Author: marxismo | Date: 18/06/2013 | No Comments »

TERCERA CONFERENCIA
LA VINCULACION DEL SOCIALISMO CIENTIFICO Y LA FILOSOFIA –EL MATERIALISMO – KANT – FICHTE – HEGEL – FEVERBACH – EL MATERIALISMO DIALECTICO DE MARX – LA MISION HISTORICA DEL PROLETARIADO.

Nos hemos detenido en el momento en que Marx abandonó su carrera de publicista en Alemania para dirigirse al extranjero. Resumiremos ahora lo dicho últimamente. Se recordará que nos propusimos la tarea de estudiar la vida de Marx y Engels valiéndose del método de investigación que ellos mismos crearon.

Hemos visto que, a pesar de todo su genio, Marx y Engels han sido hombres de una sola época determinada. Ha de recordarse como llegaron  a la vida consciente, es decir, cómo salieron del período infantil, durante el cual las impresiones principales provienen de la familia; como cayeron bajo la influencia de una época histórica, cuyo carácter fue determinado principalmente por la revolución de julio en Alemania, por el desenvolvimiento de la ciencia y de la filosofía, por el desarrollo del movimiento obrero y por el avance del revolucionario. Hemos indicado igualmente que Marx y Engels no son sólo el producto de esa época histórica, sino que por su origen fueron hombres de un lugar determinado, Renania, que era entonces la provincia más industrial y más internacional de Alemania y la que más fuertemente había recibido la influencia de la revolución francesa. Hemos mostrado que en los primeros años de su vida, Marx estuvo sujeto a otras influencias que las que rodearon a Engels y que fue grande en su familia el influjo de la filosofía francesa. Contrariamente, Engels estuvo sometido a la influencia de la religión en una familia casi santurrona. Así, las cuestiones relacionadas con la religión fueron siempre más angustiosas para Engels que para Marx. Finalmente Marx y Engels, por diferentes caminos, más fácilmente el uno, con mayores dificultades que el otro, llegaron a conclusiones idénticas.

Los hemos dejado en el momento en que han llegado a ser los representantes más radicales del pensamiento político y de la filosofía de su tiempo, en el momento en que Marx se traslada a París para formular su nuevo punto de vista. Para saber lo que Marx expone a los veinticinco años de edad de verdaderamente nuevo, nos detendremos a señalar brevemente lo que encontró en el dominio de la filosofía.

Deborin ha expuesto (1) la cuestión de la conciencia, de la inteligencia, de la materia, del ser, etc., y ha citado probablemente el nombre de algunos filosóficos. Por referirnos a ellas citaré las palabras de Engels que están en el prefacio de su folleto. El desarrollo del socialismo científico. “Nosotros, los socialistas alemanes, escribe Engels nos enorgullecemos de descender no sólo de Saint-Simón, Fourier y Owen, sino también de Kant, Fichte y Hégel”. Engels no menciona a un cuarto filósofo alemán, Feuerbach, al que dedica más tarde una obra especial. Expondremos ahora el origen filosófico del socialismo científico. No somos, como Deborin, especialistas en  filosofía; solamente nos hemos ocupado en adquirir una idea de las cuestiones filosóficas fundamentales, como lo han hecho todos aquellos que se interesan por el motivo de la evolución humana.

La cuestión fundamental, tal como lo plantea Engels, es la de saber si ha existido un principio creador que ha precedido al mundo; dicho de otra manera, si hay, como lo hemos aprendido en nuestra infancia, un dios. Este creador, este todopoderoso, puede reviste diferentes formas según las religiones. Puede manifestarse en la forma de un monarca celestial del poder infinito, con innumerables legiones de ángeles a sus órdenes. Puede transmitir sus poderes a un para, a obispos, a sacerdotes; puede, en fin, monarca bueno y esclarecido, establecer de una vez y para siempre una constitución, leyes fundamentales que gobiernen a la humanidad entera y, en su infinita sabiduría, satisfacerse con el amor y el respeto a sus hijos sin inmiscuirse nunca jamás en la administración de sus asuntos. Puede, en una palabra, manifestarse en las formas más variadas, pero en el momento que se ha reconocido la existencia de este dios, se admite que hay un ser ha existido en todos los tiempos y que, un buen día, ha dicho: ¡Que el mundo sea! Y cuya palabra se ha transformado inmediatamente en la realidad.

Así, pues, el pensamiento, el deseo, la intención de crear este mundo, existía en alguna parte, fuera del mundo mismo; dónde, no se sabe exactamente. Este suceso no ha sido descubierto todavía por ningún filósofo, ni aun por nuestros nuevos filósofos de Petrogrado.

Este ser eterno crea todo lo existente. Así, la conciencia, el pensamiento, determinan todo lo que existe. La idea crea el pensamiento, determinan todo lo que existe. La idea crea a la materia, la conciencia determina al ser. En el fondo, a pesar de todos los ropajes filosóficos, esta nueva forma de manifestarse el “primer principio”, no es otra cosa que la vieja concepción teológica del mundo.

(1) Se refiere a sus conferencias sobre el materialismo dialéctico – N. de los T.)

Se trata, en definitiva, de saber sí, en el universo donde nos movemos, en lo existente, puede acaecer algo sin la intervención de un ser desconocido, situado más allá de los límites del universo, de un ser fuera de nuestra percepción, que se llama Jehová, el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, y aún la razón. Se le puede también designar, como en el Evangelio de San Juan, el Verbo ha creado la existencia; ha creado el mundo.

Esta idea del Verbo principio de todas las cosas, fue ya combatida en el siglo XVIII por los materialistas, por los representantes de la nueva filosofía y de la nueva clase, la burguesía revolucionaria, en la medida en que atacaron al antiguo orden social, el feudalismo. La antigua concepción del mundo resultaba insuficiente para explicar el origen de los nuevos acontecimientos de lo que distinguía su época de las precedentes.

La conciencia, la idea, la razón, consideradas como unas e inmutables, tenían a sus ojos un defecto capital. En efecto, la observación les indicaba que todo lo terrenal cambia, que el ser reviste las formas más variadas. La experiencia les enseñaba (sin hablar de los viajes y de los descubrimientos que suministraban cada día nuevos materiales) que existen gentes diferentes, diferentes Estados y diferentes ideas.

Se trataba de conocer la proveniencia de toda esa diversidad, de saber cómo surgen las diferencias que existen entre los hombres y las cosas.

Cuanto más penetraban los filósofos en el estudio del pasado, mayor era el número de pueblos diferentes que encontraban, algunos desaparecidos, otros vivientes. Los ingleses habían atravesado distintas épocas, y lo mismo los franceses. ¿De dónde provenía esta diferencia en el tiempo y en el espacio si la causa de todo residía en un principio único, en un dios, por ejemplo? Sólo hace falta suponer que ese dios, sin que uno pueda comprender por qué, decidía hoy que hubiera una Inglaterra, mañana una Alemania, una Francia pasado mañana. Que tuviera el capricho de hacer reinar un día en Inglaterra a los Estuardo, al siguiente cortar la cabeza a Carlos I y entregar el poder a Cromwell.

A partir del siglo XVIII, a medida que la existencia, la humanidad y las relaciones entre los hombres se modifican notablemente bajo la influencia de los hombres mismos, la existencia de la Divinidad, origen de todo, suscita mayores dudas. En efecto, lo que explica todo en su diversidad en el tiempo y en el espacio, no explica nada desde el momento que la diferencia de los acontecimientos y no lo que tienen de común, se explica por el hecho de que han surgido en condiciones diferentes, bajo la influencia de causas distintas. Cada una de esas diferencias debe ser explicada por las causas particulares, por las influencias especiales que la han producido.

Los filósofos ingleses, que vivían bajo un capitalismo en rápida transformación y que poseían la experiencia de dos revoluciones, se habían preguntado si existía de  veras una fuerza que independientemente de la voluntad de los hombres proveía todo y lo hacía todo. Suscitaba en ellos no menos dudas el problema de saber si todas esas diferentes ideas, que se habían manifestado y combatido entre si en la época de la revolución inglesa, eran ideas innatas. A pesar de todos los esfuerzos para  conciliarlas con las enseñanzas de la Biblia, era evidente que esas ideas llevaban el sello de la novedad.

Los materialistas franceses, de los cuales ya hemos hablado, planteaban la cuestión con más claridad. Para ellos esa supuesta fuerza que se encuentra fuera de nuestro mundo, esa fuerza divina que se ocupa sin cesar de la nueva Europa, que piensa en todo y contribuye a todo, no existe. Todo fenómeno, todo hecho histórico es el resultado de la acción de los hombres mismos.

Los materialistas franceses no conocían lo que determina los actos de los hombres, más sabían que no es Dios, que no es ninguna fuerza exterior lo que hace la historia, sino que son los hombres mismos los que dirigen los acontecimientos. Pero caían en una contradicción. Sabían que los hombres preceden diferentemente porque tienen opiniones e intereses diferentes, pero no conocían lo que suscita esas divergencias de intereses, como tampoco conocían la influencia que sobre el hombre ejercen las condiciones materiales en que se forma. Al contrario, creían que la formación misma de los hombres está determinada por tal o cual legislador que, a la manera de un dios, dispone de ellos y fija sus actos.

Algunos materialistas franceses habían planteado claramente otra cuestión. Cierto. – Dios no es un ser idéntico al terrible Jehová de los judíos, ni al Padre, Hijo y Espíritu Santo de la religión cristiana, pero existe un principio espiritual que ha introducido en la materia la posibilidad del pensamiento, que precede a la naturaleza. Respondían los materialistas que para eso no hay necesidad alguna de una fuerza exterior cualquiera, porque el estímulo procede de la materia de la misma.

A pesar de que en la época que los  materialistas franceses elaboraban su filosofía, la ciencia en general y las ciencias naturales en particular habían alcanzado escaso desarrollo, ellos establecieron esa idea fundamental.

Todos los que se titulan materialistas niegan que la conciencia, el pensamiento, en el sentido que nosotros damos a estas palabras, hayan precedido a la materia, a la naturaleza. Durante millones de años no existió en la tierra ningún ser viviente, organizado; en consecuencia, no existía lo que se llama pensamiento, ni lo que se denomina conciencia. El ser, la naturaleza, la materia, han precedido a la conciencia, al pensamiento, al espíritu.

No hay que imaginar que la materia sea necesariamente algo grosero, pesado, sucio, y la idea delicada, ligera, pura. Materialistas vulgares, a veces jóvenes materialistas, en el ardor de la discusión o para mofarse de los fariseos del idealismo que no cesan de hablar de lo grande y de lo bello al tiempo que se acomodan perfectamente con la villanía e infamia de la sociedad burguesa, subrayan a veces intencionalmente, que la materia es una cosa pesada y grosera. Por el contrario, cuando se sigue el desarrollo de las ciencias físicas se comprueba que durante los últimos ciento cincuenta años la materia se ha transformado en algo increíblemente etéreo y extremadamente móvil. Desde que la revolución industrial cambió las bases de la vieja economía natural, todo se puso en movimiento. Cuanto dormía despertase y todo lo que estaba inmóvil se puso en movimiento. En la materia compacta,  fija al parecer, se han descubierto fuerzas nuevas y nuevas formas de movimiento.

El hecho siguiente nos mostrará cuán insuficientes eran los conocimientos de los materialistas franceses. Cuando Holbach, uno de los más lógicos, escribió su libro sobre El sistema de la naturaleza, ignoraba lo que ahora sabe todo buen escolar de doce años. Para él el aire era indivisible y uno de los elementos principales que constituyen la naturaleza; por otra parte, no sabía sobre el aire más de lo que sabían los griegos dos mil años atrás. Algunos años después de la publicación del libro de Holbach, la química, desarrollada sobre todo por Lavoisier, mostró que el aire se compone de ázoe y oxigeno, a los cuales están mezclados en cantidad ínfima cierto número de elementos. Y cien años más tarde, a fines del siglo XIX, la química misma descubre en el ázoe y en el oxigeno, gases como el argón y el helio, que son materia, pero extremadamente sutil.

Otro ejemplo aun. En la Rusia soviética es muy usada la radiotelegrafía, pues nos ha prestado servicios inmensos  durante el bloqueo y la guerra civil. Sin ella hubiéramos vagado, por así decir, en las tinieblas. La radiotelegrafía sólo existe desde hace treinta años, pues es en 1897 o 1898 cuando se descubren en la materia grosera e inanimada, sustancias tan inmateriales que, para designarlas, es preciso buscar denominaciones en la antigua teología de la India. La radiotelegrafía trasmite los sonidos. Se puede aquí, en Moscú, oír un concierto ejecutado a varios cientos de kilómetros de distancia. Y no sólo esto; últimamente hemos sabido que se puede  enviar un telegrama que a más de la caligrafía del remitente reproduce su retrato, para lo que basta la adaptación de un aparato inventado por el técnico francés Belin. Y todo eso se efectúa no con la ayuda del “espíritu”, sino con la de una materia extremadamente sutil y delicada, medida y dirigida por nosotros.

Si he citado lo precedente, ha sido para mostrar cuán atrasadas son las concepciones habituales sobre la materialidad y la inmaterialidad; lo eran aún más en el siglo XVIII. Si los materialistas de esa época hubieran dispuesto de todos los nuevos hechos, hubiesen sido menos “groseros” y las gentes “delicadas” no se habrán separado de ellos.

Los filósofos alemanes contemporáneos de Kant adoptaron el punto de vista de ortodoxo. Rechazaron la doctrina materialista como impía e inmoral; mas Kant no se satisfizo con una conclusión tan simple. Comprendió perfectamente toda inconsistencia. De las viejas ideas religiosas, pero no poseía ni la audacia mental ni la lógica necesarias para romper categóricamente con esas ideas.

En 1781 Kant publicó su obra principal. Crítica de la razón pura; en la que sostiene que no hay prueba alguna de la existencia de Dios, de la inmortalidad del alma, de las ideas eternas, y que nuestra ciencia se basa en la experiencia. Según él, no podemos conocer las cosas mismas, su esencia, sino solamente las formas bajo las cuales se  manifiestan e impresionan nuestros sentidos. La esencia de las cosas, disimulada en el fenómeno, nunca nos será accesible. Así, Kant establece una especie de puente entre el materialismo y el idealismo, entre la ciencia y la religión. No niega los progresos de la ciencia ni que ella ayude a comprender las cosas, pero al propio tiempo deja una puerta abierta a la teología, permitiendo bautizar con el nombre de Dios la esencia de las cosas.

En su contabilidad por partida doble, en su deseo de  quedar bien con la ciencia y con la fe, Kant va todavía más lejos. Escribe otra obra, la Crítica de la razón práctica, en la cual demuestra que sí en la teoría puede prescindir de Dios, de la inmortalidad del alma, etc., en la práctica hay que reconocer todos esos principios, ya que sin ellos la actividad misma carecería de base moral.

El ya citado poeta alemán Heine, que fue un gran amigo de Marx, y sobre el cuál éste tuvo algún tiempo una influencia considerable, ha narrado de una manera muy interesante los motivos de esa actitud de Kant tenía un viejo criado, Lampe, que estaba con él desde hacía cuarenta años y que lo rodeaba de la más afectuosa solicitud. Para Kant, Lampe personificaba el hombre común que no puede vivir sin fe. Y Heine, después de exponer brillantemente el alcance revolucionario de la Crítica de la razón pura en la lucha contra la teología, y aun contra la fe como principio puramente divino, explica por qué Kant tuvo necesidad de la Crítica de la razón práctica, en la cual reconstruye todo lo que acababa de destruir. He aquí lo que dice Heine:

A la tragedia sucede la farsa. Manuel Kant ha hecho hasta aquí el papel de filósofo intransigente. Se lanzó al asalto del cielo, venció a la guarnición y abatió sus armas; quedó rendido y bañado en sangre el amo del mundo; no hay misericordia, no hay providencia paternal, no hay recompensa en el otro mundo para las virtudes de éste; la inmortalidad agoniza; aquí estertores, allá gemidos. Más el viejo Lampe está allá, el paraguas bajo el brazo, espectador afligido, cubierto el rostro de un frío sudor y bañado en lagrimas. La piedad penetra entonces en el corazón de Kant y demuestra que no es sólo un gran filósofo, sino también un hombre bueno. Después de reflexionar un instante, dice, entre benévolo e irónico: “El viejo Lampe tienen necesidad de un dios, si no no será feliz. Ahora bien, el hombre debe ser feliz en la tierra. Así habla la razón práctica. Y bien, ¡que sea así!; la razón práctica es responsable de la existencia de Dios.

Kant ha desempeñado igualmente un gran papel en la historia de la ciencia. Ha demostrado, a igual que el astrónomo francés Laplace, que la tierra no ha sido creada por Dios en un día, como se nos cuenta en la Santa Escritura, sino que es el resultado de una larga evolución y que, con todos los astros celestes, se ha formado por la condensación de una materia informe, extremadamente rarificada.

En el fondo, Kant fue un conciliador de la antigua y de la nueva filosofía, y talmente procedió en todos los aspectos de la vida práctica. Más aunque no supo romper resueltamente con el pasado, avanzó, no obstante, considerablemente, y sus discípulos más consecuentes, como Heine, comprendieron la verdadera razón de su contabilidad por partida doble, rechazaron la Crítica de la razón práctica y extrajeron de la Crítica de la razón pura las extremas deducciones que ella comporta.

No me detendré mayormente en Fichte, que Engels menciona. Fichte tuvo una influencia mucho mayor sobre Lassalle que sobre Marx. Su filosofía encierra un elemento que no fue completamente desenvuelto en el sistema de Kant y que influyó considerablemente sobre los intelectuales revolucionarios de Alemania. Si Kant fue un filósofo apacible que durante decenas de años no salió de su amado Koenigsberg, Fichte no sólo fue un filósofo, sino un hombre de acción, elemento activo que introduce en su filosofía. Al antiguo concepto de una fuerza especial que dispone de los hombres, opone uno nuevo que hace de la personalidad humana y de su actividad la fuente  principal de toda la teoría y de toda la práctica.

La filosofía que más influencia tuvo sobre Marx y Engels fue la de Hegel, cuyo sistema total se basa en principios divergentes de los de Kant y Fichte. Entusiasmados en su juventud por la revolución francesa, en 1831, fecha de su muerte, Hegel era un profesor y un funcionario prusiano cuya filosofía cuya filosofía contaba con la aprobación del Estado.

¿Cómo la filosofía de Hegel llegó a ser la fuente en la que Marx, Engels y Lasalle apagaron su sed de conocimientos? ¿Qué había en su filosofía que atrajera irresistiblemente a lo más escogido del pensamiento revolucionario y social?

La filosofía de Kant, en sus lineamientos fundamentales, fue elaborada antes de la gran revolución francesa. Al estallar ésta, Kant tenía setenta y cinco años, y aunque es verdad que sintió su influencia, no sacó de ella conclusiones radicales, Por tanto, en lo concerniente a la naturaleza, a la historia de nuestro planeta, se asimila la idea de evolución, pero todo su sistema se reduce a la explicación del mundo tal cual es.

Lo contrario sucedía con respecto a Hegel. Había atravesado la época de los trastornos económicos de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX y se empeño en explicar el mundo tal cual deviene. Nada permanece inmóvil. Su idea absoluta, su razón, sólo vive y se manifiesta en un proceso continuo. Todo fluye, todo cambia, todo desaparece. El continuo movimiento, el desarrollo continuo de la idea absoluta, determina la evolución de nuestro  mundo en todos sus dominios. Para comprender los fenómenos que nos rodean no basta estudiarlos tal cual existen, sino comprender cómo se han producido o desarrollado, pues todo lo que nos rodea es el resultado de un proceso anterior. Además, si bien de inmediato tal o cual cosa se nos aparece inmóvil, examinándola atentamente se comprueba que se produce en ella una lucha, que existen en ella influencia, fuerzas que la mantienen en el estado que la conocemos, y otras fuerzas y otras influencias, que tienden a modificarla. En cada fenómeno, en cada causa, se produce una lucha de esos dos principios, la tesis y la antítesis. De esos dos principios, el uno conserva, el otro destruye. La lucha de ambos, que existe en cada fenómeno, conduce a algo sintético a su unión.

Para Hegel, la razón, el pensamiento, la idea, no permanecen inmóviles, inmutablemente fijos, no se estabilizan en una tesis. Al contrario, esta tesis, este pensamiento, oponiéndose a si mismo se divide en dos contrarios: la afirmación y la negación, el sí y el no. La lucha de esos dos elementos opuestos, encerrados en la antítesis, constituye el movimiento que Hegel llama dialéctico para hacer resaltar el elemento de lucha que existe en él. En esta lucha, en esta dialéctica, ambos contrarios se equilibran mutuamente y se fusionan. La fusión de los dos contrarios produce un nuevo pensamiento: su síntesis; nuevo pensamiento, nueva idea, que se divide a su vez en dos opuestas, la tesis se transforma en antítesis y ambos se concilian en una nueva síntesis.

Hegel considera todo fenómeno, toda cosa, como un proceso, como algo en estado de transformación constante, de constante desenvolvimiento. Todo fenómeno no sólo es el resultado de una modificación anterior, sino que lleva en sí el germen de una nueva modificación. Jamás se detiene en un punto determinado. Por el contrario, apenas ha llegado a un grado superior comienza la lucha de nuevas contradicciones. Como muy bien lo dice Hegel, la lucha de las contradicciones es el origen de todo desarrollo.

He aquí precisamente el aspecto revolucionario de la filosofía de Hegel. Aunque Hegel fuera idealista, aun cuando para él el principio fuera el espíritu y no la naturaleza, la idea en vez de la materia, ejerció una inmensa influencia en las ciencias históricas y sociales y aun en las naturales. Incitó al estudio de la realidad, a buscar todas las formas de desarrollo de la idea absoluta, manifestaciones de esta idea que, cuanto más variadas son, más lo es el fenómeno, el proceso donde es preciso estudiar el desenvolvimiento.
Para comprender mejor todavía lo que atraía a Marx, Engels y Lasalle, así como a los revolucionarios rusos Bielinsky, Herzen, Bakunin y Chernichevsky hacia esta  filosofía exteriormente tan árida, con su nebuloso lenguaje, leáse lo que de ella dice chernichvsky.

Mudanza eterna de la forma, destrucción eterna de la forma engendrada por un cierto contenido o aspiración, a consecuencia del refuerzo de esta misma aspiración, del desenvolvimiento último del contenido; _ quien ha comprendido esta gran ley eterna y universal, quién ha aprendido a aplicarla a cada fenómeno, permanece tranquilo ante las contingencias que a los demás abaten. Repitiendo con el poeta: “He apostado cuanto tengo sobre nada, y el mundo entero me pertenece”, no deplora nada de lo que ha cumplido su tiempo y dice: “Suceda lo que suceda, al fin de cuentas el triunfo será nuestro”.

No me detendré a explicar otros aspectos de la filosofía hegeliana que muestran por qué ella ha impulsado fuertemente al estudio de la realidad. Cuanto más los discípulos de Hegel han estudiado la realidad a la luz y bajo la dirección del método dialéctico creado por su maestro, más se ha revelado el defecto fundamental de esta filosofía: es una filosofía idealista, pues para ella el principal motor, el creador, es la idea absoluta, la conciencia determinando el ser.

El punto débil de la filosofía de Hegel incitaba a la crítica. Su idea absoluta no era, en suma, podemos decirlo, más que una reedición del antiguo Dios cristiano, o de un dios purificado, incorpóreo, o que habían creado para el pueblo filósofos como Voltaire.

Desde tal punto de vista aborda la filosofía de Hegel uno de sus discípulos más talentosos, Luis Feverbach. Había comprendido y asimilado muy bien el lado revolucionario de esta filosofía, pero, inquiría, ¿puede realmente esta idea absoluta, en su desenvolvimiento, determinar el ser? A esta pregunta Feuerbach responde negativamente. Invierte la tesis fundamental de Hegel y muestra, por el contrario, que el ser es quien determina la conciencia: que hubo un tiempo en que el ser existía sin conciencia; que el pensamiento, la idea, es el producto de este mismo ser. Según él, la filosofía hegeliana es sólo el último de los sistemas teológicos, pues reemplaza a Dios por un ser – la idea absoluta – del cual deriva todo. Feverbach prueba que todas nuestras ideas sobre Dios y los diferentes sistemas religiosos, comprendido en ellos el cristianismo, son el producto del hombre mismo, que no es Dios el creador del hombre, sino el hombre quien crea a Dios a su imagen. Basta disipar todo este mundo de fantasmas de ángeles, de hechicerías y de otras manifestaciones de la misma esencia divina, para obtener el mundo humano. De suerte que el hombre es el principio fundamental de toda la filosofía de Feverbach. La ley suprema para el mundo humano no es la ley de Dios, sino la del hombre mismo. Por otra parte, Feverbach oponía al antiguo principio teológico divino, un nuevo principio, el principio antropológico.

Al leer a nuestros viejos críticos y publicitas Dobroliubof y Chernichevsky se advierte que su concepción del mundo se asienta sobre el principio antropológico, o sea, que el punto de partida es el hombre con sus necesidades. Para instaurar la verdadera comunidad humana no basta ocuparse del espíritu, sino también del cuerpo; es necesario satisfacer todas las necesidades del hombre, crear condiciones de vida en las  cuales el hombre pueda desenvolver todas sus facultades. A estas conclusiones llegaron con el auxilio de Feuerbach, lo mismo Marx y Engels y todos los intelectuales avanzados de su época. Esto constituye un hecho del más alto interés. Basta comparar las obras de Marx y Engels anteriores a 1845 con las de Herzen, Bielinsky, Droboliubof, Chernichevsky, para comprobar la analogía de ideas y puntos de vista de la exposición, analogía mayor cuanto más los escritores rusos se alejaban de Hegel para aproximarse a Feuerbach. Pero sabemos que ni Chernichevsky, ni Drobroliubof, ni, por razones más poderosas, Herzen, fueron marxistas o comunistas. Aunque fuesen socialistas. Todos se detenían en un punto , determinado, aun Chernichevsky, que iba más lejos que los demás por el camino en que lo había colocado el estudio de Feverbach.

Sólo Marx introduce algo semejante nuevo en la filosofía de Feuerbach y extrae nuevas deducciones: pero para comprender lo que Marx ha innovado en la filosofía alemana nos  será preciso retroceder un poco.

Al hablar de la juventud de Marx he señalado un pequeño hecho característico. En una de sus composiciones de colegial, Marx demostró que existe, aún antes del nacimiento del hombre, una serie de condiciones que determinan fatalmente su modalidad futura. Así, ya en el colegio Marx conocía la idea que se deduce lógicamente de la filosofía materialista del siglo XVIII. El hombre es el producto del medio, de las circunstancias, lo que impide ser completamente libre para seguir sus convicciones; no puede ser el artífice de su dicha. En esta tesis, como he manifestado ya, no hay nada de nuevo, nada que pertenezca propiamente a Marx, sólo que formuló, es verdad, lo que había leído muchas veces en las obras de los filósofos favoritos de su padre de un modo bastante original. Al entrar en la universidad y hallarse en un medio intelectual nuevo, en el que dominaba la filosofía clásica alemana. Marx le opone de inmediato al idealismo una concepción acentuadamente materialista. Por eso extrajo rápidamente de la filosofía hegeliana todas las conclusiones radicales  que comporta y aclamó la Esencia del cristianismo de Feuerbach. En su crítica del cristianismo este último llega a las mismas conclusiones que los materialistas radicales del siglo XVIII con la diferencia de que donde éstos sólo vieron engaño y superstición, Feuerbach, discípulo de Hegel, ve una fase necesaria de la civilización humana, mas también para él el hombre es una figura tan abstracta como para los materialistas franceses del siglo XVIII.
Bastaba ahondar en el análisis del hombre y del medio para observar que el hombre mismo constituye una diversidad extrema, que existe bajo diversas apariencias y se recubre de los ropajes más distintos. El rey de Prusia y el superintendente de Renania son hombres a igual título que los campesinos de Mosela y que los obreros de las fábricas con quienes Marx mantenía relaciones. Todos poseen los mismos órganos, la misma cabeza, las mismas piernas y los mismos brazos. Fisiológica y anatómicamente no existen diferencias esenciales entre el campesino de Mosela y el junker prusiano; y, sin embargo, existe entre ambos una diferencia inmensa desde el punto de vista de su situación social.

Pero los hombres se distinguen los unos de los otros no sólo en el espacio sino también en el tiempo; los hombres del siglo XVIII se distinguen de los del XII. ¿De dónde provienen tales diferencias si el hombre mismo no cambia y es sólo producto de la naturaleza?  En tal dirección trabaja espíritu de Marx. No basta decir que el hombre es el producto del medio, que el medio forma al hombre. Para formar hombres tan diferentes, el medio mismo debe ser diferente y contener elementos contrarios. En efecto, el medio no es simplemente una aglomeración de seres, sino un medio social en el que las gentes están vinculadas por determinadas relaciones y pertenecen a diferentes grupos sociales.

Por eso Marx no se satisface con la crítica de la religión de Feuerbach. Este explicaba la esencia de la religión por la esencia del hombre; pero la esencia del hombre no es algo abstracto, exclusivo del hombre como individuo. El hombre mismo representa una suma, un conjunto de relaciones sociales determinadas. No existe el hombre aislado. Pero las relaciones naturales existentes entre los hombres son de menor importancia que las sociales establecidas entre ellos en el curso del desenvolvimiento histórico. Por eso el sentimiento religioso no es una cosa natural, es un producto social.

De igual manera, no basta decir  que el hombre es el punto de arranque de una nueva filosofía. Es preciso agregar que este hombre social, producto de una evolución histórica determinada, se forma y se desarrolla sobre el terreno de una determinada sociedad, que se diferencia de un modo determinado. Ahondando se comprueba que está diferenciación del medio en clases diversas no es primordial, natural, sino el resultado de un largo desenvolvimiento histórico. Si se estudia la forma de efectuarse tal desenvolvimiento, llegase a ver que es siempre el resultado de la lucha de contradicciones, de oposiciones que surgen en un estado dado del  desarrollo social.

Marx no se limita a la crítica del aspecto religioso, sino que la emprende con otras tesis filosóficas de Feuerbach. En la filosofía puramente teórica, contemplativa, introduce un nuevo elemento: la acción práctica revolucionaria fundada sobre la crítica de la realidad.

Como los materialistas francesas, Feuerbach enseña que los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, de la reacción del ser sobre la conciencia. Parecía así que, tal cual es, con cabeza, brazos, piernas, el hombre, distinto del resto del mundo animal, es sólo un mecanismo sensible de una especie particular que ha recibido la influencia de la naturaleza ambiente. Todos sus pensamientos, todas sus ideas, son el reflejo de esta naturaleza. De manera, pues, según Feuerbach, que el hombre es un elemento pasivo que registra dócilmente todas las  impulsiones que recibe de la naturaleza. A esta aserción Marx opone otra: todo lo que se realiza en el hombre, todas las modificaciones del hombre mismo, no son sólo el resultado de la acción de la naturaleza sobre él, sino también, en un sentido más extenso, de su acción sobre la naturaleza. Todo el desenvolvimiento de la humanidad consiste en que el antropomorfo primitivo no se limita, en su lucha continua por la existencia, a sufrir pasivamente la influencia de la naturaleza; obra el mismo sobre la naturaleza y, transformándola, transforma las condiciones de su existencia y al propio tiempo se transforma él mismo.

Así, pues, Marx introduce en la filosofía pasiva de Feuerbach el elemento revolucionario, el elemento de acción. La obra de la filosofía – dice, contrariamente a Feuerbach – no consiste  sólo en explicar el mundo, sino también en modificarlo. La teoría se completa con la práctica; la crítica de la realidad, del mundo que nos rodea, su negación, completase por el trabajo positivo, por la acción práctica. De esta suerte Marx introduce en la filosofía materialista el principio revolucionario, de tal modo transforma la filosofía contemplativa de Feuerbach en una filosofía de la acción. Por la práctica, por toda su acción, el hombre debe probar  la justeza de su pensamiento, de su programa. Cuanto más se aplica a la acción práctica, más rápidamente encarna la realidad y prueba mejor que esta misma realidad contiene ya todos los elementos necesarios para cumplir la tarea que él se ha asignado, para la realización del programa por él mismo elaborado. Muy pronto formula Marx en líneas generales esta crítica de Feuerbach. Si se sigue con atención el curso de su pensamiento, es fácil comprender de qué modo llega a su idea fundamental, cuya elaboración lo lleva al socialismo científico.

Marx, por su origen, pertenecía al medio intelectual alemán, y es con los intelectuales con quienes entra en discusión para convencerlos de la inconsistencia de sus viejos principios. Desde luego, estamos de acuerdo, decía, en reconocer que la Alemania actual, que Prusia, donde la vida es tan difícil, sin libertad de prensa ni de enseñanza, que todo este mundo es bien poco atrayente. No cabe duda de que debe ser cambiado si no queremos que el pueblo alemán se hunda completamente en este horrible pantano. ¿Pero de qué manera puede ser cambiado?, pregunta Marx. Sólo puede serlo si en la sociedad alemana hay un grupo, una categoría de hombres interesados por todas las condiciones de su existencia en cambiarlo.

Marx examina sucesivamente los diferentes grupos existentes en la sociedad alemana. La nobleza, los funcionarios, la burguesía. Llega a la conclusión de que esta última, contrariamente a la burguesía francesa, que desempeño un papel revolucionario considerable, no se halla en estado de asumir la función de clase emancipadora capaz de mudar todo el régimen social. Pero, entonces, ¿qué otra clase puede asumir esa función?; y Marx, que en esa época estudiaba atentamente la historia y la situación de Inglaterra y de Francia, concluye que esta clase no puede ser otra que el proletariado.

De modo que ya en 1844 Marx formula esta tesis fundamental; la clase que puede y debe asumir la misión de emancipar al pueblo alemán y efectuar la transformación del régimen  social, sólo puede ser el proletariado. ¿Por  qué? Porqué es la clase en cuyas condiciones de existencia se encarna todo el mal de la sociedad burguesa contemporánea, y no hay otra clase que esté situada más bajo en la escala social y sobre la que pese mayormente todo el resto de la sociedad. Mientras la existencia de las demás clases se basa sobre la propiedad individual, el proletariado está privado de esa propiedad y no tiene interés alguno en mantener la sociedad existente. Sólo le falta la conciencia de su misión, la ciencia, la filosofía: y constituiría el eje de todo el movimiento emancipador si llega a penetrarse de esta conciencia, de esta filosofía, si comprende el gran papel que le corresponde.

He ahí el punto de vista propio y fundamental de Marx.

Los grandes utopistas, Saint-Simón, Fourier, Owen, en  particular este último, habían fijado su atención sobre “la clase humana más numerosa y más desheredada”, sobre los proletarios; mas todos ellos compartían el parecer de que el proletariado es la clase más miserable, la que más sufre y que, por consecuencia, es preciso ocuparse de ella, tarea que corresponde a las clases superiores, cultas. En la condición miserable  del proletariado sólo veían la miseria, y señalaban el factor revolucionario que se oculta en la miseria, producto de la descomposición de la sociedad burguesa.

Marx es el primero en revelar que el proletariado no es sólo una clase doliente, sino también un elemento activo de lucha contra la sociedad burguesa; la clase que por sus condiciones de existencia, llegará a ser fatalmente la única revolucionaria de la sociedad burguesa. Esta idea, que había expuesto a comienzos de 1844, la desenvuelve en una obra que escribió en colaboración con Engels. Esta, obra, titulada La sagrada familia está dedicada a sus antiguos compañeros de armas a los hermanos Bauer. Hoy ha envejecido, apareció en 1845, pero no más que algunas obras de Plejanov y aun de Lenin. Tómese un libro cualquiera de Plejanof   aparecido en 1883, o de Lenin de 1903, y el lector joven no comprende casi nada sin un buen comentario. Los de mi edad recuerdan perfectamente el período de 1890, conocen al dedillo a los representantes de las corrientes literarias y revolucionarias aun de las mas ínfimas de aquel tiempo. Pero quienes ignoran casi todos esos nombres y desconocen completamente la lucha que desarrollaron los primeros marxistas, leen con indiferencia, con fastidio a veces, las páginas que en nosotros despiertan el más vivo interés.

En ese sentido La sagrada familia, escrita principalmente por Marx, ha envejecido; pero es de un interés palpitante para todos aquellos que tienen una idea clara de la Alemania de 1840 a 1850, con las luchas enconadas de las distintas corrientes intelectuales y sociales. Marx ridiculiza en ella todas las tentativas de los intelectuales alemanes por apartarse del proletariado o contentarse con las sociedades de beneficencia destinadas a lograr la felicidad de esta misma clase; explica a los intelectuales la importancia revolucionaria del proletariado, que algunos meses antes, representado por los tejedores de Silesia, demostró que para defender su interés debe llegar hasta la insurrección.

En esta obra Marx da los primeros pasos del desarrollo ulterior de su nueva filosofía. El proletariado es una clase aparte, porque la sociedad en que vive es una sociedad de clases. Al proletariado se opone la burguesía; el capitalismo explota al obrero. Y entonces surge una nueva cuestión. ¿De dónde provienen los capitalistas? ¿Cuáles son las causas que engendran la explotación del trabajo por el capital? Hay que estudiar la sociedad, las leyes fundamentales de su existencia y desarrollo. Igualmente en este aspecto Marx aventaja a Feuerbach, interesado poco en el desarrollo de las relaciones sociales, y en tal dominio por debajo de su maestro Hégel, el cual estudió cuidadosamente desde el punto de vista idealista las leyes del desenvolvimiento de la sociedad burguesa.

En La sagrada familia Marx advierte que es imposible comprender nada de la historia de su tiempo si no se conoce el estado de la industria, las condiciones directas de la producción, las condiciones materiales de la vida de hombre y las relaciones que se establecen entre los hombres en el proceso de satisfacción de sus necesidades materiales. Marx empieza entonces a trabajar con toda energía en este problema. Más adelante veremos las conclusiones a que llega en el transcurso de los dos años siguientes, antes de la revolución de 1848.

Se engolfa en el estudio de la economía política para comprender mejor el mecanismo de las relaciones económicas de la sociedad contemporánea. Pero Marx no era solamente un filósofo ansioso de explicar al mundo, era también un revolucionario que quería cambiarlo. En él trabajo teórico se aparejaba el trabajo práctico.

En la próxima conferencia veremos cómo, en menos de tres años y en medio de la más implacable lucha de fracción, Marx crea, con Engels, la organización de la Liga de los comunistas, para la cual se le encarga escribir el Manifiesto comunista.

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Author: marxismo | Date: 08/06/2013 | No Comments »

Nicolás Maduro

•    Entrevista con el periodista y luchador político y social, Modesto Emilio Guerrero
 
“Decir la verdad y llegar juntos a la verdad”
Antonio Gramsci
 
Andrés Figueroa Cornejo
 
“El chavismo sin Chávez” se titula el último libro lanzado apenas en abril de 2013 por el periodista, escritor, poeta, y militante político y social venezolano residente en Argentina, Modesto Emilio Guerrero. Su condición de revolucionario y franco analista del devenir de los conflictos del pueblo de Venezuela, vuelven a Modesto Guerrero una fuente obligada de consulta para quienes hacen y piensan a Latinoamérica como nave y humanidad que con su movimiento despeña al capitalismo.
El programa Canto Libre emitido por  la independiente Radio Sur ( www.radiosur.org.ar ) se entrevistó con Guerrero.  
 
-Primero lo urgente. ¿De qué se trata la reciente solicitud del presidente colombiano Juan Manuel Santos para integrar la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte)?
“El anuncio que hizo Santos fue un juego de artificio para probar relaciones de fuerzas y reacciones en América Latina. Santos pudo haber dicho desde el principio ‘no podemos ir a la OTAN por razones estatutarias, pero queremos tener relaciones de distinto tipo con ella’, como el rango de Estado Asociado de la OTAN que se le concedió a Argentina en 1991.
Si no hubiera existido la reacción latinoamericana observada, la prueba habría pasado y su ingreso a la OTAN, con estatuto o sin él, sería una realidad. El vicepresidente colombiano -el ex comunista Angelino Garzón- dio una explicación aun más anodina que la de Santos porque trato de legitimar el movimiento, diciendo que ‘eso tiene que ver con el interés nacional’. Luego apareció el ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, el cual declaró más o menos lo mismo, afirmando que ‘se está creando una tormenta en un vaso de agua’. Para ellos puede ser un vaso de agua, pero para nosotros se trata de aguas muy revueltas.”
 
