Author: marxismo | Date: 28/04/2012 | No Comments »

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Foto Ctm News: http://ctmnews.tumblr.com/page/3

Articulo original publicado en:

http://ciperchile.cl/2012/04/23/%C2%BFel-cae-esta-volviendo-mas-pobres-a-los-pobres/

Una de las convicciones más arraigadas entre los economistas es que quien llega a la educación superior necesariamente mejora sus ingresos. Sostenida como verdad incuestionable, esa idea ha servido para implementar políticas como el Fondo Solidario y el CAE y para alegar que el estudiante universitario debe pagar. Un reciente estudio del CEP puso en duda esta afirmación, mostrando que la promesa de mejores ingresos no se está cumpliendo. En este interesante texto el sociólogo José Ossandón va un paso más allá. Sostiene que la convicción económica de “más estudios igual más ingresos” llevó al fisco a diferenciar entre los pobres y los que eran pobres hoy pero mañana, gracias a sus estudios, se podrían volver de clase media o alta. A estos últimos se los dejó solos, por la probabilidad estadística de que dejaran de ser pobres. Pero no han dejado de serlo. Y peor, están endeudados a 25 años. Para Ossandón con el CAE podemos estar presenciando los efectos de la peor política pública jamás diseñada: la que hace más pobres a los pobres.


Una importante discusión está sucediendo estos días en Chile. Esto desde que el economista del CEP Sergio Urzúa reunió un conjunto de datos que cuestionan el supuesto de que la renta privada de la educación superior en Chile supera siempre el valor de la inversión. Estos resultados no son tan sorprendentes si consideramos que la matrícula de la educación terciaria se ha ampliado de modo muy acelerado, existen muchos tipos de instituciones con calidad muy dispar y los costos de los aranceles son generalmente altos. En este contexto resulta esperable que para algunas carreras, en algunos establecimientos, el costo de estudiar sea mayor a la rentabilidad futura de esta inversión. Sin embargo, la investigación de Urzúa es muy importante pues pone en cuestión un verdadero dogma en la discusión local: la “teoría del Capital Humano”. Para el autor, la lección que deja su trabajo es que debería mejorar la información disponible de modo que los futuros estudiantes pueden decidir mejor a la hora de seguir estudios superiores o tomar un crédito para financiarlos. A mi juicio estos resultados son aun mucho más relevantes. Pero, para poder entender su impacto, es necesario dar un breve rodeo por la reciente discusión acerca del rol de algunas fórmulas económica en la sociedad actual.

Del papel al CAE

Las ciencias sociales – con excepción de la economía – han sido generalmente reticentes al uso de fórmulas matemáticas para el análisis de la vida social. Esto pues estos modelos serían una representación abstracta incapaz de considerar la riqueza de la vida colectiva que intentan describir o modelar. Una aproximación muy diferente, no obstante, ha sido desarrollada recientemente por el investigador de la Universidad de Edimburgo Donald MacKenzie. MacKenzie ha estudiado cuidadosamente la historia de un caso muy particular, la fórmula de Black-Scholes utilizada en la valoración de bienes derivados en los mercados financieros. La particularidad de este modelo, que posteriormente terminó significando el premio Nobel para sus autores, es que rápidamente dejó de ser una especulación académica y se constituyó en una herramienta utilizada en la construcción práctica de derivados. En palabras de MacKenzie, este tipo de fórmulas no deben ser evaluadas solamente como una “cámara”, que representa con más o menos talento lo que observa, sino que como un “motor” que transforma y produce el mercado donde es utilizada.

“Si se confirman los resultados de Urzúa, el CAE puede terminar siendo uno de los mayores desastres de políticas públicas en el país. No sólo por el gasto estatal involucrado, sino porque podrá tener como resultado estudiantes más endeudados e incluso más pobres que al comienzo”.

Esta vuelta por la reciente sociología de las fórmulas es necesaria, pues la discusión a la que apunta Urzúa se relaciona directamente con otro modelo económico: la teoría del Capital Humano. Desde esta perspectiva, asociada generalmente con el clásico libro del profesor de Chicago y también premio Nobel, Gary Becker, se comprende la educación de modo análogo a una inversión financiera (por eso la palabra “capital”) y se orienta a medir empíricamente el retorno de esta inversión. La formulación matemática más extendida de esta idea se asocia al trabajo de otro economista, Jacob Mincer, el autor de la ecuación que lleva su nombre. A partir de los datos disponibles en su tiempo y la teoría del capital humano, como decisión racional comparable a una inversión privada, Mincer elaboró una fórmula que conecta experiencia, edad y educación con el (log del) ingreso laboral.

Tal como otros modelos científicos las ecuaciones de Mincer han sido ampliamente discutidas. Por ejemplo, se ha cuestionado la forma de la función que conecta edad e ingreso, el modo de interacción entre experiencia y años de educación, o si la educación debe ser entendida como una inversión tradicional o una señal en un contexto de información limitada. Por su parte, en las otras ciencias sociales se ha debatido de modo más bien crítico la analogía entre educación e inversión supuesta por este marco conceptual o, incluso, se han sugerido otros tipos de “capital”. Todo esto es muy importante, pero no es el punto de nuestra historia. El asunto clave acá es, parafraseando a MacKensie, el momento en que el capital humano en Chile dejo de ser una cámara y se transformó en un motor. Esto sucedió a principios de los ochenta con la creación del hoy denominado Fondo Solidario de Crédito Universitario (FSCU).

La lógica del FSCU es simple. La educación superior tiene altos retornos privados por lo que no debería ser directamente financiada por el Estado, sino que por aquellos que serán los beneficiarios directos de estos retornos: los estudiantes y sus familias. El problema (como había notado Friedman varias décadas atrás) es que algunos no tendrán los recursos necesarios para pagar los aranceles estudiantiles, de modo que la política correcta debería facilitar el acceso al financiamiento para aquellos que lo necesiten. En otras palabras, más que un subsidio un préstamo. Sin embargo, como los bancos no financian a personas sin garantías suficientes, se decidió crear un fondo de crédito estatal. Suena lógico, pero es al mismo tiempo muy radical, incluso para los ya muy radicales estándares de la política económica de la Dictadura. Esto pues el Crédito Universitario implicó el siguiente giro: el Estado subsidiario ya no debía excluir de su red de apoyo a los que tienen ingresos suficientes para pagar los servicios por cuenta propia, sino que también a los que en el futuro contarán con recursos suficientes. Se distinguió entonces entre dos tipos de pobres: aquellos que seguirán siendo pobres y aquellos que dejarán de serlo, a estos últimos les corresponde un crédito. Así la relación entre las variables de Mincer dejó de ser un asunto de probabilidades y pasó a ser asumida como un dato.

Sin embargo, según ha documentado Oscar Cariceo, el FSCU no cumplió con su misión original. En efecto, en sus diferentes versiones este fondo ha sido objeto de duras crítica pues nunca se habría dado con un mecanismo eficiente de recuperación de las deudas. En términos de los economistas involucrados en esta discusión: el FSCU terminó siendo más un subsidio que un crédito. La solución a este problema, tal como le gusta destacar a los dirigentes estudiantiles, llegó durante un gobierno social-demócrata, cuando, con la idea de extender el financiamiento a la educación superior, se creó un nuevo instrumento: el Crédito Universitario con Aval del Estado (CAE). En términos conceptuales el CAE no es muy diferente al FSCU, ambos se sustentan en el supuesto de que dado el alto retorno privado de la educación superior no corresponde un subsidio sino que un crédito, pero son organizados de un modo muy diferente. Mientras que la selección y administración del FSCU recaía en las Universidades, los beneficiarios del CAE son seleccionados por una agencia estatal creada con este propósito y los créditos son reunidos en paquetes que son licitados a bancos comerciales, cuya inversión es garantizada por una opción de re-venta de los créditos a la agencia estatal.

“Es muy diferente entender que una persona tendrá mejores probabilidades de tener un ingreso digno si estudia en una institución de educación superior a asumir que esa persona será menos pobre por ir a la universidad”.

Como segunda particularidad, el CAE se orientó no sólo a las Universidades del Consejo de Rectores, sino a todas las instituciones de educación superior acreditadas, lo que generó, al menos, dos efectos inesperados. Por una parte, la acreditación, que hasta ese momento se orientaba principalmente a mejorar la información para quienes buscan dónde estudiar, se constituyó en el requisito necesario para acceder a alumnos con créditos. Metafóricamente podríamos decir que pasó de ser una señal de mercado a algo así como la llave de la cañería hacia recursos hasta ese momento inexistentes, transformando para siempre el negocio de las agencias acreditadoras. Paralelamente, y de modo no muy sorpresivo asumiendo que las familias entienden que la educación superior es un bien al que se debe acceder, los precios de los aranceles no han bajado sino que han subido consistentemente.

