovechó las divergencias entre los franceses y los italianos para destacar en su fórmula la diferencia de esta reivindicación con la vieja reivindicación de la burguesía. El proletariado reclama igualmente los derechos para él mismo, pero, desde el comienzo, declara que no reconoce derechos al individuo sin deberes ante la sociedad.
Cuando, algunos años más tarde, el estatuto fue revisado, Marx propuso que se suprimieran únicamente las palabras que hablan de la Declaración de los derechos del hombre. En cuanto a la tesis “No más derechos sin deberes, no más deberes sin derechos”, subsistió y fue inserta mas tarde en el programa de Erfurt modificada así: “Iguales derechos e iguales deberes”.
Examinemos ahora el estatuto mismo:
Se ha fundado una asociación para obtener el punto central de comunicación y cooperación entre los obreros de diferentes países movidos por el mismo propósito, a saber: la ayuda mutua, el progreso y la liberación completa de la clase obrera.
El nombre de esta asociación es Asociación internacional de los trabajadores.
El 1865 se convocará en Bélgica un congreso internacional obrero compuesto de representantes de todas las sociedades obreras adheridas a la Internacional. El congreso deberá proclamar ante Europa las reivindicaciones generales de la clase obrera, aceptar en su forma definitiva el estatus de la Asociación, estudiar los medios necesarios para eficacia de su acción y designar el consejo central.
El congreso se reunirá cada año.
El concejo central residirá en Londres y se compondrá de obreros diferentes países representantes de la Asociación internacional; él elige de su seno a todos los funcionarios necesarios para la gestión de los asuntos: un presidente, un tesorero, un secretario general, secretarios particulares para las relaciones con los diferentes países.
Cada año el consejo central presentará un informe al congreso sobre su acción durante el mismo periodo. Elegido por el congreso, tiene el derecho de cooptación, en los casos extraordinarios podrá convocar el congreso antes que haya fenecido el término de un año.
El consejo central establecerá relaciones con las diferentes asociaciones obreras, de modo que los obreros de cada país estén constantemente al oriente del movimiento de su clase en los otros países; hará simultáneamente y dentro del mismo espíritu una encuesta sobre la situación social; los problemas propuestos por una sociedad cuya discusión sea de interés general serán examinados por todos, y cuando una manifestación practica o una dificultad internacional reclamen su acción, este podrá actuar de un modo uniforme. Cuando se juzgue necesario, el concejo central podrá formular proposiciones y someterlas a las asociaciones locales o nacionales.
Puesto que el éxito del movimiento obrero de cada país solo puede asegurarse por la fuerza resultante de la acción y de la asociación; que, por otra parte, la utilidad del consejo central depende de su vinculación con las sociedades obreras ya locales, ya nacionales, los miembros de la Asociación internacional deberán esforzarse, cada uno en su país, por reunir en una asociación nacional las diversas sociedades obreras existentes.
Los principios fundamentales de este estatuto fueron enseguida ratificados por el congreso. Una de las principales modificaciones que se hicieron fue la supresión, por iniciativa de Marx, del puesto de presidente del consejo central, que mas tarde se llamo “consejo general”.
La experiencia de la Unión obrera general alemana fundada por Lassalle demostró cuales inconvenientes tenia esta institución completamente inútil. El consejo general elegía presidente de la sesión y para la ordenación de los asuntos corrientes los secretarios de diferentes países se reunían con secretario general.
El estatuto de la Internacional fue más tarde utilizado desmedidamente en el movimiento obrero internacional. No detallaré las modificaciones que fueron introducidas durante ocho años, pero que dejaron intacto en sus rasgos fundamentales; sólo los poderes del consejo general fueron ampliados al final de la I Internacional.
La tarea esencial del consejo provisorio era convocar el congreso internacional. Sobre este punto se suscitaron discusiones ardientes. Marx insistía en que se hicieran desde el primer instante todos los trabajos preparatorios al fin de conceder tiempo a los diferentes países para conocer los propósitos de la Internacional y poder organizarse medianamente.
Por el contrario, los ingleses, que ponían en primer plano los intereses de su movimiento profesional, insistían en que el congreso fuera convocado lo mas rápidamente posible, y en esto tenían como aliados a los desterrados franceses del consejo central.
La cuestión termino con un compromiso. En 1865 se convoco, no un congreso, sino una conferencia, que se efectuó en Londres; en ella se escucharon toda suerte de informes y se elaboró la orden del día del futuro congreso. Estaban representadas Suiza, Inglaterra, Bélgica y Francia; la situación no era halagüeña. Se decidió convocar el congreso para mayo de 1866.
Era en Alemania donde, a pesar de existir la Unión obrera general, los asuntos iban peor. Habiendo sido muerto Lassalle el 30 de agosto de 1864 en un duelo, fue reemplazado, conformo con los estatutos de la Unión, por Bernardo Becker, hombre incapaz y poco influyente. Mucho mayor era la influencia de Schweitzer, redactor del órgano central de la Unión, el Social Demócrata. Pero muy pronto entre este último y Guillermo Liebknecht, que formaba parte de la redacción, surgieron fuertes divergencias sobre problemas de política interior. Marx y Engels, que habían accedido a colaborar en el periódico, renunciaron al poco tiempo públicamente. El difunto Mehring se ha esforzado en defender a Schweitzer y demostrar que en tal circunstancia Marx y Engels no tenían completa razón. Pero se engaña torpemente; todos los hechos se vuelven contra él.
Ya hemos visto que la táctica de Lassalle adolecía de defectos considerables; Lassalle se permitía procedimientos inadmisibles con la pandilla gubernamental. Schweitzer iba aún más lejos. Inserto en su periódico una serie de artículos de los cuales Mehring mismo dice que, por sus bobadas contra Bismarck, le produjeron una impresión extremadamente desfavorable. Pero Mehring trata de justificar a Schweitzer mostrando que las condiciones de la lucha legal exigían esta pretendida táctica. Liebknecht, viejo revolucionario, no podía, dice el mismo, adaptarse a esas condiciones y excitaba contra Schweitzer a sus antiguos amigos y maestros. De este modo Schweitzer fue obligado a separarse de Liebknecht, a cuyo lado se colocaron no solo Marx y Engels, sino muchos de sus viejos adversarios, como Hesse, que tampoco aceptaban la táctica de Schweitzer. A semejanza de lo que ocurrió en Rusia en las discusiones entre bolcheviques y liquidadores, en las que estos últimos fueron bautizados por Lennin con el nombre de partido obrero “stolypiniano”, el de Schweitzer fue llamado por los viejos militantes clandestinos del partido “bismarckiano”.
En cualquier caso, en el momento que se reunía la conferencia de Londres los alemanes amigos de Marx no poseían ningún órgano de publicidad y solo se ocupaban de crear su propia organización. En cuanto a los lassallianos, no querían, en esa época, oír hablar de la Internacional. El resultado de esta escisión fue que, durante los primeros años, los alemanes solo participaron en la Internacional por intermedio de los viejos desterrados residentes en Inglaterra y en Suiza.
Los informes presentados a la conferencia de Londres muestran que la situación económica de la Internacional ere muy mala. Durante todo el año solo se habían reunido una suma aproximada a 750 francos. Todas las operaciones de tesorería, todas las entradas de ese año, representan unas 33 libras esterlinas. Con una suma tal es muy difícil hacer grandes cosas; apenas se disponía para pagar el alquiler y subvenir a las necesidades urgentes.
Las discusiones sobre la orden del día renovaron las divergencias anteriormente suscitadas entre los franceses radicados en Londres y sus compatriotas que representaban la organización parisiense. Estos últimos no querían entonces que se plantease la cuestión de la independencia de Polonia como un asunto puramente político. Los desterrados franceses, apoyados por algunos ingleses, luchaban para que se insertara en la orden del día un punto sobre la religión y reclamaban una lucha implacable contra la superstición religiosa. Marx se pronunció contra su proposición. Sostenía con justeza que, considerado el nivel poco elevado del movimiento obrero y la escasa relación entre los trabajadores de distintos países, el hecho de poner el punto en la orden del día del primer congreso sólo suscitaría conflictos inútiles. Sin embargo, quedó en minoría.