-¿Qué significa que Colombia se convierta en un Estado Asociado de la OTAN cuando se apruebe su nuevo estatus?
“La condición de Estado Asociado corresponde a un estatuto especial aprobado en 1989 para países extra OTAN. Argentina fue la primera nación extra OTAN asociada, y aún no se ha retirado. Chile, por su parte, fue asociada de facto a comienzo de los 80’, durante la guerra de Malvinas. Todavía no existía el estatuto especial, pero fue usada de Estado-nación para los despliegues satelitales y no satelitales en el sur.”
 
-Lo de Argentina y Chile pasó hace más de dos y tres décadas…
“En el caso de Colombia estamos frente a una situación más grave que lo ocurrido con Chile y, por supuesto, cien veces más grave que lo de Argentina, porque se inserta al interior de un contexto de otro continente que el de entonces, en otro momento histórico y bajo otras relaciones de poder locales e internacionales. Ese es el secreto.
Uno de los elementos geopolíticos que se remueve con esta nueva relación es el proceso de acuerdos por la paz, patrocinado por Noruega y Venezuela, y realizado mediante la gestión de Cuba, con una de las tres guerrillas colombianas. Lo primero que se puede concluir es que el vínculo fresco de Colombia con la OTAN explota en UNASUR (Unión de Naciones Suramericanas).”
 
-¿Por qué?
“Colombia no puede pertenecer al mismo tiempo al Consejo de Defensa Suramericano de UNASUR y a la OTAN, que es otro consejo de defensa. El de UNASUR es autónomo política y militarmente, y opuesto por el vértice con la OTAN. En lógica política debería haber una presión de Brasil y de Argentina sobre Colombia, además de la ya valiente respuesta de Venezuela, Ecuador y Bolivia. De hecho, Bolivia exigió una reunión urgente de UNASUR para poner en consideración crítica al Estado colombiano por lo de la OTAN. Ahora bien, Brasil, que mantiene la hegemonía subregional, y Argentina, que es el segundo país en ese articulado de poderes, sostienen una vinculación muy estrecha con Colombia. Brasil le vende los aviones y buena parte del pertrecho militar a Colombia. Todo eso está en juego. Lula, Dilma o su emisario, debe haberle preguntado al gobierno colombiano hasta dónde quiere llegar, porque si se asocia a la OTAN tendrían que salir de UNASUR al igual que Paraguay y Honduras.”
 
“MADURO ESTÁ GOBERNANDO UN PROCESO DE TRANSICIÓN”
 
-No han pasado dos meses desde que Nicolás Maduro fue investido Presidente de Venezuela. A riesgo de hacer evaluaciones apresuradas, ¿cuáles consideras sus fortalezas y debilidades?
“Estamos hablando de un gobierno y un presidente a prueba. Maduro aún no es un líder nacional. Es un líder relativo y, a la vez, un presidente legitimado por el pueblo chavista. La poca votación que obtuvo no significa que no esté legitimado entre la población chavista. Lo que le faltó se tradujo en abstención, y no en gente que está por echarlo. Más bien se trata de un voto castigo.
Entonces nos referimos a un presidente a prueba con muy baja gobernabilidad. En ciencias políticas se estima que 10 puntos de diferencia respecto del candidato que le sigue es el número óptimo para definir una sustentable gobernabilidad. En este caso, Maduro tiene sólo el 20 % de esos 10 puntos. Es decir, estamos frente a una muy baja tasa en términos electorales. Ello comporta un elemento altamente sensible en una transición.”
 
-Pero los desgastes político-electorales son pan de cada día…
“Si esa cifra la hubiera sacado Chávez o el propio Maduro en un segundo mandato, después de haber ganado una primera elección con 10 puntos de distancia de su siguiente contendor, no significaría el mismo riesgo. Pero un gobierno que viene de la pérdida de su líder más importante, el que ofrecía la unidad nacional y frenaba con su presencia, con  iniciativas políticas y con la potencia de su personalidad muchos de los embates que hubo contra Venezuela, queda medio desguarecido.”
 
-¿A qué te refieres con un gobierno de transición?
“Maduro está gobernando un proceso de transición de un régimen a otro. El régimen que existió con Hugo Chávez, murió con él. Se trataba de un régimen profundamente progresivo, pero exageradamente personalista. Ahora, y desde hace unos meses,  se está construyendo un gobierno colegiado entre el PSUV (Partido Socialista Unificado de Venezuela) y las Fuerzas Armadas, más algunos lobbies menores que son parte de la estructura del poder. Ese es el nuevo gobierno. Su característica fundamental es que no contiene burgueses, como el de Chávez desde 2002 hasta que murió. He aquí el factor de continuidad. ¿Cuál es el riesgo? Que el nuevo régimen que está armándose pueda sostener una relación con la burguesía que no existía antes, e incluso contener a algún representante indirecto de la burguesía en el gobierno. Si eso ocurriera, estaríamos en presencia de un retroceso, de una regresión institucional.”
 
ECONOMÍA RENTISTA Y BAJA TASA DE GOBERNABILIDAD
 
-El imperialismo y sus extensiones nativas en Venezuela atacan permanentemente al gobierno por los problemas económicos existentes. ¿Todos son causados por los enemigos del pueblo?
“Es una combinación. Los enemigos poseen las palancas principales de la economía y son los ‘facturadores’ de la mayor parte del Producto Interno Bruto (PIB) o de buena parte de él en los últimos 7 años. Entre los dos sectores de la economía –estatal y privada- el que más creció fue el privado. Esa contradicción y absurdo en términos políticos, tiene expresiones económicas porque ellos controlan una importante fracción del mercado importador, de los contratos de inversión, de la banca y del comercio minorista.”
 
-¿La banca?
“El gobierno bolivariano compró y estatizó poderosos bancos, como el Vizcaya y otros. Pero la burguesía sigue ostentando un poder financiero relevante y que compite. Y competir significa que tiene importancia.”
 
-¿Y cuál es el núcleo de la formación histórica y estado económico actual del país?
“La burguesía tiene capacidad de competencia en una economía débil como la venezolana. Y no débil porque le falte dinero, ¡le sobra! El barril de petróleo está en USD102;  se producen 3.200.000 barriles por día y hay reservas probadas por 140 años más. Pero ese dinero no es riqueza, no es fortaleza económica estructural. El asunto cardinal es cómo se ha usado durante 85 años el dinero proveniente del petróleo y cómo no se pudo cambiar durante los 13 años del gobierno de Chávez el patrón primario exportador y rentista. La no superación de ese patrón impide el desarrollo orgánico de Venezuela.”
 
-¿Por ejemplo?
“El total de las empresas bajo control obrero, agregándole las de producción social, hacen poco más de mil. Entre esas empresas están las más grandes metalúrgicas y cementeras, además de la industria eléctrica (no PDVESA –Petróleos de Venezuela S.A.), pero no alcanzan a superar el 4.8 % del PIB. Estas debilidades se transforman en grietas que aprovechan los enemigos para crear inflación, porque ellos son los que construyen los precios abajo. Y esa inflación permanente es la que conduce a la devaluación en tanto debilita la moneda en relación al mercado internacional. En eso se basa la fractura estructural a la que se refieren un gran economista chavista, Víctor Álvarez, y otro no chavista, pero de izquierda, llamado Manuel Sutherland. Si esto no se resuelve, simplemente no hablemos del proyecto de un socialismo del siglo XXI, porque no habría sustentabilidad  para el gobierno de Nicolás Maduro. Rusia es el principal exportador de petróleo del mundo, pero se sostiene sobre la industria que dejó la Unión Soviética que ofrece valor agregado a su producción. Esa es la contradicción de la economía y de la política, que es la economía concentrada, por lo demás.”
 
-¿A qué velocidad corre el reloj de Maduro?
“Los tiempos en política son tan valiosos como los programas o los ministerios. El tiempo que tiene el gobierno de Maduro para superar una economía rentista, al menos parcialmente, y remontar su baja gobernabilidad, es muy breve. Son 6 años. En medio período, al tercer año, de continuar la baja gobernabilidad, la derecha, con fuerte apoyo internacional, nos puede hacer un referéndum revocatorio. Porque de seguir así las cosas, en tres años más nos enfrentaremos a un escenario de mayor descontento social, de más presiones huelguísticas, de más demanda laboral y de más reclamos de los sectores que van quedando rezagados del reparto.”
 
-¿Qué papel cumple Henrique Capriles en medio de la complejidad de la realidad venezolana, considerándolo como el ex candidato del imperialismo?
“Fue el candidato del imperialismo, pero en términos bien relativos. Los verdaderos candidatos del imperialismo son otros. Capriles fue el candidato que pudo llegar a ser, es decir, ‘el más feo de la fiesta’. Lo escogieron porque no tuvieron manera de ponerse de acuerdo para llevar otro. Capriles tiene una política de ganar por elecciones. De aprovechar la violencia y asesinato de chavistas para debilitar a un gobierno al que quiere vencer electoralmente. Esa es su estrategia; no un golpe de Estado ni una guerra. Si llegara haber algo así, él podría aprovecharlo, pero los eventuales golpistas no lo tomarían a él como líder. Capriles hasta hoy sigue alegando la legitimidad del gobierno de Maduro, exactamente como lo está haciendo EEUU. Sin embargo, los tres grandes grupos de la economía venezolana sí legalizaron y legitimaron a Maduro como presidente hace dos semanas cuando se reunieron con él. Esto es, descalificaron con su conducta a EEUU y a Capriles. Otras contradicciones que tiene Capriles se manifiestan, por ejemplo, con el Partido Acción Democrática, que pese a ser pequeño, cuenta con muchos cuadros políticos experimentados, pero que, al mismo tiempo, es opositor a Maduro y  anti-caprilista. Luego tiene la competencia de María Corina Machado (política ultraliberal) que quiere ser la jefa de la oposición. Entonces, los enemigos del gobierno están juntos sólo porque el chavismo es fuerte. El odio los mantiene unidos transitoriamente.”
 
MALDITA BUROCRACIA
 
-¿Qué pasa con los sectores que, apoyando al gobierno, sostienen posiciones críticas y de aceleración del proceso revolucionario, por lo que no son bien vistos por zonas del gobierno?
“Eso ocurrió el 2001, el 2003, 2005, y desde el 2007.  Siempre existió esa diferencia de opiniones y conductas entre una izquierda muy fuerte que hay en Venezuela, antes y propia del chavismo, y una capa burocrática que se instaló en el aparato de Estado y lo tiene secuestrado. Como toda franja privilegiada, huye de cualquier cuestionamiento y, por tanto, huye de la democracia política, de la libertad, del debate de ideas. Porque esa capa burocrática carece de los argumentos para discutir y sólo cuenta con el poder de la fuerza.”
 
-¿Cómo se ha expresado?
“En enero de 2011 metieron preso al colombiano Julián Conrado ( http://www.aporrea.org/ddhh/a167596.html ) y luego expulsaron del país y fueron entregados a Santos  11 o 12 insurgentes. Entonces el gobierno se manifestó contra la izquierda que se negó a aceptar todos los términos del Pacto de Santa Marta ( http://www.telesurtv.net/articulos/2013/05/30/presidente-nicolas-maduro-exige-a-colombia-respeto-para-venezuela-4223.html ) y que implicó entregar guerrilleros al gobierno reaccionario de Colombia. Algunos medios comunitarios fueron vetados, a la página www.aporrea.org (2.400.000 visitas diarias) se le quitó publicidad por orden del Ministerio de Comunicaciones de aquel momento. Esas rispideces existían con Chávez y después de él. Lo que hay ahora es una intensificación cualitativa de ese modo de convivir –no en contradicción, siempre en complementación-, donde se aprecian distintas metodologías y algunas diferencias programáticas. Es cierto, todos confesamos en el Programa de la Patria, en el Golpe de Timón y otros documentos. Pero no confesamos en la maquinaria política del PSUV y menos en una parte de la maquinaria burocrática que funciona al servicio de la corrupción.” 
 
-Por ejemplo…
“¿Qué justificación tiene que un personaje como Temir Porras, un burócrata corrupto en la gestión externa del gobierno desde hace 7 años, esté ahora como asesor fundamental del aparato de poder externo? ¿Cómo se puede permitir que Berruecos –miembro de la llamada ‘burguesía bolivariana’ y que no es parte del gobierno- comience a tener peso? Entonces, la burguesía como clase tiene su representación indirecta a través de la burocracia enriquecida. Y eso incluye a algunos militares y a muchos civiles.”
 
-Otra vez la que llamas ‘capa burocrática’…
“Esa capa burocrática tiene intereses propios. Hasta que ‘los Termir Porras’ del gobierno venezolano no salgan del aparato de poder, habrá una contradicción permanente entre los sectores que quieren, dentro y fuera del gobierno, profundizar la transición bolivariana hacia el camino socialista, versus aquellos que quieren conservar lo conquistado como plataforma de enriquecimiento, privilegio y seguridad personal. En este marco han surgido nuevas críticas.”

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Ruy Mauro Marini (1932-1997)

Ruy Mauro Marini, economista brasileño, es uno de los más destacados teóricos de la corriente radical de la Teoría de la Dependencia.

Nacido en 1932 en Brasil, Ruy Mauro Marini falleció en 1997 en su tierra natal, luego de tres exilios que lo llevaron a México en 1965, a Chile en 1969 y nuevamente a México en 1974. Su regreso definitivo a Brasil se había producido en 1996.

Estudió en Río en la Facultad Nacional de Derecho de la Universidad del Brasil, en la Escuela Brasileña de Administración Pública y en el Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de París. En 1962 se integra en el cuerpo docente de la recién creada Universidad de Brasilia, en donde se estaba formando un activo grupo de intelectuales radicales, entre los que podemos citar a Theotonio dos Santos, Vania Bambirra y, a partir de 1963, Andre Gunder Frank.

En 1964, tras el golpe de estado, su expulsión de la universidad y su encarcelamiento, consigue exiliarse en México. Allí se integra como docente en el Centro de Estudios Internacionales (CEI) de El Colegio de México. Es en esa época en la que escribe los artículos que le darán más repercusión internacional, especialmente el que escribió en 1967 "Subdesarrollo y revolución en América Latina" que fue publicado en la Monthly Review y traducido a varios idiomas y el libro "Subdesarrollo y revolución" de 1969.

En 1969, como consecuencia de la represión que siguió a los movimientos estudiantiles, se vio obligado a abandonar México, re-exilándose en Chile. Allí trabaja primero en la Universidad de Concepción  y después en el Centro de Estudios Socio-Económicos (CESO) de la Universidad de Chile. Junto con sus antiguos amigos Bambirra, dos Santos y A.G. Frank, trabaja también con Marta Hannecker, Régis Debray y muchos otros intelectuales de izquierda de todo el mundo en el estimulante ambiente intelectual que genera el triunfo de Salvador Allende y la UP.

Tras el golpe de Pinochet, en 1973, tiene que exiliarse de nuevo y, tras una breve estancia en Panamá, se establece temporalmente en Muchich, incorporándose al Instituto Max Planck. En 1974 vuelve a México donde trabaja en el Centro de Estudios Latinoamericanos de la UNAM.

En 1979, tras la recuperación democrática de Brasil, es amnistiado  y puede retornar, aunque solo abandonará definitivamente su residencia en México en 1984. Allí vivirá la llegada al gobierno de Fernando Henrique Cardoso, otro de los teóricos brasileños de la dependencia con el que había mantenido vivas polémicas.

ESTAS FUERON SUS PALABRAS

"…un rasgo peculiar de la teoría de la dependencia, cualquiera que sea el juicio que se haga: su contribución decisiva para alentar el estudio de América Latina por los propios latinoamericanos y su capacidad para, invirtiendo por primera vez el sentido de las relaciones entre la región y los grandes centros capitalistas, hacer con que, en lugar de receptor, el pensamiento latinoamericano pasara a influir sobre las corrientes progresistas de Europa y de los Estados Unidos; basta citar, en este sentido, autores como Amin, Sweezy, Wallenstein, Poulantzas, Arrighi, Magdoff, Touraine. La pobreza teórica de América Latina, en los años 80, es, en una amplia medida, resultado de la ofensiva contra la teoría de la dependencia, lo que preparó el terreno para la reintegración de la región al nuevo sistema mundial que empezaba a gestarse y que se caracteriza por la afirmación hegemónica, en todos los planos, de los grandes centros capitalistas. "

Ruy Mauro Marini: Memoria (1991)

Ruy Mauro Marini tiene un sitio web dedicado
http://www.marini-escritos.unam.mx/
en el que puede encontrarse gran parte de su obra y una bibliografía detallada.

Ver, en este mismo CD-ROM o sitio web

OBRAS

  • Subdesarrollo y revolución, Siglo XXI, México, 1969.
  • Il subimperialismo brasiliano, Einaudi, Turim, 1974.
  • Dialéctica de la dependencia, Era, México, 1990, 10a. edição (1a. edição, 1973).  (traducida a varios idiomas)
  • El reformismo y la contrarrevolución. Estudios sobre Chile, Era, México, 1976.
  • Análisis de los mecanismos de protección al salario en la esfera de la producción, Secretaria do Trabalho, México, 1983.

http://www.eumed.net/cursecon/economistas/marini.htm

Author: marxismo | Date: 02/06/2013 | No Comments »

por Angeles Maestro

Feminismo marxista. Notas acerca de un proceso en construcción

http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/58292-feminismo-marxista-notas-acerca-de-un-proceso-en-construcci%C3%B3n.html

Texto escrito para las XVII Jornadas Independentistas Galegas “Actualización y vigencia del marxismo. Tomar el cielo por asalto”. Santiago de Compostela 20 de mayo de 2013.

Los primeros análisis rigurosos sobre la vinculación del patriarcado con la propiedad privada y la sociedad dividida en clases son producidos por el análisis marxista.

Era necesario que así fuera.

Fue precisa la acumulación histórica de experiencia de lucha y de conocimientos por parte de la clase obrera explotada, alcanzada con el capitalismo, para producir la teoría capaz de explicar las raíces de la dominación de clase y específicamente de la opresión de las mujeres.

La teoría política que identificó a quienes más sufren la explotación y la desposesión como sujeto revolucionario capaz de dirigir la emancipación del conjunto de la humanidad, tuvo necesariamente que enfrentar las condiciones específicas de la liberación de quienes soportan la opresión más intensa y oculta del proletariado.

Los trabajos de Engels y Marx no fueron informes académicos. Ambos eran militantes activos del movimiento obrero. Sus debates y conclusiones cobraban vida palpitante en las luchas obreras y tuvieron una influencia destacada en la I Internacional.

La obra de los y las marxistas tiene, como todo producto humano, un carácter histórico concreto y, por tanto, las limitaciones correspondientes al nivel de desarrollo del conocimiento científico y de la lucha de clases de su época.

En este trabajo se pretende realizar una aproximación a la vigencia de la metodología del materialismo dialéctico y de los principios básicos del feminismo marxista, como proceso contradictorio y en construcción. Para este acercamiento se parte casi exclusivamente de datos europeos o de marxistas estadounidenses.

1. El feminismo marxista, de la I Internacional a la Comuna de París

La historia del movimiento obrero está atravesada, al menos desde los tiempos de la I Internacional, por duros debates acerca de varias cuestiones relacionadas con las mujeres: su papel en la lucha, si la emancipación de las mujeres se agota o no en los estrictos términos de la lucha de clases y si – en consecuencia – ésta queda resuelta automáticamente con la toma del poder por la clase obrera. (No sé si se entendería mejor de otra manera)

El feminismo erigido como praxis dirigida a conseguir la liberación de las mujeres de toda forma de opresión – y no sólo destinado a producir teorías abstractas de dudoso interés práctico – ha tenido la necesidad de dialogar con el marxismo, si bien la fluidez del debate y su conexión ha variado dependiendo de las diferentes épocas y de las diversas corrientes de pensamiento.

A pesar de las críticas realizadas desde el feminismo hacia los partidos comunistas por haber relegado durante décadas la lucha por la liberación de las mujeres – la mayor parte de las veces llenas de razón – es innegable que tanto Marx, como Engels, realizaron la primera y más radical disección de su opresión y explotación. La especificidad de la opresión de las mujeres en las formaciones socio-económicas clasistas aparece con fuerza desde sus primeros trabajos. Ambos autores identifican con claridad que si bien dicha opresión está vinculada en cada estructura social a las correspondientes relaciones de producción, las relaciones de dominación definidas por el patriarcado atraviesan formaciones ideológicas más profundas – que la ideología dominante expresa – pero que tienden a perpetuarse con fuerza y que son difíciles de erradicar.

La vinculación del surgimiento del patriarcado con la aparición de la sociedad de clases y la propiedad privada que Federico Engels llevó a cabo en “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, aunque matizada después, es estructural.

Engels se basó, lógicamente, en los estudios etnográficos disponibles en su momento, que fueron resituados posteriormente cuando se aportaron datos sobre existencia de opresión a las mujeres antes de que se pudiera hablar propiamente de sociedad de clases, como se verá más adelante. En nada atenúa este hecho la fuerza de su conclusión: “el surgimiento de la familia nuclear es la derrota del sexo femenino a nivel mundial”, que es antológica. Así mismo es inaugural la vinculación de la monogamia con la propiedad privada y con el Estado, y por tanto con la dominación: “la monogamia no aparece de ninguna manera en la historia como un acuerdo entre el hombre y la mujer, y menos aún como la forma más elevada de matrimonio. Por el contrario, entra en escena bajo la forma del esclavizamiento de un sexo por el otro, como la proclamación de un conflicto entre los sexos, desconocido hasta entonces en la prehistoria (…) el primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino”1.

No es casual que, de la misma forma que el surgimiento del materialismo histórico ha requerido de un determinado nivel de desarrollo de las relaciones de producción y de la lucha de clases, hubiera que esperar al capitalismo para encontrar formulaciones teóricas mas acabadas del feminismo. A pesar de ello, el feminismo del siglo XIX no inaugura la lucha histórica de las mujeres por su emancipación que, no sólo es muy anterior, sino que ha conocido etapas en las que el poder y la independencia de las mujeres eran muy superiores, negando una vez más cualquier concepción evolucionista – y por lo tanto reformista – del proceso emancipatorio, también en el feminismo.

Pese a todos los intentos de la ofensiva ideológica de los Estados burgueses por negar a los pueblos el legado de la resistencia, podemos encontrar ejemplos de que la lucha por la liberación de las mujeres es una constante y no una excepción en la historia de la humanidad. En la segunda mitad del siglo XIII encontramos el ejemplo de la secta dulcinita, un movimiento armado de carácter religioso (considerado herético y aplastado por la Iglesia) entre cuyas reivindicaciones se encontraba “una sociedad igualitaria basada en la propiedad comunal y la igualdad de sexos”. La lucha infatigable del pueblo irlandés contra la opresión nacional también está plagada de ejemplos de este tipo, uno de los cuales es la participación de mujeres armadas (muchas como oficiales) en la primera proclamación de la República de Irlanda en la Insurrección de Pascua de 1916. Estas guerrilleras formaban aproximadamente la mitad de los efectivos de la milicia obrera conocida como Ejército Ciudadano, el único grupo marxista participante en este levantamiento.

Como veremos, y sin que este trabajo tenga como objetivo polemizar con sectores del movimiento feminista, tesis como la de Zillah Eisenstein que afirma taxativamente: “Tanto las feministas radicales como las feministas socialistas están de acuerdo en que el patriarcado precede al capitalismo, mientras que los marxistas creen que el patriarcado nació con el capitalismo”2  expresan un malentendido ampliamente extendido en el feminismo, que enfrenta de forma poco rigurosa el análisis de clase con la lucha por la liberación de las mujeres. El malentendido tendría su origen en un error burdo: la confusión entre capitalismo y sociedad dividida en clases y podría dar cuenta del enésimo intento de devaluar el rigor metodológico del marxismo.

No obstante, la confrontación de posiciones, y sobre todo de prácticas, en el seno del movimiento obrero acerca de la lucha por la liberación de las mujeres ha sido muy dura; tanto porque se refiere a un proceso en desarrollo, como porque incide sobre aspectos esenciales de la identidad de las mujeres y de los hombres, en buena medida inconscientes.

Marx y Engels en “La sagrada familia”3 afirmaban contundentes: Los progresos sociales y los cambios de periodos se operan en razón directa del progreso de las mujeres hacia la libertad y las decadencias de orden social se operan en razón del decrecimiento de la libertad de las mujeres… porque aquí, en la relación de hombres y mujeres, del débil y el fuerte, la victoria de la naturaleza humana sobre la brutalidad, es más evidente. El grado de emancipación de la mujer es la medida natural de la emancipación general, El cambio de una época histórica puede ser siempre determinado en función del progreso de las mujeres hacia la libertad” Nadie resulta más profundamente condenado que el propio hombre por el hecho de que la mujer permanezca en la esclavitud”.

A mediados del siglo XIX la incorporación al trabajo de mujeres y niños era ya masiva en los países mas industrializados. Engels en “La situación de la clase obrera en Inglaterra”4 , escrita en 1845, refiere que casi la mitad de la clase obrera industrial tenía menos de 18 años y algo más de la mitad eran mujeres. Relata las graves repercusiones para la salud de las mujeres de las largas jornadas de trabajo y de la ausencia de cualquier tipo de protección de la maternidad: “cuando están embarazadas continúan trabajando en la fábrica hasta el momento del parto, de otra forma, perderían sus salarios y temen que se las sustituya si dejan de trabajar demasiado pronto. Con frecuencia ocurre que las mujeres están trabajando una noche y a la mañana siguiente, dan a luz en la fábrica, entre la maquinaria… Si no se obliga a estas mujeres a regresar al trabajo antes de dos semanas, están agradecidas y se sienten afortunadas. Muchas regresan a la fábrica después de ocho e incluso después de tres o cuatro días… Naturalmente, el temor a ser despedidas y el miedo al hambre las lleva a la fábrica a pesar de su debilidad y desafiando al dolor”5.

En el Manifiesto del Partido Comunista (1848)6 Marx y Engels desvelan la hipocresía de los lamentos por la destrucción matrimonio burgués y sitúan las posiciones desde las que construirán las líneas de trabajo y de análisis del movimiento obrero: “La burguesía desgarró los velos emotivos y sentimentales que envolvían la familia y puso al desnudo la realidad económica de las relaciones familiares (…) ¡Abolición de la familia!  Al hablar de estas intenciones satánicas de los comunistas, hasta los más radicales gritan: ¡escándalo!. Pero veamos: ¿en qué se funda la familia actual, la familia burguesa?  En el capital, en el lucro privado.  Sólo la burguesía tiene una familia, en el pleno sentido de la palabra; y esta familia encuentra su complemento en la carencia forzosa de relaciones familiares de los proletarios y en la pública prostitución.(…)¡Pero es que vosotros, los comunistas, nos grita a coro la burguesía entera, pretendéis colectivizar a las mujeres! El burgués, que no ve en la mujer más que un simple instrumento de producción, al oírnos proclamar la necesidad de que los instrumentos de producción sean explotados colectivamente, no puede por menos de pensar que el régimen colectivo se hará extensivo igualmente a la mujer. No advierte que de lo que se trata es precisamente de acabar con la situación de la mujer como mero instrumento de producción”.

La I Internacional se enfrentó con la necesidad de establecer con claridad la línea política del movimiento obrero en relación con el trabajo de las mujeres. La confrontación de posiciones como cuenta Clara Zetkin7 fue durísima e irreconciliable. En su trabajo “La cuestión femenina y la lucha contra el reformismo” relata como el tema del trabajo de las mujeres fue objeto de duros enfrentamientos en el seno de la I Internacional que se ocupó de ello en dos ocasiones, en 1866 y 1875.

Ante la brutal explotación de mujeres, niñas y niños se enfrentaron dos posiciones antagónicas: “Los radicales anarquistas del Jura suizo, aliados con los proudhonianos franceses se declararon contrarios al trabajo de la mujer en la industria. Con el mismo estilo con el que el ciudadano francés Chaumette, durante la revolución francesa, se había dirigido bondadosamente a las mujeres parisinas, las cuales deseaban ardientemente defender con las armas la república amenazada por la Europa monárquica, intentando persuadirlas de que volvieran a sus casas para el abnegado cuidado de su hogar y el cuidado de los niños, a fin de que nuestros ojos puedan mirar tranquilamente el dulce espectáculo de nuestros hijos asistidos por vuestros amorosos cuidados, Coullery, presidente de la Sección de Chaux des Fonds – en la Suiza francesa – en la cual más tarde los bakuninistas tomarán el timón, fundamentaba del mismo modo su antipatía hacia el trabajo industrial de las mujeres con declaraciones tanto o más patéticas afirmando entre otras cosas que la mujer la sacerdotisa de la llama sagrada del hogar, debería haberse quedado en casa. Un delegado parisino declaró que la familia es el fundamento de la sociedad. El puesto de la mujer está en el hogar. Nosotros no sólo queremos que no deje ese puesto y no participe en ninguna asamblea política y no vaya a las charlas en los clubs; también queremos que, si esto no fuera posible, no se comprometa en ningún trabajo industrial. Parte de los delegados parisinos propusieron una resolución por la cual el Congreso condenaba el trabajo de las mujeres como una degeneración física, moral y social, y asignaba a la mujer su puesto en el seno de la familia, como educadora de los hijos. Finalmente el congreso de la AIT apoyó mayoritariamente el informe británico, redactado por Marx en el que se establecía la negativa rotunda a prohibir el trabajo de las mujeres en la industria. La lucha del movimiento obrero debía ir dirigida a la protección de las obreras, excluyéndolas del trabajo nocturno y peligroso y a la elevación de la edad mínima para el trabajo en la adolescencia. En ese informe se establece por primera vez la reivindicación de la jornada de 8 horas para todas las trabajadoras y trabajadores adultos.

La historia de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) es también la de la organización y participación de las mujeres, del papel de sus huelgas y de las cajas de resistencia sostenidas por la Internacional. La primera en adherirse fue la liga de las pantaloneras de Inglaterra en 1867. Destacan en este periodo las hilanderas de Lyón cuyo lema era “Vivir trabajando o morir combatiendo”. Estas trabajadoras consiguieron en 1869, tras una dura huelga de más de cuatro semanas, la disminución del tiempo de trabajo de 12 a 10 horas diarias sin reducción salarial. El importante apoyo de la Internacional a su caja de resistencia fue decisivo. Estas trabajadoras firmaron el “Manifiesto de mujeres lionesas pertenecientes a la Internacional” en 1870, ante la guerra franco prusiana. En él 8  instaban a los jóvenes a negarse a hacer el servicio militar. Inauguraban así la historia de resistencia obrera a las guerras imperialistas. Un corresponsal inglés de la época escribía: “Si los franceses fueran sólo mujeres, ¡qué pueblo tan terrible serían!”.

La influencia de la AIT entre la clase obrera era creciente. Se acercaba la Comuna de París, la primera gran revolución de la historia en la que la clase obrera conquista el poder del Estado. Una revolución apoyada fervientemente por Carlos Marx, a pesar de que inicialmente valoraba que la situación no estaba suficientemente madura, en su informe al General de la Asociación Internacional de los Trabajadores. Sus palabras no dejan lugar a dudas: “La Historia no tiene otro ejemplo de tal grandeza. Con la lucha en París, la lucha de la clase obrera contra la clase capitalista y su Estado ha entrado en una nueva fase”9.

Las mujeres obreras y las de la pequeña burguesía parisina jugaron un destacado papel en la defensa armada del París revolucionario. Una mujer, Louise Michel, es su mayor símbolo. Fueron muchas las mujeres que impidieron, cubriendo con sus cuerpos los cañones de Montmartre (que el pueblo había financiado), que fueran trasladados a Versalles. Defendieron junto a sus compañeros con las armas en la mano las barricadas. El odio de la burguesía se expresa en femenino para denostar a quienes utilizaban todas las bombas incendiarias a su alcance para detener el avance de la reacción. Las llamaron “petroleuses” e integraron el heroico destacamento de 10.000 obreros y obreras asesinados en los muros del cementerio Pére Lachaise. El recuerdo de estas y estos primeros comunistas10, como sentenció Marx “se conservará en el gran corazón de la clase obrera”11

El movimiento obrero  aprendió de la Comuna lecciones inolvidables. La más importante, que: “La clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la maquinaria del Estado y servirse de ella para sus propios fines”. En una nueva edición del Manifiesto Comunista en 1872 Marx planteó ya que “la revolución obrera debe necesariamente hacer trizas el aparato del Estado burgués”. Este hecho crucial fue desarrollado por Lenin en “El Estado y la revolución” donde establece que la obra creadora de la revolución proletaria no se circunscribe a ocupar el Estado burgués. Implica algo mucho más complejo: la destrucción del orden material y simbólico burgués desde sus raíces, incluidas aquellas que anidan en nuestros cerebros. Esta tesis básica del marxismo apunta a lo que el Che llamará “la construcción del ser humano nuevo”. Pero también remite a la complejidad que entraña la emancipación de las mujeres y a la necesidad de demoler las seculares estructuras mentales de dominación/sometimiento, consustanciales no sólo a la dominación de clase, sino al patriarcado, que encadenan la libertad de mujeres y hombres y que están enraizadas en lo simbólico y en el inconsciente con especial fuerza.

Las duras luchas de la segunda mitad del siglo XIX fueron configurando un movimiento obrero cada vez más poderoso en organización y conciencia. Se fueron conquistando cambios en las leyes, en la situación de la clase obrera y con ella, de las condiciones laborales de las mujeres y los niños, aunque muy lentamente. En el Estado español, tras grandes huelgas y manifestaciones obrera se prohibió en 1901 el trabajo de niñas y niños menores de 10 años, aunque la realidad seguía campando por sus respetos, de forma que Miguel Hernández pudo escribir en 1936, con plena vigencia, “El niño yuntero”12

Niña trabajando en una industria textil13

El gráfico que se reproduce más abajo en el que se representa la caída de la mortalidad por tuberculosis en varones, de 0 a 64 años, desde 1930 a 1960, en Inglaterra. En ella se observa como el descenso más brusco se opera significativamente antes de la aparición de las sulfamidas y los antibióticos. Es decir, son las mejoras en las condiciones laborales (reducción de jornada, salud laboral, prohibición del trabajo infantil, etc) y de vida (alimentación, vivienda, vestido, higiene pública), arrancadas a través de la lucha obrera las que determinan la disminución de la mortalidad en una proporción mucho más alta que la que sería atribuible a los servicios sanitarios.

Destaca el hecho clamoroso de que, a pesar de que la proporción de mujeres en la industria era algo mayor que la de hombres en Inglaterra y de que – en el caso de las mujeres – al desgaste producido por el trabajo, hay que sumarle el derivado del parto, de la lactancia y de la menstruación, este estudio14 – por otra parte paradigmático en el ámbito de la salud pública – se refiere exclusivamente a hombres.

2. Reformismo y revolución. Avances y retrocesos en la lucha por la liberación de la mujer

Como señala Andrea D´Atri “bajo la denominación de marxismo no se haya una corriente homogénea y monolítica. Para empezar, habría que diferenciar entre corrientes reformistas y revolucionarias, algo que no es de menor importancia cuando tratamos la cuestión de la opresión de las mujeres”15.

La misma autora destaca la coincidencia dentro de partidos que se identifican como marxistas, constatable en diferentes países y épocas históricas, entre las posiciones más contrarrevolucionarias y las menos proclives a la emancipación de las mujeres. Además los debates en su interior, han estado atravesados por contenidos patriarcales e incluso por lenguajes rayanos en la misoginia cuando la adversaria era una mujer. Epítetos y frases que jamás se utilizarían análogamente en el caso de un oponente masculino se esgrimen para descalificar posiciones políticas defendidas por mujeres en ámbitos de la política general, no necesariamente en el estrictamente feminista16.

2.1 Rosa Luxemburg

La socialdemocracia alemana es el ejemplo más claro; especialmente el duro y largo enfrentamiento de Rosa Luxemburg con su todopoderosa dirección. La capacidad de Rosa Luxemburg, la mujer más importante de la historia del movimiento obrero, para demostrar de forma demoledora la inconsistencia de la estrategia reformista de la dirección del SPD hizo, en un principio, que sus dirigentes intentaran circunscribir la actividad política de Rosa al ámbito de la organización de mujeres. Sin éxito, como es sabido. Pero cuando la incidencia de sus posiciones contrarias a la guerra y su defensa de la revolución soviética se hizo más peligrosa para la socialdemocracia y para el orden imperialista en su conjunto, los métodos fueron otros.

Rosa Luxemburg y Karl Liebnecht se convirtieron estrictamente en enemigos a batir desde que dirigieron el levantamiento de la clase obrera alemana que amenazaba con seguir los pasos de la revolución soviética, en el país que constituía la clave de bóveda del imperialismo europeo. Su asesinato a manos de los Freikorps –“cuerpos francos” paramilitares– movilizados por el gobierno socialdemócrata, bajo la batuta del Ministro Gustav Noske, demostró de la manera más dramática, tajante e irreversible cómo las posiciones reformistas de la socialdemocracia no eran sino una vergonzante máscara de su alineamiento con la estructura de dominación del capital. El hecho de que los Freikorps fuesen el principal germen del posterior movimiento nacionalsocialista muestra de forma ejemplar cómo la socialdemocracia, por muchos disfraces que se ponga, acaba siempre en el otro lado de la barricada: en el lado del capital.

A Rosa Luxemburg, antes de recibir un tiro en la sien, le machacaron la cabeza a culatazos. Era la materialización brutal del intento de aniquilar el pensamiento de quien la víspera de su asesinato, desde la cárcel, escribía orgullosa: “¡El orden reina en Berlín! ¡Ah! ¡Estúpidos e insensatos verdugos! No os dais cuenta de que vuestro orden está levantado sobre arena. La revolución se erguirá mañana con su victoria y el terror asomará en vuestros rostros al oírle anunciar con todas sus trompetas: ¡Yo fui, yo soy, yo seré!”17

2.2 La Revolución de Octubre.

La Revolución Soviética, la Revolución por excelencia, fue también la que forjó los avances más extraordinarios en la situación real de las mujeres y en la que se generaron líneas de pensamiento más audaces en relación con la independencia de las mujeres, la libre opción sexual y la lucha consciente para “sustituir la familia por otras opciones más razonables, más racionales, basadas en los individuos separados”18.

En los años que precedieron a la Revolución Rusa se desplegó el potente movimiento feminista soviético dirigido por Inessa Armand y Alexandra Kollontai. Ambas habían participado junto a Rosa Luxemburg y Clara Zetkin en la agitación revolucionaria e internacionalista contra la I Guerra Mundial. Kollontai fue la única mujer miembro del Comité Central del Partido Bolchevique durante la clandestinidad y en los diferentes debates internos mantuvo su alineamiento con Lenin.

Alexandra Kollontai decía en un folleto de 190919 algo tan vigente como lo siguiente hablando de las feministas liberales: “A pesar de la aparente radicalidad de las demandas feministas, no hay que perder de vista el hecho de que las feministas no pueden, en razón de su posición de clase, luchar por la transformación fundamental de la sociedad, sin la que la liberación de la mujer no podrá ser completa”.

Inessa Armand fue la principal impulsora de la I Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas. En su Informe, su última obra porque murió de cólera a los pocos días, da cuenta del enfrentamiento de posiciones con la II Internacional en este tema: “Además de la incapacidad general de la II Internacional para la lucha revolucionaria por el socialismo, sus elementos dirigentes estaban ellos mismos empapados hasta la médula de prejuicios filisteos sobre la cuestión de la mujer, y por esta razón, además de su traición general al proletariado en su lucha por el poder, la II Internacional es responsable de varias traiciones descaradas a las mujeres trabajadoras en el área de las demandas democráticas generales más elementales. Por ejemplo, en cuanto a la cuestión del sufragio femenino universal: los representantes de la II Internacional o bien no hicieron absolutamente nada (Francia, Bélgica), o la sabotearon (Austria), o la distorsionaron (Inglaterra)”20.

La victoria de Octubre de 1917 cambió radicalmente los derechos de las mujeres. Nunca antes en la historia se había producido tal avance; en pocos países europeos está ahora mismo reconocido alguno de ellos y los muy parciales avances conseguidos están ahora en proceso de desaparición.