El desastre del Capital Humano: posibles lecciones

Por fin estamos en condiciones de entender la relevancia del trabajo de Urzúa. En caso de que se sustente su resultado de que la educación superior no tiene retornos privados positivos para una proporción importante de estudiantes, podemos sacar al menos tres importantes conclusiones.

Primero, debería iniciarse una investigación que evalúe la información que se utilizó a la hora de tomar la decisión del CAE como política pública. Si se confirman los resultados de Urzúa, el CAE puede terminar siendo uno de los mayores desastres de políticas públicas en el país. No sólo por el gasto estatal involucrado, o porque se habría sustentado en un supuesto erróneo, sino porque podrá tener como resultado estudiantes más endeudados e incluso más pobres que al comienzo.

Segundo, es importante evaluar si este es un caso de lo que algunos autores han denominado como “reactividad”, o aquellas situaciones donde el uso de una fórmula o ranking cambia directamente lo que mide. En este caso: la evidencia respecto al capital humano en Chile se utiliza para sustentar el CAE, el CAE cambia la matrícula y el contexto de la educación superior, produciendo una situación totalmente diferente al de la medición original. En otras palabras, incluso si la información que se utilizó para diseñar el CAE era correcta, cabe preguntarse si se consideró seriamente, al momento de lanzar la política, el efecto del CAE mismo sobre el retorno privado futuro de la educación superior en Chile.

Tercero, y quizás más importante que las anteriores, cabe cuestionar la viabilidad de orientar la focalización de las políticas públicas según criterios probabilísticos. Es muy diferente entender que una persona tendrá mejores probabilidades de tener un ingreso digno si estudia en una institución de educación superior a asumir que esa persona será menos pobre por ir a la universidad. Creo que acá corresponde actuar bajo el principio de precaución. El capital humano es una teoría, a lo más un modelo estadístico, y como tal puede establecer intervalos de probabilidad para individuos en determinadas condiciones, lo que no es suficiente para establecer quién debe o no recibir ayuda pública. En otras palabras: dejemos de asumir a personas pobres que podrían eventualmente dejar de ser pobres en el futuro como no pobres hoy.

* Sobre este tema lea también la investigación de CIPER: CAE: Cómo se creó y opera el crédito que le deja a los bancos ganancias por $150 mil millones.

Author: marxismo | Date: 22/04/2012 | No Comments »

 

Andrés Figueroa Cornejo

1. Si el contenido del Estado es síntesis de la hegemonía de la minoría capitalista, entonces sus políticas económicas, estratégicamente, expresan sus intereses. Incluso si el Estado siempre es representación –como en menor escala, cualquier territorio de relaciones de poder de una sociedad en un momento dado- de un campo en permanente disputa mientras existan clases sociales de intereses irreconciliables. Es decir, existe Estado porque existen clases sociales de intereses antagónicos. Que un buen día no haya Estado es síntoma simplemente de que no hay clases sociales. La maldición de que las grandes mayorías tengan que hacerse del Estado para implementar provisoriamente las tareas de planificación racional, orden y defensa, y promoción cultural, política y económica de sus intereses, es el trago amargo y tránsito hacia una sociedad gobernada directa y creativamente por la propia sociedad. Así y todo, ese Estado que todavía no existe, dada la acumulación histórica de los trabajadores y el pueblo, ya debe contener las formas de la democracia más radical y su control colectivo necesario para evitar, a como dé lugar,  la formación de una casta privilegiada que haga y diga a nombre de los intereses de las clases subalternas devenidas en hegemonía.  No vale la pena recordar los males de las experiencias no capitalistas del siglo XX; como en su momento, sí tiene sentido recordar sus aciertos respecto del capitalismo.

En general, bajo el capitalismo en su fase imperialista y para mantener su tasa de ganancia sobre el movimiento objetivo de la acumulación concentrada del valor socialmente producido versus la desigualdad realmente existente; del capitalismo gobernado por el momento financiero y especulativo sobre el resto de los momentos del capital; de la intensificación de la explotación del trabajo asalariado y la acumulación originaria incesante mediante el despojo de los recursos naturales y derechos sociales obtenidos en su fase anterior por la propia lucha de clases y relaciones de fuerza mundiales; el Estado funciona como arma, escudo y aval de las clases propietarias. Si las grandes mayorías tuvieran la organización y fuerzas suficientes, no sólo podrían arrancar superiores beneficios sociales del excedente de su propio trabajo acumulado por el Estado de los que mandan aún, sino que por dinámica objetiva –de la cual es parte sustantiva la voluntad y naturaleza de su propia conducción política, o conciencia resumida- tendrían que destruir el actual Estado, y construir otro en vistas a su extinción definitiva.

2. En Argentina y más allá, para los de arriba, la fiebre bipolar, maniquea, de caricatura de alto contraste, tiene como forma coyuntural la compra del 51 % de YPF por el Estado argentino. Por un lado, está el discurso multiplicado de un capitalismo acuartelado en sus fundamentos más primitivos y representado por el diario La Nación y su área de producción mediática de contenidos, que pone de modo delirante una medida política-económica casi a la altura de lo que significó la Revolución Cubana para los intereses de las clases dominantes. Soterradamente invoca a los cuarteles, dibuja a la versión peronista y pequeño burguesa del gobierno de turno como si fuera el Caballo de Troya de sus terrores y aleona a la oligarquía contra la iniciativa de la administración CFK. Es decir, sin contexto, sobreideologizadamente, sobreactuando, la conciencia más integrista de la clase mandante en Argentina –siempre dependiente, rentista y subordinada al gran capital sin patria-, excéntricamente, procura cautelar el programa abstracto, sin táctica y maximalista de los peores manuales del ultraliberalismo garabateados luego de la implosión de la URSS.

Por otra parte, el gobierno argentino, desde sus propios dispositivos mediáticos, transforma la compra y conversión en propiedad mixta de los recursos petroleros del país, en un acto soberanista también súper explotado en términos propagandísticos, cargado de emotividad “nacional” y argentinidad abstracta, sin sujeto. No importan tanto las causas, los procedimientos y los efectos que tendrá la medida de media recompra de lo que se privatizó en los 90’, sino más bien, su dramatización para un público infantilizado políticamente.

3. Independientemente de las maneras –aunque son inseparables de los contenidos salvo en su momento analítico-, desde los intereses históricos del pueblo trabajador, resulta un contrasentido situarse contra la medida del Ejecutivo, refrendada a veces clientelar y oportunistamente por el Legislativo entero ante los eventuales réditos electorales provenientes de la popularidad de la iniciativa. En términos inmediatos, ella era necesaria frente a la rapacidad de Repsol y la crisis energética del país que situaban sus intereses privados contra un capítulo delicado de la gobernabilidad y el mistificado “pacto social” por arriba. Asimismo, la readquisición del 51 % del petróleo a nivel nacional y provincial, avivan nuevamente el mito de la desconexión y la autarquía económica de Argentina en la época de la mundialización del capitalismo. La medida de alto impacto mediático, esperanza a un costado de la llamada izquierda nacionalista y de paso, opaca problemas cruciales como el trabajo informalizado y precario de la mayoría de la fuerza laboral, la profundización del modelo soyero y primario extractivo, la transnacionalización pura y dura de la economía argentina, la crisis educacional y sanitaria, la corrupción  y la relación social desigual del 80 / 20, donde el 80 % de los argentinos sobrevive al día, y el 20 % goza del trabajo ajeno, entre otras tragedias propias del capitalismo.

Resulta infantil que el anticapitalismo esté contra la medida. Como resulta infantil que algunos crean que existe una agenda secreta de horizonte socialista en la cabeza del grupo de interés que administra coyunturalmente el Estado. La ‘argentinización’ del petróleo es el límite del programa de gobierno, no su punto de partida hacia una sociedad post capitalista. Las transformaciones estructurales en beneficio de las clases expoliadas son un desafío de las propias clases expoliadas. No caen verticalmente desde la ocurrencia, buena voluntad, filantropía o conspiración propopular de una administración gubernativa sin pueblo. Las fronteras de la democracia representativa, formal, caudillista, palaciega, resultan acotadas por muy populistas que sean o parezcan ser.