Transcurrió aún un año antes de que fuera convocado el primer congreso, cuya realización se fijó para septiembre de 1866. Durante este tiempo se produjeron algunos acontecimientos sobre los cuales hay que decir algo. Para Inglaterra fue un año de lucha política intensa. Las trade-unions, dirigidas por los obreros que formaban el consejo central, desarrollaron una lucha encarnizada para conquistar nuevos derechos electorales. Esta lucha, lo repito se efectuó bajo la dirección de la Internacional. Marx realizaba grandes esfuerzos a fin de que los obreros ingleses no repitiesen sus viejos errores y desarrollasen la lucha independientemente sin coaligarse con los radicales. Pero a principios de 1866 reapareció la táctica con tanta frecuencia nociva en la época del cartismo y que todavía le hizo tanto daño. Con el propósito de conquistar el sufragio universal, los jefes de los obreros, en parte por razones financieras, realizaron un acuerdo con el partido más radical de la burguesía democrática, que también reivindicaba el sufragio universal, y se organizó un comité común para dirigir la lucha. Había elementos respetables, como el profesor Beesly, y demócratas sinceros, pero también representantes de las profesiones liberales, abogados y jueces, representantes de la pequeña y de la burguesía media y en particular de la burguesía comercial, que desde el comienzo fue partidaria de un compromiso. La lucha se realizó a la manera inglesa: organizáronse mítines y manifestaciones. En junio de 1866 Londres contempló unja demostración grandiosa, como nunca se había visto, aún en la época del cartismo. Bajo la presión de la multitud agrupada en Hyde Park, donde se reunía la manifestación y se habían realizado varios mítines, cedieron los enrejados. El gobierno comprendió entonces que era llegado el tiempo de hacer concesiones.
Después de la revolución de julio hubo igualmente en Inglaterra un fuerte movimiento a favor de la reforma electoral, que terminó con un compromiso. Los obreros fueron indignamente engañados y sólo la burguesía industrial obtuvo el derecho a voto. Aún entonces, viendo que la efervescencia era grande entre los obreros urbanos y que estaba obligado a ceder, el gobierno propuso una nueva ampliación de los derechos electorales, que serían concedidos a todos los obreros de las ciudades.
Es evidente que el derecho de voto sólo era reclamado para la población masculina; ni siquiera se soñaba que pudiera conferirse a las mujeres. Se propuso a los obreros el compromiso siguiente, que fue inmediatamente aceptado por los miembros burgueses del comité de reforma electoral: el derecho de voto se acuerda a todos los obreros que posean domicilio (aunque sea de una pieza) por el que paguen un mínimum determinado de alquiler. De este modo el derecho de voto se confirió a casi todos los obreros urbanos, excepto los que se alojaban en común en una sola pieza (que ya eran entonces numerosos), y los obreros rurales, por el contrario, no fueron comprendidos. El autor de esta hábil maniobra fue el jefe conservador inglés, Disraeli, la que consintieron los reformistas burgueses, instando a los obreros a aceptar esta concesión e indicándoles que después de la nueva elección parlamentaria podrían reclamar una nueva extensión de los derechos electorales. Pero los obreros rurales debieron esperar aún veinte años, hasta 1885, y sólo bajo la influencia de la revolución rusa de 1905 los que no pagan alquiler o poseen una pieza obtienen al fin el derecho de voto.
En 1865 – 1866 se produjeron en Alemania acontecimientos no menos importantes: una encarnizada lucha por la hegemonía se desarrolló entre Prusia y Austria, Bismarck se propuso dejar definitivamente a Austria fuera de la confederación germánica, hacer de Prusia la columna vertebral de Alemania y hasta reducir las provincias alemanas que poseía Austria. A esta cuestión me referí al exponer las divergencias entre Marx y Engels de una parte, y Lasalle, de otra.
El litigio entre Austria y Prusia terminó en una guerra. En dos o tres semanas Prusia, que no desdeñaba aliarse con Italia contra un Estado alemán, venció fácilmente a Austria y se anexó varios pequeños Estados que se habían puesto al lado de esta última: el reinado de Hanover, la ciudad libre de Francfort, el gran ducado de Hesse, etc. Austria fue excluida definitivamente de la confederación germánica, se organizó la unión de la Alemania del norte teniendo a Prusia a su cabeza y para conquistar las simpatías de obreros y la clase baja, Bismarck introdujo el sufragio universal.
En Francia, Napoleón fue obligado a hacer algunas concesiones, como la abrogación de ciertos artículos del código penal establecidos contra las coaliciones obreras. Las persecuciones ejercidas contra las organizaciones económicas, particularmente contra las cooperativas y las sociedades de socorros mutuos, disminuyeron y ganó terreno entre los obreros la corriente que se esforzaba en utilizar las posibilidades legales. Además, las organizaciones blanquistas se desarrollaban y sostenían una violenta polémica con los internacionalistas, a quienes reprochaban renunciar a toda lucha revolucionaria y coquetear con el gobierno bonapartista.
En toda Suiza francesa, alemana e italiana los obreros se ocupaban de sus asuntos locales y sólo los desterrados y los extranjeros se interesaban por la Internacional. La sección alemana que, dirigida por Becker, editaba la revista El Precursor, hizo entonces el papel de órgano central para las relaciones con el extranjero y para aquellos obreros alemanes que se desvincularon del lassallismo y se adhirieron a la Internacional.
El congreso se reunió en Ginebra en septiembre de 1866, cuando Prusia había vencido a Austria y los obreros ingleses, al parecer, obtenían una gran victoria política sobre la burguesía. El congreso se inició con un escándalo. Habían llegado de Francia, además de proudhonianos, blanquistas que pretendían participar en sus trabajos; casi todos eran estudiantes muy revolucionarios y el futuro comisario de justicia de la Comuna de París, Protot. Aunque no poseían ningún mandato, eran los que más alboroto hacían. Por último, se les expulsó bruscamente. Se ha dicho que se les quiso ahogar en el lago de Ginebra, pero esto es sólo una leyenda. Hubo, sin duda, puñetazos, se propinaros algunos golpes, como sucede entre los franceses, que, en sus luchas de fracciones, no siempre se limitan, como los pacíficos eslavos, a resoluciones de exclusión.
Luego de lograr ponerse al trabajo, la batalla principal se desarrolló entre los proudhonianos y la delegación del Consejo general compuesta por Eccarius y obreros ingleses. Marx no pudo asistir: se hallaba a la sazón ocupado en la redacción definitiva del primer tomo de El Capital; además, enfermo y estrechamente vigilado por los espías franceses y alemanes, sólo salvando muchas dificultades hubiera podido hacer el viaje. Pero escribió para la delegación un informe minucioso sobre todos los puntos de la orden del día.
Los delegados franceses presentaron un informe detallado, que era la exposición de las ideas económicas de Proudhón, se declararon enérgicamente contra el trabajo de la mujer, sosteniendo que la naturaleza ha hecho del hogar su lugar, que la mujer debe ocuparse de la familia y no de trabajar en la fábrica. Rechazaban explícitamente las huelgas y los sindicatos y defendían la cooperación y la organización del cambio sobre base de mutualidad. Las condiciones primordiales para actualizar su programa eran, según ellos, la realización de un acuerdo entre las diferentes cooperativas y el establecimiento del crédito sin interés. Hasta insistieron para que el congreso ratificase la organización del crédito internacional, pero sólo lograron obtener una resolución que recomendaba a todas las secciones de la Internacional se ocuparon del estudio de la cuestión y de la unificación de todas las sociedades obreras de crédito. Se opusieron también a la limitación legal de la jornada de trabajo. Fueron combatidos por los londinenses y los delegados alemanes, los que propusieron, como resolución sobre cada punto de la orden del día, un pasaje apropiado del informe de Marx, que colocó en primer plano todos los asuntos que provienen de las reivindicaciones de la clase obrera.