La lista es enorme, sólo refiero algunos datos. No sólo se estableció el divorcio, sino que una mujer podía reclamar pensión infantil de un hombre con el que no estuviera casada. En 1920 los Comisariados del Pueblo para la Salud y el Bienestar Social (Alexandra Kollontai) y para la Justicia establecieron: “El aborto, la interrupción del embarazo por medios artificiales, se llevará a cabo gratuitamente en los hospitales del Estado, donde las mujeres gocen de la máxima seguridad en la operación”. Las mujeres tenían el mismo salario que los hombres por el mismo trabajo. Había comedores públicos muy baratos en barrios, lugares de trabajo y estudio, y que para los niños eran gratuitos. Se instalaron lavanderías, guarderías y casas comunales intentando hacer realidad el objetivo formulado por el Partido Bolchevique en 1919: “Sin limitarse sólo a las igualdades formales de las mujeres, el Partido tiene que liberarlas de las cargas materiales del obsoleto trabajo familiar y sustituirlo por casas comunales, comedores públicos, lavanderías, guarderías, etc.Aquí cabe reseñar que, si bien los avances en la colectivización del trabajo doméstico fueron muy importantes, no existen apenas datos que reflejen el trabajo ideológico acerca de la corresponsabilización de los hombres en tareas caseras y cuidados.

Se abolieron todas las leyes contra la homosexualidad y contra todo tipo de actividad sexual consentida, bajo este principio: “La legislación soviética se basa en el siguiente principio: declara la absoluta no interferencia del Estado y la sociedad en asuntos sexuales, en tanto que nadie sea lastimado y nadie se inmiscuya en los intereses de alguien más”.

Cuando en el Estado español la patronal aprovecha la actual crisis capitalista y la precariedad laboral instalada desde hace décadas para despedir sin contemplaciones a trabajadoras embarazadas21  español, destaca por encima de todo los altos niveles de protección de la maternidad alcanzados en la URSS hace casi un siglo. La Ley prohibía el turno de noche y las horas extras a las embarazadas, establecía ocho semanas de licencia de maternidad plenamente remunerada, descansos de media hora cada tres horas para la lactancia e instalaciones de descanso en las fábricas, servicios médicos gratuitos antes y después del parto y bonos en efectivo.

Pero no se trataba sólo de cambios en las condiciones materiales. La necesaria revolución en las ideas estaba presente en los grandes debates. Trotski escribía en 1920: “Para cambiar nuestras condiciones de vida debemos aprender a mirar a través de los ojos de las mujeres”

Lenin resume las condiciones que requiere la conciencia revolucionaria y en qué medida sólo puede serlo si defiende los intereses del conjunto de las y los oprimidos: “La conciencia de clase de los trabajadores no puede ser verdadera conciencia política si los obreros no están capacitados para responder a todo tipo de tiranía, opresión, violencia o abuso, no importa la clase que se vea afectada. (…) Debemos erradicar el viejo punto de vista de amo del esclavo, tanto del partido como de las masas. Es una de nuestras tareas políticas, una tarea tan urgente y necesaria como la formación de un núcleo de camaradas, hombres y mujeres, con una sólida preparación teórica y practica, para el trabajo del Partido entre las mujeres trabajadoras”22.

Las conquistas soviéticas en cuanto a la emancipación de las mujeres no fueron definitivas. El impulso revolucionario chocó con los terribles avatares a que tuvo que enfrentarse. La guerra civil, el comunismo de guerra, el gigantesco esfuerzo que supuso la aplastante victoria soviética sobre el nazismo y la guerra fría, condicionaron drásticamente las condiciones de emancipación de las mujeres.

Se produjo la disociación que pretendía superar el Partido Bolchevique de los primeros años de la Revolución. Al tiempo que avanzaba, a años luz del capitalismo, la igualdad en el plano laboral y de forma muy destacada la protección de la maternidad, así como los servicios sociales públicos que liberaban del cuidado doméstico y de los cuidados a las mujeres, es decir las condiciones materiales, las condiciones ideológicas de la emancipación sufrieron una regresión. La insistencia de la propaganda oficial en el papel de la mujer madre, en la función de la familia, incluso la prohibición del aborto durante una época en la URSS, supusieron un gran retroceso ideológico que marcó a la mayor parte de los partidos comunistas.

Aún así, la situación de las mujeres en los países del “socialismo real” en cuanto a igualdad real y conquistas sociales no tenía parangón con la de los países capitalistas, incluidos los países europeos en pleno apogeo de lo que la ideología dominante dio en llamar Estado del Bienestar”. En cuanto a la participación social de las mujeres, en ámbitos tan característicamente masculinos como el militar, remito al interesante artículo publicado recientemente sobre las aviadoras soviéticas en la II Guerra Mundial, “Las brujas de la noche”23

3. El nuevo feminismo marxista.

La obra de Simone de Beauvoir “El segundo sexo” (1949) introduce, en plena euforia de un capitalismo de guerra fría que proclamaba el fin de la Historia, el cuestionamiento de que la incorporación de las mujeres al trabajo abriera un camino de progreso continuado que culminara en su liberación. Su obra tiene el valor de reintroducir en el debate político la denuncia del patriarcado en un modelo capitalista occidental que mantenía intacta la dominación de clase, el expolio de las materias primas de los pueblos de la periferia y las guerras imperialistas24. Si bien la obra de Simone de Beauvoir sacude desde el punto de vista de la liberación de las mujeres la autocomplacencia de un capitalismo imperialista que proporciona niveles de vida relativamente altos a la clase obrera del centro del sistema, no llega a vincular emancipación de las mujeres y revolución social.

El estancamiento político y el retraso ideológico de la mayor parte de los partidos comunistas europeos en el periodo posterior a la II Guerra Mundial, marcado por la Guerra Fría en el Este y por el Pacto Social del “Bienestar” , tuvo repercusiones nefastas en el feminismo vinculado a la III Internacional.

En contraste, al calor del periodo revolucionario vivido en los años 60 y 70, marcado por el auge de la lucha de clases, la victoria de la Revolución Cubana, las derrotas de las potencias coloniales por Movimientos de Liberación Nacional en diferentes partes del mundo, la victoria de Vietnam y el final de las dictaduras en el sur de Europa surgieron potentes análisis feministas, que tenían como referente al marxismo. Estos estudios surgieron fuera de unas anquilosadas estructuras estatales, que cada vez tenían menos, no sólo de feministas, sino de comunistas.

Lo más fecundo del pensamiento feminista radical de esa época supo utilizar eficazmente las herramientas teóricas del marxismo, del psicoanálisis, de la lucha contra el racismo y del anticolonialismo de las y los condenados de la tierra. En este ámbito es clave la obra de dos mujeres: Kate Millet y “Política Sexual” y Sulamit Firestone y su “Dialéctica de la sexualidad”. En ellas analizan las relaciones de poder que estructuran la familia, la sexualidad y la opresión racial. Su lema “lo personal es político” saca a la luz los pilares ideológicos de la dominación y su relación con estructuras que perpetúan al mismo tiempo la opresión de clase, de género y la dominación sobre los pueblos.

Más tarde, otras dos mujeres que utilizan la metodología del materialismo histórico, y por tanto de la lucha de clases como elemento explicativo fundamental de los procesos sociales, marcan el feminismo marxista de finales del siglo XX y comienzos del XXI: Sivia Federici y Gerda Lerner.

Ambas construyen poderosos análisis históricos y antropológicos situados en etapas muy diferentes, Federici en la transición del feudalismo al capitalismo y Lerner en la construcción del patriarcado entre el año 3.500 y el 600 antes de nuestra era en los pueblos que habitaron Oriente Medio y Asia Central.

3.1. Silvia Federici. Calibán y la Bruja

Sin menospreciar otras aportaciones del feminismo marxista destaca la obra de Silvia Federici, que constituye la más importante aportación teórica de los últimos años y que aporta novedades sustanciales en el análisis de un periodo clave: la transición del feudalismo al capitalismo. Como ella misma señala, “cada vez que se ha revisitado esta etapa histórica se han encontrado nuevas perspectivas de los sujetos sociales y se han descubierto nuevos escenarios de explotación y resistencia”.

Federici se ha dotado de un objetivo poco común en el seno del pensamiento feminista: “repensar el desarrollo del capitalismo desde una perspectiva feminista, evitando las limitaciones de una historia de las mujeres separada del sector masculino de la clase trabajadora”. Para concluir con un bagaje crítico de un rigor difícil de igualar que “la reconstrucción de la historia de las mujeres o la mirada de la Historia desde el punto de vista femenino implica una redefinición de las categorías históricas aceptadas, que visibilice las estructuras ocultas de dominación y explotación”.

Marx en El Capital destruye el mito creado por la burguesía de una historia del capitalismo vinculada con la libertad y la realización de derechos y vincula la acumulación originaria con la expropiación masiva del campesinado europeo y de los pueblos originarios, con el exterminio masivo de estos últimos, así como con la esclavitud25.

Federici se ubica en ese marco conceptual, pero sitúa en el centro del foco de su análisis un fenómeno trascendental, oculto, mistificado y disociado: la caza de brujas. A través de una documentación exhaustiva y de su lúcido análisis destaca un hecho incontestable: el asesinato de cientos de miles de personas, el 80% mujeres, se produjo en un periodo histórico, los siglos XVI y XVII, cuando las relaciones feudales estaban ampliamente disueltas; de hecho Marx sitúa el comienzo de la era capitalista en el siglo XVI y añade “Allí donde surge el capitalismo hace ya mucho tiempo que se ha abolido la servidumbre y que el punto de esplendor de la Edad Media, la existencia de ciudades soberanas, ha declinado y palidecido”26

La autora demuestra que la amplitud geográfica de la caza de brujas – toda Europa y América – evidencia que la feroz represión no estuvo sólo vinculada a la iglesia católica, sino que fue llevada a cabo por todas las variantes del cristianismo hegemónicas en los diferentes países y contó con la decisiva colaboración del poder político y con todos sus corifeos: filósofos, juristas, médicos, jueces, etc. El mito de que fue un vestigio de superstición medieval, arcaico y lejano en el tiempo – y por tanto desvinculado de la instauración del capitalismo – se desmorona como un castillo de naipes.

La acumulación originaria de capital tiene en la caza de brujas un elemento necesario y estructural, relacionada directamente, a su vez, con la colonización y el esclavismo. La violencia y el terror masivos sobre los pueblos, y especialmente sobre las mujeres, fueron sus instrumentos principales.

Federici cita la importancia que para su trabajo tuvo la obra de María Mies “Patriarchy and Accumulation on a Wold Scale” y la conexión que en ella se establece entre el destino de las mujeres en Europa y el de los súbditos de las clases dominantes europeas en las colonias. Con ello se abrían nuevas perspectivas para comprender el papel de las mujeres en el capitalismo.

El sugestivo título de la obra de Federici “Calibán y la Bruja” vincula los dos personajes claves que estructuran su recorrido histórico en torno a los elementos “Mujer, cuerpo y acumulación originaria de capital”. Calibán, el cuerpo proletario convertido en una gran máquina de trabajo, no sólo representa la resistencia anticolonial, sino que simboliza al proletariado mundial en lucha, a los condenados de la tierra que se enfrentan al capitalismo. La Bruja encarna el tipo de mujeres que la feroz represión no llegó a destruir: la partera, la curandera, la hereje, la independiente, la mujer obeah que envenenaba la comida del amo e inspiraba la rebelión de los esclavos.

El texto de la canción “Mujer Obeah” de Nina Simone27 trae esos ecos, grabados a sangre y fuego en la memoria colectiva el pueblo negro americano:

Soy la mujer de la brujería africana bajo el mar

Para llegar a satanás tienes que pasar a través de mí

Porque conozco a los ángeles por su nombre

Puedo comer el trueno y beber la lluvia

Puedo besar la luna y abrazar al sol

Pero a veces el peso es demasiado grande”.

La tesis central de Calibán y la Bruja, minuciosamente construida a través de una documentación exhaustiva, plantea que la caza de brujas – planificada y ejecutada por la férrea alianza entre las estructuras religiosas y las políticas – fue la respuesta del poder a la lucha popular que pretendió emanciparse de las relaciones feudales – ya en franca decadencia – y oponerse a las expropiaciones masivas de tierras y al cercamiento de los comunes. Frente al mito de la Europa de los derechos y de las libertades, tan utilizado por las clases dominantes – Silvia Federici afirma: “La caza de brujas fue el primer terreno de unidad en la política de las nuevas Naciones-Estado europeas”.

El objetivo del poder no era sólo arrancar la propiedad de lo común, sino destruir las relaciones sociales y el poder popular que se estructuraban en torno a la posesión compartida.

En esas relaciones sociales que tuvieron como centro a la asamblea campesina y que implican la colectivización de un saber no controlado por las clases dominantes, el papel de las mujeres era fundamental. De ese saber formaban parte, además de los conocimientos relativos a la salud y la enfermedad, todo lo relativo a la sexualidad, a la fertilidad, al parto y a la reproducción, hecho que en sí mismo era fuente de independencia y de poder para las mujeres.

La persecución de la curandera, depositaria del saber empírico, transmitido de generación en generación, fue el precedente necesario de la institucionalización de la “ciencia” y el desarrollo de universidades ligadas estrictamente a la iglesia – en las que a duras penas se abría paso el conocimiento científico – y en las que estaba absolutamente prohibida la entrada a las mujeres. Se estableció así la expulsión de las mujeres del saber social, la negación del saber popular y la aparición de un saber “científico” profundamente misógino y clasista.

El hundimiento demográfico de los siglos XV y XVI convirtió las políticas de estímulo de la natalidad en política de Estado prioritaria y el control del cuerpo y de la capacidad reproductiva de las mujeres en el objetivo a conseguir a cualquier precio: “Sus úteros se transformaron en territorio político controlado por los hombres y el Estado: la procreación fue directamente puesta al servicio de la acumulación capitalista”.

La acumulación originaria de capital se instauró también sobre el saqueo masivo y el genocidio fuera de Europa. El exterminio del 95% de los pueblos originarios de la América colonial se resolvió mediante un recurso masivo a la esclavitud que tenía connotaciones diferentes a las de las grandes sociedades esclavistas precedentes y que como demuestra Marx fue decisiva para todo el desarrollo capitalista.

Patriarcado y racismo se funden pues en el gigantesco magma de violencia en el que es engendrado el capitalismo y que se hizo ideología, leyes, bulas papales, corpus científico, cárceles, potros de tortura y hogueras. El destino de las mujeres rebeldes de las clases dominantes era el convento o el manicomio. Pero el terror masivo sobre todo el pueblo y muy especialmente sobre las mujeres, durante más de dos siglos, fue necesario para producir un proletariado absolutamente desposeído y condenado a aceptar sin condiciones la bárbara disciplina fabril. La caza de brujas con su siniestro cortejo de tortura y la muerte, de pánico arraigado en los cerebros, contribuyó decisivamente a facilitar el cercamiento de los comunes, la expropiación de la tierra del pequeño campesinado y sobre todo, a producir una clase trabajadora sumisa con una clave de bóveda oculta y engendrada mediante el terror: las mujeres.

Las mujeres obreras peor pagadas que los hombres, obligadas a asumir la producción y la reproducción de la fuerza de trabajo, expropiadas de cualquier reconocimiento, poder o independencia, degradadas, sometidas a la Iglesia, fueron violentamente reprogramadas para transmitir la ideología dominante.

Si la acumulación originaria, con ese plus de violencia sobre las mujeres y los pueblos de las colonias, abre paso a la instauración del capitalismo, la caza de brujas no remite exclusivamente al pasado sino que como señala Federici “revela aspectos constantes de las relaciones capitalistas”. La autora refiere como la acusación de brujería reaparece en África, India, Nepal, Timor, etc exactamente con los mismos objetivos para privatizar masivamente las tierras y expulsar a la gente que las explotaba para subsistir y que eran principalmente mujeres. Las compañías mineras, las multinacionales de los agrocombustibles, de los transgénicos, de acuerdo con los gobiernos llevan a cabo expropiaciones masivas que, otra vez, utilizan la acusación de brujería como pretexto para la represión.

3.2. Gerda Lerner

La vinculación entre patriarcado y esclavismo ha sido estudiada también por Gerda Lerner, historiadora comunista y feminista28, que analiza el origen del primero en Oriente Medio y Asia Central hace cinco milenios. Su obra corrige y desarrolla las aportaciones anteriores de Engels formulando la trascendental tesis siguiente “la apropiación por parte de los hombres de la capacidad reproductiva y sexual de las mujeres ocurrió antes de la formación de la propiedad privada y de la sociedad de clases. Su uso como mercancía está, de hecho, en la base de la propiedad privada”. Sus estudios concluyen  que la institucionalización de la esclavitud se inició con la esclavización de las mujeres de los pueblos conquistados; en cualquier sociedad conocida los primeros esclavos fueron las mujeres. La subordinación sexual de las mujeres a los hombres quedó establecida en los primeros compendios jurídicos aparecidos en la historia. El poder y la fuerza del Estado la impuso y la dependencia económica del cabeza de familia la perpetuó. Su conclusión fundamental abre nuevas vías teóricas y prácticas a la lucha por la liberación de las mujeres: “La esclavitud de las mujeres, que combina racismo y sexismo a la vez, precedió a la formación y a la opresión de las clases. Las diferencias de clase estaban en sus comienzos expresadas y constituidas en función de las relaciones patriarcales”.

Mucho después de que la subordinación económico-sexual fuera establecida en estas sociedades arcaicas aún las mujeres conservaban un poder relativo en función de su papel de depositarias del saber sobre la enfermedad y la reproducción. Eran las mediadoras por excelencia con la divinidad que también estaba representada por poderosas diosas.

Este poder también sucumbió. Lerner destaca la relación directa entre la plena instauración del patriarcado y la aparición de las grandes religiones patriarcales monoteístas en Europa y Asia. “El derrocamiento de esas diosas poderosas y su sustitución por un dios dominante ocurre en la mayoría de las sociedades del Próximo Oriente tras la consolidación de una monarquía fuerte e imperialista”. En las grandes religiones patriarcales, cuyo proceso de creación culmina con la aparición del cristianismo y el islamismo las diosas fueron derrotadas. De esta forma, las bases ideológicas del patriarcado, íntimamente vinculadas a la religión y al Estado, conforman la cultura occidental dominante y atraviesan sus dos pilares fundamentales: los principios judeocristianos y la filosofía aristotélica. Ambos se crearon y se han mantenido sobre la negación consciente del saber de la diosa29, y la devaluación simbólica del papel social de las mujeres.

La relación directa entre patriarcado y esclavismo en los albores de la humanidad cimenta la constatación de que en las sociedades de clases – y especialmente en el capitalismo – la opresión de género redimensiona y amplifica las condiciones de dominación. El hecho de que el patriarcado como estructura de dominación se haya perpetuado y reproducido a través de las diferentes formaciones socio-económicas le hace impregnar profundamente estructuras simbólicas y esferas de lo inconsciente que configuran las identidades personales y colectivas, además de atravesar toda la superestructura ideológica y material característica de cada estructura social.

Las contribuciones de la historiadora comunista austriaca, que trabajó codo con codo con Ángela Davis y las Panteras Negras, aunque por otros caminos, comparte conclusiones fundamentales con Silvia Federici. La relación entre género, raza y clase se entrelaza con el vínculo entre la caza de brujas, el esclavismo y la acumulación originaria, permitiendo profundizar en la coherencia interna entre la lucha feminista, la lucha contra la discriminación racial y el combate comunista por la emancipación de clase. Se refuerza así el principio comunista básico de que la lucha revolucionaria de la clase obrera por su emancipación es imposible si no implica la liberación de todos los oprimidos en función del género, nacionalidad, raza, etc.

Algunos apuntes sobre la crisis del feminismo radical

No pretendo analizar aquí las razones del debilitamiento del feminismo radical pero no cabe duda que tuvo una contribución fundamental el predominio progresivo que fueron adquiriendo posiciones individualistas e intimistas que relegaban, o no contemplaban en absoluto, la teoría y la práctica de la lucha de clases. Al igual que el modelo burocrático de socialismo supuso al mismo tiempo un ramplón reduccionismo economicista que ignoró la segunda mitad de la frase de Lenin. “El socialismo es la electrificación, más el poder de los soviets” y toda la función emancipadora general de la revolución socialista, el feminismo que reniega de posiciones de clase es fácilmente asimilado por la ideología capitalista dominante. Y no solamente se trata del cinismo de exhibir como una conquista de la igualdad el que haya muchas mujeres ministras, mientras más del 70% de las trabajadoras en paro en el Estado español no cobra ningún tipo de subsidio.

El enfrentamiento entre sexos dentro del movimiento obrero y popular es utilizado por el poder para dividir organizaciones. James Petras denuncia en un informe el papel de las ONGs en los intentos de destrucción de las organizaciones del pueblo30. En concreto trata de la presión desatada por una ONG en el comité de mujeres del Movimiento de los Sin Tierra (MST) de Brasil, que además ofrecía generosa financiación, para que las mismas abandonaran su importante participación en la lucha de clases y en la ocupación de tierras – en las que inscribían sus reivindicaciones de igualdad de género – y se ciñeran a demandas minimalistas, exclusivamente feministas.

La integración en la ideología dominante de este feminismo devaluado, mutilado de su imprescindible dimensión de clase, está rindiendo bien pagados servicios a un imperialismo más criminal que nunca. Las ONGs de “cooperación”, buena parte de las cuales centra sus actividades en la “línea de género”, utilizan los fondos que reciben de los gobiernos para arropar ideológicamente las guerras imperiales con el discurso de la guerra humanitaria y de los derechos, sobre todo, de las mujeres. Muchas de ellas contribuyeron a la difusión de la mentira construída de que la invasión de Afghanistán tenía algo que ver con el burka o de que la guerra declarada por el imperialismo euroestadounidense y sionista contra los pueblos de África y Oriente Medio tenga como objetivo acabar con la opresión de las mujeres en sus países respectivos.

La historiadora vasca Alicia Stürtze31 plantea que el feminismo occidental dominado por las privilegiadas mujeres blancas pone en un primer plano la denuncia del sistema patriarcal dominante en gran parte de los países del Tercer Mundo, de forma que, "con un racismo latente", relega los intereses fundamentales de sus hermanas negras, latinas o asiáticas. Ella plantea que incluso el feminismo de clase no ha levantado con la suficiente fuerza "la condena sistemática del ajuste estrucutral impuesto por el banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional causante de una creciente pobreza y de la reducción de los servicios públicos y, como consecuencia la acentuación de una tragedia que, según parece no capta lo más mínimo la atención del movimiento feminista occidental actual a quien aparentemente no interesa la mujer en su función reproductora".

La autora vasca une su voz a la de la comunista afroamericana Angela Davis32, creadora entre otros, del antológico libro “Mujeres, raza y clase” en el que se pregunta: ¿Cómo es posible que habiéndose gestado el feminismo americano, como movimiento y teoría política, en el seno de las luchas abolicionistas y obreras de finales del siglo XIX, la voz y las reivindicaciones de las mujeres negras hayan sido sistemáticamente invisibilizadas por el feminismo blanco liberal?

Stürtze destaca el hecho abrumador de que el 99,5% de las mujeres muertas en el mundo (1.600 al día) a causa de complicaciones relacionadas con el embarazo parto y puerperio han nacido en países empobrecidos. La Tasa de Mortalidad Materna se considera en Salud Pública como uno de los indicadores más sensibles para medir las desigualdades sociales; lo que equivale a decir que estas muertes dependen casi exclusivamente de factores socio-económicos – es decir del capitalismo imperialista – y son perfectamente evitables.

Frente a hechos como éstos Alicia Stürtze levanta intervenciones de portavoces de asociaciones progresistas de mujeres árabes y africanas en las que denuncian que en foros internacionales destinados a tratar de la situación de las mujeres del "Tercer Mundo"se de prioridad a “temas tan del gusto occidental como la circuncisión femenina o el velo”. Sus palabras son tann contundentes como las siguientes: “Esas salvadoras blancas, de clase media…. que sólo defienden sus intereses y no los de las mujeres pobres..defienden el derecho al aborto, pero no la esterilización involuntaria a mujeres del tercer Mundo… (…) La campaña occidental contra la circuncisión femenina crea la impresión de que ésta constituye el eje de la opresión de la mujer musulmana y de hecho distrae la atención de los verdaderos problemas de la desigualdad de las mujeres que no han hecho sino aumentar desde que Egipto estableció estrechos vínculos con EE.UU. e Israel”.

Campañas como la llevada a cabo en 2002 por Amnistía Internacional para “salvar a Amina” de la lapidación33, que recorrió Europa y EE.UU pidiendo mensajes de apoyo en la web amnistiapornigeria.org, coincidió curiosamente con una importante ofensiva de EE.UU. contra Nigeria34. La “tranquila ofensiva” iba destinada a conseguir que el país africano abandonara la OPEP y aumentara la producción de petróleo en función de los intereses de las grandes potencias en vísperas de la invasión de Iraq35.

La autora vasca concluye su lúcido análisis con estas recomendaciones al movimiento feminista:"Desde mi perspectiva, la mejor ayuda que podemos prestar a las mujeres del Tercer Mundo es condenar por principio y desde una posición abiertamente antiimperialista, todas las intervenciones humanitarias internacionales que no sirven más que a los intereses de las grandes potencias y que, encima, “maquillan” la creciente presión del BM y del FMI… (…) Tampoco nos vendría mal, de paso, atemperar algo nuestro etnocentrismo (la creencia de que nuestra representación del mundo es la más justa) y ese superior sentido misionero con que a los hombres y mujeres occidentales parece que nos ha marcado la civilización judeo-cristiana”36.

La denuncia de Alicia Stürtze sobre el empeoramiento de las condiciones de vida de la población en general y de las mujeres en particular entronca con el nuevo “cercamiento de los comunes”, que tiene lugar muchos países de África, Asía y América de la mano de los ajustes estructurales, de la masiva privatización de tierras y de la expulsión de las mismas de sus habitantes. Las presiones coordinadas de las grandes multinacionales (de la minería, del petróleo, de la industria textil o alimentaria) y del BM y el FMI a través de la complicidad y/o la extorsión de los gobiernos, acaban con una pequeña propiedad y tierras comunales que permitían subsistir a millones de personas y que eran trabajadas fundamentalmente por mujeres. Para facilitar la expropiación masiva, llevada a cabo con la complicidad directa de los gobiernos localesse utiliza nevamente la acusación de brujería

De hecho, el Banco Mundial plantea que esa agricultura de subsistencia es la causa de la pobreza, cuando como plantea Federici “la agricultura y el comercio de susbsistencia son la diferencia entre la vida y la muerte para millones de personas”.

De la misma forma que Marx analiza en la acumulación originaria de capital, las expropiaciones masivas– violentas siempre – convierten la tierra en capital y lanzan a la miseria a millones de personas trabajadoras "libres", muchas de ellas niñas y niños, que serán, ahora, presa fácil de las condiciones de trabajo semi-esclavas de las fábricas deslocalizadas de empresas multinacionales, cerrándose así el círculo.

Silvia Federici denuncia la profunda hipocresía y los intereses estrictamente capitalistas que se ocultan tras esa mentalidad “misionera” que criticaba Stürtze, ahora “onegera”, vinculada a los microcréditos y vendidos como “empoderamiento” de las mujeres. “En realidad – dice Federici – en lugar de aliviar ala pobreza, lo que la microfinanciación ha hecho es llevar toda esa esfera de actividades que tenía lugar al margen del mercado, dentro del mismo y bajo el control de los bancos. De hecho, tras años de microfinanciación tenemos un registro muy negativo, en el que muchas mujeres se ven cargadas de deudas que no pueden pagar”. Y es en este escenario en el que se recrea la caza de brujas con el mismo objetivo de eliminar una figura clave en las relaciones sociales comunitarias, identificadas por el capital como un obstáculo para el mercado. Veo la caza de brujas – dice Federici – como parte de este proceso más amplio de nuevos cercamientos. Supone la privatización de tierras y relaciones sociales y afecta principalmente a mujeres porque se dirige directamente contra las formas de reproducción de subsistencia que no se orientaban hacia el mercado”37.

Conclusiones:

Tras esta aproximación a algunos de los hitos fundamentales de la teoría y de la práctica del feminismo marxista pueden apuntarse algunas ideas a modo de conclusiones.

  • A lo largo de la historia ha habido posturas confrontadas dentro del marxismo en relación con la liberación de las mujeres. Los periodos álgidos de la lucha de clases y antiimperialista, son también momentos de avance del feminismo marxista. Lo contrario es también cierto. La hegemonía del reformismo en los partidos comunistas conlleva el olvido de la lucha feminista. Las posiciones reformistas, en las que subyacen importantes dosis de reduccionismo economicista, son expresiones conservadoras del orden de dominación – de clase y de género – establecido.

  • La acumulación originaria de capital implicó no sólo la expropiación de tierras, el cercamiento de los comunes y la esclavitud de la mano del colonialismo. Para que fuera posible tuvo que destruir las relaciones sociales comunitarias y el relativo poder de las mujeres. La caza de brujas fue la respuesta a la resistencia popular frente a la violencia con que se implantaba el nuevo orden capitalista y patriarcal.

  • Si la expropiación del pueblo y la degradación de las mujeres fueron de la mano en la creación de las relaciones sociales capitalistas, y con ellas del proletariado, la lucha por el socialismo y por el derecho de autodeterminación de los pueblos requieren, también, una gran batalla ideológica para arrancar las raíces de la alienación y recuperar el poder real y simbólico del pueblo38. En ese proceso de construcción de las vías de liberación e identidad popular juega un papel clave la reconstrucción y adaptación de las señas de identidad y poder simbólico de las mujeres, amputadas por el patriarcado y el capitalismo.

  • El hecho de que caza de brujas, colonización y esclavismo pertenezcan a un mismo contexto histórico y político, el nacimiento del capitalismo, marca la necesidad de unidad en la lucha entre los y las condenadas de la tierra y la evidencia de que ninguna clase o sector social puede ser libre sin liberar al resto de los y las oprimidas.

  • La crisis estructural del capitalismo y su desesperada búsqueda de nichos de beneficio saca otra vez a escena nuevas/viejas formas de acumulación de capital en el que las relaciones de opresión y explotación se entrecruzan: esclavismo, patriarcado, racismo, dominación cultural y lucha de clases.

  • La lucha internacionalista que inevitablemente se enfrenta a vida o muerte a la necesidad de destruir el capitalismo y construir el socialismo debe ser obrera, mujer, de todas las razas y de los pueblos por sus derechos nacionales.

1 Federico Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. http://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/origen/

2Texto citado por Andrea D´Atri en su interesante aportación “Feminismo y marxismo: más de 30 años de controversias” http://www.rebelion.org/noticia.php?id=7972

3http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/sagfamilia/

4http://www.facmed.unam.mx/deptos/salud/censenanza/spivst/spiv/situacion.pdf

5Op. Cit., p. 236

6http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/48-manif.htm

7Clara Zetkin “La cuestión femenina y la lucha contra el reformismo” http://www.icesecurity.org/feministas/LA%20CUESTION%20FEMENINA%20Y%20LA%20LUCHA%20CONTRA%20EL%20REFORMISMO.pdf. P. 31

  1. 8 Op. Cit., p.34

9 Carlos Marx “La guerra civil en Francia” (1871) http://investigacion.politicas.unam.mx/teoriasociologicaparatodos/pdf/Teor%EDa%201/Marx%20-%20La%20guerra%20civil%20en%20Francia.pdf

10En el VII Congreso Extraordinario realizado del 6 al 8 de marzo del 1918, Lenin presentó una resolución sobre la propuesta de cambio de nombre del Partido y de modificación de su programa. La relación con la Comuna de París es, en ambos casos, destacable:“El congreso decide que en el futuro nuestro Partido (el Partido Obrero Socialdemócrata Bolchevique de Rusia) se llamará el Partido Comunista de Rusia, con la palabra “Bolchevique” entre paréntesis agregada. La modificación de la parte política de nuestro programa […] debe consistir en la definición, lo más precisa y completa posible, del Estado de nuevo tipo , la Republica de los Soviets, como forma de dictadura del proletariado y continuación de las conquistas de la revolución obrera internacional, inaugurada por la Comuna de París.” (II: 630). http://redroja.net/index.php/pensando-criticamente/957-marx-la-comuna-de-paris-y-el-proyecto-comunista

11http://www.marxists.org/espanol/m-e/1870s/gcfran/

12http://www.poemas-del-alma.com/miguel-hernandez-el-nino-yuntero.htm

13http://pedrogarciamartin.blogspot.com.es/2011/04/explotacion-infantil-durante-la.html

  1. 14 San Martin, H (1984) La Crisis Mundial de la Salud, p.146

15http://www.rebelion.org/noticia.php?id=7972

16Op. Cit.

17http://www.marxists.org/espanol/luxem/01_19.htm

18Palabras de A. G. Goijbarg, responsable del comité redactor del Código de Familia(1918) http://ateaysublevada.over-blog.es/article-la-union-sovietica-el-primer-pais-en-que-el-aborto-fue-legal-y-gratuito-100701696.html

19Tomado de Sharon Smith “Marxismo, feminismo y liberación de la mujer” http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5761

20http://www.icl-fi.org/print/espanol/spe/37/tesis.html

En este enlace pueden consultarse las "tesis de la Internacional Comunista sobre el trabajo entre las mujeres

21En los primeros tres meses de 2013 en un hospital público de Madrid a14 trabajadoras eventuales que habían sido madres o estaban a punto de serlo no les fue renovado su contrato de trabajo. http://rsocial.elmundo.orbyt.es/epaper/xml_epaper/El%20Mundo/14_04_2013/pla_11014_Madrid/xml_arts/art_14319803.xml?

22Clara Ztekin “Sobre la liberación de la mujer” (Recuerdos sobre Lenin) http://www.revolucionobrera.com/documentos/rmujer.pdf

23http://redroja.net/index.php/noticias-red-roja/opinion/1423-brujas-en-la-noche

24Un reciente análisis del mito del Estado del Bienestar puede consultarse en http://redroja.net/index.php/comunicados/831-el-mito-de-la-vuelta-al-estado-del-bienestar-otro-capitalismo-es-imposible

25 “Si el dinero, como dice Augier, viene al mundo con manchas de sangre en una mejilla, el capital lo hace chorreando sangre y lodo, por todos los poros, desde la cabeza hasta los pies”. http://www.marxists.org/espanol/m-e/1860s/eccx86s.htm

26Op cit. Pág 106

27http://letras-de-cancion.com/canciones/show/221809/nina-simone/letras-y-traducciones-de-cancion-obeah-woman/

28 Gerda Lener, nacida en Austria, vivió en EE.UU, país al que llegó huyendo de la persecución nazi. Allí desarrolló sus obras y su práctica militante en torno a la liberación de la mujer y la opresión racial. http://www.herramienta.com.ar/cuerpos-y-sexualidades/gerda-lerner-feminista-e-historiadora-injustamente-olvidada

29Iñaki Gil de San Vicente cita la obra de Gerda Lerner para ilustrar el surgimiento del patriarcado como primera gran ruptura en la unidad social del conocimiento humano, y a partir de ella, el estallido de la pugna de fuerza y poder en las colectividades humanas y entre ellas mismas. Ver “Emancipación nacional y praxis científico-crítica” http://www.rebelion.org/noticia.php?id=22123

30“Duro alegato de James Petras contra el accionar de las ONGs. Acusación de emprender una campaña cloroformante y despolitizadora”.http://www.servicioskoinonia.org/relat/207.htm

31 Alicia Stürtze “Feminismo de clase”. http://generoconclase.blogspot.com.es/2011/01/feminismo-con-clase.html

32 Su biografía y el libro “Mujeres, raza y clase” pueden encontrarse en: http://es.groups.yahoo.com/group/foro_centenario/message/50243

33 http://www.cesarsalgado.net/200205/020524.htm

34 Le Monde Diplomatique “Tranquila ofensiva estadounidense sobre el oro negro africano” http://monde-diplomatique.es/2003/01/servant.html

35 Para un análisis de la emigración, las riquezas naturales, la lucha contra el neocolonialismo y el AFRICOM en Nigeria puede verse: “Nigeria: lucha de clases en el corazón de las tinieblas. Maestro. A. (2007) http://www.rebelion.org/noticia.php?id=56890

36 Alicia Stürtze. Op. Cit.

37 Entrevista a Silvia Federici para nodo 50: http://info.nodo50.org/La-caza-de-brujas-revela-aspectos.html

38Toda la obra de Iñaki Gil de San Vicente está atravesada por el análisis inseparable de los tres elementos: opresión de clase, patriarcado y opresión nacional y por la defensa de una praxis política que las incluya. Destaco este fundamental artículo: “La dialéctica como arma, método, concepción y arte” http://www.rebelion.org/docs/55787.pdf

Ángeles Maestro. Red Roja

Author: marxismo | Date: 25/05/2013 | No Comments »

Joan Violet Robinson

texto de la economista Joan Robinsonaño 1977

Tomado del blog Marx desde cero, en donde se presenta el texto: (…) Joan Robinson, “una economista burguesa”, “la keynesiana de izquierdas por antonomasia” tal como se definió ella misma. Si, Joan Robinson exponente postkeynesiano más ilustre de la Cambridge School, líder indiscutible, y miembro destacable de la escuela neorricardiana, principal impulsora de la herencia keynesiana después de la supremacía monetarista, que evidenciaba su apasionada defensa del marxismo teórico, afirmando que “lleva a Marx en los huesos”[1], y, especialmente, que paseaba con descaro sus beligerantes manifestaciones a favor de la revolución cultural maoísta.

En fin, una mujer de armas tomar. El artículo de hoy se publicó originalmente en la Monthly Review, Volumen 29, nº 7 de diciembre de… ¡1977!, pero es como si lo leyéramos ayer. Que os sea de provecho.

Con anterioridad a 1956, Ron Meek era un rígido dogmatista. Era a Ron Meek a quien estaba tomando el pelo en mi texto “Carta abierta de una keynesiana a un marxista”[2]. Meek se ofendió mucho, y todavía estaba dolido cuando escribía la versión original del libro que aquí comentamos, Studies in the Labor Theory of Value [3]. Sus normas extremadamente elevadas de pureza doctrinal quedan patentes por el hecho de que tratara a Oscar Lange y Rudolf Schlesinger, ambos estudiosos de por vida de Marx, como críticos hostiles, conjuntamente conmigo. Lange simplemente sugería que ciertos problemas que aparecen en el marco de una economía de mercado podrían tratarse mejor por medio de métodos ortodoxos; Schlesinger, por su parte, abogaba por una suavización de los estrictos cálculos cuantitativos de la “transformación de valores en precios” con objeto de tratar del monopolio. Tales sugerencias fueron desechadas por heréticas. Por mi parte, el propósito de mi Ensayo sobre economía marxiana [4] (1942) no era criticar a Marx. Lo escribí para alertar a mis colegas burgueses sobre la existencia en El Capital de ideas penetrantes e importantes, ideas que no podían continuar ignorando.

En este sentido, el libro alcanzó una cierta resonancia que ciertamente no hubiera tenido de haber sido escrito utilizando la terminología marxista, pero puesto que yo misma era una burguesa, sin duda mi intención había sido reconstruir la teoría ortodoxa del equilibrio. De hecho, ese libro constituía el primer asalto de la “crítica de Cambridge”, crítica que, con la ayuda de Piero Sraffa, acabó por pulverizar la teoría del equilibrio veinte años después.

1956 fue un año repleto de sobresaltos políticos (entre los que deben incluirse los disturbios de Posnan, Polonia, cuando se daba la circunstancia que tanto Ron como yo estábamos allí, de visita, con algunos colegas), y abrió una brecha en la corza del dogmatismo. Ron se convirtió en catedrático y se vio llevado de nuevo hacia la teoría del equilibrio, aunque continuó trabajando en los clásicos pre-marxianos (la parte mejor del libro que comentamos). Cuando Meek pudo ser persuadido finalmente de que preparara una segunda edición, se encontró lamentando la “actitud defensiva y didactismo” de su forma de escribir, aunque no vio excesiva necesidad en cambiar su tratamiento. El volumen que comentamos aquí es una reedición del original al que profesor Meek ha añadido una nueva introducción y un apéndice [5].