Ocurre que como la hegemonía precaria de los dueños de todo no ha tenido contratiempo alguno desde hace mucho tiempo, hasta una iniciativa que en rigor, no modifica el movimiento capitalista, resulta ‘peligrosa’. Y más por su ejemplo en otras latitudes que por lo que pierde en lo inmediato. Sin contar siquiera con los efectos de la crisis económica en curso y que en la actualidad hinca uno de sus centros en Europa y en España en particular. Efectivamente, existe una lógica de alarma y reacción del estatismo corporativo o del corporativismo y sus propios Estados ante cualquier ademán que pudiera eventualmente dañar sus intereses estructurales. La burguesía no teme el gesto de la reapropiación del 51 % de YPF. Teme un nuevo ciclo de luchas sociales y recomposición política de los trabajadores y empobrecidos del mundo. Teme a la revolución social, no a un impuesto a la lucha de clases. Teme que de la disputa y competencia destructiva intercapitalista se pase abiertamente a un período de combate político entre explotados y explotadores.

Por ello las fuerzas anticapitalistas, su amplitud obligatoriamente generosa, unitaria, abarcadora, con proyecto para el siglo XXI, vocación de mayorías y no lo contrario, deben saludar sobriamente la ‘argentinización’ del petróleo. Que nadie estime que las ruedas de la historia caminan por inercia hacia la felicidad humana y que un gobierno práctica y declarativamente capitalista realizará las tareas que le corresponden por necesidad y sin atajos a la voluntad de los populares. Tácticamente es conveniente para los pueblos la medida de CFK.

En cuanto el movimiento real de las clases subalternas en pugna y organización ante el capital cobre vigor, la iniciativa parcial, absolutamente insuficiente de la presente administración política argentina, será un precedente para cambiar radicalmente la vida.

4. En otro contexto, bajo otras relaciones de fuerza, en el Chile de los años 60’ y la ‘Alianza para el Progreso’ impulsada por el imperialismo norteamericano a través del demócratacristiano Eduardo Frei Montalva, se sindicalizó al campesinado, se realizó una reforma agraria, hubo una reforma educacional que amplió la cobertura de la enseñanza pública y se ‘chilenizó’ el cobre. Es decir, Frei Montalva –años después colaborador del golpe de Estado de 1973 y paladín de los intereses imperialistas en Chile-, compró el 51 % del cobre o ‘sueldo de Chile’. Ello facilitó con creces la nacionalización plena (casi el 100 %) del metal rojo cuando el gobierno de Salvador Allende y la Unidad Popular. Es cierto, lo descrito arriba no es transferible mecánicamente a lo que ocurre en el mundo y en la Argentina de 2012. Pero sí enseña al menos, que una medida que tenía como fin domesticar la lucha social mediante un proyecto desarrollista imposible bajo la dependencia de los polos imperialistas y la ausencia de una ‘burguesía nacional revolucionaria’, sí puede facilitar -desde una alternativa política proveniente del pueblo concreto y en movimiento, y bajo una conducción política que exprese sus intereses genuinos- transformaciones que apunten a la descalcificación del orden de la minoría, y la creación de poder de la hegemonía multidimensional de los más, de los todos.

21 de abril de 2012

http://andresfigueroacornejo.blogspot.com/2012/04/argentinizacion-del-petroleo-las-cosas.html

Author: marxismo | Date: 15/04/2012 | No Comments »

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Escrito por Rui Faustino

Lunes, 31 de Mayo de 2004 16:50

Los 25 años pasados desde el 25 de Abril son una fecha demasiado importante para que la burguesía, sus políticos y sus periódicos la puedan pasar por alto. Sería demasiado obvio. Por eso hablan de ella, pero con el objetivo de ocultar lo que realmente pasó, para que la nueva generación de trabajadores no posea memoria de lo que sucedió en el 74/75, más allá de la fabricada por los ideólogos de la clase dominante.

La burguesía intenta transmitirnos la idea de que todo se trató de una simple revolución democrática, deseada, por otra parte, por todos los "portugueses de bien". Y, si tal transición no fue totalmente pacífica, fue porque se cometieron "excesos", "radicalismos", "locuras", que serían, claro, responsables de todo lo malo que sucedió en el país durante años. Se trata de la misma burguesía que negó los derechos democráticos a la clase trabajadora, para organizarse, para defenderse. La misma burguesía que durante décadas se lucró con los bajos salarios y las condiciones inhumanas a los que sujetó a los trabajadores con el auxilio de los soplones, de los pides asesinos y de todo el aparato represivo. La misma burguesía que durante años no dijo un ¡ay!… ¿Alguna vez un capitalista se pudrió en prisión? ¿O fue impedido de decir o hacer lo que le diera la gana?

Los "excesos", los "radicalismos" y las "locuras" a los que la burguesía se refiere fueron las ocupaciones de tierras y de casas desocupadas, la autogestión, las nacionalizaciones, las Comisiones de trabajadores, vecinos y soldados que discutían, decidían y ejecutaban (es decir, los órganos del poder obrero embrionario). La "locura" fue, en definitiva, la acción heroica de la clase trabajadora de derribar el capitalismo, de expropiar a sus expropiadores, de transformar radicalmente la sociedad porque sólo el socialismo podía y puede satisfacer nuestras aspiraciones. Los trabajadores no hicieron la revolución para "decidir, una vez cada cierto número de años, qué miembros de la clase dominante han de oprimir y aplastar al pueblo en el Parlamento" (Lenin, El Estado y la revolución). Los trabajadores hicieron una revolución para cambiar el mundo. La revolución del 74/75 fue una revolución proletaria.

Antecedentes para la revolución

No se trata de semántica. Todas las revoluciones poseen un carácter de clase. Es decir, en todas las revoluciones existe un grupo social que arrastra a los demás en la lucha contra lo que es arcaico y está sobrepasado históricamente, y, claro, contra los que se oponen a la desaparición del viejo orden.

También en Portugal la burguesía hizo su propia revolución. Entre 1820 y 1834 (cuando los miguelistas y la antigua nobleza fueron definitivamente derrotados) la burguesía y sus políticos llevaron a cabo una lucha contra el viejo orden feudal, llegando hasta el punto de la guerra civil. Esto no tiene nada de sorprendente si pensamos que ninguna clase dominante, a lo largo de la historia, dejó de luchar por todos los medios y hasta las últimas consecuencias para mantener sus privilegios y posición social.

La burguesía portuguesa destruyó entonces, lo que quedaba de las viejas relaciones feudales de producción y el Estado absolutista que sobre ellas se erguía, a través de la desaparición del diezmo y la sisa (impuesto de transmisión de propiedades) y las restricciones al comercio y la producción. Abolió el mayorazgo (los privilegios del hijo varón primogénito) y expropió las órdenes religiosas monacales, volviendo plenas la posesión y transacción de la tierra. Implantó una Constitución y creó un parlamento, separando los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

Pero la burguesía era demasiado débil. Esto sólo era consecuencia del atraso económico del país, con una industria incipiente, un comercio arruinado por la independencia de Brasil, el lastre de los terratenientes y, como corolario, el escaso peso social de la burguesía. El resultado de todo esto fue la incapacidad de la burguesía portuguesa de llevar a cabo el conjunto de tareas históricas que le competían a su revolución.

Al contrario de lo que ocurrió en la Revolución Francesa de 1789, la burguesía portuguesa fue incapaz de llevar a cabo una reforma agraria que repartiese la gran propiedad entre los campesinos. No acabó con los latifundios de la nobleza, y las tierras expropiadas a la Iglesia fueron divididas entre ella y los latifundistas. Fue incapaz de proceder a la modernización del país. El ímpetu de progreso del fontismo fue sólo posible gracias al período de crecimiento general que el capitalismo disfrutó entre 1848 y 1870. No consiguió alterar el papel de Portugal en la división internacional del trabajo; no liberó al país de la asfixiante tutela del imperialismo inglés, que era el principal socio comercial. Finalmente, no sólo no abolió la monarquía, sino que tuvo que apoyarse en uno de los partidos dinásticos que luchaban por el trono. Para colmo, fue obligada a aceptar una Constitución otorgada por Don Pedro y no redactada por los políticos burgueses, una Constitución que, por cierto, ¡permaneció en vigor, con alteraciones mínimas, hasta la implantación de la República en 1910! Y no es necesario comentar lo que significó la carrera de la burguesía para conseguir títulos nobiliarios después de la victoria sobre la antigua nobleza…

Todas las revoluciones tienen un carácter de clase. Ahora bien, no todas las revoluciones cambian las relaciones sociales de producción. La revolución republicana, por ejemplo, sólo llevó a cabo cambios políticos, cambios en cuanto a la forma de organización del Estado, conservando las relaciones sociales existentes. Pero la implantación de la República no fue sólo una revolución política. Fue, también, la última oportunidad de la burguesía de jugar un papel progresista.

Dificultades estructurales del desarrollo capitalista en Portugal

Éste no es el lugar para tratar a fondo la historia de la I República. Pero importa retener algunas cosas. Una vez más la burguesía portuguesa fue incapaz de llevar a cabo las tareas que le competían históricamente. Estos fracasos no se dieron por casualidad o mala suerte. Para modernizar el país, para impulsar su industrialización, eran necesarias tres cosas: capitales, mercados y mano de obra.