El informe pedía que la Internacional dedicara toda su actividad a la unión y al agrupamiento de todos los esfuerzos dispersos de la clase obrera que lucha por sus intereses. Era necesario crear una vinculación que no sólo permitiera a los obreros de los diferentes países comprender su fraternidad en la lucha, sino hasta llegar a obrar como combatientes de un ejército emancipador único; organizar la ayuda mutua internacional para las huelgas e impedir el reemplazo de los obreros de un país por extranjeros, que es uno de los procedimientos favoritos de los patrones.
Una de las tareas principales que preconizaba Marx era el estudio metódico, científico, de la situación de la clase obrera de todos los países, estudio que debía ser emprendido por iniciativa de los obreros mismos, y todos los materiales reunidos se enviarían al Consejo general para que los ordenara. Marx indicaba a grandes rasgos los principales asuntos de que debía ocuparse la encuesta obrera.
El problema de los sindicatos provocó vivos debates. Los franceses se declararon contra las huelgas y contra cualquiera organización de resistencia a los patrones; sólo en la cooperación veían la salvación de los obreros. Los delegados londinenses les proponían, en forma de resolución, toda la parte del informe de Marx sobre los sindicatos. Esta fue adoptada por el congreso, pero originó el mismo malentendido que las otras decisiones de la I Internacional. Durante mucho tiempo el texto exacto no se conoció; los alemanes sólo lo conocían por una traducción de Becker, a todas luces insuficientes, aparecidas en El Precursor; la traducción francesa era peor aún. Traducida al original inglés, la he publicado por primera vez en 1914 en Souremenny Mir.
La resolución repite, en una forma aún más clara, todo lo que había sido dicho por Marx en Miseria de la Filosofía y en el Manifiesto Comunista sobre los sindicatos, núcleo fundamental de la organización de clase del proletariado. Indica, además las tareas contemporáneas de los sindicatos y cuáles defectos padecen fatalmente cuando se transforman en organizaciones estrechamente cooperativas. Por lo tanto, conviene que no nos detengamos en ella.
¿Cómo han surgido los sindicatos? ¿Cómo se han desarrollado? Son el resultado de la lucha entre capital y el trabajo asalariado. En esta lucha los obreros están en condiciones muy desventajosas: el capital es una fuerza social concentrada en las manos de un capitalista, mientras que el obrero sólo dispone de su fuerza de trabajo individual. Por esto el asunto no es propio de la naturaleza de un contrato entre el capitalista y el obrero. Cuando los proudhonianos hablaban de un contrato libre y justo demostraban simplemente su incomprensión del mecanismo de la producción capitalista. El contrato entre el capital y el trabajo no puede celebrarse en condiciones justas, aún en una sociedad que ponga de un lado los medios materiales de vida y de trabajo y de otro la energía productiva viviente. Detrás de cada capitalista está la fuerza de la sociedad, a cuya fuerza los obreros sólo pueden oponer el número, la fuerza social de que disponen. Pero la fuerza del número, de la masa se reduce a un mínimum por la división de los obreros, división creada y mantenida por su competencia inevitable. En primer lugar es indispensable suprimir esta competencia entre los obreros; y de las tentativas de los obreros para suprimirla o al menos para atenuarla, a fin de obtener por un contrato determinado condiciones de trabajo que los saquen de la esclavitud, han nacido los sindicatos. Al comienzo, su tarea inmediata se limitó a las necesidades del jornal; buscaron los medios de detener la continua usurpación capitalista; en una palabra, se ocuparon de los asuntos de salario y de la jornada obrera. A despecho de las afirmaciones de los proudhonianos, esta acción no sólo es legítima, sino necesaria, inevitable mientras subsista el sistema actual de producción y debe generalizarse mediante la formación de nuevos sindicatos y por su unión en todos los países.
Pero aún desempeñan los sindicatos un papel no menos importante, que los proudhonianos, en 1866, comprenden tan poco como su maestro en 1847. Inconscientemente los sindicatos han sido y son aún centros de organización para la clase obrera, como lo fueron en la Edad Media las comunas para la burguesía; y si son necesarios para la guerra entre los partidarios del capital y del trabajo, su importancia en mayor aún como factor de organización para la supresión del régimen del asalariado. Por desgracia, los sindicatos no han comprendido todavía completamente esta tarea. Demasiado absorbidos por su lucha local e inmediata contra el capital, aún no han comprendido cabalmente la fuerza de su acción dirigida contra el sistema mismo de la esclavitud a salario. De aquí que se hayan mantenido y todavía se mantengan demasiado apartados de los movimientos generales y políticos.
Marx destaca los síntomas que indican que los sindicatos comienzan a comprender su misión histórica, de entre los cuales cita la participación de los sindicatos ingleses (trade-unions) en la lucha por el sufragio universal y la resolución que adoptaron en la conferencia de Sheffield, recomendando a todos los sindicatos la adhesión a la Internacional.
En conclusión Marx, que hasta entonces había polemizado contra los proudhonianos, se pone contra los trade-unionistas puros, que querían limitar la acción de los sindicatos a asuntos de salario y de la jornada obrera.
Los sindicatos deben, además, aprender a obrar conscientemente como centros de organización de la clase obrera para su emancipación completa y han de secundar todo movimiento social y político que tienda a ese fin. Considerándose combatientes y representantes de la clase obrera y accionando en concordancia, han de atraer a sus filas a todos los obreros; vigilar atentamente sus intereses en las ramas de las industrias peor retribuidas; preocuparse, por ejemplo, de los obreros agrícolas que, en virtud de su situación especial, son reducidos a la impotencia; proclamar ante el mundo entero que sus aspiraciones no son estrechas y egoístas, sino que propenden a la liberación de los millares de oprimidos del globo.
Los debates del congreso de Ginebra sobre la cuestión sindical tienen un gran interés. Los delegados londinenses defendieron con mucha inteligencia su posición, pues consideraban que la resolución misma no era más que la deducción del extenso informe de Marx, que, por desgracia, sólo ellos conocían. En efecto, cuando el Consejo general hubo examinado las cuestiones que debían figurar en la orden del día del futuro congreso, se suscitaron profundas divergencias entre sus miembros. Por eso Marx leyó en el Consejo general un informe detallado en el que explica la importancia de los sindicatos en el régimen capitalista. Aprovecho esa ocasión para exponer a su auditorio en forma popular su nueva teoría del valor y plusvalía, la dependencia que existe entre el salario, la ganancia y el precio de las mercancías. Estas discusiones del Consejo general impresionan por su seriedad y gravedad dignas de una sociedad de sabios burgueses. Toda la autoridad, todas las adquisiciones de esta nueva ciencia económica marxista fueron puestas al servicio de la clase obrera.
Los delegados londinenses defendían con igual habilidad la resolución de Marx sobre la jornada de ocho horas; contrariamente a los franceses, demostraban, con Marx que “la condición, previa y sin la cual toda tentativa de mejoramiento y liberación de la clase obrera resulta infructuosa, es la limitación legal de la jornada de trabajo”. Es necesario restaurar la salud y la energía de cada nación, asegurarle la posibilidad de desenvolvimiento intelectual, de comunión social y de su actividad política.
Tomando como base la proposición del Consejo general, el congreso fijó en ocho horas el límite legal de la jornada de trabajo. Y como esta limitación era una reivindicación de los obreros de Estados Unidos, la transformó en programa general de la clase obrera de todo el mundo. El trabajo nocturno sólo sería permitido en casos excepcionales, en algunas ramas de la producción y en ciertas profesiones que se determinarían claramente por la ley, pero con la aspiración a suprimirlo.