VALOR

La teoría del valor trabajo proporciona el particular lenguaje y conjunto de conceptos en que se formulan las doctrinas marxistas. Se trata asimismo de un ritual distintivo: para “ser marxista”, es necesario “creer en” el valor trabajo. Pero, considerada como una teoría, ¿qué es lo que sostiene? Para los clásicos, se hacía necesaria una teoría del valor que diera cuenta de los precios relativos de las mercancías; mientras el salario real es constante, la teoría de los “precios naturales” de los clásicos es sumamente elemental, pero el valor marxiano es independiente del salario. Los marxistas sugieren con frecuencia que la teoría marxiana del valor provee una teoría de los precios, pero todos sabemos que los precios de las mercancías no pueden ser proporcionales a sus valores cuando existen diferentes relaciones capital/trabajo en las diferentes líneas de producción. Cuando existe una tasa de ganancia uniforme, en una economía capitalista de tipo competitivo, los “precios de producción” son los que rigen. Y sin embargo, de alguna manera, -“en última instancia”, “básicamente” o “a largo plazo” – los precios vienen determinados por los valores.

Se nos dice que la ley del valor gobierna la distribución de los recursos entre las diferentes líneas de producción, pero sin duda ello podría tratarse mejor en términos del proceso de acumulación y de la evolución de la tecnología. ¿O no es así?. A veces se nos dice que es imposible dar cuenta de la explotación si no es en términos de valor, pero ¿para qué necesitamos el valor para mostrar que pueden producirse beneficios en la industria a base de vender las mercancías por encima de su coste de producción o para explicar el poder que poseen los que disponen de dinero u otros recursos financieros de tiranizar a los que no los tienen?. Para algunos, la teoría del valor encierra la totalidad del grandioso poder explicativo de la interpretación materialista de la historia. Pero aquello que significa todo, no significa nada.

Conviene acudir de nuevo al capítulo primero de El Capital para percibir lo que el concepto valor significaba para Marx.

“Tomemos ahora dos mercancías, por ejemplo trigo y hierro. Cualquiera que sea la proporción en que se cambien, cabrá siempre representarla por una igualdad en que una determinada cantidad de trigo equivalga a una cantidad cualquiera de hierro, v. gr.: 1 quarter de trigo = x quintales de hierro. ¿Qué nos dice esta igualdad? Que en los dos objetos distintos, o sea, en 1 quarter de trigo y en x quintales de hierro, se contiene un algo común de magnitud igual”. (El Capital, Ed. F.C.E., I, pág. 5). Este algo común reside en su propiedad de ser productos del trabajo. ¡Aquí lo tenemos! Valor es una cantidad, indefinible de otra manera, que se incorpora a las mercancías merced a las horas-hombre de trabajo requeridas para producir aquéllas.

Esto no es algo en lo que uno pueda “creer” o “no creer”. Es una construcción mental que puede ser útil o no para analizar la realidad.

La gran ventaja de este concepto es que permitió a Marx pensar en términos cuantitativos sin quedarse atascado, como le ocurrió a Ricardo, en el problema de la medición. Conjuntamente con amplios razonamientos históricos y políticos, se encuentran en El Capital una serie de “modelos” económicos expuestos en términos de valores. El modelo central, el esquema de la reproducción ampliada, ha quedado absorbido –vía Kalecki- por la teoría post-keynesiana y ha sido traducido a términos operacionales.

Ciertos marxistas desaprueban las traducciones. Mantienen que un flujo de producto [output] es una cantidad de valor y que no puede representarse de otra forma. Se trata de puro dogmatismo. La renta nacional del pasado año es algo que realmente “ha ocurrido”. Forma parte de la historia, un conjunto de acontecimientos extremadamente complejo. Hay muchas formas de representar tal flujo y ninguna de ellas es perfectamente satisfactoria. Si dispusiéramos de información completa, sería posible presentar un flujo de producción industrial como una tabla input-output de bienes físicos, tomando en consideración el deterioro, pero no la depreciación financiera, del stock de medios de producción. Podríamos representarlo en términos de flujo de pagos monetarios y fondos de depreciación, o como valor, esto es, la cantidad total de horas-hombre de trabajo realizado durante el año (v+p), más c, el desgaste del stock de medios de producción preexistente, valorado en base al tiempo de trabajo incorporado al mismo. Cuando los precios en términos monetarios no son exactamente proporcionales a los valores, la parte de la ganancia neta en ingresos sobre los resultados no es exactamente equivalente a la plusvalía. En tal caso, lo operativo es el cálculo en términos monetarios, puesto que las decisiones de los empresarios que controlan la inversión y la distribución de la renta se ven influenciadas por los beneficios, no por los valores.

El concepto de valor permitió a Marx prescindir de un tratamiento exacto de los precios relativos. Los precios no aparecen en el volumen I de El Capital, y el análisis contenido en el volumen 3 (el problema de la transformación) es muy esquemático. Siempre he pensado que los marxistas cometían un error al dejarse arrastrar al terreno de la teoría de los precios, terreno en el que los economistas ortodoxos podían apuntarse varios tantos (a pesar de que su propio análisis de los precios está lejos de ser satisfactorio). Lo que los marxistas tenían que haber afirmado es lo siguiente: prescindamos de los precios; ya tendremos oportunidad de tratar de ellos más adelante; entretanto, lo que nos interesa es el modo de producción, la tasa de acumulación y la distribución de la renta; tenemos una teoría sobre la parte de la renta correspondiente a los beneficios (la tasa de explotación); esta parte correspondiente a los beneficios es mucho más importante que la tasa de ganancia; dicha parte es algo que ocurre en la realidad y afecta las vidas de la gente, la tasa de ganancia es un cálculo mental.

Pero los marxistas, naturalmente, nunca admitirían que existiera problema alguno que el valor no pudiera resolver, y forcejearon para probar que los precios son proporcionales a los valores, cuando no lo son.

Las teorías expuestas por Marx en términos de valor son la base indispensable para un tratamiento de la economía del capitalismo, base que la escuela ortodoxa no ofrece. Muchos de los conceptos marxianos son incluso más relevantes en nuestros propios días que cien años atrás. Por ejemplo, una mercancía es algo que se produce empleando trabajo con objeto de venderlo. Marx afirmó que una mercancía debe tener un valor de uso, de otra forma nadie la compraría, pero en la actualidad el valor de uso se convierte cada vez menos esencial. Lo que genera la demanda es la presentación, la publicidad, el arte y la maña de vender.

El concepto marxiano de la naturaleza de un sistema económico, caracterizado por la forma en que se controla la producción y se extrae un excedente de la misma, es más importante que nunca, puesto que en la actualidad coexisten en el mundo muchos sistemas entre los que se da una interacción mutua: diversos tipos de socialismo y fases superpuestas del desarrollo del capitalismo, así como residuos de feudalismo en el Tercer Mundo. El tema central en la enseñanza de la economía debiera ser la naturaleza de los sistemas productivos, pero se trata de un tema que se elude, en general, por temor a que el capitalismo no necesariamente obtuviera siempre las mejores puntuaciones.

La interacción entre fuerzas de producción y relaciones de producción constituye, para la interpretación de la historia, una clave inestimable, y ello a pesar de que las predicciones de Marx sobre los resultados de tal interacción todavía no se han cumplido.

Todo ello fue percibido por Marx en términos de valor, pero aquellas partes de la teoría más estrechamente ligadas con dicho concepto son las menos satisfactorias. Existen diversas afirmaciones que para Marx parecían contener verdades importantes y que, en la actualidad, parecen a nuestros ojos únicamente metáforas. La fuerza de trabajo se vende como una mercancía y, al igual que todas las mercancías, se intercambia por su valor. El valor de la fuerza de trabajo significa un salario suficiente para permitir a los obreros el mantenimiento de sus familias a un nivel de vida usual. Pero llamar a esto valor no explica nada. Sabemos que, en los países ricos, el nivel de vida mínimo y aceptable está siempre ligeramente por encima de la media real, de forma que la mayoría vive por debajo de ésta; en los países pobres, no hay límite inferior para el nivel de subsistencia; la desnutrición hace que la gente sea más pequeña en estatura y en peso y que se reduzca la duración de su vida. El valor en este caso no nos soluciona nada.

Otro ejemplo. Marx define la tasa de explotación como el cociente entre la parte de la jornada de trabajo en que un hombre produce para sí mismo (creando bienes de consumo para los obreros [wage goods] y la que trabaja para el capitalista. Pero un hombre no puede, por sí solo, producir nada.

Es el conjunto de la fuerza de trabajo que produce el producto total. Tenemos que dar un rodeo y establecer el producto neto total y la relación entre beneficio neto y salarios antes de que podamos aplicar la relación a la división de la jornada de trabajo. El tiempo que un hombre utiliza para trabajar para sí mismo constituye una llamativa metáfora, no una proposición analítica.

El caso más desgraciado lo constituye la confusión que se establece entre stock y flujo en el concepto de capital variable. (Este era el punto sobre el que me cachondeaba de Ron Meek en mi “Carta abierta”.) Puesto que únicamente el trabajo produce valor, Marx mantiene que tan sólo genera excedente la parte del capital invertida en el empleo de trabajo. El capital constante –el stock de medios físicos de producción- transfiere al flujo de valor únicamente el valor incorporado a él en el pasado. Pero, ¿qué quiere decirse con la parte del capital que emplee trabajo? ¿Se trata de un fondo de salarios?

El fondo de salarios es un concepto financiero que depende de los períodos de rotación de los procesos específicos de producción. Se trata seguramente del flujo de desembolsos correspondientes a la nómina de salarios que emplea trabajo y genera excedente (beneficio neto), ¿o no?

Marx escribe el flujo de producto, en términos de valor, por año, pongamos por caso, de esta forma: c+v+p (sustitución de los medios de producción consumidos, salarios y excedente). Aquí, obviamente, v es la nómina de salarios de un año. Pero a continuación Marx escribe (c+v) para presentar el stock de capital y p/(c+v) para la tasa de ganancia.

Todos estos son puntos de exposición que podrían ser clarificados si los marxistas aceptaran rectificar las fórmulas, pero hay ciertos casos en los que el concepto de valor parece realmente equívoco.

Según sugiere Marx, cuando predominaba la producción simple de mercancías, esto es, cuando los campesinos y artesanos eran propietarios de sus propios medios de producción, aquéllos intercambiaban los bienes que producían entre ellos mismos como valores; esto es inconsistente en el propio análisis de Marx. ¿Cómo pueden ser tratados como valores los productos del herrero y del tejedor que hila a mano? Es cierto que se trata de mercancías diseñadas para el intercambio, no para el consumo propio, pero ¿cómo debe procederse para el cálculo del tiempo de trabajo incorporado a cada una? Para un artesano no existe una distinción tajante e inmediata entre el tiempo de trabajo y ocio; no existe tampoco una distinción tajante e inmediata entre inversión y consumo (el capital circulante de un artesano, que éste reabastece de vez en cuando por medio de las ventas, incluye el consumo de su familia). Además, cada tipo de trabajo que se realiza en una fragua, el trabajo del tejedor es trabajo que se realiza en un telar. Únicamente el empleo a cambio de un salario, como dijo Marx, es reducible a trabajo abstracto, trabajo que se mide en términos de la cantidad de horas-hombre, indiferenciadas.

Hay otro punto en el que una argumentación en términos de valor es engañosa. La composición orgánica del capital se escribe como c/v, pero significa la “relación entre trabajo muerto y trabajo vivo”, esto es, el valor del stock de medios de producción por unidad de trabajo actualmente empleada. (Sería mejor escribir tal relación como C/L). Marx creía, lo cual era natural en la era del ferrocarril, que la acumulación va asociada con una composición orgánica continuamente creciente (progreso técnico con un fuerte sesgo de carácter utilizador de capital). Marx argumentó como sigue: c/v crecerá de forma indefinida, y p/v (la tasa de explotación) no puede elevarse indefinidamente; por tanto, antes o después, p/(c+v), relación que corresponde a la tasa de ganancia sobre el capital, tenderá a decrecer. Pero esto es una conclusión errónea, non sequitur. La composición orgánica es la relación capital-trabajo, no la relación capital-producto [output]. La verdadera razón por la que los capitalistas elevan la composición orgánica reside en el incremento del producto por hombre, no en términos del valor (que no pueden alterar) sino en términos de mercancías físicas vendibles. A medida que aumenta el producto por hombre, se crean las condiciones para un incremento de los salarios reales en términos de mercancías, o de la tasa de ganancia sobre el capital, o de ambas a la vez (la forma en que se distribuye el incremento entre los dos depende del poder de mercado de las partes implicadas, es decir, de los avatares de la guerra entre clases). Este error debe atribuirse al hábito de pensar en términos de valor. Una elevación de la composición orgánica equivale a un descenso del valor del producto (p+v) por unidad de capital. ¿Y qué?

Numerosos y fervientes marxistas han tratado de salvar la argumentación a base de mezclarla con una función de producción neoclásica, lo que aún empeora más las cosas.

El concepto de valor contribuyó ciertamente a que Marx llegara a su interpretación de la historia, de la política y de la economía. No obstante, podemos aprender de sus ideas sin necesidad de permanecer atascados en los surcos que le condujeron a ellas.

PRECIOS

En su nueva Introducción, Meek reformula lo que en su opinión es la esencia de la teoría del valor trabajo en términos de la obra de Piero Sraffa Producción de mercancías por medio de mercancía, aunque lo cierto es que no ilumina excesivamente el asunto. Esta última obra no contiene explicaciones que ayuden a comprender a qué se refiere[6]. Mi punto de vista personal es que debe ser entendida como sigue[7].

Las ecuaciones de producción representan un cuadro formalizado de una economía supuestamente real, en la cual va realizándose la producción real (se trata, por así decirlo, de una radiografía que muestra su esqueleto). Hay una determinada fuerza de trabajo empleada y un flujo especificado de artículos continuamente consumidos y recreados en el proceso de producción. (El capital fijo se trata por separado). En cada período surge un determinado producto excedente, por encima y además de la sustitución de los artículos consumidos. Se trata de un excedente en el sentido de producto neto (v+p), no de plusvalía (p).

Las ecuaciones de Sraffa describen la técnica de producción en uso en términos de una tabla input-output. (Este es un concepto que parecía más original cuando fue concebido que treinta años después, cuando apareció publicado en 1960). Con frecuencia se plantea la cuestión; ¿qué ocurre con las economías de escala? ¿Qué ocurre con la demanda? En la economía cuyo cuadro se está trazando, existe una cierta composición particular del producto que se produce en unas ciertas proporciones particulares; no hay campo para las variaciones de escala. Puesto que no hay bienes no vendidos, debe existir simplemente la demanda suficiente como para absorber el producto neto, con los precios y las rentas dadas. No hay campo para las variaciones de los “gustos”. El producto va siendo absorbido porque se produce, y va siendo producido porque se absorbe.

Ni tampoco hay variación alguna en la técnica. Las existencias de inputs en curso hoy fueron producidas en el pasado por los mismos procesos que se utilizan hoy, y las existencias se reponen de forma que estén disponibles para su uso mañana en los mismos procesos.

Ahora bien, manipulando las ecuaciones podemos calcular el tiempo de trabajo directa e indirectamente requerido para producir una unidad de cada mercancía (por el método de los subsistemas). Tenemos aquí, por primera vez, una exposición exacta (dentro de las especificaciones del modelo) del significado del valor. El valor de cualquier mercancía es únicamente una cantidad de horas-hombre, pero el trabajo no podría haber producido tal mercancía sin un stock, preexistente, de inputs apropiados; parte del trabajo indirectamente requerido para producir la mercancía es aquel que sustituye a los inputs. Por mucho que nos remontáramos en el pasado, mentalmente, nunca llegaríamos al primer hombre que produjo el primer producto [output] con el único recurso de sus manos.

Ir hacia atrás es un movimiento en el tiempo lógico. En la historia, desde luego, si rastreáramos la producción en dirección a sus orígenes pronto deberíamos llegar a una técnica más antigua a partir de la cual se desarrolló la presente, y si retrocedemos directamente a los cazadores que atrapaban castores y ciervos, nos encontraremos con que los inputs eran suministrados por la naturaleza. (El tiempo lógico puede trazarse de izquierda a derecha en la superficie de una pizarra. El tiempo histórico se mueve desde el oscuro pasado a sus espaldas hacia desconocido futuro que tiene delante.)

Llegamos ahora al meollo del asunto. Las ecuaciones técnicas no pueden por sí solas explicar los precios. En la economía real, rigen unos precios. Podemos postular una tasa de ganancia uniforme, y cuando es una tasa fijada –una tasa porcentual por períodos de rotación- podemos establecer cuáles deberían ser los precios. Pero ello no es sino lo que da la casualidad que son. Los precios no se hallan determinados por las condiciones técnicas.

Esto queda demostrado por medio de otro cálculo conceptual. Desplacemos la tasa de ganancia por todos los valores, de cero hasta el valor máximo, haciendo variar correspondientemente la participación de los salarios en el producto neto, decreciendo de uno a cero, y obsérvese cómo se comportan los precios. En el tiempo histórico, naturalmente, no sería posible tener la misma composición física del producto con participaciones de salarios y beneficios ampliamente diferentes (los capitalistas desearían obtener su participación en acero y caviar, los obreros en queso y botas). El cálculo es únicamente un movimiento en el tiempo lógico.

Ahora bien, ¿cuál era el objeto de esta meticulosa construcción (y de las muchas elaboraciones del caso simple que contiene el libro)? El objeto era un “Preludio a una crítica de la teoría económica”. Tal construcción pone fuera de combate, de una vez por todas a la teoría de la productividad marginal de la distribución. Esta teoría pretendía mostrar cómo las condiciones físicas de la producción determinan las “remuneraciones” de los “factores de la producción” de acuerdo con la aportación de cada uno de ellos al producto de la industria.
Desde luego, ustedes y yo siempre hemos sabido que esa teoría era absurda, pero por mucho que los marxistas la cañonearan desde el exterior nunca consiguieron derribarla. Ahora ha sido explosionada desde el interior.

El objetivo de Piero Sraffa se hallaba centrado en la ortodoxia pero, de pasada, Sraffa ha mostrado a los marxistas cómo resolver el “problema de la transformación” y ha dado respuesta al antiguo rompecabezas: ¿proporciona la teoría del valor trabajo una teoría de los precios? La respuesta es que los precios normales no son, en general, proporcionales a los valores aunque unos y otros se hallan relacionados entre sí de una forma precisa y sistemática a través de la tasa de ganancia. (Si la tasa de ganancia no es uniforme, los precios pueden hallarse en una total confusión, como ciertamente lo están habitualmente.)

La siguiente pregunta es: ¿qué determina la tasa de ganancia? Si nos basamos en las indicaciones del modelo, podría ser cualquier cosa.

Algunos lectores han interpretado el cálculo de los movimientos ascendentes y descendentes de la tasa de beneficio y la participación de los salarios como una referencia a la guerra entre clases. Pero se trata de un total malentendido.

Con una única técnica y un producto neto dado, queda poco espacio para una lucha en torno a los salarios y, en cualquier caso, tal movimiento es únicamente un movimiento de la vista que sube y baja a lo largo de una curva en la pizarra.

En la economía real, en el momento en que fue tomada la fotografía de la misma, la participación de los salarios había sido ya alumbrada por la historia pasada, y en el futuro real, que se halla ante la pizarra, se verá influencia por la interacción del cambio técnico, la acumulación de capital, el crecimiento del monopolio, el poder negociador de los sindicatos y la intervención, benevolente u hostil, del Estado.

El modelo de Sraffa dice muy exactamente lo que tiene que decir y nada más.
Sobre este extremo, Meek se halla en un error. Trata de plasmar, a base de manipular las ecuaciones, un proceso histórico de transición de un mundo precapitalista –en el que regían los precios determinados por los valores –al capitalismo, con una tasa de ganancia uniforme (págs. XXXIII y siguientes). Proyectar el problema de la transformación sobre la historia parece algo muy traído por los pelos: no es posible que haya ocurrido nada parecido. Además, presentarlo en términos del modelo de Sraffa es completamente ilegítimo. La producción simple de mercancías no fue una tecnología input-output sino un conjunto de grupos independientes de productores y su propio equipo. El profesor Meek tenía que haber recordado lo suficiente del marxismo de Ron para reconocer la diferencia entre modos de producción distintos.

La contribución de Sraffa al marxismo es básicamente negativa: deshacerse de la basura de la teoría ortodoxa. Les toca ahora a los marxistas escapar del caparazón del dogmatismo y emprender la construcción de la economía política de hoy en el espacio que Sraffa ha clarificado.

NOTAS:

[1] Véase ‘An open letter from a Keynesian to a Marxist’, en Collected (1973).
[2] Reproducido en Joan Robinson, Collected Economic Papers, Vol. 4 (Oxford: Blackwell’s, 1971). Traducción Castellana: Ed. Martínez Roca)
[3] Studies in the Labor Theory of Value [Estudios sobre la teoría del valor trabajo], Ronald L. Meek. Monthly Review Press, 2ª ed., con una nueva introducción del autor.
[4] Traducción castellana: Introducción a la economía marxista, Ed. Siglo XXI, Madrid
[5] Este Apéndice, “El método económico de Karl Marx”, puede encontrarse en castellano en el libro de R. Meek Economía e ideología (Ed. Ariel, Esplugues de Llobregat, Barcelona, 1972, págs. 141-171). (N. del T.)
[6] Piero Sraffa, Producción de mercancías por medio de mercancías; 1ª ed. en inglés, 1960; 1ª ed. en castellano, 1966 (Oikos-Tau, Vilassar de Mar, Barcelona). Joan Robinson se refiere probablemente a lo que en otro texto ha caracterizado con más lujo de detalles: en Producción de mercancías por medio de mercancías “se entra de lleno en el planteamiento sin ninguna discusión preliminar de los supuestos y sin delimitar las materias. Evidentemente nos encontramos en una economía capitalista, pero a fin de evitar las ambigüedades que se han acumulado en torno a la palabra, nunca se menciona el capital. Existen beneficios, pero no hay empresas; existen los salarios, pero no hay semanales; existen los precios, pero no hay mercados. Nada se especifica aparte de las ecuaciones de producción y las condiciones de intercambio necesarias”. Joan Robinson, Teoría económica y economía política económica (Ed. Martínez Roca, Barcelona, 1975), pág. 20. (N. del T.)
[7] Debo insistir que lo que sigue es únicamente mi propio punto de vista. Piero se ha mantenido siempre cerca del Marx puro y sin adulterar, y considera con suspicacia mis correcciones. Los dogmáticos afirman: “Sraffa no es un marxista”, y se han inventado una categoría especial –la de neo-ricardiano- para encasillarle. Al parecer, un neoricardiano es alguien que piensa que vale la pena asumir cantidad dificultades con tal de expresar sus ideas de forma precisa, mientras que para “ser un marxista” es necesario repetir, sin digerirlas, frases librescas.

Author: marxismo | Date: 18/05/2013 | No Comments »

Roque Dalton

Un Libro Rojo para Lenin.

Dice Lenin a Zinoviev:«–Yo no hago juegos de manos con las consignas, sino digo a las masas la verdad en cadaviraje de la revolución, por muy pronunciado que éste sea. Y usted, por lo que creo entender, temedecir la verdad a las masas. Quiere hacer política proletaria con recursos burgueses. Los dirigentesque conocen la verdad ‘en su medio’, entre ellos, y no la participan a las masas porque éstas son‘ignorantes y torpes’, no son dirigentes proletarios. Uno debe decir la verdad. Si sufre una derrota,no debe intentar presentarla como una victoria; si va a un compromiso, decir que se trata de uncompromiso; si ha vencido fácilmente al enemigo, no aseverar que le ha costado demasiado trabajo;y si le ha sido difícil, no vanagloriarse de que le ha sido fácil; si se ha equivocado, reconocer elerror sin temer por su prestigio, pues únicamente al callar los errores puede menoscabarse el prestigio de uno; si las circunstancias obligan a uno que cambie de rumbo siguiera siendo el mismo;uno debe ser veraz con la clase obrera, si cree en su instinto de clase y en su sensatezrevolucionaria; y no creer en eso es ignominioso y mortal para un marxista. Es más, aun engañar alos enemigos es algo complicadísimo, un arma de dos filos, admisible sólo en los casos masconcretos de táctica inmediata de combate, pues nuestros enemigos no están, ni mucho menos,aislados de nuestros amigos por una muralla de hierro, aun tienen influencia en los trabajadores y,duchos en engañar a las masas, procuraran -¡con éxito!- presentar nuestra astuta maniobra como unengaño a las masas. No ser sinceros con las masas por ‘engañar a los enemigos’ es una políticanecia e insensata. El proletariado necesita la verdad y nada es tan pernicioso para su causa como la‘mentira conveniente’, ‘decorosa’, de mezquino espíritu»

http://es.scribd.com/doc/58933455/Roque-Dalton-Un-Libro-Rojo-Para-Lenin

Author: marxismo | Date: | No Comments »

La trampa

 

Nuria Barbosa León, periodista de Granma Internacional y Radio Habana Cuba

Cuando Gladys Rivera Acevedo se presentó en la Escuela Normal para Maestros de Ciudad de la Habana en el año 1957, lejos estaba de imaginar el método para comprar una matrícula a través de los directivos.

Meses antes, ella se preparó en una de las tanta academias de la capital para reforzar los contenidos de Español, Matemática y Ciencias, para luego rendir un examen de oposición.

La cantidad de plazas ofertadas nunca ascendía a más de 150, de ahí la necesidad de alcanzar un buen promedio en las pruebas. Entres sus compañeras de grupo se comentó la posibilidad de obtener la matrícula con el pago de 300 pesos por adelantado, cifra superior a un salario de los más altos en aquel momento.

El día de los exámenes debió llenar una planilla con sus datos generales para incluirlos en un sobre junto a la prueba realizada, a su vista se sellaba y se asignaba un número que debía recordar. Estaba prohibido reclamar la puntuación o pedir una revisión.

Su padre, maestro de profesión, se acercó al profesor Iglesias que con toda honestidad le dijo que no intervendría en la calificación, ni en los resultados obtenidos, sólo se ofrecía para custodiar la prueba.

En un primer momento, Gladys no entendió la necesidad de una custodia si los sobres fueron cerrados delante de cada alumno.

Al leer los listados, publicados en unos de los periódicos de la época, vio nombres de muchachas conocidas por ella, compañeras de grupos en niveles anteriores y con bajos rendimientos académicos. Sin embargo aparecieron en los primeros lugares en el escalafón general del otorgamiento.

Gladys clasificó aunque en los últimos lugares, sabía que lo importante luego de alcanzar la matrícula sería seguir estudiando mucho, hasta graduarse.

Conoció la trampa. En el momento de calificar, las pruebas de mejores resultados eran cambiadas de sobre y así se garantizaba que quienes pagaran obtuvieran las plazas.

El fraude consistió en el robo de las calificaciones.

http://www.kaosenlared.net/america-latina/item/57300-la-trampa.html

Author: marxismo | Date: 05/05/2013 | No Comments »