Los capitales eran escasos y, además, teniendo en cuenta la cerrada competencia externa —en especial la británica—, no eran invertidos en su mayor parte en la industria. Era mucho más seguro invertir en la adquisición de inmuebles, en la especulación, en el comercio y en la financiación de la deuda pública a través de títulos del Tesoro. Fue lo que la burguesía hizo. Buscando un buen margen de beneficio, se inhibió de invertir en la industria, precisamente al contrario que en los países avanzados.

El mercado interno era escaso, debido a la baja renta de una población dividida entre una masa de campesinos que disponían de poco más que lo suficiente para vivir, un proletariado cuyos salarios siempre estaban bajo presión por la "necesidad de abaratamiento del factor trabajo" y una pequeña burguesía urbana muy frágil. El atraso del campo, a su vez, limitaba la adquisición de productos industriales. Quedaban los mercados coloniales, pues los restantes, los de los países desarrollados, estaban excluidos por la débil productividad de la economía portuguesa, sin posibilidades de vencer en el mercado mundial.

Finalmente, la mano de obra sólo podía ser liberada en el campo con la modernización agrícola, mas ésta era imposible mientras la estructura social agraria permaneciese dividida en una enorme base de millares y millares de familias campesinas sin capital, muchas veces sin tierra o con poca tierra, y una oligarquía agraria que no sentía ningún estímulo para invertir, al disponer de una vasta y barata mano de obra. Era precisamente esta composición social del campo lo que confería poder e influencia a los terratenientes.

Alterar la posición relativa de Portugal en la división internacional del trabajo, esto es, su papel en el mercado mundial, significaba enfrentarse a los intereses ingleses, que tutelaban, de hecho, la economía nacional. Esto no se podía hacer. El capitalismo portugués necesitaba los capitales y préstamos internacionales, sobre todo británicos. También necesitaba los mercados coloniales. No se podía, simplemente, enfrentarse a "la señora de los mares" (Gran Bretaña); además, la burguesía portuguesa temía que los conflictos anglo-germanos se resolviesen con el reparto de las colonias lusas. En la cuestión de la dependencia imperialista del país los burgueses tenían las manos atadas, y si se realizaba una política proteccionista no era lo suficientemente agresiva como para eliminar la cuota de mercado interno de los exportadores británicos. Los políticos republicanos burgueses, una vez en el poder, abandonaron la retórica nacionalista y anti inglesa para convertirse a las "razones de Estado". Las mismas "razones de Estado" que estuvieron detrás de la participación en la guerra imperialista de 1914-18 al lado de la "vieja aliada".

También tenía la burguesía que expropiar a los latifundistas, abrir paso a la modernización del campo, liberar mano de obra para la industria y, en fin, modernizar el país. Pero no podía. Para llevar a cabo esa tarea necesitaba apoyarse en el proletariado y en las masas de la pequeña burguesía urbana (como se vio cada vez que frenó una intentona monárquica). La burguesía industrial no se oponía al latifundio, a las dimensiones de la propiedad agraria. Ciertamente, le molestaba la excesiva influencia de los intereses latifundistas, pero en el fondo temía más al "pueblo" que a la reacción ultramontana. Al contrario que la burguesía francesa en 1789, no lideró a la "nación" contra los obstáculos que el viejo orden se obstinaba en ponerle en su camino. La burguesía portuguesa se desarrolló de forma lenta, cobarde e indolente.

La dictadura de Salazar

Perdiendo apoyo social, enredado en una pavorosa crisis financiera —sólo en 1921 el escudo pierde cuatro veces su valor en relación a la libra, y los precios, con un índice 100 en 1910, llegaron a 2.658 (!) en 1924—, sufriendo los problemas propios de la debilidad económica del país, sumergiéndose en una inestabilidad política extrema (26 Gobiernos, 3 golpes militares, 4 elecciones generales y sólo un mandato presidencial completo, en el período 1919-1926), y siendo ya más un estorbo que un apoyo para los negocios, el régimen parlamentario burgués zozobraba.

La burguesía se daba cuenta de que su propio sistema político no funcionaba, clamaba por la desaparición de los sindicatos y partidos obreros. Aspiraba a un Gobierno que administrase sus intereses comunes, que fuese un árbitro supremo entre sus diferentes sectores, y, sobre todo, que fuese capaz de imponer orden. ¡Orden en los presupuestos! ¡Orden en el Estado! ¡Orden en las calles! Aspiraba a un Estado fuerte y apelaba abiertamente a los militares. Y, finalmente, el golpe vino. ¡Saludado hasta por "demócratas" republicanos!

El Estado Novo (la dictadura salazarista) fue la solución que permitió gestionar los intereses divergentes de las clases poseedoras y contener al naciente movimiento obrero y el descontento de las masas populares. Al contrario que los de Italia o Alemania, el fascismo portugués nunca llegó a contar con apoyo de masas, aunque en los años treinta se realizaran las escenificaciones de poder del fascismo portugués. Constitucionalmente la organización estatal era semejante, pero en Portugal el régimen nunca llegó a poder utilizar realmente la pequeña burguesía urbana como un ariete contra el proletariado. Su principal base de apoyo no estaba en la ciudad, sino en el campo. El Portugal "bucólico" y "honrado" no era sólo un sueño acariciado por el dictador. Por el contrario, si Salazar estaba al frente del Estado era porque el régimen, para mantenerse, necesitaba el apoyo del "Portugal de las pequeñas cosas": el pequeño comercio, la pequeña industria, la pequeña propiedad agraria. Mas, simultáneamente, el régimen no podía enajenarse el apoyo de la gran burguesía industrial y comercial. No sólo por la fuerza e influencia que tenían, sino también porque el Estado Novo precisaba de ferrocarriles, infraestructuras, armamento y progreso industrial, esenciales para mantener, por lo menos, su posición relativa en el concierto de las naciones. Fue en este equilibrio precario, balanceándose entre las diversas facciones, en el que el Estado Novo, Estado bonapartista, autoritario y antiobrero, se mantuvo. Pero con él se mantuvieron los problemas crónicos de desarrollo de Portugal. Un nuevo impulso tenía que llegar para sacudir la estructura socioeconómica del país.

Los límites del capitalismo portugués

Finalmente, la industrialización en Portugal sólo arrancó en los años cincuenta. Con apoyos, inversiones y préstamos externos, y con la lenta acumulación de los sectores industriales y financieros, los platos de la balanza comenzaban a caer. El Estado tomaban por entonces un papel activo en el proceso a través de los Planes de Fomento, de inversiones necesarias para el desarrollo industrial (sobre todo, la electrificación) y del lanzamiento de nuevas actividades (abonos, pasta de papel, siderurgia y metalurgia), de la fijación de precios, con el crédito barato y selectivo, con la división preferencial de mercados, con exenciones fiscales, etc.

A través de las leyes de regulación de la industria, de un proteccionismo más agresivo que protegía las industrias portuguesas de la competencia externa, de una imposición de bajos salarios por la opresión directa a la clase trabajadora, el Estado, interviniendo directamente en el proceso económico, aceleraba la modernización. Al mismo tiempo favorecía la concentración de capital y la monopolización virtual de la economía por un puñado de grandes grupos.

Cuando se da la revolución, en 1974, la economía portuguesa está dominada por siete grandes grupos: CUF, Espírito Santo, Champalimaud, Português do Atlântico, Borges & Irmâo, Nacional Ultramarino y Fonsecas & Burnay. El dominio de las siete grandes familias se expresaba bien en dos datos: en 1971, siete bancos disponían del 83% de los depósitos y de las carteras comerciales, mientras que el 0,4% de las sociedades detentaba el 53% del capital total de todas las sociedades. En 1972, el 16,5% de todas las empresas industriales producía el 73% de la producción industrial. En la práctica, numerosas empresas que no pertenecían a las siete familias estaban supeditadas a sus decisiones.

El grupo CUF, el mayor del país, poseía, además de banca y seguros, más de cien empresas en los sectores químico, de jabones, de óleos, refinados y petroquímica, de minas, de metalurgia, de aparatos eléctricos, de construcción naval, de transportes marítimos, de tabaco y textil, de celulosa y papel, inmobiliario, de comercio, de hostelería, agrícola, de sociedades coloniales, etc., etc.

En el campo la concentración de propiedad no era menor. Basta referirse a que en 1968 las 1.140 explotaciones de más de 500 hectáreas suponían el 30,3% del total, esto es, ¡lo mismo que 631.482 explotaciones con menos de 4 hectáreas! Más que palabras, estas cifras eran un verdadero programa para la revolución social en los campos.