En su nota-informe Marx no estudiaba en detalle, por desgracia la cuestión del trabajo de la mujer; creyó que bastaba decir que el párrafo sobre la reducción de la jornada de trabajo se refería íntegramente a todos los obreros adultos, hombres y mujeres. Por consiguiente, especificaba que estas últimas no debían emplearse en el trabajo nocturno y no podrían ser obligadas a realizar ninguna tarea perjudicial para su organismo ni ejercer un oficio que requiriera la manipulación de sustancias venenosas o nocivas para la salud. Luego, como la mayoría de los franceses y de los suizos se manifestaron categóricamente contra el trabajo de la mujer, el congreso adoptó las tesis de Marx y la resolución de los franceses, con lo que se declaró, en suma, que era preferible impedir el trabajo de la mujer, pero que, allí donde no fuera posible, había que contentarse con los límites fijados por Marx.
Por el contrario, las tesis de Marx sobre el trabajo de los niños y de los adolecentes se adoptaron integralmente, sin ninguna enmienda proudhoniana. Se decía en ellas que la tendencia de la industria contemporánea a hacer colaborar a los niños y a los adolecentes de ambos sexos en la obra de producción social, era una tendencia progresista, sana y legitima, aunque, bajo la dominación del capital, se transforma en horrible flagelo. En una sociedad racionalmente organizada, según Marx, todos los niños, a partir de la edad de nueve años, deben ser productores. De igual modo, ningún adulto sano puede sustraerse al cumplimiento de esta ley de la naturaleza: trabajar para tener la posibilidad de comer, y no sólo trabajar intelectualmente, sino también físicamente. A este respecto Marx propuso todo un programa de combinación del trabajo manual con el intelectual, programa que comporta el desarrollo intelectual general, el politécnico, que hace conocer a los niños las bases científicas de todos los procesos de producción.
En su nota-informe Marx se refiere a la cooperación, oportunidad que aprovecha no sólo para criticar las ilusiones de los cooperativistas puros, sino también para destacar la condición especial para el éxito del movimiento cooperativo. Como en el Manifiesto inaugural, no concede su preferencia a las cooperativas de consumo, sino a las de producción: “pero no es con las cooperativas, cualquiera sean – agrega – que se puede lograr la supresión del régimen capitalista. Para esto es necesario un cambio más vasto, más radical, que se extienda a la sociedad entera. Cambios tales sólo pueden producirse por intermedio de una fuerza social organizada, el poder estatal, que ha de pasar de manos de los capitalistas y latifundistas a las de la clase obrera.” Así, pues también aquí proclama Marx la necesidad de la conquista del poder político por la clase obrera.
El proyecto de estatuto que ustedes ya conocen fue adoptado sin ninguna modificación. La tentativa de los franceses (que ya habían suscitado esta cuestión en la conferencia de Londres) de no entender por “obrero” más que a las personas ocupadas en un trabajo manual y excluir a los representantes del trabajo intelectual, fue fuertemente combatida. Los delegados ingleses declararon que de aceptarse la proposición de los franceses era necesario excluir al mismo Marx, que tanto había hecho por la Internacional.
El congreso de Ginebra desempeñó un papel importante como instrumento de propaganda; todas sus resoluciones para establecer las reivindicaciones primordiales de la clase obrera, escritas casi exclusivamente por Marx, entran en el programa mínimo práctico de todos los partidos obreros. El congreso tuvo inmensa repercusión en todos los países, comprendida Rusia, donde, ya en 1865, el Sovremenny reprodujo gran parte del Manifiesto inaugural, presentándolo como escrito por Marx. Después del congreso de Ginebra, que dio fuerte impulso al movimiento obrero internacional, la Internacional adquirió súbitamente gran popularidad y llamó la atención de algunas organizaciones democráticas burguesas que intentaron utilizarla para sus propósitos personales.
En el congreso siguiente, realizado en Lausana, la lucha se entabló alrededor de la participación en el congreso de una nueva sociedad internacional, la Liga para la paz y la libertad, que debía reunirse en Ginebra. Triunfaron los partidarios de la participación. Sólo en el congreso siguiente, realizado en Bruselas, triunfa el punto de vista del Consejo general y se decidió proponer a la Liga que se adhiriese a la Internacional y se afiliasen sus miembros a las respectivas secciones de cada país.
Marx no participó en esos dos congresos. Aun no había terminado el congreso de Lausana cuando apareció el primer tomo de El Capital. En el congreso siguiente, realizado en Bruselas en 1868, se adoptó, a proposición de la delegación alemana, una resolución que recomienda a los obreros de todos los países el estudio de El Capital. Esta resolución destacaba el mérito inmenso de Marx: es “el primer economista que haya sometido el capital a un análisis minucioso y reducido a sus elementos fundamentales”.
Entre otras cosas, examinó el congreso de Bruselas la cuestión de la influencia de las máquinas en la situación de la clase obrera, las huelgas y la propiedad territorial. Las resoluciones adoptadas son, poco más o menos , compromisos; por el contrario y por primera vez, el punto de vista del socialismo o, como se decía entonces, del colectivismo, triunfa contra el criterio de los franceses; se reconoció la necesidad de socializar los medios de transporte, de comunicación y el suelo, pero esta resolución sólo fue adoptada en forma definitiva en el congreso siguiente, realizado en Basilea en 1869.
La cuestión política capital que preocupó a la Internacional después del congreso de Lausana fue la de la guerra y los medios a emplear para combatirla. La guerra de 1866 entre Prusia y Austria, en que triunfó la primera, hizo nacer la opinión de que esta guerra originaría, en un porvenir próximo, otra entre Francia y Prusia. En 1867 las relaciones entre ambos países se hicieron delicadas. Las aventuras coloniales emprendidas por Napoleón para rehacer su prestigio perjudicaron, por el contrario, considerablemente su situación. La expedición a México, efectuada bajo la presión de los grandes financistas, lo indispuso fuertemente con Estados Unidos, categóricamente hostiles a toda tentativa de las potencias europeas para inmiscuirse en los asuntos de América. El plan de Napoleón frustró se lastimosamente. Urgía le reparar sus malandanzas en Europa, pero también allí lo perseguía la desgracia; obligado a hacer concesiones en política interior, esperaba, mediante una anexión afortunada en Europa, redondear las posesiones francesas y consolidar su situación. Produjese el asunto de Luxemburgo en 1867, después de toda suerte de tentativas infructuosas para obtener algún territorio sobre a margen izquierda del Rin, Napoleón intentó comprar a Holanda el gran ducado de Luxemburgo, que hasta 1866 perteneció a la Confederación germánica, pero cuyo jefe supremo era el rey de Holanda. En otro tiempo había en el ducado una guarnición prossiana, que debió retirarse. La noticia de una transacción entre Napoleón y los Países Bajos produjo viva efervescencia entre los patriotas alemanes; se respiraba una atmósfera de guerra, pero Napoleón, no considerándose bastante alistado, se batió en retirada, con lo que su prestigió sufrió considerablemente y tuvo que hacer nuevas concesiones a la oposición, que aumentaba sin cesar.
Cuando se realizaba el congreso de Bruselas la situación era tan aguda que cada día se esperaba la guerra, con la persuasión de que estallaría tan pronto como Francia y Prusia hubieran terminado sus preparativos y encontraran un pretexto favorable. Planteábase al movimiento obrero, que se desarrollaba día a día, la cuestión alarmante de las medidas a emplear para impedir esa guerra, que asestaría un golpe terrible a los obreros franceses y alemanes. De aquí que la Internacional, que desde 1868 representaba una fuerza considerable y estaba a la cabeza del movimiento obrero internacional, no podía sino interesarse por este asunto. En el congreso de Bruselas unos pedían la organización de una huelga general en caso de guerra; otros demostraban que únicamente el socialismo le pondría fin, y después de animados debates se adoptó una resolución contemporizadora bastante confusa.