NOVENA CONFERENCIA

ENGELS SE INSTALA EN LONDRES – SU PAPEL EN EL CONSEJO GENERAL – ENFERMEDAD DE MARX – ENGELS SUSTITUYE A MARX – EL “ANTI**DÜHRING” – LOS ULTIMOS AÑOS DE MARX : INTERES DE MARX POR RUSIA – ENGELS EDITOR DE LAS OBRAS POSTUMAS DE MARX – ACCION DE ENGELS EN LA EPOCA DE LA II INTERNACIONAL – MUERTE DE ENGELS.
Hemos terminado en la última conferencia la historia de la Internacional. Casi nada hemos dicho del papel de Engels, y sabemos que interesa considerablemente, a juzgar por las notas que he recibido de mis oyentes
Se pregunta a menudo si Engels era en verdad un fabricante. Como en estos últimos tiempos, bajo el régimen de la NEP, a la palabra “fabricante” se le ha dado un sentimiento peyorativo y se la emplea aún contra los administradores comunistas, nos detendremos un poco en este punto. Engels, ya lo dijimos al comienzo, provenía de una rica familia de fabricantes y también él lo era. La fundación de la Internacional se llevó a cabo sin su intervención, y hasta principios de 1870 no tomó en ella sino una participación insignificante e indirecta. Durante esos años escribió algunos artículos para las revistas obreras inglesas. No hablamos de la ayuda que sin cesar prestó a Marx, quién en los primeros años de la Internacional se encontraba en una extrema pobreza. Sin el socorro de Engels y la pequeña herencia que le había dejado su viejo amigo Guillermo Wolf, a quien dedicó El Capital, Marx no habría podido vencer la miseria y hallarse en estado de escribir su obra fundamental. Entre su correspondencia hay una carta conmovedora dirigida a Engels para informarle que había recibido al fin la prueba de la última galera.
Por fin – escribe – este tomo está terminado. A ti solo debo el haber podido concluirlo. Sin tu ayuda ilimitada jamás habría podido dar término al trabajo prodigioso de tres tomos. Te agradezco con todo corazón y te abrazo.
Engels fue fabricante, pero hay que hacer notar que no por mucho tiempo. Luego de la muerte de su padre, acaecida en 1860, quedó aún varios años como simple empleado. Sólo en 1864 fue asociado a los negocios, pasando a ser uno de los directores de la fábrica. Durante todo ese tiempo se esforzó por librarse de su “oficio de perro”. Soñaba en su porvenir y sobre todo en el de Marx. Tenemos, a este respecto, varias cartas muy curiosas que escribió a Marx en 1868, en las que les comunicaba que estaba en gestiones para abandonar la fábrica, pero que quería hacerlo en condiciones que aseguraran su existencia y la de su amigo.
Llegó finalmente a entenderse con su socio y en 1869 dejó la fábrica, no sin asegurar, como decimos, el porvenir de Marx, quien, desde entonces quedó libre de la miseria. Pero hasta septiembre de 1870. Engels no pudo radicarse en Londres.
Para Marx la llegada de Engels fue no sólo una alegría personal sino también un alivio considerable en el trabajo que realizaba para el Congreso general. En efecto, debía tratar con innumerables representantes de distintas naciones, con quienes se comunicaba verbalmente o por escrito. Engels, que ya en su juventud estaba muy bien dotado para los idiomas, hablaba o, como decían bromeando sus amigos, chapurraba una docena de lenguas. Era, pues, un auxiliar precioso para la correspondencia internacional, aparte de que en su larga práctica comercial había aprendido a ordenar los asuntos, lo que no constituía precisamente el fuerte de Marx.
Desde su incorporación al Consejo general, Engels se dedicó a este trabajo. Pero asumió aún otra parte de labor para aliviar a Marx, cuya salud estaba demasiado quebrantada por las privaciones y el trabajo excesivo. Enérgico, después de haber aspirado largo tiempo a este género de actividades, Engels como lo prueban los debates del Consejo general, resultó ser uno de sus miembros más diligentes.
Pero la participación de Engels en el Consejo general tuvo igualmente su fase negativa. Cuando se estableció  en Londres, los comunistas luchaban contra los bakunistas y esa lucha repercutía en el Consejo. Por otra parte, en esa época, según lo hemos visto, existían entre los ingleses profundas divergencias en la apreciación de los problemas de principios y de táctica.
Como lo sabemos por el ejemplo de la organización moscovita y por el de los diversos distritos de la capital, las divergencias políticas se complican y agravan frecuentemente a consecuencia del carácter personal de los adversarios. Ocurre también que miembros de una organización se adhieren a tal o cual grupo a plataforma mucho menos por razones de principio que por motivos de vinculación personal con los jefes o militantes influyentes de uno u otro grupo. A menudo, camaradas en quienes la voz del sentimiento ahoga la de la razón, anteponen sus simpatías o antipatías por una persona a la doctrina y principios sostenidos por ella. Sea como fuere, los desacuerdos personales complican la lucha de principios.
Cuando tales divergencias se suscitan en un distrito, por lo general se las puede remediar desplazado temporariamente a los militantes. Pero ese procedimiento, bueno en un barrio, en una región y hasta en un país, es inaplicable en la Internacional. En general, la solución de las dificultades por medio del traslado de militantes, sólo tiene un valor restringido. Es mucho mejor anular rápidamente las oposiciones sea por un acuerdo, sea por la división.
Hablamos de las razones objetivas que habían provocado las divergencias en el partido inglés. Lo que no comprenden o no quieren comprender ciertos historiadores de la Internacional y en particular los historiadores del movimiento obrero inglés, es que el Consejo general que dirigió de 1864 a 1873 el movimiento obrero internacional, era al mismo tiempo el órgano director del movimiento obrero inglés. De manera que si los asuntos internacionales influían sobre los asuntos ingleses, toda modificación en el movimiento obrero inglés repercutía fatalmente en las funciones internacionales del Consejo general.
Indicamos la última vez que las concesiones obtenidas por los obreros ingleses de 1867 a 1871 (derecho electoral para los obreros urbanos y legalización de las trade-unions), provocaron entre los tradeunionistas que integraban el Consejo general un robustecimiento de la corriente conciliadora. El propio Eccarius se inclinaba hacia ella; en esta época precisamente hallábase en holgada situación y, como acontece con frecuencia, se tornaba mucho más tolerante respecto de la burguesía. Con él tenía a varios otros miembros del Consejo general que, con el tiempo, se separaron de Marx.
Debemos destacar que las relaciones personales que agravaron las principales divergencias se explican por la participación de Engels en el Consejo general, en el que reemplazaba muy frecuentemente a Marx.
Cerca de 20 años habían transcurrido desde que Engels partiera para Manchester y se alejará así del movimiento obrero. Durante todo ese tiempo, Marx quedó en Londres. Allí mantenía relaciones con los cartistas, colaboraba en sus órganos, frecuentaba los clubs obreros alemanes y compartía la vida de los emigrados. Daba conferencias, veía regularmente a los camaradas y discutía a menudo con ellos, pero las relacione con “papá” Marx eran siempre cordiales y fraternales, selladas por una gran ternura, como puede comprobárselo hasta por los recuerdos de aquellos que más tarde se separaron políticamente de él. Vínculos particularmente amistosos se establecieron entre los obreros y Marx en la época de la Internacional. Los miembros del Consejo general que lo conocían, que veían su penuria, su miserable vivienda, que eran testigos de su actividad en el Consejo y lo sabían pronto a abandonar todas sus ocupaciones, su obra científica, para dar todo su tiempo y todas sus fuerzas a la clase obrera, lo respetaban profundamente. Sin retribución alguna, rehusando cualquier privilegio y todo honor, Marx trabajaba con infatigable perseverancia.
Otra cosa ocurría con Engels, a quien la mayor parte de los miembros del Consejo general  no conocía ni por asomo. Sólo los alemanes  lo recordaban, pero Engels tenía aún por conquistar su confianza. Para los demás, era un hombre rico, un fabricante de Manchester que, 258 años antes había escrito un buen libro en alemán sobre los obreros ingleses. Frecuentando durante una veintena casi exclusivamente la sociedad burguesa, los grandes banqueros e industriales, Engels, naturalmente distinguido, adquirió maneras aún mas refinadas. Siempre bien puesto, indiferente, reservado, fino, con el paso un poco militar, nunca llevado a intemperancias en el lenguaje, daba la impresión de un hombre seco y frío.
Así lo describen los que lo conocieron personalmente poco después de 1840. En la redacción de la Nueva Gaceta Renana, durante las ausencias de Marx, Engels tenía muy a menudo fuertes discusiones con sus camaradas, a los que a veces hacía sentir demasiado superioridad intelectual. Menos violento que Marx, era mucho más intolerante en las relaciones personales y se enajenaba así la amistad de numerosos obreros, contrariamente a Wolf y a Marx, que eran maestros y camaradas ejemplares.
Progresivamente, Engels se adaptó a su nueva situación y se desembarazó de sus viejas costumbres. Pero en esos años particularmente difíciles, cuando tuvo que reemplazar frecuentemente a Marx, su carácter, su personalidad contribuyeron considerablemente a ahondar los desacuerdos transitorios, sobre todo en el Consejo general. Así, no sólo Eccarius, sino también viejos colaboradores de Marx como Jung, que había sido mucho tiempo secretario general de la Internacional y estaba estrechamente ligado a Marx, quién con gusto y mucha delicadeza lo ayudaba en el cumplimiento de su penosa tarea, se retiraron poco a poco del Consejo general.
Naturalmente, los chismes y habladurías habituales fueron puestos en curso. Muchos que no conocían a Engels no comprendían porque Marx lo amaba tanto y hacía de él semejantes elogios. Hay que leer los recuerdos de Hyndman, fundador de la socialdemocracia inglesa, para apreciar la ruindad de sus explicaciones. Según ellos, si Marx estaba tan íntimamente ligado a Engels, era por la riqueza de éste y su socorro. Particularmente vil fue la conducta de algunos ingleses y, entre ellos, un tal Smith, que más tarde participó como traductor en los congresos de la II Internacional, distinguiéndose durante la guerra, como Hyndman, por su patriotismo desenfrenado. A él ni a los demás, nunca perdonó Engels esa campaña calumniosa contra Marx y, como lo refiere Vandervelde, poco antes de morir echó de su casa a Smith, que había ido a verlo.
Pero entonces, por el año 1872, esos chismes eran celosamente difundidos entre los obreros alemanes de tendencia lassalliana llegados a Londres, y sobre todo entre los jóvenes revolucionarios que habían escapado después del aplastamiento de la Comuna y nada conocían de la historia del movimiento. El Consejo general proveía ayuda material a los desterrados, pero por más que Marx y Engels hicieron grandes esfuerzos para organizar el socorro a los comunardos, éstos nunca estaban satisfechos y continuamente acriminaban.
Más no fue sólo en Londres donde la participación de Engels en el Consejo general acentúo la división. Bakunin y sus adeptos trabajaban principalmente en Rusia y los países latinos: en Italia, en España, en el sur de Francia, en Portugal y en la Suiza romana e italiana. Bakunin apreciaba particularmente Italia, porque el elemento dominante allí era el lumpen-proletariat, en el que veía la principal fuerza revolucionaria, porque existían numerosos jóvenes “desclasados” absolutamente incapaces de hacerse carrera en la sociedad burguesa, y porque el pillaje era allí la forma en que se manifestaba la protesta de los campesinos pobres. En una palabra, Italia tenía una elevada cantidad de paisanos hambrientos, mendigos, bandidos, elementos todos a los cuales Bakunin concedía tan grande importancia en Rusia.
Era  Engels quién mantenía correspondencia con esos países y, como puede verse por algunos borradores que nos han quedado, combatía implacablemente a los bakunistas.
El célebre folleto sobre la Alianza de Bakunin, folleto que era el informe de la comisión del congreso de La Haya, en que se denunciaba y combatía la política de los bakunistas, fue escrito por Engels y Lafargue. Este último, después de la caída de la Comuna, se había refugiado en España, donde entabló una encarnizada polémica con los españoles partidarios de Bakunin.
Marx no colaboró sino en el último capítulo, pero políticamente se solidarizaba con el conjunto de esa requisitoria dirigida contra el bakunismo.
Después de 1873, Marx abandonó la actividad pública. En ese año terminó la segunda edición del primer tomo de El Capital y corrigió la traducción francesa, cuyo último fascículo apareció en 1875. Fue eso, con el nuevo comentario al viejo opúsculo sobre la Liga de los comunistas, y un corto artículo para los camaradas italianos, todo lo que Marx publicó de entonces hasta 1880. Mientras se lo permitía su salud quebrantada, continuaba trabajando en su obra capital, de la que había terminado el primer esbozo por el año 1864. Pero asimismo no tuvo tiempo de preparar definitivamente para la impresión el segundo volumen en el que trabajaba en esa época. Ahora sabemos que el último manuscrito publicado en ese tomo fue escrito en 1878. Rendido en extremo, apenas emprendía una labor intelectual intensa, Marx estaba amenazado por un ataque de apoplejía. Durante esos años su familia y Engels temían constantemente un fin repentino. El poderoso organismo de Marx, que antes había podido resistir un trabajo sobrehumano, estaba entonces muy debilitado y soportaba menos los trastornos físicos y morales que en los años de miseria material. La conmovedora solicitud de Engels, que hacía cuanto podía por reconfortar físicamente a su viejo amigo, era poco eficaz. Marx tenía en borrador su inmensa obra, a la que se dedicaba cuando las fuerzas se lo permitían, desaparecido el peligro inmediato de muerte y autorizado por los médicos a trabajar algunas horas por día. El sentimiento de que no estaba ya en condiciones de cumplir su tarea como habría querido, lo torturaba. “Estar incapacitado para el trabajo – decía- es una sentencia de muerte para el hombre que no quiere ser un bruto”. Después de 1878 se le obligó a cesar completamente el trabajo de El Capital, pero conservaba la esperanza de volver a su obra cuando estuviese restablecido. Esta esperanza nunca se realizó.
Sin embargo, aún podía escribir. Continuó tomando notas; seguía atentamente el movimiento obrero internacional e intelectualmente tomó en él parte activa, respondiendo a innumerables consultas y problemas que se le sometían de diferentes países. La lista de direcciones que anota en un libro especial es enorme después de 1880. Con Engels, que entonces asume definitivamente el grueso del trabajo, está al corriente del movimiento obrero, que se desarrolla rápidamente y en el cual comienza a triunfar las ideas del Manifiesto Comunista. Y esto, gracias sobre todo a Engels, que de 1870 a 1880 despliega una intensa energía.
Hablar de lucha de marxistas y bakunistas en la I Internacional es mucho exagerar. Los segundos eran en realidad bastante numerosos, pero sus filas estaban compuestas de los elementos más heterogéneos, sólo unidos por la campaña contra el Consejo general.
La situación era mucho más mala entre los marxistas. Marx y Engels no tenían con ellos sino a un puñado de hombres, que conocían bien el Manifiesto Comunista y comprendían perfectamente la doctrina marxista. La publicación de El Capital no hizo aumentar el número, en los primeros tiempos. Para la inmensa mayoría de los comunistas, esa obra era como un bloque de granito, al cual se daban con ardor…pero sin resultado. Es suficiente leer los escritos de los socialdemócratas entre 1872 y 1875, y aun los de Guillermo Liebknecht, discípulo directo de Marx, para ver cuán poco se desarrollaba el estudio teórico del marxismo. Frecuentemente el órgano central del partido alemán presentaba una extraña mixtura de los más diferentes sistemas socialistas. El método de Marx y Engels, la concepción materialista de la historia, la doctrina de la lucha de clases, todo eso estaba en hebreo para la mayor parte de los comunistas, y el propio Liebknecht se orientaba tan mal en la filosofía del marxismo, que confundía el materialismo dialéctico de Marx y Engels con el materialismo biológico de Moleschoff y Büchner.
Engels se encarga entonces de defender y difundir las ideas del marxismo, mientras Marx, como lo hemos visto, se esfuerza vanamente en terminar El Capital. Engels se sirve de un artículo cualquiera que le ha impresionado o de un hecho de actualidad, para mostrar la profunda diferencia entre el socialismos científico y los otros sistemas socialistas, o para aclarar un problema práctico desde el punto de vista del socialismo científico y enseñar la manera de aplicar el método.
Así, cuando el proudhoniano alemán Muhlberger publicó en el órgano central de la socialdemocracia artículos sobre el problema de la vivienda, Engels aprovechó la ocasión para mostrar el abismo que separaba al marxismo del proudhonismo, dando de ese modo un complemento al libro de Marx, Miseria de la Filosofía, y poniendo en claro uno de los factores más importantes que determinan la situación de la clase obrera.
Reeditó con un nuevo prefacio su viejo libro sobre La Guerra de los Campesinos en Alemania, para dar a los jóvenes camaradas un ejemplo de la aplicación de la concepción materialista de la historia a uno de los principales episodios de la historia de Alemania y de sus campesinos.
Cuando surgió en el Reichstag la cuestión de las primas merced, a las cuales los grandes terratenientes prusianos querían asegurarse el medio de continuar dando salida a su aguardiente para el pueblo, Engels, en un folleto intitulado El aguardiente prusiano en el Reichstag alemán, develó los apetitos de los “junkers” y aprovecho la oportunidad para mostrar el papel histórico de la gran propiedad rural y de los “junkers” prusianos. Todos esos trabajos, como también otros artículos sobre la historia alemana, dieron en seguida a Kautsky y a Mehring la posibilidad de popularizar y desarrollar las ideas fundamentales de Engels en sus trabajos sobre la historia alemana.
Pero el timbre de gloria para Engels son sus trabajos de 1876 – 1877. En 1875, lassallianos y eisenachianos se unieron en torno del programa de Gotha, que fue un mal compromiso entre el marxismo y esa deformación del marxismo que se llamo lassallismo.
Marx y Engels protestaron enérgicamente contra dicho programa, no porque estuviesen contra la unión o quisiesen  a toda costa la modificación del programa según sus indicaciones, sino porque consideraba con razón que si la unión era necesaria, de ninguna manera hacía falta darle como base teórica un programa malo. Opinaban que más convenía esperar y limitarse en tanto a una plataforma general para el trabajo práctico diario. Bebel y Bracke compartían ese punto de vista, pero no Liebknecht.
Algunos meses más tarde, Marx y Engels pudieron convencerse que en cuanto a preparación teórica, las dos fracciones del bloque estaban en el mismo nivel.
La doctrina del filósofo y economista alemán E. Dühring comenzó a adquirir gran popularidad en el partido, entre los miembros jóvenes, los intelectuales y aun entre los obreros. Dühring, siendo profesor adjunto en la universidad de Berlín, había conquistado allí la simpatía general, tanto por su personalidad como por la audacia de sus opiniones. Ciego, daba conferencias sobre historia de la mecánica, economía política y filosofía. La diversidad de sus conocimientos era motivo de sorpresa, porque sabía se que estaba obligado a hacerse leer los libros necesarios y que dictaba sus obras. Era, de cualquier modo, un hombre eminente. Cuando inició una violenta crítica de las viejas doctrinas socialistas y, en particular, de Marx, sus conferencias causaron gran impresión. Los estudiantes y los obreros alemanes, así como los admiradores rusos de Dühring, creían oír por primera vez “la voz de la vida en el dominio del pensamiento”. Dühring destacaba la importancia de la actividad, de la lucha, de la protesta, oponía al factor económico el político, insistía en la importancia de la fuerza y la violencia en la historia. No se contenía en su polémica; lo mismo atacaba rudamente a Marx que a Lassalle y en su argumentación no vacilaba en recordar que Marx era judío.
Engels estuvo largo tiempo indeciso antes de responder a Dühring. Finalmente cedió a instancias de sus amigos de Alemania en 1877, publicó en el órgano central del partido, el Vorwaerts, varios artículos que demolieron las teorías de aquél. Mas esos artículos provocaron la indignación de muchos de sus camaradas del partido. Los partidarios de Dühring estaban dirigidos entonces por Bernstein, futuro teórico del revisionismo, y Most, posteriormente líder de los anarquistas alemanes. En el congreso de la social democracia, varios delegados, entre ellos el viejo lassallismo Walhteich, atacaron violentamente a Engels. Poco faltó para que el congreso resolviese impedir la publicación del texto de los artículos de Engels en el órgano central del partido que consideraba a Marx y Lasalle como sus maestros.
El asunto había alcanzado escandalosos contornos si, finalmente no se hubiese encontrado un conciliador para proponer que se continuase publicando los artículos de Engels no en el propio órgano central, sino en un suplemento especial. La proposición fue adoptada. Esos artículos, reunidos luego en volumen, aparecieron especialmente editados en 1878. La obra, La revolución de la ciencia por Eugenio Dühring o El Anti-Dühring, como la llamamos ordinariamente, hizo época en la historia del marxismo. La joven generación que comenzó a militar hacia 1876-1880 supo por su obra qué es el socialismo científico, cuáles son sus principios filosóficos y su método. El Anti-Dühring es la mejor introducción al estudio de El Capital. Leyendo los artículos escritos entonces por los pretendidos marxistas se advierte que extrañas conclusiones aducían de El Capital, interpretado por ellos a tuertas y derechas.,
Hay que reconocer que, para la difusión del marxismo, como método y sistema especial, ningún libro  y y  después de El Capital ha hecho tanto como el Anti-Dühring. Todos los jóvenes marxistas, Bernstein, Kautsky, Pléjanov, que hicieron sus primeras armas entre 1880 y 1885, aprendieron en el libro de Engels.
Y no sólo sobre los dirigentes del partido influyó el Anti-Dühring. En 1880, Engels a pedido de los marxistas franceses, desglosó algunos capítulos que fueron traducidos al francés y cuya difusión no resultó inferior a la del Manifiesto Comunista. Dichos capítulos aparecieron intitulados Socialismo utópico y socialismo científico. Esta obra fue inmediatamente vertida al polaco y, un año y medio después de publicarse una edición en alemán, apareció también en ruso. Todos estos trabajos fueron realizados por Engels en vida de Marx, quien a veces participaba en ellos, no sólo con consejos sino directamente, como, por ejemplo, en el Anti-Dühring, para el que escribió todo un capítulo.
Poco después de 1880 se produjo una variación en el movimiento obrero europeo. Gracias, sobre todo, a Engels, a su infatigable trabajo, a sus brillantes facultades de vulgarizador, las ideas marxistas progresaban cada vez más en aquel medio.
En Alemania, donde el partido socialdemócrata cae en 1876 bajo el golpe de la ley contra los socialistas, la corriente marxista, tras una corta interrupción, gana terreno. Como lo dice Bebel en sus recuerdos, los viejos militantes de Londres tuvieron un gran papel en aquel cambio: amenazaron con protestar públicamente si no se ponía fin a lo que ellos llamaban el “escándalo”, si no se emprendía una lucha implacable contra toda tentativa de entrar en acuerdo con la burguesía.
En 1879 nace en Francia, del congreso de Marsella, un nuevo partido obrero, con un programa socialista. Comprende a un joven grupo marxista, a la cabeza del cual se pone un ex bakuninista, Julio Guesde. En 1880 se resolvió elaborar un nuevo programa. Con este objeto, Guesde y sus camaradas vieron en Londres a Marx, quién participo activamente en la preparación del mismo. Sin aprobar, en la parte práctica ciertos puntos sobre los cuales hacían hincapié los franceses, en razón de su importancia para la agitación local, Marx se encargó de formular enteramente los principios. De nuevo mostró como, a despecho de las aserciones de Mehring, comprendía las particularidades de Francia, y supo encontrar una forma de la cual fluían lógicamente los principios fundamentales del comunismo y no obstante resultaba accesible a cualquier francés. Ese programa sirvió de modelo a todos los programas que siguieron: el ruso, el austriaco y el de Erfurt, Guesde y Lafargue redactaron inmediatamente un comentario del programa, que fue traducido por Bernstein al alemán, y después de Plejánof  al ruso con el título de Qué quieren los socialdemócratas. Con esta obra se instruyeron los primeros marxistas rusos. Con el folleto de Engels, fue para ellos una introducción al estudio del programa y un excelente manual para la enseñanza en los círculos obreros.
Para los franceses. Marx compuso un cuestionario detallado que debía servir en un interrogatorio sobre la situación de la clase obrera. Apareció sin la firma de Marx. Mientras el interrogatorio por él esbozado en su nota-informe al congreso de Ginebra en 1866 no contenía sino unas quince preguntas, el nuevo cuestionario planteaba más de cien. Los menores detalles de la vida obrera estaban allí previstos. Era ése y para aquella época un interrogatorio excelente, que no habría podido ser redactado sino por un conocedor del problema obrero, como Marx. Nuevamente probó, así, que sabía comprender las condiciones concretas y que, a pesar de todas las acusaciones que le valía su pretendido amor a los abstracto, se distinguía por un profundo sentido de la realidad. Saber analizar ésta, saber extraer de ella conclusiones  generales, no significa necesariamente desentenderse de la realidad y remontarse a las alturas de la abstracción. Por desgracia, ese cuestionario, publicado en francés, sólo fue traducido inmediatamente al polaco. En rusos fue publicado en 1922, a instancias mías, en uno de los órganos sindicales.
Engels y, sobre todo, Marx seguían atentamente el movimiento revolucionario ruso. Ambos estudiaron la lengua rusa, Marx no lo hizo sino muy tarde, pero con tal entusiasmo que pronto pudo leer no sólo a Dobroliubo y a Chernycheysky, sino también a escritores como Saltykof-chechédrine, particularmente difíciles para los extranjeros. Llegó a leer la traducción rusa de El Capital. Contrariamente a las afirmaciones de Mehring, la popularidad de Marx después del congreso de La Haya no dejó de aumentar en Rusia. Como crítico de la economía burguesa, Marx gozaba en Rusia de una autoridad más grande que en cualquier otro país, sin exceptuar la propia Alemania, y ejerció profunda influencia sobre varios intelectuales rusos, la orientación de cuyos trabajos determinó. Directa o indirecta, la influencia de Marx se encuentra en las obras de economistas rusos como Sieber, Yanjul, Kablukof, Kaufmann, e historiadores como Kovalevsky y Lutchitsky. Fuera de El Capital, otras obras de Marx eran poco conocidas. En cuanto a la filosofía de Marx, a la concepción materialista de la historia, la mayor parte de los rusos la ignoraban completamente o no tenían más que una vaga idea de ella.
Desde mucho tiempo, es cierto, conocía se la importancia preponderante que Marx atribuía a las relaciones económicas. Según lo demostramos en 1901, Katchef, crítico conocido, que figura como acusado en el proceso Netchaef, había traducido al ruso, en 1865, el célebre prefacio de la Crítica de la Economía Política, en que Marx expone sucintamente la concepción materialista de la historia. Pero, aun reconociendo la importancia decisiva de las condiciones económicas, Katchef, como después Sieber y Nicalaion – seudónimo éste de Nicolás Danielson, economista ruso 1844-1918 – no tuvo idea alguna de la vinculación  existente entre la concepción económica de la historia y la doctrina de la lucha de clases
Después de 1870, Marx y Engels tuvieron influencia directa sobre Lavrof, que editaba en Londres la revista ¡Adelante! Igual que los socialdemócratas alemanes de esa época, los adeptos de Lavrof en Rusia respetaban profundamente a Marx, pero ligaban al marxismo a toda suerte de doctrinas idealistas. De no menos autoridad gozaba Marx entre los bakunistas rusos que habían renunciado a los métodos de Nerchaef y adaptado la doctrina de Bakunin a las condiciones rusas, transformándola en una especie de populismo revolucionario.
Por el año 1878, Marx y Engels apreciaban sobre todo el movimiento de la Narodnaia Volia. Considerando a Rusia  como el fuerte principal de la contrarrevolución  movimiento revolucionario dirigido contra el zarismo. La Narodnaia Volia tenía a Marx como a uno de los más grandes maestros del socialismo y lo reconoció públicamente como tal en un mensaje que le hizo llegar, que tiene inmenso interés.
Tenemos de Marx una cantidad de manuscritos y cartas reveladoras de la atención con que estudiaba la literatura y las relaciones económicas y sociales rusas. Hasta sus familiares a allegados protestaban por el exceso de celo que ponían sus conocidos rusos como Nicolaion, en remitirle diferentes materiales estadísticos. Viendo el estado deplorable de su salud, temían que la lectura intensiva a que se entregaba para preparar El Capital arruinara definitivamente su organismo, fuertemente quebrantado.
Del ardor y la atención con que Marx estudiaba la situación de Rusia, hablan no sólo los apuntes que hizo en sus cuadernos, sino también sus cartas a Nicolaion, en las que se  encuentran reflexiones en extremo interesantes acerca de este país. Un estudio serio de los elementos concernientes al estado de la agricultura le permitió establecer no sólo las causas principales de las malas cosechas sino también la ley de su periodicidad, ley verificada en Rusia desde entonces hasta nuestros días.
Marx quería hacer en cierto modo el balance de sus trabajos en el tercer tomo de El Capital, en el que examina  las formas de la propiedad territorial, pero, desgraciadamente, no tuvo tiempo. Cuando en 1881 Vera Zasulitch le dirigió una carta pidiendo para ella y sus camaradas su parecer sobre el porvenir de la comunidad rural rusa, Marx se dispuso al trabajo inmediatamente. Ignoramos si Zasulitch y Pléjanof recibieron la respuesta. Suponemos que no. Hemos encontrado el borrador. Revela que su capacidad de trabajo se hallaba muy debilitada. Está cubierto de tachas y enmiendas, y probablemente lo abandonó sin terminarlo.
En colaboración con Engels, Marx pudo aún escribir un prefacio para la nueva traducción del Manifiesto Comunista, de la cual creían autora a Zasultch, mientras en realidad era obra de Plejánof.
La historia jugó en cierto modo una pasada a Marx y a Bakunin. Del grupo de revolucionarios que formaban la sección rusa de la Internacional y habían elegido a Marx como su representante en el Consejo general, ninguna resultó ser un marxista consecuente. A excepción de Lopanam, todos abandonaron con el tiempo la carrera de revolucionario profesional o se convirtieron en enemigos. Al contrario, de los bakunistas rusos, Plejánof, Zasulitch, Axelrod, Deutch, salieron los primeros marxistas rusos, para quienes el marxismo, tanto como una doctrina económica, fue el álgebra de la revolución.
El último año y medio de la vida de Marx fue una lenta agonía. Aún tenía en borrador un enorme trabajo, al que se dedicaba apenas su salud se lo permitía. En pleno dominio de sus energías, había trazado el modelo, los contornos fijado las leyes fundamentales de la producción y el cambio capitalistas. Pero no tenía más fuerza para hacer de ese bosquejo una obra viva, acabada, como el primer tomo de El Capital, que descubre tan brillantemente todo el mecanismo de la producción capitalista y la lucha que sobre su base desarrollan el capitalista y el obrero.
Minado por la enfermedad, su organismo estaba completamente extenuado; no pudo soportar por eso dos desgracias en extremo dolorosas – la muerte de su esposa y la de sus hijas – que lo conmovieron sucesivamente. De un natural bastante huraño, Marx, aunque parezca sorprendente, amaba mucho a su familia y era muy cariñoso en su vida privada. En esto se parecía mucho a Chernychevsky. Leyendo sus cartas a la hija mayor, cuya pérdida le impresionó tan dolorosamente que los familiares temían su muerte de un día para otro, quedase asombrado ante la sensibilidad y la ternura extraordinarias de aquel hombre exteriormente tan rudo.
Me permitiré ahora una ligera digresión. Con motivo de un acto organizado en honor de Lenin durante el noveno congreso del partido Comunista, los congresales me obligaron a hablar. Lo hicieron descontando probablemente que sólo  elogios le tributaría. Señale entonces algunos de los rasgos que volvían a Lenin tan extraño a nuestros camaradas de occidente. Referí, entre otras cosas, la sorpresa de Víctor Adler cuando al hablar de los medios para librar rápidamente a Lenin y a Zinovief de la embarazosa situación en que se encontraban en Austria al comienzo de la guerra, le dije que Lenin adoraba a su familia y conservaba la mayor solicitud por sus suegros. Poco antes, Martof había publicado, con el propósito de desacreditar definitivamente a Lenin y los bolcheviques, un odioso opúsculo, en el que presentó a Lenin como un jefe de bandidos y expropiadores, para quienes no había algo sagrado.
Y como Víctor Adler cuando me oía hablar de Lenin, los filisteos y los propios neófitos revolucionarios leen hoy asombrados la historia de los últimos años de Marx. En verdad – dice – es lamentable que un revolucionario consagre una parte de sus preocupaciones a otra cosa que a la revolución. Un verdadero revolucionario debe estar toda su vida, las veinticuatro horas de cada día, en su puesto. De la mañana a la noche y de la noche a la mañana escribe o ejecuta resoluciones. Hombre tallado en una sola pieza de acero revolucionario, es inaccesible a todo sentimiento humano; vive sin comer ni beber, o cuando más, como Juan el precursor, se contenta con langostas y miel silvestre (nutrición que, por otra parte, no es inferior a la de muchos de nuestros militantes en 1918 -1919); En cuanto a Jesucristo era un epicúreo. El Evangelio dice que se comía y bebía y que llegó a maldecir la higuera porque era estéril. Sin embargo, Jesús tenía más firmeza en su revuelta que el rígido apóstol Pedro, quién por razones políticas, lo renegó tres veces.
Hay que juzgar todas las cosas desde el puto de vista humana. Cuando leemos la biografía de hombres que honramos y respetamos, sin duda nos alegra el saber que han sido o son como los otros, aunque más inteligentes, instruidos y útiles a la causa revolucionaria. Únicamente en los viejos dramas y en las tragedias seudo-clásicas se representa a los hombres como héroes: caminan y las montañas se hunden; golpean con el pie y la tierra se abre; comen y beben como dioses. Así se lo presenta algunas veces a Marx; por ejemplo, nuestra querida Clara Zetkin, un poco llevada por el énfasis. En estos casos se olvida su respuesta a quienes le preguntaron cuál era su divisa preferida: Horno Sum: humani nihil a me alienum puto (Soy hombre y nada humano me es extraño). Como cualquiera, él cometía faltas; a menudo, verbigracia, deploraba su excesiva confianza en las gentes y algunas veces su injusticia para con ciertos personas. Podemos todavía perdonarle su inclinación al vino, lógica en un natural de la Mosella, pero, no obstante nuestro afecto hacía él, no podemos hacer lo mismo respecto de su pasión por el tabaco. Bromeando, él mismo decía que de El Capital no había sacado ni con qué pagar el tabaco fumado mientras lo escribió. Como era pobre, consumía un tabaco infecto, que contribuyó a abreviar su vida y contraerle la bronquitis crónica que tanto le hizo padecer durante sus últimos años.
El 14 de marzo de 1883 murió Marx. Y Engels tenía razón al escribir ese día a su viejo camarada Sorge:
Todos los fenómenos, aun los más horribles, que se cumplen según las leyes de la naturaleza, comparten un consuelo. Lo hay en el caso presente. Tal vez los recursos de la medicina habrían podido darle todavía dos o tres años de vida vegetativa, de vida impotente para el ser que lentamente muere; pero Marx no habría podido soportar semejante vida. Vivir teniendo ante si una serie de trabajos inconclusos y padecer el  suplicio de Tántalo de pensar en la imposibilidad de terminarlos, habría sido para él mil veces más penoso que una muerte tranquila.
“La muerte no es terrible para el que muere, sino para el que queda”, solía decir con Epicuro. Ver a este hombre genial y potente hecho un despojo, arrastrando su existencia para gloria de la medicina y contento de los filisteos que, fustigados tan implacablemente cuando la plenitud de sus energías, tendrían una ocasión para escarnecerlo, habría sido un espectáculo demasiado grotesco, y más vales que así sea, que haya desaparecido y que pasado mañana lo depositemos en la tumba en que descansa su mujer.
En mi opinión, después de todo lo que atravesó, no había otro término; lo sé mejor que todos los médicos. La humanidad tiene toda una cabeza menos. Ha perdido a uno de sus representantes más geniales. El movimiento del proletariado seguirá su camino, pero no tendrá más el jefe a quién recurrían en las horas críticas los franceses, los rusos, los americanos y los alemanes  y de quién recibían siempre consejos claros y seguros, consejos que sólo podía dar un genio y un hombre completamente al corriente de las cosas.
Tareas importantísimas incumbieron entonces a Engels. Escritor brillante, considerando como uno de los mejores estilistas alemanes, hombre de vasta erudición y especialista en muchas materias, en vida de Marx pasaba, naturalmente y por propia voluntad, a segundo plano.
No puedo negar haber contribuido a establecer y, principalmente, a elaborar la teoría durante los cuarenta años de mis relaciones con Marx. Pero la mayor parte de las ideas directoras sobre todo en historia y economía, así como su fórmula definitiva, pertenecen exclusivamente a Marx. Lo que yo he dado, él mismo pudo haberlo suplido fácilmente, salvo tal vez dos o tres partes especiales. Más lo que hizo Marx, nunca habría podido hacerlo yo. Marx estaba por encima, veía más lejos; su visión era más amplia y más rápida que la nuestra. Era un genio; nosotros en la mejor de las hipótesis, sólo somos talentos. Sin él, nuestra teoría estaría muy lejos de ser lo que es. Por eso lleva con toda justicia su nombre.
Engels, como escribía al viejo Becker, debía asumir entonces el primer papel, después de haber desempeñado con gusto, toda su vida, el segundo. Marx y él habían estado siempre en perfecto acuerdo. Y el primer trabajo importante que tocaba  ahora a Engels consistía en ordenar el legado literario de Marx. A despecho de las suposiciones de un profesor italiano que antaño en sus cartas a Marx se prodigaba en lisonjas a su respecto y que, después de su muerte, osó publicar que al referirse en el primer tomo de El Capital al segundo y al tercero, Marx había engañado al público, se encontró entre sus papeles los manuscritos de un segundo, un tercero y un cuarto tomos. Desgraciadamente, todos estos materiales  fueron dejados en tal forma que Engels – sin poder consagrarles todo su tiempo – necesitó once años para ponerlos en orden y clasificarlos. La escritura de Marx era muy poco legible; a menudo empleaba abreviaciones sólo inteligibles para él. Poco antes de morir, cuando comprendió que no estaba en condiciones de acabar su trabajo, dijo a su hija menor que Engels quizás aprovecharía alguna cosa de esos papeles.
Felizmente, Engels pudo cumplir la parte principal de aquel trabajo. Editó el segundo y el tercer tomos de El Capital. El plan de estas conferencias no nos permite detenernos en esa obra, pues la exposición acerca del primer volumen de El Capital  ha sido transferida a otro curso. Pero para mostrar la importancia del trabajo de Engels, diremos que sin él, probablemente nadie habría sido capaz de llevarlo a cabo. La obra presenta algunos defectos, pero no son imputable únicamente a Marx. Poca esperanza tenemos de ver alguna vez en nuestras manos todos los manuscritos tal como los tuvo Engels, y no podemos, como tampoco las generaciones futuras, estudiar los dos últimos tomos de El Capital sino en su actual estado, en la forma que les dio Engels.
Otro deber le quedaba, que antes había cumplido como colaborador y auxiliar de Marx, y que ahora recaía sobre él, con todo su peso.
Después de la disolución de la I Internacional, Marx y Engels continuaron llenando las funciones del antiguo Consejo general. Ahora, Engels sólo había de ser el intermediario entre los diferentes partidos socialistas, debía aconsejarlos y en consecuencia, estar minuciosamente informado de sus situaciones. Y justo después de la muerte de Marx, el movimiento obrero internacional se desarrolla con fuerza, de suerte que en 1886 se plantea el problema de la organización de una nueva Internacional. Pero todavía después de 1889, año en que se reunió en París el primer congreso que fundó la II Internacional (la cual quedó sin comité central permanente hasta el año 1900), Engels, en calidad de escritor y de consejero, tomó la más activa participación en el movimiento obrero de casi todos los países de Europa. El viejo Consejo general, compuesto por muchos miembros y con secretarios para cada país, estaba ahora personificado por Engels. Apenas un nuevo grupo marxista aparecía en cualquier país, pedía consejos a Engels, quien, gracias a su excelente conocimiento de los idiomas, llegó a responder casi sin errores, en las respectivas lenguas de sus corresponsales. Engels seguía con atención el movimiento obrero de cada país, en su literatura propia. Esto le absorbía mucho tiempo, pero consolidaba así la influencia del marxismo, ciñendo hábilmente sus principios a las distintas particularidades nacionales. No hay país en cuyo movimiento obrero no participe, colaborando en su órgano central. Escribe artículos en los diarios alemanes, austríacos, franceses; todavía encuentra tiempo para redactar un prefacio a la traducción polaca del Manifiesto Comunista y para ayudar con sus consejos e indicaciones a marxistas españoles y portugueses suecos y daneses búlgaros y serbios.
Conviene destacar el apoyo particular que brindó al joven marxismo ruso. Su conocimiento de la lengua le permitía leer en su original la literatura marxista rusa y sólo gracias a su influencia, no obstante el inmenso prestigio de a Narodnaia Volia, el grupo de La emancipación del trabajo pudo ligarse tan rápidamente con el marxismo alemán y triunfar de la desconfianza que tenía la Europa occidental, particularmente Alemania y Francia, respecto del movimiento obrero y el marxismo de un país asiático como Rusia. En 1889, Plejánof fue especialmente a Londres para conocer a Engels e informarlo de la nueva tendencia que se manifestaba en el movimiento revolucionario ruso. Para la primera revista marxista rusa que comenzó a editar el grupo Emancipación del Trabajo, Engels escribió un artículo especial sobre la política exterior del zarismo.
Pronto vio Engels los frutos de su acción enérgica. Desde que se fundó la II Internacional no participó directamente en los trabajos de sus congresos. Evitaba las intervenciones públicas y se limitaba a ser el consejero de aquellos de sus discípulos que en todos los países dirigían el movimiento, le informaban de los sucesos importantes y se esforzaba en utilizar su autoridad. Merced al prestigio de Engels, algunos  partidos lograron y conservaron un ascendiente considerable en la Internacional. En las postrimerías de su vida, ese procedimiento de comunicarse exclusivamente con los jefes del principal partido de cada país trajo consigo algunos inconvenientes. Mientras que se levantó inmediatamente contra los extravíos de los marxistas franceses en la cuestión agraria y señaló el carácter proletario del programa, Engels cedió a la presión de los alemanes, temeroso de que se repusiera en vigor la ley contra los socialistas, y suavizó su introducción a los artículos de Marx sobre la Lucha de clases en Francia, que son una brillante aplicación del principio de la implacable lucha de clases y de la dictadura del proletariado.
En el prefacio de la cuarta edición alemana del Manifiesto Comunista, que escribió el día de la celebración internacional del 1º de mayo (1890), Engels, señalando el crecimiento del movimiento obrero, deplora que Marx no esté ya para ver con sus ojos ese espectáculo reconfortante. Mientras que Marx no fue conocido sino en los medios más avanzados del movimiento obrero y en vida no gozó de gran popularidad, Engels, que valoraba perfectamente la importancia del reclamo, aunque lo detestara como su amigo en lo que le concernía personalmente, llego a ser al final de sus días uno de los hombres más populares del movimiento obrero internacional. De ello pudo convencerse cuando en 1893, accediendo por primera vez a las sugestiones de sus amigos, visitó el continente. Los desfiles, las ovaciones de masas, las ceremonias organizadas en su honor revistieron grandiosas características como consecuencia  del formidable desarrollo del movimiento obrero a partir del año 1863. Así, en el congreso internacional de Zurich, en el que sólo quiso ser un invitado y pronunció un pequeño discurso al final de la sesión, Engels fue objeto de una ovación sin precedentes.
Tenemos que mencionar aquí un episodio de ese congreso, al que asistió Engels. El partido socialista polaco gozaba entonces de la influencia desproporcionada en la Internacional, donde hacía ostentación de su marxismo y lanzaba la palabra de orden de la independencia de Polonia, desviándose cada vez más hacia un vulgar social patriotismo. Paralelamente había surgido otro grupo marxista, que ya entonces hacía notar el alejamiento del partido socialista polaco de la senda proletaria. Ese pequeño grupo, dirigido por Rosa Luxemburgo, pedía ser admitido en el congreso de Zurich. Se lo rechazo. Plejánof tampoco lo sostuvo, porque, como me manifestó en presencia de Engels, consideraba que sus esfuerzos a nada conducirían. Había, también, en verdad, otras razones, la principal de las cuales era que el núcleo de Luxemburgo destacaba sus vínculos con la organización polaca Proletariado, otrora aliada de la Narodnaia Volia, y, por consiguiente, había combatido al grupo Emancipación del Trabajo.
Sea como fuere, el grupo de Luxemburgo quedó completamente aislado. A ella se le rogó que abandonase el congreso. Sufrió una afrenta ante toda la Internacional, en presencia del propio Engels. Puede ser que llorara, pero no abandonó ni a Marx, ni a Engels ni al socialismo científico; se abroqueló más en su convicción y se dijo: Convenceremos a la Internacional, le probaremos la justeza de nuestra posición. Esta característica distinguía precisamente a Rosa Luxemburgo de la mayor parte de los mezquinos intelectuales que, afiliados por casualidad en un partido proletario, al ser víctimas de una injusticia aparente o real, se apresuran a salir de él para vilipendiarlo y pasar en seguida a las filas de la burguesía. Un partido no es un pensionado de “niñas bien”. Está compuesto por hombres apasionados que, en la disputa, se dan a veces golpes sensibles. Esto es desagradable, pero inevitable, tanto en el orden nacional, como en el internacional. Y después de ese congreso de Zurich, en que fueron desechadas igualmente otras personas, que inmediatamente se pusieron del lado de los anarquistas o simplemente del de la burguesía, Rosa Luxemburgo probó ser verdaderamente discípula  de Marx y Engels, representantes de los intelectuales revolucionarios cuya principal misión es la de ayudar a la clase obrera a tener conciencia de sí misma y hacer de los obreros revolucionarios no intelectuales sino obreros ilustrados.
Contrariamente a Marx, Engels conservó su facultad de trabajo casi hasta los 75 años de edad. En marzo de 1895 escribió a Víctor Adler una carta interesante, en la que le indica en qué orden conviene leer los tomos segundo y tercero de El Capital. Por esta época también escribió un interesante complemento del tercer tomo. Se disponía a escribir la historia de la I Internacional. Y en medio de esta actividad intelectual lo sorprendió la enfermedad que lo arrebató el 5 de agosto de 1895.
Los restos de Marx reposan en el cementerio de Highgate, en Londres, en la misma sepultura de su mujer y su nieto. Una simple piedra constituye su tumba. Cuando Bebel escribió a Engels manifestándole su intención de proponer la erección de un monumento sobre la sepultura de Marx, Engels le respondió que las hijas de éste se oponían a ello categóricamente. En la época en que murió Engels, la práctica de la incineración comenzaba a extenderse. Pidió por eso que su cuerpo fuese quemado y sus cenizas arrojadas al mar. A su muerte, se vaciló en ejecutar sus últimas voluntades, porque algunos camaradas alemanes eran del parecer de los que ahora quieren transformar la plaza Roja de Moscú en un cementerio, con monumentos funerarios además. Felizmente, otros camaradas hicieron que el deseo de Engels fuese respetado. Su cadáver fue quemado y la urna con sus cenizas arrojada al mar del Norte.
Ambos amigos nos han dejado un monumento más perdurable que el granito, más elocuente que cualquier epitafio: el movimiento comunista internacional del proletariado, que, con el estandarte del marxismo, del comunismo revolucionario, marcha hacia la revolución social triunfante. Nos han dejado el método de la investigación científica, las reglas de la estrategia y de la táctica revolucionarias. Nos han dejado un tesoro inestimable, al que acudimos todavía para el estudio y la comprensión de la realidad.
Les faltó una sola felicidad: experimentaron la alegría de sentir la tempestad de la revolución, de tomar en ella una parte activa, pero sólo era la revolución burguesa. No pudieron vivir hasta la revolución social del proletariado. Más sus espíritus están presentes en nuestra revolución y en medio del fragor cada vez más próximo de la revolución universal, resuena el llamamiento poderoso que hicieron hace sesenta y cinco años: ¡Proletarios de todos los países uníos!

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            Ultima Conferencia de Riazánov “MARX Y ENGELS”

Nota Amador: Hoy es el cumpleaños 195 de Marx, no nos dió el tiempo para una corrección definitiva de los textos publicados, pero no podemos esperar más para hacer este regalo a los compañeros de los Talleres “Estudiamos para Vencer!” en este día de celebración del natalicio del compañero. Nos comprometemos para revisar en línea y esperamos la comprensión y colaboración de todos.

Feliz Cumpleaños a Carlos Marx y un abrazo a todos los que continúan su obra para la emancipación de los trabajo asalariado.