Portugal entraba en la fase superior del capitalismo descrita por Lenin, caracterizada por una situación de monopolio de sectores enteros y del conjunto de la economía, a través, no sólo de la concentración horizontal, sino también de la vertical (un mismo grupo controlando todas las etapas de una determinada producción), por la fusión entre el capital financiero y productivo y la subordinación de éste al primero, por su carácter progresivamente parasitario y especulativo (entre 1968 y 1972 los capitales y fondos de reserva de los principales bancos pasan de 7,3 a 13,3 miles de millones de escudos.

Además, el Estado colaboraba activamente con los grandes monopolios. Su acción no se resumía sólo en beneficiar a los monopolios a través de exenciones fiscales y subvenciones, de la redistribución de la plusvalía mediante los presupuestos, de la ampliación de un mercado privilegiado y garantizado a los monopolios a través del consumo público. La acción del Estado incluía el mantenimiento de infraestructuras no rentables y el refuerzo del sector estatal a través de la nacionalización de aquellos sectores de la economía absolutamente indispensables para el funcionamiento de ésta, pero que no proporcionaban un margen de beneficio satisfactorio o incluso eran deficitarios. Además, el Estado participaba directamente con capital en varias de las principales empresas, auxiliando así a los grandes capitalistas en la liquidez necesaria para la inversión.

El crecimiento económico es, de hecho, muy rápido, pero no debemos perder de vista que se partía de un nivel muy bajo y que todo esto sucedió durante el período de auge capitalista de 1948-73. Entre 1960 y 1973 la producción creció una media anual del 6,7%; el crecimiento de las industrias transformadoras fue del 9,2%, constituyéndose así en el motor de la economía; tal observación queda todavía más clara cuando verificamos que la productividad de la industria crecía a una tasa anual del 7,3%. Los sectores que más rápidamente crecían eran las nuevas industrias, como la química y los plásticos, las industrias metálicas de base y las de productos metálicos. La excepción más notoria era el crecimiento acelerado de la producción textil, que, aun perteneciendo a la estructura tradicional, se beneficiaba del desarrollo de las exportaciones. El sector servicios, con un desarrollo naturalmente más tardío, no desafinaba del cuadro general. Sólo la agricultura permanecía atrás; verdadero talón de Aquiles de la economía portuguesa, vio perder 600.000 empleos entre 1969 y 1973 (aunque el 32% de la población activa continuaba trabajando en el campo), no como resultado de un esfuerzo modernizador (las ganancias en productividad son casi nulas en todo este período), sino de una fuga masiva del empobrecimiento absoluto y relativo del campo. Ya entonces la agricultura era considerada un caso perdido para la "causa del progreso", y, en efecto, desaceleraba la tasa global de crecimiento.

Mientras tanto, en la medida que se desarrollaba el capital, se desarrollaba también el proletariado, y, chocando con las contradicciones del desarrollo capitalista en Portugal, alcanzando sus límites, "la burguesía no ha forjado solamente las armas que deben darle muerte; ha producido también los hombres que empuñarán esas armas: los obreros modernos, los proletarios" (Marx y Engels, El manifiesto comunista).

Los límites del modelo económico salazarista

No obstante si en un primer momento, a través de la regulación de la actividad productiva y de la competencia, el Estado favoreció la acumulación de capital y la promoción artificial de determinados grupos empresariales, posteriormente funcionaba como una traba. Esa reglamentación de los mercados, principalmente en la década de los sesenta, se convierte en un obstáculo para la libre expansión de los monopolios, permitiendo el mantenimiento de pequeñas empresas sin viabilidad. A pesar de que el número de patrones en la industria disminuyó entre 1960 y 1970 de 49.552 a 17.835, las empresas de menos de 20 trabajadores empleaban todavía al 20% de los obreros de la industria. No se trataba de que el Estado no desease favorecer a los grandes grupos, su actitud dubitativa y de posponer el acondicionamiento industrial revelaba su miedo a perder el apoyo de esa capa conformada por la pequeña y media burguesía.

Además, estaban las trabas que el Estado imponía a la inversión externa. Si esto beneficiaba a aquellos sectores de la clase dominante que temían la implantación de modernas unidades productivas de capital extranjero dirigidas al mercado nacional, era, al mismo tiempo, tremendamente frustrante para los capitalistas portugueses cuya estrategia pasaba, precisamente, por la asociación (aunque en una posición de supeditación) con el capital externo. Esta inversión extranjera pasará de 826.000 millones de escudos en 1970 a 2.726.000 millones de escudos en 1973.

Portugal había seguido hasta entonces una política de autarquía económica. Pero el desarrollo del capitalismo portugués unía, cada día más, la economía del país a la economía mundial. Las empresas necesitaban de más y más mercado: ¿de dónde recoger las materias primas, la energía, los avances técnicos, los capitales? ¿A dónde vender mucho, cada vez más? Todos los esfuerzos para levantar un "mercado único portugués", esto es, para basar el desarrollo económico en los mercados nacional y colonial, eran vanos. Los mercados de los países capitalistas desarrollados eran cada vez más importantes. El peso de las colonias en el total del comercio externo pasó del 18% en 1960 al 10% en 1974.

La entrada de Portugal en la EFTA en 1959 permitía el ingreso del país en una zona de libre comercio, también formada por Gran Bretaña, Suecia, Noruega, Dinamarca, Suiza y Austria. Esto implicaba una apertura arancelaria, aunque se excluyeron los productos agrícolas, se negociaron plazos prolongados para la eliminación de los derechos aduaneros que protegían la industria portuguesa, y se permitió plena autonomía tarifaria con otros países (por tanto, las relaciones privilegiadas con las colonias se mantuvieron). En este acuerdo se transparentan las debilidades del capitalismo portugués, y mostraba que el "orgullosamente solos" de Salazar entraba en abierta contradicción con las necesidades de expansión de las fuerzas productivas. Y, una vez más, la burguesía se dividía sobre cómo actuar; un sector apostaba claramente por la integración europea, otro se agarraba a la ilusión de un espacio económico portugués (con las colonias, claro).

El problema colonial era clave. El ala más estúpida y reaccionaria soñaba con más de cinco siglos de dominación colonial. Otro sector se daba cuenta de que tales sueños eran irreales, es más, se resentía de que cada vez más recursos fueran utilizados en una guerra sin final a la vista (en 1973, la guerra colonial consumía más del 40% de los presupuestos del Estado), obstaculizando, así, el ritmo de acumulación de capital y de inversión. El esfuerzo de guerra implicaba que, por ejemplo, el porcentaje de ejecución del Plan de Fomento sólo fuese del 84,5% en 1968 y del 73% en 1969. No era de extrañar que parte de la burguesía aspirase a que los créditos de guerra fuesen utilizados en otros sitios. Y, aun así, incluso para el sector más inteligente o "liberal" de la clase dominante, la independencia "pura y simple" de las colonias no era aceptable. Porque eso hubiera significado su eliminación de los mercados coloniales y, sobre todo, porque la victoria de la revolución colonial sería el dinamo de la revolución portuguesa. La solución que pretendía ese sector era un modelo neocolonialista que protegiese sus intereses. El único "pero" es que los pueblos de las colonias no podían esperar a la generosidad y al ritmo de la burguesía liberal portuguesa. Dividida, sin ninguna solución viable, la clase dominante estaba paralizada.

No se piense que lo que estaba agotado era sólo un modelo de desarrollo capitalista, que había una burguesía liberal que no tuvo oportunidad de llevar a cabo las reformas pretendidas. La historia ya había mostrado de qué calaña eran estos "liberales".

La burguesía, durante casi cincuenta años, jugó la carta de la represión al movimiento obrero, obteniendo su beneficio de los bajos salarios y las condiciones inhumanas de trabajo. Precisamente por esto, porque se basaba en la explotación de mano de obra barata, no invirtió lo necesario en máquinas y tecnología. En la medida que tuviese que enfrentarse a un duro choque, la estructura productiva portuguesa estaría en muy mala situación para hacer frente a la competencia externa.

Así, lejos de ser la tabla de salvación que algunos sectores esperaban, los mercados europeos se convertían rápidamente en un serio problema. El déficit de la balanza comercial pasó de 7.900 millones de escudos en 1964 a 17.700 en 1970 y a 28.400 en 1973. Las exportaciones comienzan a caer en 1973, a pesar de las primeras devaluaciones de moneda.