Como en el verano de 1869, el espectro de la guerra parecía haberse esfumado, en el congreso de Basilea ocuparon el primer lugar los problemas económicos y sociales; por primera vez se planteó de manera categórica el problema, ya tratado someramente en Bruselas, de la socialización de los medios de producción, y esta vez los adversarios de la propiedad individual del suelo triunfaron definitivamente. La derrota de los proudhonianos fue completa, pero surgieron otras divergencias, pues allí aparece el representante de una nueva tendencia, Bakunin. ¿De dónde provenía? Después de 1840 lo vemos en Berlín; sabemos que pasó por la misma escuela filosófica que Marx y Engels; que al comienzo de la revolución de 1848 se puso al lado de los desterrados alemanes que en París organizaron una legión revolucionaria para invadir a Alemania. Durante la revolución se esforzó en Moravia por unir a los revolucionarios eslavos; arrestado luego, fue condenado a muerte, pero puesto en manos de Nicolás I, éste lo encarceló en Schlusslbourg. Algunos años más tarde, bajo Alejandro II, fue enviado a Siberia, de donde se fugó hacia el Japón y América hasta Europa. Esto ocurría en 1862. Se metió en los asuntos rusos, aliase con Herzen, escribió sobre las cuestiones eslavas y rusas algunos folletos, en los que demuestra la necesidad de la unión revolucionaria de los eslavos e hizo una tentativa desgraciada para participar en la insurrección polaca. En 1864 se encontró en Londres con Marx y por él conoció la fundación de la Internacional. Le prometió participar en ella y se trasladó a Italia, donde se ocupó de otras cosas. Como en 1848, Bakunin creía que Marx sobreestimaba la importancia de la clase obrera; opinaba que los intelectuales, estudiantes, representantes de la democracia burguesa y particularmente los desclasados constituyen un elemento mucho más revolucionario.
Mientras la Internacional luchaba contra las primeras dificultades y llegaba gradualmente a ser la organización internacional más influyente, Bakunin trabajaba en Italia para organizar su sociedad revolucionaria; luego pasó a Suiza, se afilió a la Liga burguesa para la paz y la libertad, de cuyo comité central llegó a ser miembro. De ella salió en 1868, pero en vez de entrar en la Internacional fundó con sus camaradas una nueva sociedad: la Alianza internacional de la democracia social.
Esa sociedad era, por lo menos exteriormente, muy revolucionaria; declaraba guerra implacable a Dios y al Estado y exigía que todos sus miembros fueran ateos; su programa económico no se distinguía precisamente por la claridad y en vez de tender a la supresión de las clases postulaba su igualdad económica y social. A pesar de sus alardes revolucionarios ni siquiera se mantenía consecuente con un programa socialista y se limitaba a reclamar la supresión del derecho de herencia. Sin duda para no atemorizar a los tránsfugas de las otras clases, se rehusaba a destacar con nitidez su carácter de clase.
La alianza se dirigió al Consejo general para pedir su ingreso en la Internacional, pero en carácter de asociación especial, con estatuto y programa propios. Con esto abordamos uno de los puntos más espinosos. Como Marx gozaba de gran influencia en el Consejo general, se le responsabiliza corrientemente de todas las decisiones que aquel tomaba, y esto es exagerado. Pero en la decisión concerniente a Bakunin es efectivamente Marx a quien corresponde la mayor responsabilidad. Si se cree, no sólo a los partidarios de Bakunin, sino también a algunos marxistas que tomaron la defensa de este chismoso pero sincero revolucionario. Marx fue demasiado brutal al oponer al pedido de la Alianza una negativa rotunda.
Para comprender el fondo de la discusión imaginad, por ejemplo, que una organización que acaba de desvincularse de una sociedad democrática cualquiera se dirige a la Internacional comunista pidiendo ser aceptada en su seno, pero reclamando derecho de existir como sociedad que posee un programa, y aun el de convocar su congreso especial. Se le respondería, con razón: Ciertamente, vale más tarde que nunca, y si han comprendido el error de aliarse con la burguesía, vengan a nosotros, que serán bienvenidos, pero empiecen por disolver su organización e ingresen en nuestras diferentes secciones. No se podría hallar en esta respuesta una prueba de hostilidad o de aversión hacia la organización de marras.
Además, conviene no olvidar la siguiente circunstancia: A la vez que el programa de su Alianza, Bakunin envió una carta personal a Marx casi cuatro años después de haberle escrito de Italia para prometerle que trabajaría allí por la Internacional. Y no solamente dejó de lado esta promesa, sino que dedicó todas sus fuerzas al movimiento burgués. Ahora escribía a Marx, es verdad, manifestándole que comprendía mejor que nunca cuánta razón tenía escogiendo el largo camino de la revolución económica y ridiculizando a los que yerran en las empresas nacionales o puramente políticas. Y agregaba patéticamente: “Desde el adiós público y solemne que en el congreso de Berna he dado a los burgueses, no conozco otra sociedad ni otro medio que el mundo de los obreros. Mi patria será en adelante la Internacional, de la que tú eres uno de los principales fundadores. Ya lo ves, amigo mío, soy tu discípulo y estoy ufano de serlo.”
Esta carta tiene la virtud de llenar las lágrimas y de ternura a los amigos de Bakunin y de provocar su indignación contra Marx, el hombre sin corazón que tan brutalmente rechazó la mano que se le tendía. Mehring mismo dice que no es posible dudar de la sinceridad de las declaraciones de Bakunin.
Tampoco tengo yo la intención de sospechar de la sinceridad de Bakunin, pero ruego a los lectores que se pongan en el lugar de Marx. Este era, evidentemente, áspero por naturaleza, pero el mismo Mehring ha reconocido que hasta fines de 14868 Marx dio pruebas de gran tolerancia hacía Bakunin. Todo tiene sus límites; y basta leer atentamente la carta de Bakunin para comprender que su tono sentimental debió ser poco convincente para Marx. No es una carta escrita por un muchacho, sino por un hombre de más de cincuenta años que ya otra vez se había adherido al “mundo de los obreros” para olvidarlo inmediatamente y refugiarse en el “mundo de la burguesía”. Después de cuatro años de permanecer en este mundo profundamente embaucado y deseoso de entrar nuevamente en la amplia vía, Bakunin solicitó su admisión en la Internacional, pero exigiendo condiciones verdaderamente excesivas. Marx, pues, que en 1864 fue hasta benévolo hacia Bakunin, se puso esta vez, y con razón, en guardia.
Luego que el Consejo general rechazó categóricamente el pedido de Bakunin, éste anunció que la Alianza se disolvía y que su organización se transformaría en secciones de la Internacional, pero conservando su programa teórico. El Consejo no consintió en admitir las secciones de la Alianza sino en condiciones comunes.
Todo parecía terminado. Mas pronto sospechó Marx que Bakunin simplemente engañado al Consejo general y que, disolviendo oficialmente su asociación, conservaba efectivamente la organización central para llegar a apoderarse de la Internacional. Y justamente este fue el fondo del litigio. Estamos dispuestos a admitir que Marx era un hombre malo y Bakunin un ángel bondadoso, pero no es esta la cuestión, porque Bakunin tuvo también no pocos defectos. ¿Y quién no los tiene? A lo que deben responder claramente sus defensores es a esto: ¿Existía o no una organización secreta? ¿Se permitió o no Bakunin matraquear al Consejo general asegurándole que había disuelto su asociación?
A pesar del ciego amor a Marx de que Mehring me acusa, estaría dispuesto a reconocer con él que Bakunin fue indignamente calumniado si el finado Guillaume, viejo amigo de éste e historiador de la Internacional, hubiese demostrado que la Alianza fue de verse disuelta. Pero lo cierto es, por desgracia, que ella existía y realizaba una lucha encarnizaba contra la Internacional. En esta lucha nuestro honrado Bakunin puso en acción todos los medios que juzgó necesarios para conseguir su objeto, cosa que no le reprocho. Pero es ridículo ver a sus partidarios esforzándose en presentarlo como a un hombre que jamás recurre a medios peligrosos y, como lo asegura uno de sus defensores menos inteligentes, que nunca tuvo un oculto propósito.