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OCTAVA CONFERENCIA
EL ESTATUTO DE LA I INTERNACIONAL – LA CONFERENCIA DE LONDRES – EL CONGRESO DE GINEBRA – NOTA. INFORME DE MARX – LOS CONGRESOS INTERNACIONALES DE LAUSANA Y BRUSELAS – BAKUNIN Y MARX – EL CONGRESO DE BASILEA – LA GUERRA FRANCO – PRUSIANA – LA COMUNA – LA LUCHA ENTRE MARX Y BAKUNIN – EL CONGRESO DE LA HAYA.
La última vez traté con bastante extensión de la historia de la fundación de la Internacional y del Manifiesto inaugural; hablaré ahora del estatuto  que fue igualmente escrito por Marx y se compone de dos partes: principios y organización.
Hemos visto con qué arte introdujo Marx en el Manifiesto inaugural los principios fundamentales del comunismo, pero era mucho más importante y difícil introducirlos en el estatuto de la Internacional. El Manifiesto inaugural sólo perseguía un propósito: explicar el motivo que había inducido a los obreros reunidos en la asamblea del 28 de septiembre de 1864 a fundar la Internacional. No era aún un programa, era sólo una introducción, una proclama solemne que anuncia al mundo entero, como lo indica su título, que se ha fundado una nueva internacional, la Asociación de los trabajadores.
Marx logró desempeñarse con igual éxito en este segundo trabajo; formular las tareas generales del movimiento obrero en los diferentes países. He aquí el texto:
Considerando: Que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos; que los esfuerzos de los trabajadores para conquistar su emancipación no han de tender a constituir nuevos privilegios, sino a establecer para todos los mismos derechos y los mismos deberes; que la supeditación del trabajador al capital es la fuente de toda servidumbre política, moral y material; que por lo mismo, la emancipación económica de los trabajadores es el supremo  objetivo a que debe subordinarse todo movimiento político, como medio (1); que todos los esfuerzos hechos hasta ahora han fracasado
(1)    Estas palabras, “come medio”, no figuran en las ediciones españolas que conocemos del estatuto. Más adelante se hallarán interesantes referencias a este respecto – (N, de los T)

por falta de solidaridad entre los obreros de las diferentes profesiones en cada país y de la unión fraternal entre los obreros de las diversas naciones; que la emancipación de los trabajadores no es un problema simplemente local o nacional, sino que, al contrario, este problema interesa a todas las naciones civilizadas, estando necesariamente subordinada su solución al concurso teórico de las mismas; que el movimiento que se está efectuando entre los obreros de los países más industriales del mundo entero, al engendrar nuevas esperanzas da un solemne aviso para no incurrir en antiguos errores y aconseja combinar todos los esfuerzos hasta ahora aislados;…
Leyendo atentamente estos puntos se advierte su exacta semejanza con algunas de las tesis del programa de nuestro partido, que son la repetición textual de las formuladas por Marx. La lectura de los primeros programas de los partidos inglés, francés y alemán lleva a la misma comprobación. En ellos se encuentran, particularmente  en el programa francés y en el de Erfurt, algunos puntos que son la repetición textual de las tesis inaugurales del estatuto de la I internacional.
Claro que los miembros del comité provisorio de la Internacional no interpretaban todos de la misma manera muchas de estas tesis. Los ingleses, los alemanes y los franceses reconocían que la emancipación de la clase obrera debe ser obra de los trabajadores mismos, pero cada uno lo entendía a su manera. Los trade-unionistas y los viejos partidos ingleses veían en esta tesis una protesta contra la tutela permanente de las clases medias, la afirmación de la necesidad de una organización obrera independiente. Los franceses, fuertemente indispuestos entonces contra los intelectuales, consideraban que esta tesis los ponía en guardia contra los traidores de esa clase, y que los obreros podían pasarse sin su ayuda. Sólo, probablemente, los alemanes miembros de la antigua Liga de los comunistas, comprendían las consecuencias que comportaba esta tesis. Si la clase obrera sola está  en condiciones de liberarse, toda coalición con la burguesía, todo acuerdo con la clase capitalista es una contradicción manifiesta. Adviértase que no se trata de la emancipación de este o del otro grupo de obreros, sino de la clase obrera; que, en consecuencia, se requiere la organización de clase del proletariado.
De la tesis que manifiesta que el monopolio de los medios de producción por el capitalismo es la causa esencial de la servidumbre económica se infiere que es necesario suprimir este monopolio. Esta deducción está ratificada en la exposición que sostiene la necesidad de suprimir todo dominio de clase, cosa imposible sin suprimir la división de la sociedad en clases.
El estatuto no dice directamente, como el Manifiesto inaugural, que para conseguir todos los objetivos que se propone el proletariado debe conquistar el poder político; emplea otra fórmula. Dice solamente que la emancipación económica de la clase obrera “es el supremo objetivo al que debe subordinarse todo movimiento político, como medio”.
Como esta tesis provocó posteriormente las más violentas divergencias en la I Internacional, conviene que analicemos.
¿Cuál es su significado? El propósito supremo del movimiento obrero es la emancipación económica de la clase obrera y esto sólo puede conseguirse por la expropiación de los medios de producción y la supresión de todo dominio de clase. ¿Pero de qué modo se lograra? ¿Hay que evitar la lucha política como lo proponían los socialistas y los anarquistas puros?
No, responde la tesis elaborada por Marx. La lucha política de la clase obrera es tan necesaria como la lucha económica. Es indispensable una organización política; el movimiento político de la clase obrera ha de desarrollarse fatalmente, pero esta lucha no es un fin en sí, como en la democracia burguesa, en los intelectuales radicales que colocan en primer plano la modificación de las formas políticas, la instauración de la república, pero no quieren oír hablar de la tarea fundamental. Por esto señala Marx que para la clase obrera el movimiento político es sólo un medio para conseguir su propósito, un movimiento subordinado. Verdad que está formula no era tan clara como la del Manifiesto Comunista o la del Manifiesto inaugural, donde se dice que la conquista del poder político ha llegado a ser la obligación principal de la clase obrera.
Para los miembros ingleses de la Internacional la fórmula de Marx era ciertamente clara. El estatuto estaba escrito en inglés y Marx había empleado la terminología familiar a los viejos cartistas y owenistas, que se hallaban en el comité. Contra estos, que se limitaban a aceptar el “supremo objetivo” y rechazaban lo atingente a la acción política, luchaban los cartistas. Cuando los cartistas compusieron su programa con sus seis célebres puntos, los owenistas les reprocharon haber olvidado completamente el socialismo. Por su parte, los cartistas destacaban entonces que, por lo menos para ellos, la lucha política no era el objetivo principal. Empleaban exactamente la misma fórmula que Marx empleó veinte años mas tarde. Para nosotros, replicaban los cartistas a los owenistas, es sólo un medio y no un fin en sí. De modo, pues,  que la fórmula de Marx no suscitó duda alguna en el comité mismo. Sólo algunos años más tarde, cuando comenzaron las discusiones enconadas entre los bakuninistas y sus adversarios sobre la cuestión de la lucha política, este punto llega a ser la verdadera manzana de discordia. Los bakuninistas sostenían que primitivamente las palabras “como medio” no figuraban en el estatuto; que Marx las había introducido más tarde, a fin de lograr hacer pasar de contrabando en el estatuto su teoría. Y, en efecto, si se suprimen las palabras “como medio”, el punto adquiere un sentido distinto. Según esto, en el texto francés estas palabras fueron omitidas.
Se produjo un ligero malentendido, que hubiera sido fácil esclarecer, pero que en el ardor de la luchas condujo a los adversarios de Marx a acusarlo de falsificación del estatuto de la Internacional. Cuando se tradujo el estatuto al francés para divulgarlo en Francia, se suprimieron en la edición legal palabra “como medio”. El texto francés decía: “La emancipación económica de los trabajadores es el supremo objetivo a que debe subordinarse todo movimiento político”.
Se juzgó necesaria la supresión a fin de no llamar la atención de la policía, que vigilaba cuidadosamente todo movimiento político entre los obreros. Esta última, en efecto, consideraba al comienzo a los internacionalistas franceses, para emplear nuestra vieja terminología, no como “políticos”, sino como “economistas”. De igual modo lo entendían los blanquistas, que como “políticos”, cubrían de injurias a los internacionalistas que para ellos eran sólo miserables “economistas”.
Agravó aún la cuestión el hecho de que la traducción francesa del estatuto así desnaturalizado fuese impresa en la Suiza francesa y de allí distribuido en todos los países donde el francés estaba más en uso, es decir, Italia, España  y Bélgica. Como veremos más tarde, en el primer congreso internacional que ratificó el estatuto provisorio de la Internacional, cada nación aceptó los puntos del estatuto según el texto que tenía ante sus ojos. La I Internacional era demasiado pobre para imprimir su texto en tres idiomas. Del texto inglés mismo, aunque formase con el Manifiesto inaugural apenas un pliego impreso, sólo se hicieron mil ejemplares, bien pronto agotados. Guillaume, uno de los más encarnizados adversarios de Marx, uno de los que lo acusaron furiosamente de falsificación, asegura, en su historia de la Internacional, que sólo vio por primera vez el texto inglés con las palabras “como medio” en 1905. Cierto que de haberlo deseado habría podido convencerse antes de que Marx no era un falsificador aunque esto seguramente no hubiera modificado en nada su actitud, pues sabemos perfectamente que uno puede hacerse trizas sobre cuestiones de táctica aún aceptando un solo y mismo programa.
Hay aún en el estatuto un punto contra el cual los anarquistas no protestaban, pero que desde el punto de vista marxista suscitaba dudas. Ya vimos que para obtener la unanimidad de los elementos heterogéneos que formaban el comité, Marx se vio obligado a hacer algunas concesiones. Pero estas concesiones no fueron hechas en el Manifiesto Inaugural, sino en el estatuto. Voy a explicar en qué consisten.
Luego de exponer los principios que los miembros del comité elegidos por la asamblea del 28 septiembre de 1864 tomaban como base para fundar la Asociación internacional de los trabajadores, Marx continúa:
El congreso…declara que esta asociación internacional, como también todas las sociedades e individuos que a ella se adhieran, reconocerán como base de su conducta para con todos los hombres la “Verdad”, la “Justicia” y la “Moral”, sin distinción de color, creencia ni nacionalidad.
El congreso considera como un deber reclamar los derechos del hombre y del ciudadano no sólo para los miembros de la Asociación, sino también para todos los que cumplen sus deberes. No más deberes sin derechos, no mas derechos sin deberes.
¿En qué consisten las concesiones hechas por Marx? A este respecto él mismo escribía a Engels: “todas mis proposiciones han sido aceptadas por la subcomisión. Solo se me ha obligado a insertar en la introducción del estatuto dos o tres fases, como “derecho”, “verdad, moral y justicia”, pero todo esta dispuesto de modo que no perjudique nada el sentido general.”
En efecto, no hay allí nada particularmente perjudicial. Se puede hablar de verdad de justicia, de moral, a condición de no olvidar que ni la verdad, ni la justicia, ni la moral son algo eterno e inmutable, una cosa absoluta, independiente de las condiciones sociales. Marx no niega la verdad, la justicia y la moral; demuestra solo que el desenvolvimiento de estos conceptos está condicionado por el desarrollo histórico y que cada clase les atribuye un sentido diferente.
Lo peligroso hubiera sido que Marx se viera obligado a repetir la declaración de los socialistas ingleses y franceses, a probar que es necesario realizar el socialismo porque  la verdad, la justicia y la moral lo exigen, y no porque, como lo expone en el Manifiesto inaugural, es inevitable  y surge lógicamente de las condiciones mismas creadas por el capitalismo, de la situación que ocupa la clase obrera. Tal como fueron dispuestas por Marx, esas palabras no son más que la comprobación del hecho de que los miembros de la Asociación internacional de los trabajadores contraen la obligación de atenerse en sus relaciones mutuas a la verdad, la justicia y la moral, es decir, a no traicionarse, a no traicionar a su clase, a no engañar mutuamente, a trabajar como camaradas. Estas ideas, que eran para utopistas los principios, los fundamentos del socialismo, son en Marx las reglas esenciales de conducta de la organización proletaria.
Pero en el punto que examinamos se dice que estos principios deben estar en la base de la conducta de los miembros de la Internacional entre ellos y con todos los hombres. Y esto no es racional. Hay que  recordar que en esa época la guerra civil torturaba a estados Unidos; que, antes, la insurrección polaca había sido definitivamente aplastada; que en ese mismo momento las tropas zaristas terminaban de someter la Cáucaso; que, en varios Estados, las persecuciones religiosas eran furiosas; que hasta en Inglaterra los judíos solo habían obtenido sus derechos políticos hacia 1858 y que en los restantes Estados europeos aun no gozaban enteramente de los derechos civiles. La burguesía misma no había realizado los “eternos” principios de moral  y de justicia para los miembros de su propia clase y en su propio país, y los violaba sin ceremonias si se trataba de otro país o de nacionalidad.
El segundo punto sobre los derechos y los deberes suscito muchas más objeciones. Impone, no se sabe por qué, a cada miembro de la Internacional la obligación de tener los derechos del hombre y del ciudadano; no sólo para él mismo, sino para los otros. Pero este adjunto no hace más claro el sentido. A pesar de toda su diplomacia, Marx fue obligado, en esta circunstancia, a hacer una gran concesión a los representantes de los revolucionarios franceses desterrados, miembros del comité.
Dejadme recordar ahora algunos hechos de la historia de la revolución francesa. Uno de los primeros actos de esta revolución fue la proclamación de los derechos  del hombre y del ciudadano. En su lucha contra la nobleza y el absolutismo, que se arrogaban todos los privilegios y dejaban para los otros todas las obligaciones, la burguesía revolucionaria reclamo la igualdad, la fraternidad y la libertad, lo mismo que en reconocimiento para todo hombre y ciudadano de algunos derechos intangibles entre ellos el derecho a la propiedad, frecuentemente violado por la aristocracia y el poder real en detrimento  del tercer estado.
A esta declaración de los derechos del hombre y el ciudadano los jacobinos sólo le hicieron algunas enmiendas, que dejan intacto el punto concerniente a la propiedad individual, pero hacen esta declaración más radical, desde el punto de vista político, al admitir el derecho del pueblo a la insurrección y proclamar la fraternidad de todos los pueblos. En esta forma se le conoce con el nombre de “Declaración de los derechos de 1793” o de Robspierre, y llega a ser el programa de los revolucionarios franceses a partir del año 1830.
Los adeptos a Mazzini, como lo hemos visto, insistían para que fuera adoptado su programa. En su célebre libro “Los deberes del hombre”, que traducido al inglés era muy popular entre los obreros de este idioma, Mazzini, conforme con su divisa “Dios y el pueblo”, contrariamente a laos materialistas franceses en la razón y la naturaleza, ponía en la base de su ética idealista la concepción del deber y de las obligaciones del hombre establecidas por Dios.  Comprenderán ahora de donde provenía la formula de Marx: “No más derechos sin deberes, no más deberes sin derechos”. Obligando a introducir en su documento la reivindicación de la declaración de los derechos del hombre, aprovechó las divergencias entre los franceses y los italianos para destacar en su fórmula la diferencia de esta reivindicación con la vieja reivindicación de la burguesía. El proletariado reclama igualmente los derechos para él mismo, pero, desde el comienzo,  declara que no reconoce derechos al individuo sin deberes ante la sociedad.
Cuando, algunos años más tarde, el estatuto fue revisado, Marx propuso que se suprimieran únicamente las palabras que hablan de la Declaración de los derechos del hombre. En cuanto a la tesis “No más derechos sin deberes, no más deberes sin derechos”, subsistió y fue inserta mas tarde en el programa de Erfurt modificada así: “Iguales derechos e iguales deberes”.
Examinemos ahora el estatuto mismo:
Se ha fundado una asociación para obtener el punto central de comunicación y cooperación entre los obreros de diferentes países movidos por el mismo propósito, a saber: la ayuda mutua, el progreso y la liberación completa de la clase obrera.
El nombre de esta asociación es Asociación internacional de los trabajadores.
El 1865 se convocará en Bélgica un congreso internacional obrero compuesto de representantes de todas las sociedades obreras adheridas a la Internacional. El congreso deberá proclamar ante Europa las reivindicaciones generales de la clase obrera, aceptar en su forma definitiva el estatus de la Asociación, estudiar los medios necesarios para eficacia de su acción y designar el consejo central.
El congreso se reunirá cada año.
El concejo central residirá en Londres y se compondrá de obreros diferentes países representantes de la Asociación internacional; él elige de su seno a todos los funcionarios necesarios para la gestión de los asuntos: un presidente, un tesorero, un secretario general, secretarios particulares para las relaciones con los diferentes países.
Cada año el consejo central presentará un informe al congreso sobre su acción durante el mismo periodo. Elegido por el congreso, tiene el derecho de cooptación,  en los casos extraordinarios podrá convocar el congreso antes que haya fenecido el término de un año.
El consejo central establecerá relaciones con las diferentes asociaciones obreras, de modo que los obreros de cada país estén constantemente al oriente del movimiento de su clase en los otros países; hará simultáneamente y dentro del mismo espíritu una encuesta sobre la situación social; los problemas propuestos por una sociedad cuya discusión sea de interés  general  serán examinados por todos, y cuando una manifestación practica o una dificultad internacional reclamen su acción, este podrá actuar de un modo uniforme. Cuando se juzgue necesario, el concejo central podrá formular proposiciones y someterlas a las asociaciones locales o nacionales.
Puesto que el éxito del movimiento obrero de cada país solo puede asegurarse por la fuerza resultante de la acción y de la asociación; que, por otra parte, la utilidad del consejo central depende de su vinculación con las sociedades obreras ya locales, ya nacionales, los miembros de la Asociación internacional  deberán esforzarse, cada uno en su país, por reunir en una asociación nacional las diversas sociedades obreras existentes.
Los principios fundamentales de este estatuto fueron enseguida ratificados por el congreso. Una de las principales modificaciones que se hicieron fue la supresión, por iniciativa de Marx, del puesto de presidente del consejo central, que mas tarde se llamo “consejo general”.
La experiencia de la Unión obrera general alemana fundada por Lassalle demostró cuales inconvenientes tenia esta institución completamente inútil. El consejo general elegía presidente de la sesión y para la ordenación de los asuntos corrientes los secretarios de diferentes países se reunían con secretario general.
El estatuto de la Internacional fue más tarde utilizado desmedidamente en el movimiento obrero internacional. No detallaré  las modificaciones que fueron introducidas durante ocho años, pero que dejaron intacto en sus rasgos fundamentales; sólo los poderes del consejo general fueron ampliados al final de la I Internacional.
La tarea esencial del consejo provisorio era convocar el congreso internacional. Sobre este punto se suscitaron discusiones ardientes. Marx insistía en que se hicieran desde el primer instante todos los trabajos preparatorios al fin de conceder tiempo a los diferentes países para conocer los propósitos de la Internacional y poder organizarse medianamente.
Por el contrario, los ingleses, que ponían en primer plano los intereses de su movimiento profesional, insistían en que el congreso fuera convocado lo mas rápidamente  posible, y en esto tenían como aliados a los desterrados franceses del consejo central.
La cuestión termino con un compromiso. En 1865 se convoco, no un congreso, sino una conferencia, que se efectuó en Londres; en ella se escucharon toda suerte de informes y se elaboró la orden del día del futuro congreso. Estaban representadas Suiza, Inglaterra, Bélgica y Francia; la situación no era halagüeña. Se decidió convocar el congreso para mayo de 1866.
Era en Alemania donde, a pesar de existir la Unión obrera general, los asuntos iban peor. Habiendo sido muerto Lassalle el 30 de agosto de 1864 en un duelo, fue reemplazado, conformo con los estatutos de la Unión, por Bernardo Becker, hombre incapaz y poco influyente. Mucho mayor era la influencia de Schweitzer, redactor del órgano central de la Unión, el Social Demócrata. Pero muy pronto entre este último y Guillermo Liebknecht, que formaba parte de la redacción, surgieron fuertes divergencias sobre problemas de política interior. Marx y Engels, que habían accedido a colaborar en el periódico, renunciaron al poco tiempo públicamente. El difunto Mehring se ha esforzado en defender a Schweitzer y demostrar que en tal circunstancia Marx y Engels no tenían completa razón. Pero se engaña torpemente; todos los hechos se vuelven contra él.
Ya hemos visto que la táctica de Lassalle adolecía de defectos considerables; Lassalle se permitía procedimientos inadmisibles con la pandilla gubernamental. Schweitzer iba aún más lejos. Inserto en su periódico una serie de artículos de los cuales Mehring mismo dice que, por sus bobadas contra Bismarck, le produjeron una impresión extremadamente desfavorable. Pero Mehring trata de justificar a Schweitzer mostrando que las condiciones de la lucha legal exigían esta pretendida táctica. Liebknecht, viejo revolucionario, no podía, dice el mismo, adaptarse a esas condiciones y excitaba contra Schweitzer a sus antiguos amigos y maestros. De este modo Schweitzer fue obligado a separarse de Liebknecht, a cuyo lado se colocaron no solo Marx y Engels, sino muchos de sus viejos adversarios, como Hesse, que tampoco aceptaban la táctica de Schweitzer. A semejanza de lo que ocurrió en Rusia en las discusiones entre bolcheviques y liquidadores, en las que estos últimos fueron bautizados por Lennin con el nombre de partido obrero “stolypiniano”, el de Schweitzer fue llamado por los viejos militantes clandestinos del partido “bismarckiano”.
En cualquier caso, en el momento que se reunía la conferencia de Londres los alemanes amigos de Marx no poseían ningún órgano de publicidad y solo se ocupaban de crear su propia organización. En cuanto a los lassallianos, no querían, en esa época, oír hablar de la Internacional. El resultado de esta escisión fue que, durante los primeros años, los alemanes solo participaron en la Internacional por intermedio de los viejos desterrados residentes en Inglaterra y en Suiza.
Los informes presentados a la conferencia de Londres muestran que la situación económica de la Internacional ere muy mala. Durante todo el año solo se habían reunido una suma aproximada a 750 francos. Todas las operaciones de tesorería, todas las entradas de ese año, representan unas 33 libras esterlinas. Con una suma tal es muy difícil hacer grandes cosas; apenas se disponía para pagar el alquiler y subvenir a las necesidades urgentes.
Las discusiones sobre la orden del día renovaron las divergencias anteriormente suscitadas entre los franceses radicados en Londres y sus compatriotas que representaban la organización parisiense. Estos últimos no querían entonces que se plantease la cuestión de la independencia de Polonia como un asunto puramente político. Los desterrados franceses, apoyados por algunos ingleses, luchaban para que se insertara en la orden del día un punto sobre la religión y reclamaban una lucha implacable contra la superstición religiosa. Marx se pronunció contra su proposición. Sostenía con justeza que, considerado el nivel poco elevado del movimiento obrero y la escasa relación entre los trabajadores de distintos países, el hecho de poner el punto en la orden del día del primer congreso sólo suscitaría conflictos inútiles. Sin embargo, quedó en minoría.
Transcurrió aún un año antes de que fuera convocado el primer congreso, cuya realización se fijó para septiembre de 1866. Durante este tiempo se produjeron algunos acontecimientos sobre los cuales hay que decir algo. Para Inglaterra fue un año de lucha política intensa. Las trade-unions, dirigidas por los obreros que formaban el consejo central, desarrollaron una lucha encarnizada para conquistar nuevos derechos electorales. Esta lucha, lo repito se efectuó bajo la dirección de la Internacional. Marx realizaba grandes esfuerzos a fin de que los obreros ingleses  no repitiesen sus viejos errores y desarrollasen la lucha independientemente sin coaligarse con los radicales. Pero a principios de 1866 reapareció la táctica con tanta frecuencia nociva en la época del cartismo y que todavía le hizo tanto daño. Con el propósito de conquistar el sufragio universal, los jefes de los obreros, en parte por razones financieras, realizaron un acuerdo con el partido más radical de la burguesía democrática, que también reivindicaba el sufragio universal, y se organizó un comité común para dirigir la lucha. Había elementos respetables, como el profesor Beesly, y demócratas sinceros, pero también representantes de las profesiones liberales, abogados y jueces, representantes de la pequeña y de la burguesía media y en particular de la burguesía comercial, que desde el comienzo fue partidaria de un compromiso. La lucha se realizó a la manera inglesa: organizáronse mítines y manifestaciones. En junio de 1866 Londres contempló unja demostración grandiosa, como nunca se había visto, aún en la época del cartismo. Bajo la presión de la multitud  agrupada  en Hyde Park, donde se reunía la manifestación y se habían realizado varios mítines, cedieron los enrejados. El gobierno comprendió entonces que era llegado el tiempo de hacer concesiones.
Después de la revolución de julio hubo igualmente en Inglaterra un fuerte movimiento a favor de la reforma electoral, que terminó con un compromiso. Los obreros fueron indignamente engañados y sólo la burguesía industrial obtuvo el derecho a voto. Aún entonces, viendo que la efervescencia era grande entre los obreros urbanos y que estaba obligado a ceder, el gobierno propuso una nueva ampliación de los derechos electorales, que serían concedidos a todos los obreros de las ciudades.
Es evidente que el derecho de voto sólo era reclamado para la población masculina; ni siquiera se soñaba que pudiera conferirse a las mujeres. Se propuso a los obreros el compromiso siguiente, que fue inmediatamente aceptado por los miembros burgueses del comité de reforma electoral: el derecho de voto se acuerda a todos los obreros que posean domicilio (aunque sea de una pieza) por el que paguen un mínimum determinado de alquiler. De este modo el derecho de voto se confirió a casi todos los obreros urbanos, excepto los que se alojaban en común en una sola pieza (que ya eran entonces numerosos), y los obreros rurales, por el contrario, no fueron comprendidos. El autor de esta hábil maniobra fue el jefe conservador inglés, Disraeli, la que consintieron los reformistas burgueses, instando a los obreros a aceptar esta concesión e indicándoles que después de la nueva elección parlamentaria podrían reclamar una nueva extensión de los derechos electorales. Pero los obreros rurales debieron esperar aún veinte años, hasta 1885, y sólo bajo la influencia de la revolución rusa de 1905 los que no pagan alquiler o poseen una pieza obtienen al fin el derecho de voto.
En 1865 – 1866 se produjeron en Alemania acontecimientos no menos importantes: una encarnizada lucha por la hegemonía se desarrolló entre Prusia y Austria, Bismarck se propuso dejar definitivamente a Austria fuera de la confederación germánica, hacer de Prusia la columna vertebral de Alemania y hasta reducir las provincias alemanas que poseía Austria. A esta cuestión me referí al exponer las divergencias entre Marx y Engels de una parte, y Lasalle, de otra.
El litigio entre Austria y Prusia terminó en una guerra. En dos o tres semanas Prusia, que no desdeñaba aliarse con Italia contra un Estado alemán, venció fácilmente a Austria y se anexó varios pequeños Estados que se habían puesto al lado de esta última: el reinado de Hanover, la ciudad libre de Francfort, el gran ducado de Hesse, etc. Austria fue excluida definitivamente de la confederación germánica, se organizó la unión de la Alemania del norte teniendo a Prusia a su cabeza y para conquistar las simpatías de obreros y la clase baja, Bismarck introdujo el sufragio universal.
En Francia, Napoleón fue obligado a hacer algunas concesiones, como la abrogación de ciertos artículos del código penal establecidos contra las coaliciones obreras. Las persecuciones  ejercidas contra las organizaciones económicas, particularmente contra las cooperativas y las sociedades de socorros mutuos, disminuyeron y ganó terreno entre los obreros la corriente que se esforzaba en utilizar las posibilidades legales. Además, las organizaciones blanquistas se desarrollaban y sostenían una violenta polémica con los internacionalistas, a quienes reprochaban renunciar a toda lucha revolucionaria y coquetear con el gobierno bonapartista.
En toda Suiza francesa, alemana e italiana los obreros se ocupaban de sus asuntos locales y sólo los desterrados y los extranjeros se interesaban por la Internacional. La sección alemana que, dirigida por Becker, editaba la revista El Precursor, hizo entonces el papel de órgano central para las relaciones con el extranjero y para aquellos obreros alemanes que se desvincularon del lassallismo y se adhirieron a la Internacional.
El congreso se reunió en Ginebra en septiembre de 1866, cuando Prusia había vencido a Austria y los obreros ingleses, al parecer, obtenían una gran victoria política sobre la burguesía. El congreso se inició con un escándalo. Habían llegado de Francia, además de proudhonianos, blanquistas que pretendían participar en sus trabajos; casi todos eran estudiantes muy revolucionarios y el futuro comisario de justicia de la Comuna de París, Protot. Aunque no poseían ningún mandato, eran los que más alboroto hacían. Por último, se les expulsó bruscamente. Se ha dicho que se les quiso ahogar en el lago de Ginebra, pero esto es sólo una leyenda. Hubo, sin duda, puñetazos, se propinaros algunos golpes, como sucede entre los franceses, que, en sus luchas de fracciones, no siempre se limitan, como los pacíficos eslavos, a resoluciones de exclusión.
Luego de lograr ponerse al trabajo, la batalla principal se desarrolló entre los proudhonianos y la delegación del Consejo general compuesta por Eccarius y obreros ingleses. Marx no pudo asistir: se hallaba a la sazón ocupado en la redacción definitiva del primer tomo de El Capital; además, enfermo y estrechamente vigilado por los espías franceses y alemanes, sólo salvando muchas dificultades hubiera podido hacer el viaje. Pero escribió para la delegación un informe minucioso sobre todos los puntos de la orden del día.
Los delegados franceses presentaron un informe detallado, que era la exposición de las ideas económicas de Proudhón, se declararon enérgicamente contra el trabajo de la mujer, sosteniendo que la naturaleza ha hecho del hogar su lugar, que la mujer debe ocuparse de la familia y no de trabajar en la fábrica. Rechazaban explícitamente las huelgas y los sindicatos y defendían la cooperación y la organización del cambio sobre base de mutualidad. Las condiciones primordiales para actualizar su programa eran, según ellos, la realización de un acuerdo entre las diferentes cooperativas y el establecimiento del crédito sin interés. Hasta insistieron para que el congreso ratificase la organización del crédito internacional, pero sólo lograron obtener una resolución que recomendaba a todas las secciones de la Internacional se ocuparon del estudio de la cuestión y de la unificación de todas las sociedades obreras de crédito. Se opusieron también a la limitación legal de la jornada de trabajo. Fueron combatidos por los londinenses y los delegados alemanes, los que propusieron, como resolución sobre cada punto de la orden del día, un pasaje apropiado del informe de Marx, que colocó en primer plano todos los asuntos que provienen de las reivindicaciones de la clase  obrera.
El informe pedía que la Internacional dedicara toda su actividad a la unión y al agrupamiento de todos los esfuerzos dispersos de la clase obrera que lucha por sus intereses. Era necesario crear una vinculación que no sólo permitiera a los obreros de los diferentes países comprender su fraternidad en la lucha, sino hasta llegar a obrar como combatientes de un ejército emancipador único; organizar la ayuda mutua internacional para las huelgas e impedir el reemplazo de los obreros de un país por extranjeros, que es uno de los procedimientos favoritos de los patrones.
Una de las tareas principales que preconizaba Marx era el estudio metódico, científico, de la situación de la clase obrera de todos los países, estudio que debía ser emprendido por iniciativa de los obreros mismos, y todos los materiales reunidos se enviarían al Consejo general para que los ordenara. Marx indicaba a grandes rasgos los principales asuntos de que debía ocuparse la encuesta obrera.
El problema de los sindicatos provocó vivos debates. Los franceses se declararon contra las huelgas y contra cualquiera organización de resistencia a los patrones; sólo en la cooperación veían la salvación de los obreros. Los delegados londinenses les proponían, en forma de resolución, toda la parte del informe de Marx sobre los sindicatos. Esta fue adoptada por el congreso, pero originó el mismo malentendido que las otras decisiones de la I Internacional. Durante mucho tiempo el texto exacto no se conoció; los alemanes sólo lo conocían por una traducción de Becker, a todas luces insuficientes, aparecidas en El Precursor; la traducción francesa era peor aún. Traducida al original inglés, la he publicado por primera vez en 1914 en Souremenny Mir.
La resolución repite, en una forma aún más clara, todo lo que había sido dicho por Marx en Miseria de la Filosofía y en el Manifiesto Comunista sobre los sindicatos, núcleo fundamental de la organización de clase del proletariado. Indica, además las tareas contemporáneas de los sindicatos y cuáles defectos padecen fatalmente cuando se transforman en organizaciones estrechamente cooperativas. Por lo tanto, conviene que no nos detengamos en ella.
¿Cómo han surgido los sindicatos? ¿Cómo se han desarrollado? Son el resultado de la lucha entre capital y el trabajo asalariado. En esta lucha los obreros están en condiciones muy desventajosas: el capital es una fuerza social concentrada en las manos de un capitalista, mientras que el obrero sólo dispone de su fuerza de trabajo individual. Por esto el asunto no es propio de la naturaleza de un contrato entre el capitalista y el obrero. Cuando los proudhonianos hablaban de un contrato libre y justo demostraban simplemente su incomprensión del mecanismo de la producción capitalista. El contrato entre el capital y el trabajo no puede celebrarse en condiciones justas, aún en una sociedad que ponga de un lado los medios materiales de vida y de trabajo y de otro la energía productiva viviente. Detrás de cada capitalista está la fuerza de la sociedad, a cuya fuerza los obreros sólo pueden oponer el número, la fuerza social de que disponen. Pero la fuerza del número, de la masa se reduce a un mínimum por la división de los obreros, división creada y mantenida por su competencia inevitable. En primer lugar es indispensable suprimir esta competencia entre los obreros; y de las tentativas de los obreros para suprimirla o al menos para atenuarla, a fin de obtener por un contrato determinado condiciones de trabajo que los saquen de la esclavitud, han nacido los sindicatos. Al comienzo, su tarea inmediata se limitó a las necesidades del jornal; buscaron los medios de detener la continua usurpación capitalista; en una palabra, se ocuparon de los asuntos de salario y de la jornada obrera. A despecho de las afirmaciones de los proudhonianos, esta acción no sólo es legítima, sino necesaria, inevitable mientras subsista el sistema actual de producción y debe generalizarse mediante la formación de nuevos sindicatos y por su unión en todos los países.
Pero aún desempeñan los sindicatos un papel no menos importante, que los proudhonianos, en 1866, comprenden tan poco como su maestro en 1847. Inconscientemente los sindicatos han sido y son aún centros de organización para la clase obrera, como lo fueron en la Edad Media las comunas para la burguesía; y si son necesarios para la guerra entre los partidarios del capital y del trabajo, su importancia en mayor aún como factor de organización para la supresión del régimen del asalariado. Por desgracia, los sindicatos no han comprendido todavía completamente esta tarea. Demasiado absorbidos por su lucha local e inmediata contra el capital, aún no han comprendido cabalmente la fuerza de su acción dirigida contra el sistema  mismo de la esclavitud a salario. De aquí que se hayan mantenido y todavía se mantengan demasiado apartados de los movimientos generales y políticos.
Marx destaca los síntomas que indican que los sindicatos comienzan a comprender su misión histórica, de entre los cuales cita la participación de los sindicatos ingleses (trade-unions) en  la lucha por el sufragio universal y la resolución que adoptaron en la conferencia de Sheffield, recomendando a todos los sindicatos la adhesión a la Internacional.
En conclusión Marx, que hasta entonces había polemizado contra los proudhonianos, se pone contra los trade-unionistas puros, que querían limitar la acción de los sindicatos a asuntos de salario y de la jornada obrera.
Los sindicatos deben, además, aprender a obrar conscientemente como centros de organización de la clase obrera para su emancipación completa y han de secundar todo movimiento social y político que tienda a ese fin. Considerándose combatientes y representantes de la clase obrera y accionando en concordancia, han de atraer a sus filas a todos los obreros; vigilar atentamente sus intereses en las ramas de las industrias peor retribuidas; preocuparse, por ejemplo, de los obreros agrícolas que, en virtud de su situación especial, son reducidos a la impotencia; proclamar ante el mundo entero que sus aspiraciones no son estrechas y egoístas, sino que propenden a la liberación de los millares de oprimidos del globo.
Los debates del congreso de Ginebra sobre la cuestión sindical tienen un gran interés. Los delegados londinenses defendieron con mucha inteligencia su posición, pues consideraban que la resolución misma no era más que la deducción del extenso informe de Marx, que, por desgracia, sólo ellos conocían. En efecto, cuando el Consejo general hubo examinado las cuestiones que debían figurar en la orden del día del futuro congreso, se suscitaron profundas divergencias entre sus miembros. Por eso Marx leyó en el Consejo general un informe detallado en el que explica la importancia de los sindicatos en el régimen capitalista. Aprovecho esa ocasión para exponer a su auditorio en forma popular su nueva teoría del valor y plusvalía, la dependencia que existe entre el salario, la ganancia y el precio de las mercancías. Estas discusiones  del Consejo general impresionan por su seriedad y gravedad dignas de una sociedad de sabios burgueses. Toda la autoridad, todas las adquisiciones de esta nueva ciencia económica marxista fueron puestas al servicio de la clase obrera.
Los delegados londinenses defendían con igual habilidad la resolución de Marx sobre la jornada de ocho horas; contrariamente a los franceses, demostraban, con Marx que “la condición, previa y sin la cual toda tentativa de mejoramiento y liberación de la clase obrera resulta infructuosa, es la limitación legal de la jornada de trabajo”. Es necesario restaurar la salud y la energía de cada nación, asegurarle la posibilidad de desenvolvimiento intelectual, de comunión social y de su actividad política.
Tomando como base la proposición del Consejo general, el congreso fijó en ocho horas el límite legal de la jornada de trabajo. Y como esta limitación era una reivindicación de los obreros de Estados Unidos, la transformó en programa general de la clase obrera de todo el mundo. El trabajo nocturno sólo sería permitido en casos excepcionales, en algunas ramas de la producción y en ciertas profesiones que se determinarían claramente por la ley, pero con la aspiración a suprimirlo.