La tasa de beneficio bajaba en la industria; con ella, descendía el interés en la inversión productiva, y, de esta manera, se desviaban más y más capitales a la especulación financiera. El aumento de la formación bruta de capital fijo, o sea, del total de inversiones anuales en la producción, fue del 17,3% en 1966, del 5,7% en 1967, del 2,95% en 1968 y del 0,7% en 1969. Por otra parte, sólo en los cinco primeros meses del 73 el valor de las cotizaciones de títulos subió tanto como en los siete años anteriores, y el valor nominal de las acciones era ¡32 veces superior a su valor real! Con o sin 25 de Abril el crac de la Bolsa era absolutamente inevitable. Esa febril especulación alimentaba la explosión inflacionista: 11,5% en 1972, 19,2% en 1973. A medida que la economía capitalista mundial corría hacia la más grave crisis de sobreproducción de la posguerra, en 1973, que coincidió con el brutal aumento de los combustibles, la burguesía portuguesa se quedaba sin margen de maniobra.

La revolución en marcha

Lenin explicó muchas veces que para que explote una revolución y sea victoriosa son necesarias algunas premisas. La primera condición objetiva es la división en el seno de la clase dominante, y en Portugal, en vísperas del 25 de Abril, esa división saltaba a la vista. Un sector quería mantener todo como estaba, considerando que las más mínimas reformas provocarían una explosión. Apostaba todo a la represión y al mantenimiento del estado de cosas. Otro sector, más inteligente, comprendía que su dominio de clase sólo podría mantenerse a través de reformas por arriba que impidiesen la revolución por abajo. Unos y otros sólo divergían en la mejor forma de mantener sus privilegios de clase. Marcelo Caetano, en el papel de árbitro que le confería el puesto de dictador, tras la muerte de Salazar, apenas conseguía mantener un equilibrio entre estas dos alas de la clase dominante, que se expresaban políticamente en los ultras y los reformadores. Y esto era tanto más irónico cuanto que él mismo había tenido un recorrido político, desde la II Guerra Mundial, como tecnócrata reformador.

La segunda condición para una revolución, la neutralidad o incluso simpatía de la pequeña burguesía hacia el movimiento obrero, era evidente. Los estudiantes, que siempre son un barómetro muy sensible de la sociedad, expresan la crisis lanzando dos importantes luchas, en 1962 y, sobre todo, en 1969.

Las clases medias conocen una profunda transformación en los años que anteceden a la revolución. En primer lugar sufren un proceso de proletarización, o la inminencia de tal. El número de propietarios disminuye en la agricultura (de 78.435 en 1960 a 18.410 en 1970), en los servicios (de 57.987 a 23.035 en el mismo período) y en la industria (de 49.552 a 17.835). Empobrecidos, sin poder seguir contratando personal y dependiendo en gran parte del trabajo familiar, en los censos de población son absorbidos por las categorías de aislados o, en los casos más extremos, de "asalariados". También los intelectuales son progresivamente proletarizados, aumentando un 40% el número de profesionales liberales, científicos y cuadros administrativos que trabajan por cuenta ajena. Estas cifras, más que cualquier otra cosa, explican el giro a la izquierda de unas clases medias amenazadas por el desarrollo de los grandes grupos, de la gran propiedad, y cansadas de la dictadura y la guerra colonial, donde también morían sus hijos. La pequeña burguesía ya no era un pilar seguro del régimen.

Las luchas estudiantiles, las huelgas de los profesores de instituto y los médicos en los primeros años de la década de los setenta mostraban su aproximación al proletariado y a sus formas de lucha y organización. Y la más evidente expresión de ese giro radical a la izquierda acabaría por venir del cuerpo de oficiales pequeñoburgueses que provocarían la caída del régimen el 25 de Abril.

La tercera condición objetiva para una crisis revolucionaria tiene que venir del propio proletariado, de su fuerza, determinación y coraje para luchar hasta las últimas consecuencias por la transformación de la sociedad. En el inicio de los setenta, el joven y moderno proletariado portugués maduraba para su "asalto a los cielos".

Al incesante crecimiento numérico de la clase trabajadora (cerca de un millón de obreros industriales en 1970, constituyendo los asalariados de los sectores secundario y terciario el 58% del total de la población activa, a lo que se debían sumar bastantes centenares de miles de trabajadores del campo) se unían los efectos de la emigración (había millón y medio de emigrantes entre 1960 y 1973). La relativa ausencia de mano de obra, por la emigración, conjugada con un fuerte crecimiento económico, tuvo como consecuencia, naturalmente, un aumento de los conflictos laborales. Los trabajadores procuraron recibir una mayor parte del pastel.

Desde la célebre Huelga de Mala, en la que, durante tres días, los trabajadores de Carris dejaron de cobrar billetes, el movimiento obrero irá dando golpe tras golpe. Las reivindicaciones que empujan a la lucha son aumentos salariales y salario mínimo, decimotercera paga, reducción de la jornada laboral (semana de 40 horas), vacaciones pagadas de treinta días y prohibición de despidos sin causa justa; estas reivindicaciones se expresan en la exigencia de establecer contratos colectivos de trabajo. La clase obrera se lanza a la ofensiva, a través de peticiones, concentraciones a la entrada de la empresa, asambleas, huelgas de brazos caídos, desorganización secreta del proceso de trabajo, disminución de la producción, manifestaciones y huelgas. En todo este período, pese a la represión de la policía y de los pides (miembros de la PIDE, la policía política), a las sanciones disciplinarias y a los despidos, los trabajadores no se atemorizan y arrancan concesiones. A veces, incluso, consiguen todas las reivindicaciones.

Una de las características del movimiento es el hecho de que los trabajadores de cuello blanco (la aristocracia obrera) participan activamente en las luchas de los metalúrgicos, los trabajadores del sector químico o los del eléctrico. Los bancarios, por ejemplo, eligen en enero y febrero de 1969 dirigentes sindicales de oposición al régimen, en Lisboa y Oporto; en el siguiente año, tras una asamblea de siete mil trabajadores, acabarían por imponer el primer contrato colectivo. Ni el cierre de sus locales sindicales ni la suspensión de su dirección sindical en 1971 cortaría el ímpetu. Los bancarios continuaron manifestándose en el 72 y en el 73, recurriendo incluso, ese mismo año, a una huelga de tres días.

Entre 1969 y 1971 unos 30 sindicatos fueron tomados por listas opositoras de la confianza de los trabajadores, siendo el punto alto de este proceso la formación de la Intersindical, el 1 de octubre de 1970, cuando los sindicatos de metalúrgicos y del textil y el sector financiero convocan a otros sindicatos a una reunión conjunta. En los siguientes ocho meses las reuniones se suceden, llegando a juntarse 47 sindicatos. El movimiento sindical, huyendo de las mallas del corporativismo, apunta tres líneas maestras de orientación: libertad e independencia de las organizaciones de clase en relación al Gobierno, democracia interna y unidad del movimiento sindical.

La reacción del Gobierno no tardó. Publicó decretos-ley modificando la vida interna de los sindicatos, declaró la Intersindical ilegal, intentó impedir con un gran aparato policial que se efectuasen reuniones, asambleas o manifestaciones públicas, suspendió y cesó direcciones sindicales, estrechó la censura previa en los boletines internos, destruyó sedes y procedió a detenciones. Pero la represión no era una prueba de fuerza, sino de impotencia. El movimiento obrero no retrocedía, y, si el régimen sólo se mantenía por la coacción, los trabajadores demostraban haber perdido el miedo a la policía. Pero la dictadura no tenía alternativa a la represión.

Despuntaban ya las primeras señales de crisis. En 1972 y 1973 se congelaron los salarios, cuando las subidas salariales habían sido constantes en los sesenta (aunque seguían siendo todavía bajísimos) gracias a la emigración y a las luchas. La patronal se negó a revisar las remuneraciones en función de la tasa de inflación, y cuando ésta alcanzó, esos años, el 11,5 y el 19,2%, respectivamente, el espectro del aumento del coste de la vida apareció ante la clase obrera. El 15 de abril de 1973 se manifestaron 40.000 trabajadores en Oporto contra la carestía de la vida, pero fue sobre todo el período que va del otoño de 1973 al 25 de Abril el de mayor ímpetu huelguístico: en una situación de abierta represión, en que la huelga era ilegal, fueron 100.000 los trabajadores que recurrieron a ella. La lucha continuaba, poco a poco, minando el sistema productivo…

Todas las condiciones objetivas para una explosión revolucionaria estaban más que maduras. La guerra colonial, como telón de fondo, sólo convertía en más agudas las tensiones que afligían a la sociedad portuguesa. Guerra odiada por los más de diez años de combate, sin fin a la vista, que sacrificaban a toda una generación, por el desperdicio de importantes recursos del país, por el agravamiento que significaba para las condiciones de vida de las masas (de 1970 a 1973 los impuestos indirectos subieron un 73% y el impuesto profesional un 53%).