¿Cuál fue el objeto en cuyo beneficio Bakunin no vaciló en utilizar todos los medios? Destrucción de la sociedad burguesa revolución social, he aquí que quería Bakunin; pero Marx tenía el mismo propósito de modo que las divergencias hay que buscarlas en otro punto, y, en efecto, Marx y Bakunin estaban en completo desacuerdo sobre la manera de conseguir su objetivo. Ante todo hay que destruir, para que en seguida todo se reforme a sí mismo, y cuanto más pronto mejor. Basta sublevar a los intelectuales revolucionarios y a los obreros exasperados por la miseria. Para ello sólo se requiere un grupo compuesto por hombres decididos, caldeados por el fuego sacro. He aquí, en sustancia, toda la doctrina de Bakunin, que al pronto, recuerda la de Weitling, pero la semejanza es sólo superficial, e igualmente tiene una superficial analogía con la de Blanqui. Bakunin rehusaba admitir la conquista del poder político por el proletariado, negaba toda lucha política realizada en la sociedad burguesa existente y en cuanto tendiera a lograr condiciones más favorables para la organización de clase del proletariado. De ahí que Marx y todos los que con él juzgaban necesario realizar la lucha política, organizar al proletariado para la conquista del poder político fueran, a los ojos de Bakunin y de sus adeptos oportunistas inveterados que retardan la marcha de la revolución social.
Los bakuninistas aprovecharon pues, la ocasión, a fin de asimilar a Marx a un hombre que para la realización de sus ideas no vacila en falsificar los estatutos de la Internacional; públicamente y en participar en sus cartas y circulares lo llenaron de injurias, no retrocedieron ante procedimientos antisemitas y hasta llegaron a acusarlo de ser agente de Bismarck.
En Italia y Suiza mantenía Bakunin numerosas relaciones y en este último país, principalmente en la parte romana, tenía numerosos partidarios. No estudiaré el porqué, pues ello me llevaría demasiado lejos; me limitaré a decir que su propaganda fue sobre todo fructuosa entre los obreros inestables y los relojeros fuertemente hostigados por la competencia de la gran industria de relojería.
Cuando Bakunin se presenta al congreso de Basilea su grupo era ya considerable y, como sucede en casos semejantes, la primera batalla se libró alrededor de un asunto completamente distinto del que constituía el fondo del desacuerdo. Bakunin, que protestaba violentamente contra cualquier oportunismo, reclamaba con particular insistencia que la supresión del derecho de herencia fuera adoptada como una de las reivindicaciones del momento. Ateniéndose a la nota informe de Marx. Los delegados del Consejo general demostraban que esa medida, como ya lo indica el Manifiesto Comunista, era una de las tantas de transición que el proletariado tomaría luego de adueñarse del poder político; entretanto, sólo se podía reclamar el aumento del impuesto a las sucesiones y la restricción del derecho de testar. Pero Bakunin hacía caso omiso de la lógica y de las condiciones reales; lo que buscaba en esta reivindicación era el medio de agitar que ella comportaba. Finalmente ninguna resolución obtuvo la mayoría.
Otro conflicto se produjo entre Bakunin y el viejo Liebknecht. El congreso de Basilea era el primero en el que participaba un grupo considerable de delegados alemanes, pues en ese tiempo G. Liebknecht y A. Bebel habían logrado, luego de una encarnizada lucha de fracción contra Schweitzer, organizar un partido que en su congreso constituyente de Eisenach adoptó el programa de la Internacional. El órgano central de este partido criticó de manera virulenta la acción de Bakunin en la Liga de la paz y de la libertad y reveló detalladamente sus viejos puntos de vista paneslavistas. Mehring dice que mucho tiempo después Marx se declaró contra esa crítica, pero, como lo hemos visto en el caso de Vogt, se le consideraba responsable de todos los actos de los marxistas, entre los cuales estaban Liebknecht, lo que finalizó con una reconciliación que sólo fue temporaria.
El congreso siguiente debía reunirse en Maguncia – Alemania – pero no pudo efectuarse. Inmediatamente del congreso de Basilea las relaciones entre Francia y Alemania se hicieron tan tirantes que se podía esperar de un momento a otro la declaración de guerra, Bismarck, uno de los más grandes bribones que hayan nunca existido, engaño hábilmente a su viejo maestro Napoleón y, luego de hallarse preparado de pies a cabeza para la guerra arregló las cosas de modo que a los ojos del mundo Francia apareciera como agresora. La guerra estalló, en efecto, y ni los obreros franceses ni los alemanes estuvieron en condiciones de impedirla. Algunos días después de la declaración de guerra el Consejo general publicó una proclama redactada por Marx. Esta comienza con una cita del Manifiesto inaugural de la Internacional, en la que se condena “la política exterior desenvuelta en concordancia con los prejuicios nacionales, persiguiendo propósitos criminales y el despilfarro de la sangre y los bienes de los pueblos en guarras de rapiña”. Sigue una requisitoria contra Napoleón, en la que Marx describe sucintamente la lucha de éste contra la Internacional, lucha que se reforzó cuando los internacionalistas franceses emprendieron una encarnizada agitación contar Napoleón. De cualquier modo que la guerra termine, agrega Marx, el segundo imperio está perdido; terminará como empezó, por una parodia.
¿Fue Napoleón el único culpable? No completamente. Todos los Estados europeos lo fueron, pues no hay que olvidar que éstos y las clases dominantes de Europa ayudaron a Bonaparte durante dieciocho años a desempeñar la comedia de la restauración del imperio.
Contra Alemania dirige Marx los ataques más violentes. La guerra actual es para los alemanes dice, una guerra defensiva, pero, ¿quién ha colocado a Alemania en la necesidad de defenderse? ¿Quién ha sugerido a napoleón el ataque a Alemania? Prusia. Esta realizó un acuerdo con Napoleón contra Austria. Si Prusia hubiera sido derrotada, Francia habría invadido Alemania. ¿Y qué ha hecho Prusia después de su victoria sobre Austria? En vez de oponer a la Francia esclavizada unan Alemania libre, no solamente ha mantenido intacto el viejo régimen prusiano, sino que le ha agregado todos los rasgos característicos del régimen bonapartista.
La primera fase, la fase decisiva de la guerra fue de una rapidez aterradora. El ejército francés no estaba preparado; a pesar de la declaración presuntuosa del ministro de guerra, que afirmaba que todo, hasta el último botón, estaba listo, se averiguó que, si en efecto los botones lo estaban, no había dónde coserlos. En una seis semanas el ejército regular francés fue batido completamente y Napoleón capituló el 2 de septiembre en Sedán. El 4 de septiembre se proclamó en París la república y contrariamente a la declaración de Prusia, afirmando que sólo combatía al imperio, las hostilidades continuaron. Esta fue la segunda fase de la guerra, la más larga y encarnizada.
Inmediatamente de la proclamación de la república en Francia, publicó el Consejo general un segundo manifiesto sobre la guerra. Este manifiesto escrito igualmente por Marx, es, por lo profundo del análisis de la situación y agudeza d su visión histórica, una de sus obras más geniales. Y es interesante que Marx lo firmara como secretario del Consejo general no sólo para Alemania sino también para Rusia, pues poco antes se había constituido en Suiza una sección rusa de la Internacional, que le solicitó la representará en el Consejo.
Como hemos visto, Marx predijo en el primer manifiesto que la guerra finalizaría con la caída del segundo imperio. El segundo comienza recordando esta predicción, pero no se justifica menos la crítica que Marx hizo antes de la política prusiana, pues la guerra defensiva de Prusia se transformó en un ataque al pueblo francés. Desde el momento que la disgregación del ejército francés se hizo evidente, mucho antes de la capitulación de Sedán, la pandilla militar prusiana se decidió por la política de conquista. La crítica de Marx a la hipócrita burguesía liberal alemana fue igualmente despiadada. Aprovechando las indicaciones de Engels, que como especialista seguía atentamente el desarrollo de la guerra y que en la primera quincena de agosto predijo la catástrofe de Sedán, Marx analiza los argumentos militares con que los generales prusianos y Bismarck se esfuerzan en justificar la anexión de Alsacia y Lorena a Alemania.