En su nota-informe Marx no estudiaba en detalle, por desgracia la cuestión del trabajo de la mujer; creyó que bastaba decir que el párrafo sobre la reducción de la jornada de trabajo se refería íntegramente a todos los obreros adultos, hombres y mujeres. Por consiguiente, especificaba que estas últimas no debían emplearse en el trabajo nocturno y no podrían ser obligadas a realizar ninguna tarea perjudicial para su organismo ni ejercer un oficio que requiriera la manipulación de sustancias venenosas o nocivas para la salud. Luego, como la mayoría de los franceses y de los suizos se manifestaron categóricamente contra el trabajo de la mujer, el congreso adoptó las tesis de Marx y la resolución de los franceses, con lo que se declaró, en suma, que era preferible impedir  el trabajo de la mujer, pero que, allí donde no fuera posible, había que contentarse con los límites fijados por Marx.
Por el contrario, las tesis de Marx sobre el trabajo de los niños y de los adolecentes se adoptaron integralmente, sin ninguna enmienda proudhoniana. Se decía en ellas que la tendencia de la industria contemporánea a hacer colaborar a los niños y a los adolecentes de ambos sexos en la obra de producción social, era una tendencia progresista, sana y legitima, aunque, bajo la dominación del capital, se transforma en horrible flagelo. En una sociedad racionalmente organizada, según Marx, todos los niños, a partir de la edad de  nueve años, deben ser productores. De igual modo, ningún adulto sano puede sustraerse al cumplimiento de esta ley de la naturaleza: trabajar para tener la posibilidad de comer, y no sólo trabajar intelectualmente, sino también físicamente. A este respecto Marx propuso todo un programa de combinación del trabajo manual con el intelectual, programa que comporta el desarrollo intelectual general, el politécnico, que hace conocer a los niños las bases científicas de todos los procesos de producción.
En su nota-informe Marx se refiere a la cooperación, oportunidad que aprovecha no sólo para criticar las ilusiones de los cooperativistas puros, sino también para destacar la condición especial para el éxito del movimiento cooperativo. Como en el Manifiesto inaugural, no concede su preferencia a las cooperativas de consumo, sino a las de producción: “pero no es con las cooperativas, cualquiera sean – agrega – que se puede lograr la supresión del régimen capitalista. Para esto es necesario un cambio más vasto, más radical, que se extienda a la sociedad entera. Cambios tales sólo pueden producirse por intermedio de una fuerza social organizada, el poder estatal, que ha de pasar de manos de los capitalistas y latifundistas a las de la clase obrera.” Así, pues también aquí proclama Marx la necesidad de la conquista del poder político por la clase obrera.
El proyecto de estatuto que ustedes ya conocen fue adoptado sin ninguna modificación. La tentativa de los franceses (que ya habían suscitado esta cuestión en la conferencia de Londres) de no entender por “obrero” más que a las personas ocupadas en un trabajo manual y excluir a los representantes del trabajo intelectual, fue fuertemente combatida. Los delegados ingleses declararon que de aceptarse la proposición de los franceses era necesario excluir al mismo Marx, que tanto había hecho por la Internacional.
El congreso de Ginebra desempeñó un papel importante como instrumento de propaganda; todas sus resoluciones para establecer las reivindicaciones primordiales de la clase obrera, escritas casi exclusivamente por Marx, entran en el programa mínimo práctico de todos los partidos obreros. El congreso tuvo inmensa repercusión en todos los países, comprendida Rusia, donde, ya en 1865, el Sovremenny reprodujo gran parte del Manifiesto inaugural, presentándolo como escrito por Marx. Después del congreso de Ginebra, que dio fuerte impulso al movimiento obrero internacional, la Internacional adquirió súbitamente gran popularidad y llamó la atención de algunas organizaciones democráticas burguesas que intentaron utilizarla para sus propósitos personales.
En el congreso siguiente, realizado en Lausana, la lucha se entabló alrededor de la participación en el congreso de una nueva sociedad internacional, la Liga para la paz y la libertad, que debía reunirse en Ginebra. Triunfaron los partidarios de la participación. Sólo en el congreso siguiente, realizado en Bruselas, triunfa el punto de vista del Consejo general y se decidió proponer a la Liga que se adhiriese a la Internacional y se afiliasen sus miembros a las respectivas secciones de cada país.
Marx no participó en esos dos congresos. Aun no había terminado el congreso de Lausana cuando apareció el primer tomo de El Capital. En el congreso siguiente, realizado en Bruselas en 1868, se adoptó, a proposición de la delegación alemana, una resolución que recomienda a los obreros de todos los países el estudio  de El Capital. Esta resolución destacaba el mérito inmenso de Marx: es “el primer economista que haya sometido el capital a un análisis minucioso y reducido a sus elementos fundamentales”.
Entre otras cosas, examinó el congreso de Bruselas la cuestión de la influencia de las máquinas en la situación de la clase obrera, las huelgas y la propiedad territorial. Las resoluciones adoptadas son, poco más o menos , compromisos; por el contrario y por primera vez, el punto de vista del socialismo o, como se decía entonces, del colectivismo, triunfa contra el criterio de los franceses; se reconoció la necesidad de socializar los medios de transporte, de comunicación y el suelo, pero esta resolución sólo fue adoptada en forma definitiva en el congreso siguiente, realizado en Basilea en 1869.
La cuestión política capital que preocupó a la Internacional después del congreso de Lausana fue la de la guerra y los medios a emplear para combatirla. La guerra de 1866 entre Prusia y Austria, en que triunfó la primera, hizo nacer la opinión de que esta guerra originaría, en un porvenir próximo, otra entre Francia y Prusia. En 1867 las relaciones entre ambos países se hicieron delicadas. Las aventuras coloniales emprendidas por Napoleón para rehacer su prestigio perjudicaron, por el contrario, considerablemente su situación. La expedición a México, efectuada bajo la presión de los grandes financistas, lo indispuso fuertemente con Estados Unidos, categóricamente hostiles a toda tentativa de las potencias europeas para inmiscuirse  en los asuntos de América. El plan de Napoleón frustró se lastimosamente. Urgía le reparar sus malandanzas en Europa, pero también allí lo perseguía la desgracia; obligado a hacer concesiones en política interior, esperaba, mediante una anexión afortunada en Europa, redondear las posesiones francesas y consolidar su situación. Produjese el asunto de Luxemburgo en 1867, después de toda suerte de tentativas infructuosas para obtener algún territorio sobre a margen izquierda del Rin, Napoleón intentó comprar a Holanda el gran ducado de Luxemburgo, que hasta 1866 perteneció a la Confederación germánica, pero cuyo jefe supremo era el rey de Holanda. En otro tiempo había en el ducado una guarnición prossiana, que debió retirarse. La noticia de una transacción entre Napoleón y los Países Bajos produjo viva efervescencia entre los patriotas alemanes; se respiraba una atmósfera de guerra, pero Napoleón, no considerándose bastante alistado, se batió en retirada, con lo que su prestigió sufrió considerablemente y tuvo que hacer nuevas concesiones a la oposición, que aumentaba sin cesar.
Cuando se realizaba el congreso de Bruselas la situación era tan aguda que cada día se esperaba la guerra, con la persuasión de que estallaría tan pronto como Francia y Prusia hubieran terminado sus preparativos y encontraran un pretexto favorable. Planteábase al movimiento obrero, que se desarrollaba día a día, la cuestión alarmante de las medidas a emplear para impedir esa guerra, que asestaría un golpe terrible a los obreros franceses y alemanes. De aquí que la Internacional, que desde  1868 representaba una fuerza considerable y estaba a la cabeza del movimiento obrero internacional, no podía sino interesarse por este asunto. En el congreso de Bruselas unos pedían la organización de una huelga general en caso de guerra; otros demostraban que únicamente el socialismo le pondría fin, y después de animados debates se adoptó una resolución contemporizadora bastante confusa.
Como en el verano de 1869, el espectro de la guerra parecía haberse esfumado, en el congreso de Basilea ocuparon el primer lugar los problemas económicos y sociales; por primera vez se planteó de manera categórica el problema, ya tratado someramente en Bruselas, de la socialización de los medios de producción, y esta vez los adversarios de la propiedad individual del suelo triunfaron definitivamente. La derrota de los proudhonianos fue completa, pero surgieron otras divergencias, pues allí aparece el representante de una nueva tendencia, Bakunin. ¿De dónde provenía? Después de 1840 lo vemos en Berlín; sabemos que pasó por la misma escuela filosófica que Marx y Engels; que al comienzo de la revolución de 1848 se puso al lado de los desterrados alemanes que en París organizaron una legión revolucionaria para invadir a Alemania. Durante la revolución se esforzó en Moravia por unir a los revolucionarios  eslavos; arrestado luego, fue condenado a muerte, pero puesto en manos de Nicolás I, éste lo encarceló en Schlusslbourg. Algunos años más tarde, bajo Alejandro II, fue enviado a Siberia, de donde se fugó hacia el Japón y América hasta Europa. Esto ocurría en 1862. Se metió en los asuntos rusos, aliase con Herzen, escribió sobre las cuestiones eslavas y rusas algunos folletos, en los que demuestra la necesidad de la unión revolucionaria de los eslavos e hizo una tentativa desgraciada para participar en la insurrección polaca. En 1864 se encontró en Londres con Marx y por él conoció la fundación de la Internacional. Le prometió participar en ella y se trasladó a Italia, donde se ocupó de otras cosas. Como en 1848, Bakunin creía que Marx sobreestimaba la importancia de la clase obrera; opinaba que los intelectuales, estudiantes, representantes de la democracia burguesa y particularmente los desclasados constituyen un elemento mucho más revolucionario.
Mientras la Internacional luchaba contra las primeras dificultades y llegaba gradualmente a ser la organización internacional más influyente, Bakunin trabajaba en Italia para organizar su sociedad revolucionaria; luego pasó a Suiza, se afilió a la Liga burguesa para la paz y la libertad, de cuyo comité central llegó a ser miembro. De ella salió en 1868, pero en vez de entrar en la Internacional fundó con sus camaradas una nueva sociedad: la Alianza internacional de la democracia social.
Esa sociedad era, por lo menos exteriormente, muy revolucionaria; declaraba guerra implacable a Dios y al Estado y exigía que todos sus miembros fueran ateos; su programa económico no se distinguía precisamente por la claridad y en vez de tender a la supresión de las clases postulaba su igualdad económica y social. A pesar de sus alardes revolucionarios ni siquiera se mantenía consecuente con un programa socialista y se limitaba a reclamar la supresión del derecho de herencia. Sin duda para no atemorizar a los tránsfugas de las otras clases, se rehusaba a destacar con nitidez su carácter de clase.
La alianza se dirigió al Consejo general para pedir su ingreso en la Internacional, pero en carácter de asociación especial, con estatuto y programa propios. Con esto abordamos uno de los puntos más espinosos. Como Marx gozaba de gran influencia en el Consejo general, se le responsabiliza corrientemente de todas las decisiones que aquel tomaba, y esto es exagerado. Pero en la decisión concerniente a Bakunin es efectivamente Marx a quien corresponde la mayor responsabilidad. Si se cree, no sólo a los partidarios de Bakunin, sino también a algunos marxistas que tomaron la defensa de este chismoso pero sincero revolucionario. Marx fue demasiado brutal al oponer al pedido de la Alianza una negativa rotunda.
Para comprender el fondo de la discusión imaginad, por ejemplo, que una organización que acaba de desvincularse de una sociedad democrática cualquiera se dirige a la Internacional comunista pidiendo ser aceptada en su seno, pero reclamando derecho de existir como sociedad que posee un programa, y aun el de  convocar su congreso especial. Se le respondería, con razón: Ciertamente, vale más tarde que nunca, y si han comprendido el error de aliarse con la burguesía, vengan a nosotros, que serán bienvenidos, pero empiecen por disolver su organización e ingresen en nuestras diferentes secciones. No se podría hallar en esta respuesta una prueba de hostilidad o de aversión hacia la organización de marras.
Además, conviene no olvidar la siguiente circunstancia: A la vez que el programa de su Alianza, Bakunin envió una  carta personal a Marx casi cuatro años después de haberle escrito de Italia para prometerle que trabajaría allí por la Internacional. Y no solamente dejó de lado esta promesa, sino que dedicó todas sus fuerzas al movimiento burgués. Ahora escribía a Marx, es verdad, manifestándole que comprendía mejor que nunca cuánta razón tenía escogiendo el largo camino de la revolución económica y ridiculizando a los que yerran en las empresas nacionales o puramente políticas. Y agregaba patéticamente: “Desde el adiós público y solemne que en el congreso de Berna he dado a los burgueses, no conozco otra sociedad ni otro medio que el mundo de los obreros. Mi patria será en adelante la Internacional, de la que tú eres uno de los principales fundadores. Ya lo ves, amigo mío, soy tu discípulo y estoy ufano de serlo.”
Esta carta tiene la virtud de llenar las lágrimas   y de ternura a los amigos de Bakunin y de provocar su indignación contra Marx, el hombre sin corazón que tan brutalmente rechazó la mano que se le tendía. Mehring mismo dice que no es posible dudar de la sinceridad de las declaraciones de Bakunin.
Tampoco tengo yo la intención de sospechar de la sinceridad de Bakunin, pero ruego a los lectores que se pongan en el lugar de Marx. Este era, evidentemente, áspero por naturaleza, pero el mismo Mehring ha reconocido que hasta fines de 14868 Marx dio pruebas de gran tolerancia hacía Bakunin. Todo tiene sus límites; y basta leer atentamente la carta de Bakunin para comprender que su tono sentimental debió ser poco convincente para Marx. No es una carta escrita por un muchacho, sino por un hombre de más de cincuenta años que ya otra vez se había adherido al “mundo de los obreros” para olvidarlo inmediatamente y refugiarse en el “mundo de la burguesía”. Después de cuatro años de permanecer en este mundo profundamente embaucado y deseoso de entrar nuevamente en la amplia vía, Bakunin solicitó su admisión en la Internacional, pero exigiendo condiciones verdaderamente excesivas. Marx, pues, que en 1864 fue hasta benévolo hacia Bakunin, se puso esta vez, y con razón, en guardia.
Luego que el Consejo general rechazó categóricamente el pedido de Bakunin, éste anunció que la Alianza se disolvía y que su organización se transformaría en secciones de la Internacional, pero conservando su programa teórico. El Consejo no consintió en admitir las secciones de la Alianza sino en condiciones comunes.
Todo parecía terminado. Mas pronto sospechó Marx que Bakunin simplemente engañado al Consejo general y que, disolviendo oficialmente su asociación, conservaba efectivamente la organización central para llegar a apoderarse de la Internacional. Y justamente este fue el fondo del litigio. Estamos dispuestos a admitir que Marx era un hombre malo y Bakunin un ángel bondadoso, pero no es esta la cuestión, porque Bakunin tuvo también no pocos defectos. ¿Y quién no los tiene? A lo que deben responder claramente sus defensores es a esto: ¿Existía o no una organización secreta? ¿Se permitió o no Bakunin matraquear al Consejo general asegurándole que había disuelto su asociación?
A pesar del ciego amor a Marx de que Mehring me acusa, estaría dispuesto a reconocer con él que Bakunin fue indignamente calumniado si el finado Guillaume, viejo amigo de éste e historiador de la Internacional, hubiese demostrado que la Alianza fue de verse disuelta. Pero lo cierto es, por desgracia, que ella existía y realizaba una lucha encarnizaba contra la Internacional. En esta lucha nuestro honrado Bakunin puso en acción todos los medios que juzgó necesarios para conseguir su objeto, cosa que no le reprocho. Pero es ridículo ver a sus partidarios esforzándose en presentarlo como a un hombre que jamás recurre a medios peligrosos y, como lo asegura uno de sus defensores menos inteligentes, que nunca tuvo un oculto propósito.
¿Cuál fue el objeto en cuyo beneficio Bakunin no vaciló en utilizar todos los medios? Destrucción de la sociedad burguesa revolución social, he aquí que quería Bakunin; pero Marx tenía el mismo propósito de modo que las divergencias hay que buscarlas en otro punto, y, en efecto, Marx y Bakunin estaban en completo desacuerdo sobre la manera de conseguir su objetivo. Ante todo hay que destruir, para que en seguida todo se reforme a sí mismo, y cuanto más pronto mejor. Basta sublevar a los intelectuales revolucionarios y a los obreros exasperados por la miseria. Para ello sólo se requiere un grupo compuesto por hombres decididos, caldeados por el fuego sacro. He aquí, en sustancia, toda la doctrina de Bakunin, que al pronto, recuerda la de Weitling, pero la semejanza es sólo superficial, e igualmente tiene una superficial analogía con la de Blanqui. Bakunin rehusaba admitir la conquista del poder político por el proletariado, negaba toda lucha política realizada en la sociedad burguesa existente y en cuanto tendiera a lograr condiciones más favorables para la organización de clase del proletariado. De ahí que Marx y todos los que con él juzgaban necesario realizar la lucha política, organizar al proletariado para la conquista del poder político fueran, a los ojos de Bakunin y de sus adeptos oportunistas inveterados que retardan la marcha de la revolución social.
Los bakuninistas aprovecharon pues, la ocasión, a fin de  asimilar a Marx a un hombre que para la realización de sus ideas no vacila en falsificar los estatutos de la Internacional; públicamente y en participar en sus cartas y circulares lo llenaron de injurias, no retrocedieron ante procedimientos antisemitas y hasta llegaron a acusarlo de ser agente de Bismarck.
En Italia y Suiza mantenía Bakunin numerosas relaciones y en este último país, principalmente en la parte romana, tenía numerosos partidarios. No estudiaré el porqué, pues ello me llevaría demasiado lejos; me limitaré a decir que su propaganda fue sobre todo fructuosa entre los obreros inestables y los relojeros fuertemente hostigados por la competencia de la gran industria de relojería.
Cuando Bakunin se presenta al congreso de Basilea su grupo era ya considerable y, como sucede en casos semejantes, la primera batalla se libró alrededor de un asunto completamente distinto del que constituía el fondo del  desacuerdo. Bakunin, que protestaba violentamente contra cualquier oportunismo, reclamaba con particular insistencia que la supresión del derecho de herencia fuera adoptada como una de las reivindicaciones del momento. Ateniéndose a la nota informe de Marx. Los delegados del Consejo general demostraban que esa medida, como ya lo indica el Manifiesto Comunista, era una de las tantas de transición que el proletariado tomaría luego de adueñarse del poder político; entretanto, sólo se podía reclamar el aumento del impuesto a las sucesiones y la restricción del derecho de testar. Pero Bakunin hacía caso omiso de la lógica y de las condiciones reales; lo que buscaba en esta reivindicación era el medio de agitar que ella comportaba. Finalmente ninguna resolución obtuvo la mayoría.
Otro conflicto se produjo entre Bakunin y el viejo Liebknecht. El congreso de Basilea era el primero en el que participaba un grupo considerable de delegados alemanes, pues en ese tiempo G. Liebknecht y A. Bebel habían logrado, luego de una encarnizada lucha de fracción contra Schweitzer, organizar un partido que en su congreso constituyente de Eisenach adoptó el programa de la Internacional. El órgano central de este  partido criticó de manera virulenta la acción de Bakunin en la Liga de la paz y de la libertad y reveló detalladamente sus viejos puntos de vista paneslavistas. Mehring dice que mucho tiempo después Marx se declaró contra esa crítica, pero, como lo hemos visto en el caso de Vogt, se le consideraba responsable de todos los actos de los marxistas, entre los cuales estaban Liebknecht, lo que finalizó con una reconciliación que sólo fue temporaria.
El congreso siguiente debía reunirse en Maguncia – Alemania – pero no pudo efectuarse. Inmediatamente del congreso de Basilea las relaciones entre Francia y Alemania se hicieron tan tirantes que se podía esperar de un momento a otro la declaración de guerra, Bismarck, uno  de los más grandes bribones que hayan nunca existido, engaño hábilmente a su viejo maestro Napoleón y, luego de hallarse preparado de pies a cabeza para la guerra arregló las cosas de modo que a los ojos del mundo Francia apareciera como  agresora. La guerra estalló, en efecto, y ni los obreros franceses ni los alemanes estuvieron en condiciones de impedirla. Algunos días después de la declaración de guerra el Consejo general publicó una proclama redactada por Marx. Esta comienza con una cita del Manifiesto inaugural de la Internacional, en la que se condena “la política exterior desenvuelta en concordancia con los prejuicios nacionales, persiguiendo propósitos criminales y el despilfarro de la sangre y los bienes de los pueblos en guarras de rapiña”. Sigue una requisitoria contra Napoleón, en la que Marx describe sucintamente la lucha de éste contra la Internacional, lucha que se reforzó cuando los internacionalistas franceses emprendieron una encarnizada agitación contar Napoleón. De cualquier modo que la guerra termine, agrega Marx, el segundo imperio está perdido; terminará como empezó, por una parodia.
¿Fue Napoleón el único culpable? No completamente. Todos los Estados europeos lo fueron, pues no hay que olvidar que éstos y las clases dominantes de Europa ayudaron a Bonaparte durante dieciocho años a desempeñar la comedia de la restauración del imperio.
Contra Alemania dirige Marx los ataques más violentes. La guerra actual es para los alemanes dice, una guerra defensiva, pero, ¿quién ha colocado a Alemania en la necesidad de defenderse? ¿Quién ha sugerido a napoleón el ataque a Alemania? Prusia. Esta realizó un acuerdo con Napoleón contra Austria. Si Prusia hubiera sido derrotada, Francia habría invadido Alemania. ¿Y qué ha hecho Prusia después de su victoria sobre Austria? En vez de oponer a la Francia esclavizada unan Alemania libre, no solamente ha mantenido intacto el viejo régimen prusiano, sino que le ha agregado todos los rasgos característicos del régimen bonapartista.
La primera fase, la fase decisiva de la guerra fue de una rapidez aterradora. El ejército francés no estaba preparado; a pesar de la declaración presuntuosa del ministro de guerra, que afirmaba que todo, hasta el último botón, estaba listo, se averiguó que, si en efecto los botones lo estaban, no había dónde coserlos. En una seis semanas el ejército regular francés fue batido completamente y Napoleón capituló el 2 de septiembre en Sedán. El 4 de septiembre se proclamó en París la república y contrariamente a la declaración de Prusia, afirmando que sólo combatía al imperio, las hostilidades continuaron. Esta fue la segunda fase de la guerra, la más larga y encarnizada.
Inmediatamente de la proclamación de la república en Francia, publicó el Consejo general un segundo manifiesto sobre la guerra. Este manifiesto escrito igualmente por Marx, es, por lo profundo del análisis de la situación y agudeza d su visión histórica, una de sus obras más geniales. Y es interesante que Marx lo firmara como secretario del Consejo general no sólo para Alemania sino también para Rusia, pues poco antes se había constituido en Suiza una sección rusa de la Internacional, que le solicitó la representará en el Consejo.
Como hemos visto, Marx predijo en el primer manifiesto que la guerra finalizaría con la caída del segundo imperio. El segundo comienza recordando esta predicción, pero no se justifica menos la crítica que Marx hizo antes de la política prusiana, pues la guerra defensiva de Prusia se transformó en un ataque al pueblo francés. Desde el momento que la disgregación del ejército francés se hizo evidente, mucho antes de la capitulación de Sedán, la pandilla militar prusiana se decidió por la política de conquista. La crítica de Marx a la hipócrita burguesía liberal alemana fue igualmente despiadada. Aprovechando las indicaciones de Engels, que como especialista seguía atentamente el desarrollo de la guerra y que en la primera quincena de agosto predijo la catástrofe de Sedán, Marx analiza los argumentos militares con que los generales prusianos y Bismarck se esfuerzan en justificar la anexión de Alsacia y Lorena a Alemania.
Se decide categóricamente contra toda anexión o contribución y demuestra que una paz de violencia conduce a resultados diametralmente opuestos a los esperados; una nueva guerra es la consecuencia de semejante paz, Francia quería recobrar lo perdido y para lograrlo trataría de aliarse con Rusia. De este modo la Rusia zarista, que había perdido su hegemonía después de la guerra de Crimea, volvería a ser el árbitro de los destinos de Europa. Ese pronóstico genial, esa previsión del desarrollo de la historia europea, que es una de las pruebas prácticas más brillantes de la justeza de la concepción materialista de la historia, termina con estas palabras:
¿Creen de veras los patriotas alemanes garantir efectivamente la paz y la libertad de Alemania, arrojando a Francia en los brazos de Rusia? Si el éxito del ejército, la embriaguez de la victoria y las intrigas dinásticas conducen a expoliar territorios franceses, dos caminos quedan abiertos para Alemania. O se transforma en instrumento consciente de los planes prusianos, política concorde con la tradición de los Hohenzollern, o al cabo de cierto tiempo muy breve deberá prepararse para una nueva guerra “defensiva”; pero ésta no será una guerra “localizada”, será una guerra de razas, una guerra con los eslavos y los latinos aliados. He aquí la paz que “garantizan” a Alemania los obtusos patriotas burgueses.
Esta predicción se cumplió al pie de la letra, como han podido verlo los actuales patriotas alemanes, no menos obtusos que sus antepasados. El manifiesto termina con la exposición de las tareas que se imponían entonces a la clase obrera; exhorta a los trabajadores alemanes a exigir una paz honorable y el reconocimiento de la república francesa. A los obreros franceses, que estaban en una situación mucho más embarazosa, Marx les aconseja no perder de vista a los republicanos burgueses y utilizar el régimen de la república para desarrollar rápidamente su organización de clase y obtener su emancipación.
Los acontecimientos no tardaron en justificar la desconfianza de Marx hacia los republicanos franceses. Su conducta infame, su disposición a entenderse con Bismarck antes que hacer la más ligera concesión a la clase obrera determinaron la proclamación de la Comuna. Después de tres meses de lucha heroica este primer ensayo de dictadura del proletariado, realizado en las más desfavorables condiciones, fue vencido. El Consejo general no estaba en condiciones de prestar a los franceses la ayuda necesaria; París estaba separado del mundo entero y del resto de Francia por las tropas francesas y alemanas. Cierto es que la Comuna despertó simpatías generales y podemos decir con todo orgullo que su suerte emocionó profundamente a la misma Rusia, donde en abril de 1871, un grupo de revolucionarios dirigidos por Gontcharof, publicó manifiestos para exhortar al pueblo a seguir el ejemplo de los comunardos franceses.
Marx, que durante la Comuna, como lo prueba una de sus cartas (encontradas por mí) al eminente internacionalista y mártir de la Comuna, Varin, se esforzó en mantener relaciones con París, recibió del Consejo general el encargo de escribir sobre ella un manifiesto. En él defiende a los comunardos calumniados por toda la prensa burguesa y manifiesta que la Comuna es una nueva y grande etapa del movimiento proletario, el prototipo del Estado proletario que asumirá la realización del comunismo. Ya con la experiencia de 1848, Marx había llegado a la conclusión de que la clase obrera no puede limitarse a la conquista del poder político burgués, sino que debe destrozar ese organismo burocrático y policial, y la experiencia de la comuna lo convenció definitivamente de esa verdad. Ella enseña que el proletariado, una vez dueño del poder, está obligado a crear su propio órgano estatal adaptado a sus necesidades. Pero ella enseña igualmente que el Estado proletario no puede encerrarse en los marcos de una ciudad, aunque sea la capital. El poder del proletariado ha de extenderse a todo el país para lograr consolidarse, y a varios países capitalistas para obtener la victoria definitiva.
Por el contrario, Bakunin y sus adeptos extrajeron otras conclusiones de la experiencia de la Comuna. Continuaron combatiendo, todavía con mayor violencia, toda política y todo Estado, recomendando la organización, en la primera ocasión favorable, de “comunas” en las ciudades aisladas cuyo ejemplo sería imitado por las otras.
La derrota de la Comuna perjudicó mucho a la Internacional y el movimiento obrero francés se interrumpió casi completamente durante varios años. En la Internacional sólo estuvo representado por los comunardos radicados en Inglaterra o en Francia que habían logrado escapar a las persecuciones y entre los cuales se desarrollaba la más encarnizada lucha de fracción, lucha que fue llevada al seno mismo del Consejo general.
El movimiento obrero alemán fue igualmente afectado. Bebel y Liebknecht, que protestaron contra la anexión de Alsacia y Lorena y se solidarizaron con la Comuna de parís, fueron arrestados y condenados a prisión. El partido había perdido la confianza de Schweitzer y se le obligó a abandonarlo. Los adeptos de Liebknecht y de Bebel, los “eisenachianos”, como se les llamaba, continuaron trabajando al margen de los lassallianos y sólo iniciaron un acercamiento con éstos cuando el Estado persiguió vigorosamente a los dos partidos en lucha. De este modo la Internacional perdió de un golpe su apoyo en los dos principales países de la Europa continental.
Hasta en el movimiento obrero inglés se produjo una revirada. La guerra entre los dos países más desarrollados del continente, desde el punto de vista industrial no fue menos provechosa para la burguesía inglesa de lo que ha sido la guerra mundial para la burguesía americana. Entonces se halló la burguesía inglesa en la posibilidad de sacar de sus beneficios fabulosos cierta cantidad y distribuirla entre los numerosos obreros empleados en las principales ramas de la industria. Los sindicatos disfrutaron de mucha libertad de acción; algunas viejas leyes dirigidas contra ellos fueron suprimidas y esas reformas influyeron en algunos miembros del Consejo general que desempeñaban un papel importante en el movimiento trade-unionista. A medida que la Internacional se hacía más radical,  muchos de ellos se hacía más y más moderados. Formalmente eran miembros del Consejo general, pero utilizaban tal título para sus intereses personales.. la Comuna y los furiosos ataques que ella provocó contra la Internacional los amedrentó; se apresuraron a declarar que no se solidarizaban con el manifiesto sobre la Comuna de París, aunque Marx lo había escrito por orden del Consejo general. Todo ello determinó una escisión en la sección inglesa de la Internacional.
En esas condiciones fue convocada, por último, en Londres, a fines de septiembre de 1871, la conferencia de la internacional, que debía ocuparse principalmente de dos cuestiones. Constituía la primera la litigiosa cuestión de la lucha política, y uno de los motivos que indujeron a la conferencia a ocuparse de ella fue la conducta de los bakunistas que proseguían acusando a Marx de haber intencionalmente falsificado el estatuto de la Internacional para imponer a ésta su opinión. La resolución da esta vez una respuesta que no permita duda alguna y que significa la derrota completa de los bakunistas. Como probablemente pocos de ustedes la conozcan y es muy importante, leeré la última parte.
Considerando:
Que la reacción desenfrenada reprime violentamente el movimiento emancipador de los obreros e intenta por la fuerza brutal perpetuar la división de clases y la subsistencia del dominio de una clase que de ello resulta:
Que esta constitución del proletariado en partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la revolución social y el de su fin supremo, la abolición de las clases;
Que la unión de las fuerzas obreras obtenida ya por la lucha económica debe servir también de palanca en manos  de esta clase en su lucha contra el poder político de sus explotadores;
La conferencia recuerda a todos los miembros de la Internacional  que en el plan de combate de la clase obrera su movimiento político está indisolublemente ligados.
Pero la conferencia hubo aún de ocuparse de los bakunistas por otra razón. El Consejo general estaba cada vez más persuadido de que a pesar de todas las protestas de Bakunin, su sociedad secreta existía, por lo que la conferencia adoptó una resolución para prohibir en la Internacional de la organización de sociedad alguna con un programa especial. A este respecto se consignó nuevamente la declaración de los bakunistas sobre la disolución de la  Alianza y el incidente se declaró terminado.
Pero había aún otra decisión que debía inquietar particularmente a Bakunin y a sus adeptos rusos. La conferencia declaró categóricamente que la Internacional nada tenía que ver con el asunto de Netchaef, que se arrogó y explotó para sus fines particulares el título de miembro de la Internacional.
Tal decisión estaba dirigida exclusivamente contra Bakunin, que estuvo, como se sabe, ligado largo tiempo a Netchaef, revolucionario ruso escapado al extranjero en marzo de 1869. En el otoño de ese mismo año regresó a Rusia con plenos poderes otorgados por Bakunin y organizó en Moscú un grupo especial. Sospechando que el estudiante Ivanof quería traicionar la organización, lo asesinó, con la ayuda de algunos camaradas, a poca distancia de la Academia Petrovsko – Razumovskoie y huyó nuevamente al extranjero. Este asunto origino el arresto de los miembros de la nueva organización y el de muchos estudiantes de Petersburgo relacionados con ella. Todos ellos fueron delatados a los tribunales durante el verano de 1871. Este asunto es conocido con el nombre de Netchaef. Se publicaron numerosos documentos en el curso del proceso, y en este se confundía la sociedad de Bakunin y su sección rusa con la Internacional, pero bastó comparar esos documentos con los escritos de Bakunin para reconocer al verdadero autor. Solo se distinguían de otros llamamientos análogos por su mucha franqueza y, en las partes rectificadas y completadas por Netchaef, por una cierta torpeza y pesadez de exposición.
Se acostumbraba decir que Bakunin estuvo sometido a la influencia de Netchaef, que lo engañaba y lo utilizaba con fines personales. Netchaef, hombre de talento pero de poca instrucción, que rechazaba como inútil todo trabajo teórica, estaba dotado de una energía excepcional, de una voluntad de hierro; revolucionario entregado en cuerpo y alma a la causa, demostró más tarde ante sus jueces y en la prisión su firme coraje y su odio irreductible a los opresores y explotadores del pueblo. Dispuesto a todo, no desdeñaba medio alguno para lograr el propósito al que había consagrado su vida, pero no descendía jamás a medios bajos cuando se trataba de su persona. En este respecto era incomparablemente superior a Bakunin, que, en sus propósitos personales, estaba siempre dispuesto a los compromisos, y la superioridad de Netchaef en tal aspecto no ofrece duda alguna y todo indica que el mismo Bakunin lo reconocía y lo apreciaba altamente, aunque desde el punto de vista intelectual aquél le fuera muy inferior.
Sería ingenuo creer, sin embargo, que Netchaef imponía a Bakunin sus propios puntos de vista revolucionarios, pues el mismo era su discípulo. Pero mientras nuestro apóstol de la destrucción se mostraba con frecuencia ilógico y revolucionario sin consecuencia, Netchaef se distinguía por una lógica intransigente y extraía de las teorías de su maestro todas las deducciones practicas que comporta. Manifestándole Bakunin que no podía abandonar el trabajo que había asumido (la traducción de El Capital), porque se le habían hecho algunos adelantos, Netchaef le ofreció librarlo de tal obligación, lo que era muy simple: un hombre del comité revolucionario de la Narodnaia Rasprava escribió a la persona que hacía de intermediaria entre el editor y Bakunin para que dejara en paz a este si no quería ser asesinado. Como Bakunin ponía en primer plano al lumpenproletariat, al que consideraba el verdadero promotor de la revolución social y lo oponía al proletariado de la gran industria, de igual modo que creía que los criminales y los bandidos eran el elemento mejor del ejército revolucionario.  Netchaef llego lógicamente a la conclusión de que era menester organizar en Suiza a hombres resueltos a fin de proceder con ellos a la expropiación. Finalmente, Bakunin se separo de su discípulo, no por cuestiones de principio, sino únicamente porque la lógica implacable y simplista a Netchaef lo espantaba; sin embargo, nunca oso romper públicamente con él, pues este tenía en sus manos muchos documentos que lo comprometían.
Inmediatamente de la conferencia de Londres la lucha redoblo su intensidad; los bakunistas declararon abiertamente la guerra al Consejo general, acusándolo de haber el mismo adobado la conferencia e impuesto a toda la Internacional el dogma de la necesidad de organizar al proletariado en partido especial para la conquista del poder político y pidieron la realización de un congreso que resolviera definitivamente el asunto.
El congreso se realizo en septiembre de 1872 y ambas partes se prepararon ardorosamente, con la participación, por vez primera, de Marx. Bakunin no asistió. Respecto a la cuestión principal, el congreso confirmo enteramente la resolución de la conferencia, a la que agrego la fase siguiente, tomada casi literalmente del Manifiesto inaugural de la Internacional: “Como los poseedores del suelo y del capital aprovecha siempre sus privilegios políticos para defender y perpetuar sus monopolios económicos y esclavizar el trabajo, la conquista del poder político es el supremo deber del proletariado”.
Luego de examinar todos los documentos relativos al asunto de la Alianza y llegados a la conclusión de que esta existía en la Internacional como sociedad secreta, la comisión especial propuso, y fue aceptada, la exclusión de Bakunin y Guillaume.
En la resolución se dice que Bakunin es excluido, además, por “un asunto personal”, que se refiere a la ya mentada cuestión de Netchaef. Personalmente, creo que las razones políticas de Netchaef. Personalmente, creo que las razones políticas bastaban para motivar la exclusión de Bakunin, pero es ridículo querer transformar esta triste historia, en la que Bakunin fue víctima de su falta de carácter, en un pretexto para acusar a Marx. Es aun más ridículo decir que Bakunin fue excluido porque, a la manera de muchos literatos, solicito un adelanto al editor y luego no hizo el trabajo. ¿Es eso una estafa? No, ciertamente. Pero cuando los defensores de Bakunin, a los que se  suma Mehring mas tarde, dicen que Marx no debía enrostrarle  aquello como un crimen, no comprenden u olvidan que no se trataba de la restitución de los adelantos recibidos, sino de algo mucho más importante. Mehring, como lo sucede con frecuencia, se ha puesto al lado del literato. Muchos escritores, dice, no devuelven a los editores lo que han recibido como adelanto. Cierto, agrega, que es e no es una procedimiento muy loable, pero no se juzga al hombre por semejantes bagatelas. Por ello Mehring demuestra que no ha comprendido más que los anarquistas la discusión fundamental que se produjo en el congreso de La Haya. Allí donde Bakunin y sus amigos vieron solo una viveza perdonable, con perjuicio para el editor, los miembros de la comisión, con todos los documentos en la mano, vieron el abuso criminal del nombre de una organización obrera revolucionaria muy ligada a la Internacional, abuso cometido con fines personales, librarse del pago de una deuda. Si el documento que estaba en manos de la comisión se hubiera publicado en ese momento, habría producido el regocijo del mundo burgués.  Había sido escrito por Netchaef, pero en el fondo concordaba perfectamente con los principios de Bakunin. Hay que agregar que Bakunin no se separo de Netchaef por ese asunto, sino porque le parecía que este lo consideraba a el mismo como un instrumento para sus objetivos revolucionarios. Basta leer  las cartas de Bakunin a sus amigos para advertir cuan poco reparaba en lanzar contra sus adversarios, comprendido Marx, no ya acusaciones políticas, lo que tenía derecho a hacer, sino acusaciones personales. Ahora tenemos que Bakunin es el autor del célebre manual para uso de los revolucionarios, atribuido a Netchaef, y cuya publicación en el curso del asunto provoco la indignación general de los revolucionarios. Los amigos de Bakunin negaron obstinadamente que él fuera el autor y responsabilizaron a Netchaef.
Al final de sus tareas el congreso de La Haya acepto la proposición de Engels para trasladar a Nueva York la residencia de Consejo general. Ya hemos visto que en esa época la Internacional había perdido no sólo su apoyo en Francia, donde desde 1872 el solo hecho de pertenecer a ella era un crimen, sino en Alemania y también en Inglaterra. El traslado a América del organismo central se consideraba provisorio. Pero sucedió que el congreso de La Haya fue el ultimo celebrado por la Internacional. En 1876 el consejo general anuncio desde Nueva York que la I Internacional había dejado de existir.