La guerra no contaba con el apoyo de nadie, excepto de los que con ella se lucraban. Incluso muchos de los oficiales, viendo el ejemplo de la inminente derrota de los poderosos Estados Unidos en Vietnam, se daban cuenta de que la victoria era imposible. En esta progresiva toma de conciencia de la inutilidad de la guerra por parte de la casta de oficiales, tuvo gran importancia la incorporación a filas, en el cuerpo miliciano, de los jóvenes universitarios que eran contestatarios al régimen. El Gobierno había pretendido eliminar el virus de la revolución a través de la movilización de los estudiantes, pero sólo consiguió que éstos llevaran su radicalismo dentro de un uniforme. Sería la casta de oficiales la que diría la última palabra en los estertores finales de la dictadura. Una de las características peculiares de la Revolución Portuguesa fue que los militares desempeñaron el papel dirigente del proceso en sus primeros momentos.

Poco satisfechos con su situación y estatuto, los militares entraron en colisión con el régimen a raíz de la publicación del Decreto-Ley 353/73, según el cual los oficiales milicianos podrían tener acceso al cuerpo militar permanente sólo con dos semestres lectivos en la Academia Militar, con la consecuente revisión de la posición de los otros oficiales en la escala de antigüedad. Este acceso, sustancialmente diferente al que hasta entonces existía, daría vida al movimiento de los capitanes.

Era, sin duda, una cuestión corporativa la que movía a los oficiales de carrera, que con esa medida se veían postergados en la evolución de sus carreras, ya de por sí difícil por la congestión de la cúpula jerárquica. No eran muy alentadoras las perspectivas para estos hombres, que tenían que hacer varias misiones de guerra en África. Pero, pese a ser una cuestión corporativa el motivo de su inquietud, evolucionaron (a partir de una primera reunión en septiembre del 73) hacia una oposición política a la dictadura y a la continuación de la guerra colonial, y hacia la caída del régimen por la vía de las armas. Los aumentos salariales de diciembre del 73, los traslados compulsivos de militares en marzo del 74, la dimisión de los generales Costa Gomes y Spínola, y el paso en falso dado por el Regimiento de Infantería de Caldas da Rainha, no fueron suficientes para impedir un movimiento militar que, mientras tanto, ya había saldado las iniciales rivalidades entre los oficiales de carrera y los milicianos.

Todas las condiciones objetivas para el despertar de la revolución habían madurado hacía mucho. Tan maduras estaban que, reflejando el impasse y la profunda crisis en que estaba metido el país, y apoyándose en el intenso combate que el movimiento obrero y popular mantenía contra la dictadura, los oficiales de bajo grado del MFA (Movimiento de las Fuerzas Armadas) dirigirían, el 25 de Abril del 74, un pronunciamiento militar victorioso.

La revolución había comenzado. La última condición para que la transformación socialista de la sociedad se llevase a cabo, esto es, la existencia del factor subjetivo (el partido revolucionario) sería ahora puesta a prueba. La revolución, en efecto, iba a probar al calor de los acontecimientos la validez de las ideas, del programa, de los métodos y de la estrategia de todas las corrientes de pensamiento en el seno del movimiento obrero.

El 25 de Abril y las primeras semanas

A pesar del control de la radio, de la televisión, de la prensa, de las escuelas y de la Iglesia, a pesar de la PIDE y del terror, a pesar de todo, la dictadura cayó. El día 25, cuando se produjo el golpe, la única sección del aparato del Estado en que el régimen podía confiar era la policía secreta, a él amarrada por el miedo de la ira popular a sus crímenes sangrientos.

A mediodía, cuando las tropas del MFA avanzaban para el Palacio del Carmo, donde Caetano y unos cuantos pides aterrados se refugiaban, una enorme multitud saludaba a los soldados. Nada ni nadie, excepto los pides, se mostraron dispuestos a defender el régimen. El movimiento de masas, en Lisboa, Oporto, Coimbra y dondequiera que hubiera movimientos militares, confraternizaba con la base de las fuerzas armadas (soldados y marineros), que no eran más que obreros y campesinos uniformados. En aquel momento ya estaba claro que la burguesía no poseía un instrumento seguro que pudiese utilizar contra las masas. Las ideas del PCP (Partido Comunista Portugués) y del PS (Partido Socialista) eran discutidas y comentadas en las calles. Los generales, almirantes y brigadas habían perdido completamente el control de la situación. Spínola aún fue al Carmo para, a petición de su amigo Caetano, impedir que el poder recayese en la calle, pero la Junta de Salvación Nacional (JSN) que formó no pasó de ser, por inhibición del MFA, un poder suspendido en el aire.

No había fuerza capaz de parar la ofensiva de las masas. El primer Primero de Mayo, pocos días después del colapso de la dictadura, lo demostraba perfectamente: sólo la manifestación de Lisboa juntó a más de 600.000 personas. Allí estaba el resultado de cincuenta años de "erradicación del comunismo". Es más, los soldados y marineros desfilaron, con las armas en la mano, al lado de los obreros.

Una peculiaridad fundamental de la Revolución Portuguesa es que la insurrección comenzó en las fuerzas armadas. En ese momento, las masas fueron a las calles a ajustar cuentas con la policía secreta. En Rusia, en Febrero de 1917, fue un movimiento de masas lo que afectó al ejército. Cuando la policía tuvo que huir de Petrogrado, se llamó al ejército para restablecer el orden. La revuelta se produjo en las filas del ejército, mientras que la mayoría de los oficiales permaneció fiel al zar. Pero el movimiento de las masas y la distensión de la disciplina en las fuerzas armadas en Portugal, significaba que la situación aquí como luego demostraron los acontecimientos, era más favorable que en Rusia en Febrero de 1917.

Lenin explicó en sus Cartas desde lejos que la entrega del poder a la burguesía liberal inmediatamente después de la Revolución de Febrero era una consecuencia del atraso de la conciencia de las masas y de su organización incipiente, pero que a medida que las masas aprendiesen de su propia experiencia los bolcheviques ganarían la mayoría para su programa, con la condición de que explicaran sus puntos de vista pacientemente. Lo que era verdad para Rusia en 1917, lo era más todavía para Portugal en 1974.

Por otro lado, la situación internacional era mucho más favorable. Franco no podía intervenir, bajo pena de acelerar el proceso revolucionario en España. El imperialismo, después de haberse pillado los dedos en la tentativa de impedir la revolución colonial, se encontraba impotente. La última cosa que el Gobierno americano podía hacer era liarse en una guerra más, cuando estaba siendo expulsado de Vietnam y sufriendo una fuerte contestación interna. Las potencias europeas no estaban en mejor posición. En Gran Bretaña, los sindicatos derribaban, literalmente, al Partido Conservador del Gobierno, en Francia se vivía un giro a la izquierda que llevaría al poder a una coalición del Partido Socialista y del Partido Comunista Francés al final de la década, en Italia el Partido Comunista conseguía un 30% de los votos en las elecciones, y hasta en la pequeña Grecia, la dictadura de los coroneles acabaría en 1975. En esta década, el péndulo de la historia giraba a la izquierda. Con las manos atadas, recelosos de intervenir directamente, los capitalistas de todo el mundo sólo podían observar a distancia, y esperar mejores días…

Los capitalistas portugueses, por su parte, no podían hacer más. Una vez abiertas las compuertas, sin un instrumento seguro para reprimir a los trabajadores, la burguesía asistía impotente a la explosión del movimiento. El 24 de abril los trabajadores de Utic, Philips y Fapae ya estaban en huelga. Mague se paralizaba el 26 y Transul (transporte por carretera) le seguía los pasos el 30. Entre medias se liberó a los presos políticos, la población llevaba a cabo una caza de pides para evitar su reagrupamiento, llegaban del exilio Mário Soares y Álvaro Cunhal (dirigentes del PS y del PCP, respectivamente), entre otros, y se registraba la primera ocupación de viviendas, en el barrio de la Boavista, en Lisboa.

Después del 1º de Mayo los conflictos se suceden: Timex, ferroviarios, Rádio Renascença, CUF, Covina, supermercados AC Santos, Torralta, Carris, Bayer Portugal, Firestone, Messa, Lisnave (astillero de Lisboa), Singer, Renault, TAP (las líneas aéreas), construcción, Grao-Pará, farmacéuticos, Melka, etc., etc. A los obreros urbanos se junta la lucha del campo, formándose las Comisiones pro Sindicato en el Alentejo, y dándose en junio las primeras huelgas.