Se decide categóricamente contra toda anexión o contribución y demuestra que una paz de violencia conduce a resultados diametralmente opuestos a los esperados; una nueva guerra es la consecuencia de semejante paz, Francia quería recobrar lo perdido y para lograrlo trataría de aliarse con Rusia. De este modo la Rusia zarista, que había perdido su hegemonía después de la guerra de Crimea, volvería a ser el árbitro de los destinos de Europa. Ese pronóstico genial, esa previsión del desarrollo de la historia europea, que es una de las pruebas prácticas más brillantes de la justeza de la concepción materialista de la historia, termina con estas palabras:
¿Creen de veras los patriotas alemanes garantir efectivamente la paz y la libertad de Alemania, arrojando a Francia en los brazos de Rusia? Si el éxito del ejército, la embriaguez de la victoria y las intrigas dinásticas conducen a expoliar territorios franceses, dos caminos quedan abiertos para Alemania. O se transforma en instrumento consciente de los planes prusianos, política concorde con la tradición de los Hohenzollern, o al cabo de cierto tiempo muy breve deberá prepararse para una nueva guerra “defensiva”; pero ésta no será una guerra “localizada”, será una guerra de razas, una guerra con los eslavos y los latinos aliados. He aquí la paz que “garantizan” a Alemania los obtusos patriotas burgueses.
Esta predicción se cumplió al pie de la letra, como han podido verlo los actuales patriotas alemanes, no menos obtusos que sus antepasados. El manifiesto termina con la exposición de las tareas que se imponían entonces a la clase obrera; exhorta a los trabajadores alemanes a exigir una paz honorable y el reconocimiento de la república francesa. A los obreros franceses, que estaban en una situación mucho más embarazosa, Marx les aconseja no perder de vista a los republicanos burgueses y utilizar el régimen de la república para desarrollar rápidamente su organización de clase y obtener su emancipación.
Los acontecimientos no tardaron en justificar la desconfianza de Marx hacia los republicanos franceses. Su conducta infame, su disposición a entenderse con Bismarck antes que hacer la más ligera concesión a la clase obrera determinaron la proclamación de la Comuna. Después de tres meses de lucha heroica este primer ensayo de dictadura del proletariado, realizado en las más desfavorables condiciones, fue vencido. El Consejo general no estaba en condiciones de prestar a los franceses la ayuda necesaria; París estaba separado del mundo entero y del resto de Francia por las tropas francesas y alemanas. Cierto es que la Comuna despertó simpatías generales y podemos decir con todo orgullo que su suerte emocionó profundamente a la misma Rusia, donde en abril de 1871, un grupo de revolucionarios dirigidos por Gontcharof, publicó manifiestos para exhortar al pueblo a seguir el ejemplo de los comunardos franceses.
Marx, que durante la Comuna, como lo prueba una de sus cartas (encontradas por mí) al eminente internacionalista y mártir de la Comuna, Varin, se esforzó en mantener relaciones con París, recibió del Consejo general el encargo de escribir sobre ella un manifiesto. En él defiende a los comunardos calumniados por toda la prensa burguesa y manifiesta que la Comuna es una nueva y grande etapa del movimiento proletario, el prototipo del Estado proletario que asumirá la realización del comunismo. Ya con la experiencia de 1848, Marx había llegado a la conclusión de que la clase obrera no puede limitarse a la conquista del poder político burgués, sino que debe destrozar ese organismo burocrático y policial, y la experiencia de la comuna lo convenció definitivamente de esa verdad. Ella enseña que el proletariado, una vez dueño del poder, está obligado a crear su propio órgano estatal adaptado a sus necesidades. Pero ella enseña igualmente que el Estado proletario no puede encerrarse en los marcos de una ciudad, aunque sea la capital. El poder del proletariado ha de extenderse a todo el país para lograr consolidarse, y a varios países capitalistas para obtener la victoria definitiva.
Por el contrario, Bakunin y sus adeptos extrajeron otras conclusiones de la experiencia de la Comuna. Continuaron combatiendo, todavía con mayor violencia, toda política y todo Estado, recomendando la organización, en la primera ocasión favorable, de “comunas” en las ciudades aisladas cuyo ejemplo sería imitado por las otras.
La derrota de la Comuna perjudicó mucho a la Internacional y el movimiento obrero francés se interrumpió casi completamente durante varios años. En la Internacional sólo estuvo representado por los comunardos radicados en Inglaterra o en Francia que habían logrado escapar a las persecuciones y entre los cuales se desarrollaba la más encarnizada lucha de fracción, lucha que fue llevada al seno mismo del Consejo general.
El movimiento obrero alemán fue igualmente afectado. Bebel y Liebknecht, que protestaron contra la anexión de Alsacia y Lorena y se solidarizaron con la Comuna de parís, fueron arrestados y condenados a prisión. El partido había perdido la confianza de Schweitzer y se le obligó a abandonarlo. Los adeptos de Liebknecht y de Bebel, los “eisenachianos”, como se les llamaba, continuaron trabajando al margen de los lassallianos y sólo iniciaron un acercamiento con éstos cuando el Estado persiguió vigorosamente a los dos partidos en lucha. De este modo la Internacional perdió de un golpe su apoyo en los dos principales países de la Europa continental.
Hasta en el movimiento obrero inglés se produjo una revirada. La guerra entre los dos países más desarrollados del continente, desde el punto de vista industrial no fue menos provechosa para la burguesía inglesa de lo que ha sido la guerra mundial para la burguesía americana. Entonces se halló la burguesía inglesa en la posibilidad de sacar de sus beneficios fabulosos cierta cantidad y distribuirla entre los numerosos obreros empleados en las principales ramas de la industria. Los sindicatos disfrutaron de mucha libertad de acción; algunas viejas leyes dirigidas contra ellos fueron suprimidas y esas reformas influyeron en algunos miembros del Consejo general que desempeñaban un papel importante en el movimiento trade-unionista. A medida que la Internacional se hacía más radical, muchos de ellos se hacía más y más moderados. Formalmente eran miembros del Consejo general, pero utilizaban tal título para sus intereses personales.. la Comuna y los furiosos ataques que ella provocó contra la Internacional los amedrentó; se apresuraron a declarar que no se solidarizaban con el manifiesto sobre la Comuna de París, aunque Marx lo había escrito por orden del Consejo general. Todo ello determinó una escisión en la sección inglesa de la Internacional.
En esas condiciones fue convocada, por último, en Londres, a fines de septiembre de 1871, la conferencia de la internacional, que debía ocuparse principalmente de dos cuestiones. Constituía la primera la litigiosa cuestión de la lucha política, y uno de los motivos que indujeron a la conferencia a ocuparse de ella fue la conducta de los bakunistas que proseguían acusando a Marx de haber intencionalmente falsificado el estatuto de la Internacional para imponer a ésta su opinión. La resolución da esta vez una respuesta que no permita duda alguna y que significa la derrota completa de los bakunistas. Como probablemente pocos de ustedes la conozcan y es muy importante, leeré la última parte.
Considerando:
Que la reacción desenfrenada reprime violentamente el movimiento emancipador de los obreros e intenta por la fuerza brutal perpetuar la división de clases y la subsistencia del dominio de una clase que de ello resulta:
Que esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y el de su fin supremo, la abolición de las clases;
Que la unión de las fuerzas obreras obtenida ya por la lucha económica debe servir también de palanca en manos de esta clase en su lucha contra el poder político de sus explotadores;
La conferencia recuerda a todos los miembros de la Internacional que en el plan de combate de la clase obrera su movimiento político está indisolublemente ligados.
Pero la conferencia hubo aún de ocuparse de los bakunistas por otra razón. El Consejo general estaba cada vez más persuadido de que a pesar de todas las protestas de Bakunin, su sociedad secreta existía, por lo que la conferencia adoptó una resolución para prohibir en la Internacional de la organización de sociedad alguna con un programa especial. A este respecto se consignó nuevamente la declaración de los bakunistas sobre la disolución de la Alianza y el incidente se declaró terminado.
Pero había aún otra decisión que debía inquietar particularmente a Bakunin y a sus adeptos rusos. La conferencia declaró categóricamente que la Internacional nada tenía que ver con el asunto de Netchaef, que se arrogó y explotó para sus fines particulares el título de miembro de la Internacional.