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SEPTIMA CONFERENCIA
LA CRISIS DE 1857 – 1858 – INCREMENTO DEL MOVIMIENTO OBRERO EN INGLATERRA, FRANCIA Y ALEMANIA – LA EXPOSICION UNIVERSAL DE 1862 EN LONDRES – LA GUERRA CIVIL EN ALEMANIA – LA CRISIS DE LA INDUSTRAI ALGODONERA – LA INSURRECCION POLACA – FUNDACION DE LA I INTERNACIONAL – LA ACCION DE MARX – EL MANIFIESTO INAUGURAL.
Ya hemos dicho que el movimiento obrero necesitó casi diez años para rehacerse del quebranto de 1848 – 1849. Este rehacerse se relaciona con la crisis de 1857 – 1858, que reviste carácter mundial y afecta considerablemente a Rusia. Ya hemos mostrado como Europa, que hasta entonces había conservado la tranquilidad exterior, fue obligada, por medio de las clases dirigentes, a buscar a su manera el resolver las cuestiones puestas a la orden del día por la revolución de 1848 y aún pendientes. En primer lugar era necesario ocuparse de la cuestión nacional, de la cuestión de la unificación de Italia y de Alemania. El movimiento revolucionario de 1848 – 49 se limitó a la Europa occidental no englobó enteramente a Inglaterra, y, en todo caso, no tuvo una repercusión profunda en ese país, como no toco al país mas vasto de Europa, Rusia, ni a los Estados Unidos. Diez años después Rusia y los Estados Unidos son arrastrados por el torbellino. En Rusia se pone a la orden del día la cuestión de la abolición de la servidumbre. Es la época de las “grandes reformas” , época en la que se inicia un movimiento revolucionario que después de 1860 conduce a la formación de sociedades clandestinas, de las cuales la más célebre fue la primera Zemlia y Volia (Tierra y Libertad). En los Estados Unidos aparece la cuestión de la supresión de la esclavitud. Y esta cuestión muestra mucho más que la rusa el proceso de internacionalización del mundo, que otrora se limitaba a una parte de Europa. El asunto de la esclavitud, que parecía afectar solamente a los Estados Unidos, demostró ser muy importante para Europa misma, a tal punto que Marx, en el prefacio del tomo primero de El Capital, declara que la guerra por la supresión de la esclavitud en América es el indicio de un nuevo movimiento obrero en Europa occidental. Hemos señalado últimamente los principales acontecimientos que surgieron de la violenta subversión económica; ahora nos detendremos en el movimiento obrero mismo.
Comenzaremos por Inglaterra, primer país de movimiento obrero. En 1863 no quedaba nada del antiguo movimiento revolucionario cartista. Algún historiador afirma que el cartista había muerto desde la célebre experiencia de manifestación abortada, de 1848. En realidad, tuvo aún un período de expansión en el momento de la guerra de Crimea. Dirigido por Ernesto Johns, excelente orador y brillante publicista, que con la ayuda de Marx y de sus amigos había dado vida a la mejor publicación socialista de su tiempo, el cartismo pudo explotar durante la guerra de Crimea el descontento de las masas obreras, descontento que se reforzó particularmente al verse que, contrariamente a la esperanza general, esta guerra se prolongaba. Hubo meses durante los cuales la Gaceta Popular, órgano central de los cartistas, fue el periódico de más influencia. Los magníficos artículos de Marx contra Gladstone, y especialmente contra Palmerston, llamaron particularmente la atención. Mas este vuelo fue temporario. En seguida de terminar la guerra los cartistas se vieron privados de su periódico. Ello se debió no sólo a los disentimientos entre Johns y sus adversarios, sino también a razones más poderosas.
La primera reside en el auge prodigioso de la industria inglesa desde fines del año 1849. Verdad que hubo crisis pasajeras en ciertas ramas; sin embargo, la industria en su conjunto se hallaba en plena prosperidad. No existía el problema de la desocupación. Desde hacía cien años, jamás la industria inglesa había tenido tanta necesidad de mano de obra. La segunda razón está en la fuerte corriente emigratoria que de 1851 a 1855 llevó a los obreros ingleses a los Estados Unidos y a Australia donde se habían descubierto ricas minas de oro. En el transcurso de pocos años dos millones de obreros dejaron para siempre a Inglaterra y estos obreros, como ocurre siempre en semejantes condiciones eran el elemento más fuerte, más vigoroso, más enérgico. De modo que el movimiento obrero y con él el movimiento cartista, perdieron la mayor parte de sus fuerzas. A estas razones fundamentales puede agregarse toda una serie de razones secundarias.
A medida que se debilitaba la organización cartista se debilitaba igualmente la relación que existía entre los diferentes movimientos. De 1840 a 1850 el movimiento cartista estaba ya en lucha contra el movimiento profesional. Pero las otras formas de movimiento obrero tendían igualmente a especializarse, a separarse del tronco primitivo. Es esta una particularidad del movimiento inglés de la época. Su historia nos muestra con frecuencia a distintas organizaciones especiales, que comienzan de súbito a desarrollarse y que a veces llegan con rapidez a agrupar a millares de miembros. Una de estas organizaciones, por ejemplo, se propuso como finalidad la lucha contra la embriaguez. La organización cartista seguía la línea que ofrecía menor resistencia. Antes había ensayado combatir el alcoholismo entre sus miembros. Ahora se había asignado como fin especial la fundación en toda Inglaterra de sociedades de templanza, de modo  que desvió a numerosos elementos del movimiento obrero general. Luego existía otro movimiento, el movimiento cooperativo, dirigido por los socialistas cristianos, pues ya en el movimiento cartista hemos visto a sacerdotes. En una de nuestras conferencias hemos recordado el nombre de un revolucionario, el pastos Stephens, que fue, hacia 1845, uno de los oradores más populares. Más tarde evolucionó considerablemente hacia la derecha y a su alrededor se agruparon varios filántropos y almas buenas que fueron a los medios obreros a predicar el cristianismo práctico y la quiebra política del movimiento cartista, colocando en primer plano la organización de sociedades cooperativas. Como este movimiento no causaba daño alguno a las clases dominantes, fue secundado hasta por los miembros del partido gobernante. Atrajo a algunos intelectuales compadecidos de los sufrimientos de la clase obrera. Así, pues, del movimiento obrero surgió una nueva rama que se propuso un fin especial.
No enumeramos todas las formas particulares del movimiento obrero; sólo nos detendremos  en el movimiento profesional. Este movimiento no encuentra, es verdad, en los años que siguieron a 1850, condiciones de desarrollo tan favorables como el movimiento cooperativo o la lucha contra el alcoholismo; pero choca con una resistencia menos poderosa que el viejo movimiento cartista. En 1851 se funda en Inglaterra la primera y sólida unión nacional de obreros de  la construcción mecánica. Está dirigida por dos obreros enérgicos que logran sobrepujar el espíritu puramente corporativo del movimiento profesional inglés, la tendencia a no organizar uniones sino para uno o dos condados solamente. No hay que olvidar que las condiciones de la industria inglesa dificultan considerablemente la extensión de las uniones. Casi toda la industria textil estaba concentrada en dos condados, de igual modo que en Rusia se concentra en las gobernaciones de Moscú y de Ivanovo – Vozeneseensk, cada uno de los cuales, evidentemente es mucho más grande que un condado inglés. Pero el defecto principal de los sindicatos ingleses no residía en su poca expansión territorial, sino en su estrechez corporativa. Cada profesión, en una sola y misma industria, se organizaba en unión especial. Por esto el movimiento profesional, que tuvo un fuerte desarrollo después de 1850, no se hallaba en condiciones de crear formas de organización que permitieran organizar en vasta escala la lucha contra los industriales. En tanto que la industria prospera, la mayor parte de los obreros obtienen fácilmente aumento de salario. Además, los industriales, en franca competencia, por el aumento de los salarios y mejoramiento de las condiciones de trabajo trataban de atraerse a los obreros, demasiado escasos para satisfacer las necesidades de las nuevas ramas que surgían en la industria. Durante esos años el capitalismo se esforzó en atraer a Inglaterra a obreros del continente, alemanes, franceses, belgas.
En tales condiciones el movimiento profesional, aunque se desarrollara poco a poco, quedó sin embargo, a un nivel muy bajo. Las distintas uniones que se formaron en las ramas de la misma industria permanecían divididas en el país y aún en los límites de una ciudad. Los consejos locales no existían.
La crisis de 1857 – 1858 trajo considerables cambios en la situación. Como hemos dicho, el sindicato mejor organizado era el de los obreros de la construcción mecánica, compuesto por los trabajadores más calificados. Esta industria, lo mismo que la textil, no trabajaba únicamente para el mercado interior. A partir de 1850 ambas llegan a ser industrias privilegiadas que gozan del monopolio en el mercado mundial; los obreros calificados empleados en ellas obtienen fácilmente concesiones de los industriales, que realizan ganancias enormes. De tal suerte, la “unión sagrada” entre patrones y obreros comienza a establecerse. Las consecuencias de la crisis a pesar de su agudeza, se borran rápidamente. La distancia entre obreros calificados y los que no lo son aumenta de día en día, lo que contribuye a debilitar, en esas ramas de la industria, el movimiento huelguista.
Pero no todos los obreros están tranquilos. La crisis tuvo una repercusión particularmente fuerte sobre los obreros de la edificación, que desde entonces están a la cabeza en la lucha de la clase obrera inglesa, como lo habían estado los textiles alrededor de 1840 y los obreros de la construcción mecánica hacia 1850.
El desarrollo del capitalismo provocó un aumento extraordinario de la población urbana y, por consecuencia, una necesidad cada día mayor de alojamiento. De ahí la prosperidad de la industria de la edificación. Hacia 1840 Inglaterra construyó afiebrada mente ferrocarriles y hacía 1850 atravesó por una especie de fiebre de edificar. Las nuevas casas se elevaron por millares y llegaron a ser una mercancía a igual título que el algodón o la lana. Por su organización técnica, la industria de la edificación se hallaba aún en el estadio manufacturero, pero ya estaba en manos de los grandes capitalistas. El empresario de construcciones afirmaba el terreno y construía centenares de casas, que en seguida alquilaba o vendía. Las casas inglesas no se parecen a las rusas; son, por lo general, pequeñas casas de ladrillos construidas según un modelo único; a veces tienen sólo dos o tres pisos, cuya superficie total no sobrepasa a la de un departamento de cuatro o cinco piezas en Moscú, pero en vez de estar yuxtapuestas se hallan la una sobre la otra. Esto ha hecho que algunos economistas de allí contasen fábulas sobre los obreros ingleses que, decían ocupan toda una casa. En realidad, las casas de los obreros ingleses están atiborradas de inquilinos como un asilo nocturno.
El desarrollo de la industria de la edificación atrajo a la ciudad a un gran número de obreros de la campiña. Esta industria es bastante compleja y exige obreros de distintas clases. Emplea a carpinteros yeseros, albañiles, tapiceros, en una palabra, no solo a los obreros que intervienen en la construcción, sino también en el arreglo y en la decoración de una casa. El desarrollo de la edificación está estrechamente unido al de la industria del mueble, de la tapicería y del arte. El aumento considerable de la población urbana provoca igualmente el desarrollo de la gran industria del calzado y del vestido.
En consecuencia, la crisis de 1857 – 1858 tuvo una repercusión especialmente fuerte sobre estas nuevas ramas de la producción capitalista. Innumerables obreros quedaron sin trabajo y constituyeron el ejército de competencia de los demás trabajadores. Los industriales resolvieron aprovecharse de esta circunstancia para oprimir a los obreros, rebajar los salarios y aumentar la jornada de trabajo. Con gran sorpresa de los industriales, los obreros respondieron en 1859, con una huelga en masa, lo que fue una de las más grandes huelgas habidas en Londres. Además la huelga de los obreros de la edificación fue sostenida por los trabajadores de las nuevas ramas industriales que acababan de crearse. Esta atrajo tanto la atención de Europa como los acontecimientos políticos que se producían entonces. Hasta en los diarios y revistas moscovitas hemos encontrado, sobre esta huelga, correspondencias más extensas que las que a veces se publican en los diarios soviéticos sobre ciertas huelgas de Europa occidental. Tal huelga dio origen a una serie de asambleas y mítines. Entre los oradores se halla con frecuencia el nombre de Cremer, quien en el mitin de Hyde Park declaró que la huelga de los obreros de la edificación era la primera escaramuza entre la economía del trabajo y la economía del capital. Otros obreros, como Odger, hicieron igualmente una agitación intensa. Se editaron varias proclamas. Señalemos de paso, que la famosa conversación entre el obrero y el capitalista, una de las páginas más brillantes del Capital, está en parte calcada casi textualmente de la proclama lanzada por los obreros durante la huelga de 1859 – 1860.
Esa huelga, que, al cabo de algún tiempo, terminó por un compromiso, hizo que en Londres se organizara el primer consejo de las uniones gremiales. Los tres principales dirigentes de este consejo fueron Odger, Cremer y Howel, obreros los tres miembros más tarde del primer consejo general de la I Internacional. Ya en 1861 este consejo es una de las organizaciones más influyentes. Como ocurrió con nuestros primeros “soviets”, se transforma igualmente en una organización política que se esfuerza por actuar en todos los acontecimientos que interesan a los obreros. A la manera de de este consejo, se crearon otros en muchos lugares de Inglaterra y de Escocia, de suerte que en 1862 hay nuevamente en Inglaterra organizaciones obreras de clase. Los centros políticos y económicos de esas organizaciones son los consejos de las uniones gremiales (trade-unions).
Veamos ahora Francia, país en donde los estragos de la crisis no fueron menos fuertes que en Inglaterra. Ella repercutió hondamente sobre la industria textil, así como sobre toda la industria de objetos de lujo. Como ya hemos referido, la guerra emprendida por Napoleón en 1859 fue un medio de desviar el descontento de los obreros. A principios de 1860 la crisis afectó particularmente a la industria artística parisiense. Pero París era también una ciudad populosa, con un gran desarrollo desde 1850, donde florecía igualmente la industria de la edificación. Una de las grandes reformas de Napoleón III fue la reconstrucción de toda una serie de barrios y la supresión de las viejas calles estrechas, que fueron transformadas en anchas y en avenidas, donde era imposible levantar barricadas. Durante algunos años, el prefecto de París, Haussmann, se ocupó de la reconstrucción metódica de la ciudad. Así, pues, de igual modo que en Londres, gran número de obreros de la edificación se hallaban en París. Fueron los que, desde los peones hasta los obreros más altamente calificados, constituyeron los principales cuadros del nuevo movimiento obrero que se desenvolvió a partir de 1860. Cuando se conozca detalladamente la historia de la I Internacional en Francia se comprobará que la mayoría de sus miembros, y entre ellos los más eminentes, fueron obreros calificados de la edificación y de la industria artística.
El resurgimiento del movimiento obrero después de 1860 hizo renacer los viejos grupos socialistas, de entre los cuales hay que mencionar en primer lugar a los proudhonianos. En esa época aún vivía Proudhon, que después de algún tiempo de encarcelamiento emigró a Bélgica y, directamente o por intermedio de sus adeptos ejerció cierta influencia en el movimiento. Pero la doctrina que predicaba después de 1860 era un poco distinta de la que desenvolvía en el momento de su polémica con Marx. Era una teoría completamente pacífica adaptada al movimiento obrero legal. Los proudhoniaanos querían el mejoramiento de la situación de los obreros, y los medios que para tal efecto proponían se adaptaban principalmente a las condiciones de vida de los artesanos. El principal de tales medios era el crédito con interés muy bajo y si fuera posible sin  ninguno. Para tal efecto recomendaban la organización de sociedades de crédito, cuyos miembros se ayudarían y se prestarían mutuamente servicios. De aquí el nombre de mutualismo. Sociedad de ayuda mutua, renuncia a las huelgas, legalización de las sociedades obreras, crédito sin interés, ninguna intervención en la lucha política directa, mejoramiento de la situación por la sola lucha económica que, desde luego, no debe atentar contra las bases del régimen capitalista: tal es, en sustancia, el programa de los mutualistas que, bajo algunos aspectos, es más moderado que el de su maestro.
Paralelamente a ese grupo había otro todavía más a la derecha, dirigido por el periodista Armando Levy, otrora estrechamente relacionado con la emigración polaca y preceptor de los hijos del poeta Mickiewicz. Estaba en estrechas relaciones con el príncipe Plon – plon, a quién ya conocemos como protector del señor Vogt.
El tercer grupo, el menos numeroso, pero compuesto exclusivamente de revolucionarios, era el de los blanquistas, que desarrollaban su propaganda entre los obreros, los intelectuales, los estudiantes y los literatos. A este grupo pertenecían, entre otros, Pablo Lafargue y Carlos Longuer, más tarde yernos, ambos, de Carlos Marx.
Clemenceau también frecuentaba esos círculos. Todos esos jóvenes y los obreros estaban bajo la influencia de Blanqui que, aunque encarcelado entonces mantenía frecuentes relaciones con el exterior y entrevistas con sus amigos. Eran los blanquistas los enemigos más encarnizados del imperio napoleónico y se dedicaban a la propaganda clandestina.
Tal era el estado del movimiento obrero en Inglaterra y en Francia hacia 1862, en cuya época se producen varios acontecimientos que motivan un más estrecho contacto entre los obreros franceses e ingleses. Da posibilidad a este acercamiento la exposición universal de Londres. Esta exposición es el remate de un nuevo estadio de la producción capitalista, de la gran industria que hace desaparecer los países aislados para transformarlos en una parte de la economía mundial. La primera exposición fue organizada en Londres en 1851, después de la revolución de febrero; la segunda, en París, en 1855, y la tercera nuevamente en Londres.
Esta exposición permite realizar en París una agitación entre los obreros. El grupo de Armando Levy se dirige al presidente de la comisión organizadora de la sección francesa. El presidente, que era el príncipe Plon-plon, hizo entregar subsidios para el envío de una delegación obrera.
Esa generosidad provocó discusiones acaloradas en todos los talleres parisienses. Los blanquistas, es evidente, se pusieron categóricamente contra la aceptación de esa limosna del gobierno. Pero otro grupo, donde predominaban los mutualistas, no era de la misma opinión. Este opinaba que era necesario provechar la posibilidad legal. El dinero – decían – ha sido entregado para enviar delegados obreros. Es necesario exigir que la delegación no sea nombrada por las autoridades, sino elegida por los talleres. Esta elección permitirá desarrollar una excelente propaganda y los obreros tratarán de hacer triunfar sus candidatos.
Este grupo, dirigido por dos obreros, Tolain y Perrachón, llego a imponer su punto de vista. Las elecciones en los talleres fueron autorizadas y elegidos casi todos los candidatos del segundo grupo. Los blanquistas hicieron el vacío a las elecciones: en cuanto al grupo Levy, no obtuvo mandato alguno. De este modo fue organizada la delegación de los obreros parisienses. También de Alemania fue una delegación a Londres, delegación estrechamente vinculada al grupo de trabajadores que había asumido la organización del congreso y se había relacionado con Lasalle.
De tal suerte, la exposición universal de Londres permitió el encuentro de obreros franceses, ingleses y alemanes. Esos obreros se reunieron, efectivamente, y es a esa reunión a la que algún historiador hace remontar la fecha de fundación de la Internacional. Hemos recomendado el libro de Steklof sobre la historia de la Internacional; veamos lo que dice a propósito de la reunión en Londres:
La exposición universal de 1862 fue la ocasión que permitió a los obreros ingleses y a sus camaradas del continente vincularse y entenderse. En Londres… el 5 de agosto de 1862 se efectuó la recepción solemne de setenta delegados obreros franceses por sus camaradas ingleses. En los discursos pronunciados en esa ocasión, se habla de la necesidad de establecer una vinculación internacional entre los proletarios que, como hombres, ciudadanos y trabajadores, tienen los mismos intereses y las mismas aspiraciones.
Esto es, por desgracia, una leyenda. En realidad, esa reunión como hemos demostrado hace tiempo, tuvo un carácter completamente distinto. Se efectuó con la participación y la aprobación de los representantes de la burguesía y de las clases dirigentes, y los discursos que allí se pronunciaron no ofendieron a los patrones ni alarmaron a la policía, pues los capitalistas ingleses que durante la huelga de los obreros de la edificación fueron los dirigentes de los empresarios, también participaron de la reunión. Los trade-unionistas ingleses se negaron ostensiblemente a participar en ese mitin. He aquí por qué no se puede considerar esa reunión como el comienzo de la Internacional.
Lo único cierto es que, si habían llegado obreros de Alemania y Francia a Londres, debían encontrarse con los obreros franceses y alemanes emigrados después de 1848. El lugar donde se encontraron los obreros de diferentes nacionalidades, después de 1850, fue la sociedad de educación obrera fundada en 1840 por Schapper y sus camaradas. El refectorio y el café de esta sociedad estaban situados precisamente en el barrio donde se alojaron los extranjeros. Hasta la guerra imperialista, una de cuyas primeras víctimas fue la sociedad obrera alemana, que contaba ya setenta y cuatro años de existencia, este barrió continuó siendo el centro de reunión de los extranjeros. Es esto lo que hemos podido comprobar personalmente durante nuestra residencia en Londres, donde obtuvimos en 1909 y 1910 para trabajar en el Museo Británico. No existía entonces otro paraje donde se pudieran encontrar tantos obreros extranjeros. Después de la declaración de guerra, el gobierno inglés se apresuró a clausurar el club alemán.
Verdad es que en Londres algunos miembros de la delegación francesa entraron en relación con viejos emigrados franceses, de igual modo que los obreros alemanes de Leipzig y de Berlín renovaron su amistad con los viejos camaradas. Pero esto no fue otra cosa que relaciones fortuitas de naturaleza tan poco propicia para conducir a la fundación de la Internacional como la reunión del 5 de agosto, a la cual Steklof, siguiendo a otros historiadores, atribuye esa importancia.
Pero dos hechos muy importantes se produjeron entonces. El primero fue  la guerra civil de los Estados Unidos. La cuestión de la abolición de esclavitud, como ya he dicho, estaba desde algún tiempo a la orden del día. Llego a revestir particular agudeza y condujo a un conflicto tan violento entre los Estados del sur y los del norte que, para mantener la esclavitud, los primeros resolvieron separarse de la unión y constituirse en república independiente. Una guerra, que tuvo consecuencias inesperadas y muy desagradables para todo el mundo capitalista, estallo entonces. En esa época los Estados del sur poseían casi todo el monopolio de la producción de algodón, y abastecían la industria algodonera del mundo entero. Egipto producía entonces muy poco algodón; la India oriental y el Turquestán no suministraban ninguno al mercado europeo. De tal suerte, Europa se encontraba de golpe privada de algodón. Cuando la industria, en su conjunto se había complementado rehecho de la crisis de 1857-1858, una crisis sin precedentes alcanzo a la industria del algodón y afecto no solo a Inglaterra, sino también a Francia, a Alemania y aun a Rusia, en donde la fábrica de Projorof sufrió considerables pérdidas. La falta de algodón provoco un encarecimiento considerable de todas las otras primeras materias de la industria textil. Es verdad que los grandes capitalistas sufrieron menos que los otros, pues los pequeños y los medianos tuvieron que cerrar sus fábricas. Centenas de millares de obreros europeos se hallaron en la indigencia.
Los gobiernos se limitaron a dar limosnas miserables. Los obreros ingleses que, poco antes, durante la huelga de los obreros de la edificación, habían dado un ejemplo de solidaridad, se pusieron a organizar la obra de socorro. La iniciativa fue tomada por el consejo de Londres de las trade-uniones. Se constituyo un comité especial, y lo mismo se hizo en Francia, donde este comité fue dirigido por los representantes del grupo que había organizado la elección de la delegación obrera a la exposición a la exposición de Londres. Establecieron se  relaciones entre ambos comités. Así, los obreros ingleses y franceses tuvieron una nueva prueba de la estrecha ligazón de intereses que existía entre los obreros de diferentes países.
La guerra civil de los Estados Unidos provoco, de tal suerte, un violento trastorno en la vida económica de Europa y afecto por igual a los obreros ingleses, alemanes, franceses y hasta a los mismos obreros rusos de las provincias de Moscú y Vladimiro. Por eso en el prefacio del primer tomo del El Capital Marx escribe que la guerra de sucesión del siglo XIX ha sido el toque de alarma para la clases obrera, exactamente como la guerra de la independencia de los Estados Unidos contra Inglaterra fue el toque a rebato para la burguesía francesa de antes de la revolución.
Se produce entonces otro acontecimiento que interesa por igual a los obreros de diferentes países. La servidumbre acababa de ser abolida en Rusia y era preciso realizar una serie de reformas en las otras ramas de la administración y de la vida económica. Al mismo tiempo se reforzaba el movimiento revolucionario y exigía reivindicaciones más radicales. Las regiones fronterizas comprendida Polonia, se agitaban. El gobierno zarista escogió la ocasión para terminar de un golpe con la sedición exterior e interior; provocó la insurrección de Polonia, y al propio tiempo, con la ayuda de Katkof y de otros escritores venales, avivó el patriotismo pan-ruso. A. Muravief y a sus acólitos se asignó la tarea de reprimir la insurrección polaca.
En occidente, donde el zarismo era unánimemente odiado, la insurrección polaca despertó vivas simpatías. Distintos Estados, Francia e Inglaterra entre otros, dejaron en completa libertad de acción a los defensores de los sublevados polacos, buscando de esa manera dar una salida al descontento reinante entre los obreros. En Francia se organizaron varias asambleas, e igualmente un comité, en cuya dirección central estaban Tolain y Perrachón. En Inglaterra, Cremer y Odger por parte de los obreros, y el profesor Bessley por los intelectuales radicales, se ponen al frente del movimiento a favor de los polacos. En abril de 1863 convocan en Londres un gran mitin presidido por el profesor Beesley y en el cual Cremer pronuncia un discurso para defender a los polacos. La asamblea adopta una resolución por la cual se decide que los obreros franceses e ingleses ejerzan presión sobre sus gobiernos respectivos para hacerlos intervenir a favor de Polonia. Se decidió también organizar un mitin internacional. Este mitin se realizó en Londres presidido por el mismo Beesley, el 22 de julio de 1863. Odger y Cremer hablaron en nombre de los obreros ingleses y Tolain en el de los franceses. Todos ellos demostraron la necesidad de restaurar la independencia de Polonia. Este fue el objeto único de sus discursos. Pero al otro día se efectúo una reunión, que ordinariamente no mencionan los historiadores de la Internacional. Ella fue organizada por iniciativa del consejo londinense de las trade-uniones, pero esta vez sin la participación de los elementos burgueses. Odger demostró allí la necesidad de una unión más estrecha entre los obreros ingleses y los del continente. El problema se planteó concretamente. Ya hemos dicho que los obreros ingleses soportaban la fuerte competencia de los obreros franceses y belgas y especialmente de los obreros alemanes. En esta época la elaboración del pan, que estaba ya en manos de grandes empresas, la hacían principalmente obreros alemanes; numerosos obreros franceses trabajaban en las construcciones, en el moblaje y en la industria del arte. Por eso los trade-unionistas buscaban todas las oportunidades para influir sobre los obreros extranjeros llegados a Inglaterra, Además, una organización que agrupara a los obreros de diferentes nacionalidades era el medio mas fácil de lograr sus propósitos.
Se decidió que los obreros ingleses dirigieran un llamamiento a los obreros franceses; transcurrieron cerca de tres meses antes de que este llamamiento fuera sometido a la aprobación de las trade-uniones de Londres. Fue escrito principalmente por Odger, quien, probablemente, se inspiro hasta cierto punto en el mensaje de simpatía enviado por Tomas Haron a los revolucionarios franceses a fines del siglo XVIII.
En esta época la insurrección polaca acababa de ser reprimida, con una ferocidad inaudita, por el gobierno zarista. El mensaje no habla casi de ella. Para tener una idea de su carácter, leeremos el pasaje siguiente.
La fraternidad de los pueblos es extremadamente necesaria dentro del interés de los obreros. Cada vez que tentamos mejorar nuestra situación por medio de la reducción de la jornada de trabajo o del aumento de los salarios, los capitalistas nos amenazan con contratar obreros franceses, belgas y alemanas, que realizarían nuestro trabajo por un salario menos elevado. Por desgracia, esta amenaza se cumple muchas veces . la culpa, es verdad, no es de los camaradas del continente, sino exclusivamente de la ausencia de toda inteligencia regular entre los asalariados de los distintos países, hay que esperar, sin embargo, que esta situación terminara pronto, pues nuestros esfuerzos para lograr que los obreros mal pagados se pongan al nivel de los que reciben salarios elevados, impedirán bien pronto que los empresarios pueden servirse de algunos de nosotros contra nosotros mismos para hacer descender nuestro nivel de vida conforme con su espíritu mercantil.
El mensaje fue traducido al francés por el profesor Beesley y enviado a París en noviembre 1863. En París sirvió de base para la agitación en los talleres. Pero la respuesta de los obreros franceses se hizo esperar largo tiempo. Se preparaba entonces para las elecciones complementarias del cuerpo legislativo que debían efectuarse en marzo de 1864. Y en esa ocasión, un grupo de obreros, entre los que figuraban Tolain  y Perrachon, plantearon una cuestión muy importante: ¿los obreros deben tener sus propios candidatos o deben limitarse a sostener a los candidatos radicales? En otros términos, ¿es necesario separarse netamente de la oposición burguesa e intervenir con una plataforma especial o se debe marchar a remolque de los partidos burgueses? Esta cuestión fue ardientemente discutida a fines de 1863 y a comienzo de 1864. Se resolvió intervenir por separado y sostener la candidatura de Tolain. Se decidió igualmente expresar los fundamentos de esta ruptura con la democracia burguesa en una plataforma especial que, de acuerdo con el número de firmantes, recibió el nombre de Manifiesto de los sesenta. En su parte teórica, en su parte crítica del régimen burgués este manifiesto responde enteramente al espíritu proudhoniano. Pero, al propio tiempo, se aparta claramente del programa político del maestro preconiza la formación de una organización política especial de los obreros y reclama que se sostengan candidaturas obreras al parlamento, a fin de poder defender allí los intereses del proletariado.
Prodhon aprobó ardientemente el Manifiesto de los sesenta y escribió a este respecto un libro que es una de sus mejores obras. Lo compuso en los últimos meses de su vida, pero murió antes de su aparición. Se titula esta obra De la capacidad política de la clase obrera; en ella Proudhon reconoce a los obreros el derecho de poseer una organización de clase independiente. Aprueba el nuevo programa de los obreros de París, en el cual ve la mejor demostración de la gran capacidad política que tiene la clase obrera. Aunque mantenga su viejo punto de vista sobre las huelgas y las asociaciones de ayuda mutua, su libro, por su espíritu de protesta contra la sociedad burguesa y su tendencia proletaria, recuerda su primera obra sobre la propiedad. Esta apología de la clase obrera llega a ser uno de los libros preferidos de los obreros franceses. Y cuando se habla de la influencia de las doctrinas de Proudhon en la época de la I Internacional, no hay que olvidar que se trata de la doctrina de proudhon tal como resulta después de la publicación del Manifiesto de los sesenta. Bajo esta forma el proudhonismo ha tenido una gran influencia en la orientación de los intelectuales revolucionarios rusos. La obra póstuma de proudhon está traducida al ruso por uno de nuestros publicistas, N. Mikhailovsky.
Transcurrió casi un año antes que la clase obrera parisiense redactara una respuesta. Para llevarla a Londres fue designada una comisión especial. Para la recepción de esta delegación, se organizó una asamblea el28 de septiembre de 1864, en el salón Saint-Martín, del centro de la ciudad. Beesley presidía. El salón estaba repleto. Primero leyó Odger el manifiesto de los obreros ingleses. El manifiesto de los franceses fue leído por Tolain. He aquí un extracto:
Progreso universal, división del trabajo, libertad de comercio, he aquí los tres factores que deben atraer nuestra atención, pues son susceptibles de transformar radicalmente la vida económica de la sociedad. Constreñidos por la fuerza de las cosas y por las necesidades del tiempo, los capitalistas han constituido poderosas uniones financieras e industriales. Si nosotros no tomamos medidas de defensa, seremos despiadadamente aplastados. Nosotros obreros de todos los países, debemos unirnos y oponer una barrera infranqueable al orden de cosas existentes, que amenaza dividir a la humanidad en una masa de hombres hambrientos y furiosos de una parte, y de la otra en una oligarquía de reyes de la banca y de burgueses cebados. Ayudémonos los unos a los otros para conseguir nuestro propósito.
Los obreros franceses también presentaron un proyecto de organización. Se debía de constituir en Londres una comisión central compuesta de los representantes de todos los países, y en todas las principales ciudades de Europa subcomisiones en contacto con esta comisión central, que sometería a su examen algunas cuestiones. El organismo central debía elaborar la orden del día. Para la determinación definitiva de la forma de organización se convocaría un congreso internacional en Bélgica. Pero, se dirá, ¿cuál fue la participación de Marx? Ninguna. Ya hemos relatado en todos sus detalles la preparación de la jornada del 28 de septiembre de 1864, a la que hacemos remontar la historia de la Internacional, para saber que todo lo que se hizo en esta asamblea, desde el principio hasta el fin, fue obra de los obreros mismos. Hasta el presente no he tenido que mencionar una sola vez el nombre de Marx, no obstante que él asistió a esta memorable asamblea en calidad de invitado. ¿Cómo se halló participando en la misma? La respuesta a esta cuestión nos la da una notita que por azar he encontrado entre los papeles de Marx:
“Al señor Marx. Señor, el Comité de organización del mitin os ruega respetuosamente queráis asistir a él. A la presentación de esta nota podréis entrar en la sala, donde a las siete y media hora se reunirá el Comité. Vuestro afectísimo.
Cremer.”
Al hallar esta carta nos preguntamos que pudo inducir a Cremer a invitar a Marx. ¿Por qué esta invitación no fue dirigida a muchos otros emigrados radicados entonces en Londres y en más estrechas relaciones que Marx con los ingleses y franceses? ¿Por qué Marx fue elegido para el Comité de la futura sociedad internacional?
A este respecto pueden hacerse diferentes conjeturas; la que tiene más apariencias de ser verdad es la siguiente. Hemos ya señalado el papel representado por la sociedad obrera alemana, cuyos locales eran en Londres punto de reunión de los obreros de los diversos países. Esta sociedad adquirió mayor importancia aún cuando los obreros ingleses comprendieron la necesidad de ligarse con los alemanes para evitar los perjuicios de la competencia de los obreros que por intermedio de agentes los empresarios atraían a Londres. De ahí las estrechas relaciones personales con los miembros de la vieja Liga de los comunistas: Eccarius, Lessner y Pfender. Los dos primeros eran sastres y el tercero, yesero pintor, trabajaba en construcciones. Todos participaban activamente en el movimiento gremial londinense y conocían muy bien a los organizadores y dirigentes del consejo londinense de las trade-uniones. Verosímilmente, se debe a esta circunstancia que Cremer y Odger conocieran a Marx, quien precisamente con motivo del asunto Vogt había reiniciado sus relaciones con la sociedad obrera alemana.
Así pues, el verdadero papel de Marx, que no fue el fundador de la I Internacional, pero de la que llegó a ser muy pronto el principal orientador, sólo comienza luego de la fundación de esta internacional. Hemos visto que el comité elegido en la asamblea del 28 de septiembre no recibió ninguna directiva; no tenía ni programa, ni estatutos, ni siquiera nombre. Existía ya en Londres una sociedad internacional, la “Liga general”, que ofreció hospitalidad al Comité. En las actas de la primera asamblea realizada por este Comité figuran los nombres de los representantes de esta Liga, que no eran sino perfectos burgueses. Ellos tampoco propusieron al nuevo Comité la fundación de una nueva sociedad. Algunos de ellos hablaban de la organización de una nueva asociación internacional en la que podrían ingresar no solamente los obreros sino todos los que aspirasen a una unión internacional y al mejoramiento de la situación política y económica de las masas trabajadoras. Y es a instancias de los trabajadores, Eccarius y Vitlock, este último viejo “cartista”.
El nombre dado a la nueva asociación internacional fijó inmediatamente su carácter, pues en seguida fueron alejados los burgueses de la “Liga general”: el Comité fue invitado a buscarse otro local. Pudo, felizmente, encontrar un pequeño local no lejos de la sociedad obrera alemana y en el mismo barrio donde vivían los emigrados y obreros extranjeros.
Desde que la sociedad fue denominada, pusiéronse a  componer el programa y a redactar los estatutos. Para comprender lo que pasó en seguida hay que imaginarse una sesión del comité ejecutivo de Petrogrado o de Moscú donde se desarrolla una lucha entre varias fracciones o partidos. El mejor medio de hacer triunfar su resolución es ponerse de acuerdo para obtener una mayoría. Es lo que saben muy bien todos los miembros de un comité de barrio cualquiera; es lo que sabían también los miembros del comité de la Internacional. Y, yendo a la sesión, no olvidaron llevar con ellos el mayor número posible de amigos, sólo que así, desgraciadamente, el comité se encontraba formado por los elementos más diferentes.
Había, en primer lugar, ingleses que, ellos mismos, se dividían en varios grupos: trade-unionistas, viejos cartistas, viejos owenistas. Había franceses muy poco versados en las cuestiones económicas, pero considerados como especialistas del arte revolucionario. Había también italianos, muy influyentes entonces porque estaban dirigidos por un hombre muy popular entre los ingleses, el viejo revolucionarios Mazzini, republicano ardiente y al mismo tiempo religioso. Se hallaban allí emigrados polacos, para los cuales la cuestión polaca estaba en primer plano; estaban, por último, algunos alemanes, todos ex miembros de la Liga de los comunistas: Eccarius, Lessner, Lochner, Pfender y, por último. Carlos Marx.
Fueron presentados diferentes proyectos. Los italianos presentaron un proyecto redactado poco más o menos de acuerdo con el modelo del proyecto francés. En la subcomisión en la cual Marx participó, defendió sus tesis y, por último, se le encargó que presentase su proyecto a la secretaría del comité. En la cuarta sesión – era el 1º de noviembre de 1864 – el proyecto de Marx, con algunas insignificantes modificaciones de forma, fue adoptado por aplastante mayoría.
¿Cómo se logro eso? A riesgo de comprometer a Marx a vuestros ojos debemos decir que eso no se logró sin compromisos, sin conciliación. Como él mismo lo dice en una carta dirigida a Engels, “debió introducir en los estatutos y en el programa algunos términos como “derecho”, “moralidad” y “justicia”, pero los introdujo de modo tal que no podían resultar perjudiciales”.
Pero no es ese el secreto del éxito de Marx, no es así cómo logró en una asamblea tan reñida la aprobación casi unánime de sus tesis. El secreto de su éxito reside en el talento extraordinario (lo que reconoce hasta su enemigo Bakunin) que puso en la composición del Manifiesto inaugural de la Internacional. Como lo reconoce Marx en la misma carta a Engels, era extremadamente difícil exponer los puntos de vista comunistas bajo una forma que los hiciera aceptables para el movimiento obrero de entonces. Era imposible emplear el lenguaje audaz y revolucionario del Manifiesto Comunista. Había que esforzarse en ser violento en el fondo y moderado en la forma; y Marx se desempeñó brillantemente en esta tarea.
Este Manifiesto fue escrito diecisiete años después del Manifiesto Comunista. Aquél y el Manifiesto son, pues del mismo autor, pero las épocas en que fueron escritos y las organizaciones para las cuales y a nombre de las cuales fueron compuestos, difieren profundamente. El Manifiesto Comunista fue compuesto en nombre de un pequeño grupo de revolucionarios y de comunistas para un movimiento obrero muy joven todavía. Pero ya entonces advertían que no exponían principios especiales con el propósito de imponerlos al movimiento obrero; que se  esforzaban solamente en hacer resaltar en este movimiento los intereses generales del proletariado de todos los países, independientemente de las nacionalidades.
En 1864 el movimiento obrero se había engrandecido considerablemente, adquirido carácter de masas, pero desde el punto de vista del desarrollo de la conciencia de clase estaba considerablemente en retardo con respecto a la pequeña vanguardia revolucionaria de 1848. El nuevo estado mayor de este movimiento, en nombre del cual Marx escribía entonces, no estaba menos atrasado con respecto a la mencionada vanguardia. Era preciso escribir el nuevo manifiesto sin olvidar el nivel de desarrollo del movimiento obrero y de sus dirigentes, sin renunciar, sin embargo, a ninguna de las tesis fundamentales del Manifiesto comunista.
Conocemos la táctica del frente único adoptada por la Internacional comunista. Y Marx en su nuevo manifiesto, da un ejemplo clásico de la aplicación de esta táctica. Formula allí las reivindicaciones y señala todos los puntos alrededor de los cuales se puede y se debe unir a las masas obreras y sobre cuya base se puede proseguir el desarrollo de la conciencia de clase de los obreros. Las reivindicaciones inmediatas del proletariado formuladas por Marx comportan lógicamente las otras reivindicaciones del Manifiesto comunista.
Bajo todos esos aspectos Marx tenía, ciertamente, una superioridad inmensa sobre Mazzini, sobre los revolucionarios franceses y sobre los socialistas ingleses que estaban en la dirección de la Internacional. Sin modificar en nada sus principios fundamentales, logró, durante esos diecisiete años, efectuar un trabajo inmenso. En esa época había terminado el esbozo de  su obra gigantesca y se ocupaba en rehacer el primer tomo de El Capital. Marx era entonces el único hombre en el mundo que había estudiado muy bien la situación de la clase obrera y comprendido de igual modo el mecanismo de la sociedad capitalista. En toda Inglaterra no existía un solo hombre que se hubiera impuesto, como él, el trabajo de estudiar todos los informes de los inspectores de fábricas y los trabajos de las comisiones parlamentarias referentes a la situación de las diferentes ramas de la industria y de las diferentes categorías del proletariado urbano y rural. Marx estaba mucho más versado en esta cuestión que los obreros que eran miembros del comité. Este comprendía a panaderos, que conocían perfectamente la situación en su oficio: zapateros, al corriente de lo que se refiere a la industria del calzado; carpinteros y yeseros, informados de la situación de los obreros de la construcción; pero sólo estaba Marx con un conocimiento a fondo de la situación de las categorías más diferentes de la clase obrera y sabiendo vincularlas con las leyes de la producción capitalista.
El talento de agitador de Marx se evidencia en la composición misma de este manifiesto. De igual modo que en el Manifiesto Comunista, parte del hecho fundamental del desenvolvimiento histórico, del movimiento político, de la lucha de clases; así, no comienza el nuevo manifiesto con frases generales, con objetivos elevados, sino con los hechos que caracterizan la situación de la clase obrera.
Es positivo que la miseria de la clase obrera no disminuyó en el período 1848 – 1864, y, sin embargo, ese período excepcional no tiene ejemplo en los anales de la historia por el progreso realizado por la industria y el comercio.
Refiriéndose al discurso de Gladstone en la Cámara de los comunes, Marx muestra  que, aún  cuando el comercio en Gran Bretaña se triplicó desde 1843, las nueve décimas parte de los hombres están forzados a realizar una lucha encarnizada sólo para asegurar su subsistencia. Los criminales en las cárceles comen mejor que muchas categorías de obreros.
Refiriéndose a los documentos de las comisiones parlamentarias Marx señala que la gran mayoría de la clase obrera se alimenta insuficientemente, degenera, es presa de las enfermedades, en tanto que las clases poseedoras acrecen monstruosamente sus riquezas.
Marx deduce de ello que, a despecho de las aserciones de los economistas burgueses, ni el perfeccionamiento de las máquinas, ni la aplicación de la ciencia a la industria, ni el descubrimiento de nuevas colonias, ni la emigración, ni la creación de nuevos mercados, ni la libertad de comercio pueden suprimir los males de la clase obrera. De ahí deduce, como el Manifiesto, que en tanto que el régimen social permanezca sobre sus viejas bases, todo nuevo desenvolvimiento de la fuerza de producción del trabajo no hará más que ampliar y ahondar el abismo que divide ahora a las diferentes clases y revelar aún más el antagonismo que existe entre ellas.
Después de indicar las razones que contribuyeron a la derrota obrera de 1848 y provocaron en ella la apatía que caracteriza el período de 1849 a 1859, Marx expone algunas de las conquistas hechas por los obreros durante ese período.
Ante todo, la ley sobre la jornada de diez horas. A despecho de todas las aserciones de los satélites del capital, Marx señala que la reducción de la jornada, lejos de perjudicar el rendimiento del trabajo lo ha, por el contrario, aumentado. Esta ley, por lo demás, ha evidenciado el triunfo del principio de la intervención del Estado en el dominio económico sobre el viejo principio de la libre competencia. Marx deduce, como en el Manifiesto Comunista, la necesidad para la clase obrera de someter la producción al control y dirección de la sociedad toda, pues sólo una producción social así concebida realiza el principio fundamental de la economía política de la clase obrera. Así, la ley de la jornada de diez horas no ha sido solamente un éxito práctico; señala la victoria de la economía política de la clase obrera sobre la economía política de la burguesía.
Otra conquista está representada por las cooperativas fabriles fundadas a iniciativa de los obreros. Pero, difiriendo en ello de Lasalle, que consideraba las asociaciones de producción como el punto de partida para la transformación de toda la sociedad, Marx no sobreestima su importancia práctica. Al contrario, las preconiza únicamente para mostrar a las masas obreras que la producción en grande dirigida según los métodos científicos puede efectuarse y desenvolverse sin la clase capitalista que explota el trabajo obrero; que los medios de producción no deben ser el monopolio de individuos y transformarse  en instrumentos de violencia y de esclavitud; que el salariado, como la servidumbre, no es algo eterno, sino un estado transitorio, una forma inferior de la producción, que debe ceder el lugar a la producción social. Una vez deducidas estas conclusiones comunistas, Marx indica que, en tanto que estas asociaciones de producción se limitan a un círculo estrecho de obreros, no se hallan aun en estado de aliviar aunque sea un poco la situación de la clase obrera.
La producción cooperativa debe ser extendida a todo el país. Situando así la tarea de la transformación de la producción capitalista en producción socialista, Marx hace resaltar inmediatamente que esta transformación será contrarrestada por todos los medios por las clases dominantes; que los propietarios del suelo y los capitalistas utilizarán su poder político para defender sus privilegios económicos. Por esto el primer deber de la clase obrera consiste en conquistar el poder  político; según esto, para ello es necesario organizar en todas partes partidos obreros. Los obreros tienen en sí mismos un factor de éxito; su masa, su número. Pero esta masa sólo adquiere su fuerza cuando es compacta, unida, cuando está dirigida por la ciencia. Sin cohesión profunda, sin solidaridad, sin ayuda recíproca en la lucha por su emancipación, sin una organización nacional e internacional, los obreros están condenados al fracaso. Guiándose por estas consideraciones, agrega Marx, los obreros de diferentes países han resuelto fundar la Asociación internacional de los trabajadores.
Como se ve, con un arte sorprendente, bajo una forma moderada, Marx extrae de la situación efectiva de la clase obrera todas las deducciones fundamentales del Manifiesto Comunista: organización de clase del proletariado, derribo de la dominación de la burguesía, conquista del pode político por el proletariado, supresión del trabajo asalariado, nacionalización de todos los medios de producción.
Pero Marx – y con ello termina el Manifiesto inaugural- pone aún por delante otra tarea política extremadamente importante. La clase obrera no debe encerrarse en la esfera estrecha de la política nacional. Debe seguir con atención todos los problemas de la política exterior. Si el éxito de la obra de liberación de la clase obrera depende de la solidaridad fraternal de los obreros de todos los países, no puede cumplir su misión si las clases que dirigen la política exterior aprovechan sus prejuicios nacionales para poner a los obreros de diferentes países los unos contra los otros, derramar en las guerras de rapiña la sangre del pueblo y despilfarrar su haber. Por esto, es llegado el tiempo de que los obreros aprendan a conocer todos los secretos de la política internacional; deben vigilar la diplomacia de sus gobiernos respectivos, resistirla, en caso de necesidad, por todos los medios y unirse en una protesta unánime contra los manejos criminales de los Estados. Ha llegado el tiempo de terminar con este estado de cosas, donde el engaño, la expoliación, el robo, están autorizados en las relaciones entre los pueblos, es decir, un estado de cosas donde todas las reglas, consideradas como obligatorias en las relaciones entre las personas privadas, son violadas.
Hemos expuesto las ideas fundamentales de este notable manifiesto. En seguida examinaremos los estatutos y las tesis primordiales, porque a su alrededor se trabó una lucha furiosa entre Bakunin y Marx.

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