Tal decisión estaba dirigida exclusivamente contra Bakunin, que estuvo, como se sabe, ligado largo tiempo a Netchaef, revolucionario ruso escapado al extranjero en marzo de 1869. En el otoño de ese mismo año regresó a Rusia con plenos poderes otorgados por Bakunin y organizó en Moscú un grupo especial. Sospechando que el estudiante Ivanof quería traicionar la organización, lo asesinó, con la ayuda de algunos camaradas, a poca distancia de la Academia Petrovsko – Razumovskoie y huyó nuevamente al extranjero. Este asunto origino el arresto de los miembros de la nueva organización y el de muchos estudiantes de Petersburgo relacionados con ella. Todos ellos fueron delatados a los tribunales durante el verano de 1871. Este asunto es conocido con el nombre de Netchaef. Se publicaron numerosos documentos en el curso del proceso, y en este se confundía la sociedad de Bakunin y su sección rusa con la Internacional, pero bastó comparar esos documentos con los escritos de Bakunin para reconocer al verdadero autor. Solo se distinguían de otros llamamientos análogos por su mucha franqueza y, en las partes rectificadas y completadas por Netchaef, por una cierta torpeza y pesadez de exposición.
Se acostumbraba decir que Bakunin estuvo sometido a la influencia de Netchaef, que lo engañaba y lo utilizaba con fines personales. Netchaef, hombre de talento pero de poca instrucción, que rechazaba como inútil todo trabajo teórica, estaba dotado de una energía excepcional, de una voluntad de hierro; revolucionario entregado en cuerpo y alma a la causa, demostró más tarde ante sus jueces y en la prisión su firme coraje y su odio irreductible a los opresores y explotadores del pueblo. Dispuesto a todo, no desdeñaba medio alguno para lograr el propósito al que había consagrado su vida, pero no descendía jamás a medios bajos cuando se trataba de su persona. En este respecto era incomparablemente superior a Bakunin, que, en sus propósitos personales, estaba siempre dispuesto a los compromisos, y la superioridad de Netchaef en tal aspecto no ofrece duda alguna y todo indica que el mismo Bakunin lo reconocía y lo apreciaba altamente, aunque desde el punto de vista intelectual aquél le fuera muy inferior.
Sería ingenuo creer, sin embargo, que Netchaef imponía a Bakunin sus propios puntos de vista revolucionarios, pues el mismo era su discípulo. Pero mientras nuestro apóstol de la destrucción se mostraba con frecuencia ilógico y revolucionario sin consecuencia, Netchaef se distinguía por una lógica intransigente y extraía de las teorías de su maestro todas las deducciones practicas que comporta. Manifestándole Bakunin que no podía abandonar el trabajo que había asumido (la traducción de El Capital), porque se le habían hecho algunos adelantos, Netchaef le ofreció librarlo de tal obligación, lo que era muy simple: un hombre del comité revolucionario de la Narodnaia Rasprava escribió a la persona que hacía de intermediaria entre el editor y Bakunin para que dejara en paz a este si no quería ser asesinado. Como Bakunin ponía en primer plano al lumpenproletariat, al que consideraba el verdadero promotor de la revolución social y lo oponía al proletariado de la gran industria, de igual modo que creía que los criminales y los bandidos eran el elemento mejor del ejército revolucionario. Netchaef llego lógicamente a la conclusión de que era menester organizar en Suiza a hombres resueltos a fin de proceder con ellos a la expropiación. Finalmente, Bakunin se separo de su discípulo, no por cuestiones de principio, sino únicamente porque la lógica implacable y simplista a Netchaef lo espantaba; sin embargo, nunca oso romper públicamente con él, pues este tenía en sus manos muchos documentos que lo comprometían.
Inmediatamente de la conferencia de Londres la lucha redoblo su intensidad; los bakunistas declararon abiertamente la guerra al Consejo general, acusándolo de haber el mismo adobado la conferencia e impuesto a toda la Internacional el dogma de la necesidad de organizar al proletariado en partido especial para la conquista del poder político y pidieron la realización de un congreso que resolviera definitivamente el asunto.
El congreso se realizo en septiembre de 1872 y ambas partes se prepararon ardorosamente, con la participación, por vez primera, de Marx. Bakunin no asistió. Respecto a la cuestión principal, el congreso confirmo enteramente la resolución de la conferencia, a la que agrego la fase siguiente, tomada casi literalmente del Manifiesto inaugural de la Internacional: “Como los poseedores del suelo y del capital aprovecha siempre sus privilegios políticos para defender y perpetuar sus monopolios económicos y esclavizar el trabajo, la conquista del poder político es el supremo deber del proletariado”.
Luego de examinar todos los documentos relativos al asunto de la Alianza y llegados a la conclusión de que esta existía en la Internacional como sociedad secreta, la comisión especial propuso, y fue aceptada, la exclusión de Bakunin y Guillaume.
En la resolución se dice que Bakunin es excluido, además, por “un asunto personal”, que se refiere a la ya mentada cuestión de Netchaef. Personalmente, creo que las razones políticas de Netchaef. Personalmente, creo que las razones políticas bastaban para motivar la exclusión de Bakunin, pero es ridículo querer transformar esta triste historia, en la que Bakunin fue víctima de su falta de carácter, en un pretexto para acusar a Marx. Es aun más ridículo decir que Bakunin fue excluido porque, a la manera de muchos literatos, solicito un adelanto al editor y luego no hizo el trabajo. ¿Es eso una estafa? No, ciertamente. Pero cuando los defensores de Bakunin, a los que se suma Mehring mas tarde, dicen que Marx no debía enrostrarle aquello como un crimen, no comprenden u olvidan que no se trataba de la restitución de los adelantos recibidos, sino de algo mucho más importante. Mehring, como lo sucede con frecuencia, se ha puesto al lado del literato. Muchos escritores, dice, no devuelven a los editores lo que han recibido como adelanto. Cierto, agrega, que es e no es una procedimiento muy loable, pero no se juzga al hombre por semejantes bagatelas. Por ello Mehring demuestra que no ha comprendido más que los anarquistas la discusión fundamental que se produjo en el congreso de La Haya. Allí donde Bakunin y sus amigos vieron solo una viveza perdonable, con perjuicio para el editor, los miembros de la comisión, con todos los documentos en la mano, vieron el abuso criminal del nombre de una organización obrera revolucionaria muy ligada a la Internacional, abuso cometido con fines personales, librarse del pago de una deuda. Si el documento que estaba en manos de la comisión se hubiera publicado en ese momento, habría producido el regocijo del mundo burgués. Había sido escrito por Netchaef, pero en el fondo concordaba perfectamente con los principios de Bakunin. Hay que agregar que Bakunin no se separo de Netchaef por ese asunto, sino porque le parecía que este lo consideraba a el mismo como un instrumento para sus objetivos revolucionarios. Basta leer las cartas de Bakunin a sus amigos para advertir cuan poco reparaba en lanzar contra sus adversarios, comprendido Marx, no ya acusaciones políticas, lo que tenía derecho a hacer, sino acusaciones personales. Ahora tenemos que Bakunin es el autor del célebre manual para uso de los revolucionarios, atribuido a Netchaef, y cuya publicación en el curso del asunto provoco la indignación general de los revolucionarios. Los amigos de Bakunin negaron obstinadamente que él fuera el autor y responsabilizaron a Netchaef.
Al final de sus tareas el congreso de La Haya acepto la proposición de Engels para trasladar a Nueva York la residencia de Consejo general. Ya hemos visto que en esa época la Internacional había perdido no sólo su apoyo en Francia, donde desde 1872 el solo hecho de pertenecer a ella era un crimen, sino en Alemania y también en Inglaterra. El traslado a América del organismo central se consideraba provisorio. Pero sucedió que el congreso de La Haya fue el ultimo celebrado por la Internacional. En 1876 el consejo general anuncio desde Nueva York que la I Internacional había dejado de existir.
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