A lo largo de esas primeras semanas no hay, prácticamente, empresa que no sufra perturbaciones. Son cientos y cientos de miles los trabajadores que se lanzan a la lucha reivindicando: aumentos salariales, creación de un salario mínimo, fin de las discriminaciones salariales ("a igual trabajo, igual salario"), reducción del abanico salarial, elevación de las categorías más bajas, abolición de los premios, gratificaciones y privilegios, reducción del horario de trabajo (por ley) a 40 horas y a cinco días por semana, un mes de vacaciones con el 100% del salario, readmisión de los compañeros despedidos, y libros de cuentas y fiscalización de las actividades de la empresa. Finalmente, con un carácter marcadamente político, se exige la depuración de espías, policías y elementos fascistas de las empresas.

Todas estas luchas son dirigidas por comisiones de trabajadores creadas ad hoc, elegidas y revocables en cualquier momento, y que surgen por todos los lados organizando a los trabajadores, coordinando las luchas, negociando las plataformas reivindicativas, incluso ejerciendo, algunas veces, una misión de control y fiscalización de las actividades de la empresa.

Las huelgas, ocupaciones y manifestaciones de estas primeras semanas retoman lo fundamental de los puntos reivindicados por los trabajadores en el período anterior a la revolución, añadiendo otros más avanzados. Y es que nos encontramos en una situación diferente. Todo el país se conmueve hasta los cimientos: las empleadas domésticas (uno de los sectores más atrasados de la clase) forman un sindicato; los estudiantes de instituto entran en huelga; se forma un movimiento pro derecho al divorcio; El Acorazado Potemkin es exhibido por primera vez, y presentado como "el filme que muestra la gran lucha del pueblo contra la opresión burguesa"; espontáneamente, algunos obreros cambian el nombre del puente de Lisboa sobre el Tajo, de Salazar a Veinticinco de Abril. No se trata de un golpe de aire fresco, sino de un auténtico vendaval. Los periodistas depuran las redacciones de los periódicos, y hasta en la tropa se presentan plataformas reivindicativas, exigiendo el fin de la guerra, el aumento de la soldada, transporte gratuito y la revisión de los reglamentos de disciplina. Cala hondo el eslogan de "Ni un soldado más a las colonias"; en África soldados portugueses y guerrilleros confraternizan. Todo el país está de protesta, en lucha, en cambio.

La burguesía no sabe qué hacer, no posee fuerza ni una base en la que apoyarse. La JSN, el 2 de mayo, hace un llamamiento a que "se domine la impaciencia y se respeten las jerarquías". Vuelta a repetirlo el día siguiente. Nadie escucha a Spínola, por eso el 6 de mayo se condenan "los atentados a la jerarquía", la "expulsión de responsables" (depuración) y las "reuniones de funcionarios en horas de trabajo". El 11 de mayo, la Junta comunica que se opone a las ocupaciones de viviendas, pero el 19 es forzada a legalizar esas mismas ocupaciones, tal es la fuerza del movimiento. En medio de una ola huelguística sin precedentes, la única cosa que la Junta tiene que ofrecer a los trabajadores es, patéticamente, ¡la creación de una clasificación por edades de los espectáculos! (11 de mayo).

A la burguesía sólo le queda ceder y esperar. La única manera que tiene de controlar el movimiento pasa por atar a los partidos obreros a una política de frente popular, o, dicho de otra forma, por invitar a PS y PCP a integrarse, minoritariamente claro, en el gobierno. A Spínola no le queda otra alternativa. Y, la verdad sea dicha, no le fue difícil. El 5 de mayo el PCP defiende su inclusión en el Gobierno Provisional, y ya antes Soares había declarado su "disposición a colaborar con todas las fuerzas democráticas".

El papel de la dirección del PCP y el PS

Constituido el 16 de mayo, el primer Gobierno Provisional, presidido por Palma Carlos, va a tener como tarea prioritaria parar las reivindicaciones obreras. No es por casualidad que el ministro de Trabajo sea militante del PCP. En las propias palabras de Spínola, "había que responsabilizarle abiertamente [al Partido Comunista] de las tareas del Gobierno. En caso contrario (…) no asumiría ninguna responsabilidad, reforzando su imagen con la crítica a los partidos representados en el Gobierno" (António de Spínola, Ao serviço de Portugal). Cínicamente, la burguesía planea utilizar a los dirigentes obreros, principalmente a los comunistas (por la autoridad que poseen en su clase), para realizar el trabajo sucio de encauzar de forma realista la lucha de los trabajadores. Más tarde, cuando ya no los necesitara, los despediría fácilmente.

Los ataques a la oleada de huelgas se intensifican, ahora con la colaboración de la izquierda. El 23 de mayo la Intersindical llama la atención sobre las "huelgas inoportunas alentadas por la reacción". El 25 la Intersindical convoca una manifestación de apoyo al Gobierno Provisional y el PCP, en su primer mitin en Lisboa, critica "la ola generalizada de huelgas que sirve al fascismo". Al día siguiente Álvaro Cunhal reitera que las huelgas pueden conducir al caos, y lo mismo hará Dias Lourenço, otro dirigente del Partido Comunista, ese mismo día. El 27 Lisboa está sin autobuses, sin tranvías y sin pan. El cobro de peajes en el puente sobre el Tajo es suspendido… El 28 un comunicado del Comité Central del PCP acusa a "los elementos más reaccionarios (…), los cuales, con la ayuda consciente de grupos de aventureros autodenominados de izquierdas, intentan empujar la situación hacia el caos económico y destruir las conquistas democráticas hasta ahora alcanzadas". En el mismo comunicado llega a afirmar que la huelga de panaderos es fomentada ¡por "reconocidos agentes fascistas"!

El PS, en todo este período, adoptó una postura más discreta, y, a veces, hasta más a la izquierda que la dirección del PCP (por ejemplo, en la huelga de CTT), procurando no quemarse. Al fin y al cabo, compartiendo responsabilidades de gobierno con el PCP, no tenía la autoridad e influencia de éste en el seno del movimiento obrero. Pero también fue llamado a trabajar, y así, el 29 de mayo el PS dice "no" a las huelgas indiscriminadas. El mismo día, por la noche, en televisión, hay un auténtico bombardeo contra las huelgas: por ejemplo, se celebra una mesa redonda en la televisión pública con la participación del PPD (Partido Popular Democrático, actual Social Demócrata, burgués), del PS, del MDP (Movimiento Democrático Popular, íntimo aliado del PCP; de ahí que el PS lo llamara PCP nº 2), del Partido Comunista y de la Intersindical. El 30 de mayo Spínola se reúne con doscientos sindicalistas, a los que pide el regreso a la normalidad y la aceptación de la disciplina. El 1 de junio, mientras el PS defiende, sutilmente, el control "de las huelgas y de las clases trabajadoras" por parte de los sindicatos (las luchas estaban siendo impulsadas por comisiones de trabajadores de cada empresa), la Intersindical organiza una manifestación "contra la huelga por la huelga". Mas éstas continuarán en el mes de junio.

Las conquistas del movimiento son históricas: el establecimiento de un salario mínimo, un mes de vacaciones pagadas al 100% y reducción del máximo de horario de trabajo semanal. Los aumentos salariales llegarían, de media, ¡al 35%! El salario mínimo de 3.300 escudos que el Gobierno es forzado a introducir alcanza a cientos de miles de trabajadores y en no pocos casos corresponde a un aumento salarial del 100%.

Huelga tras huelga, los diversos batallones de la clase obrera mostraban su fuerza y señalaban al conjunto de la clase su entrada en escena. El ambiente entre las masas era de euforia desbordada. Todo parecía posible en este primer "asalto a los cielos". La burguesía, impotente, cedió en una empresa tras otra: las plataformas reivindicativas fueron aceptadas, de mala gana pero aceptadas, parcial o incluso totalmente. Si estas primeras semanas demuestran alguna cosa es que la transición al socialismo se pudo haber hecho pacíficamente, si el movimiento hubiera tenido una dirección política a la altura.

La respuesta de la reacción

La burguesía intenta recomponerse pero sin mucho éxito. Mientras Spínola va haciendo discursos lunáticos sobre el "sagrado suelo de Portugal", la reacción muestra sus fuerzas el 10 de junio, día nacional: algunas decenas de manifestantes en Lisboa y Oporto llaman a la paralización del proceso de descolonización… Si en las calles no es posible invertir la situación, habrá que intentarlo a través de un golpe palaciego. Entre bastidores, las embajadas imperialistas, especialmente la americana, presionan a Spínola para que termine con la revolución. Éste hace planes y espera expulsar al PCP y posiblemente al PS del Gobierno incluso antes de final del año. Las maniobras de Spínola tienen como objetivo dar un giro bonapartista a la revolución, concentrando todo el poder en sus manos. Esto sería sólo el primer paso para echarla a perder, toda su preocupación desde el principio.

El 13 de junio en una reunión del MFA con la Junta de Salvación, Spínola propone un referéndum sobre el problema colonial para octubre, en que se haría también la elección de presidente de la República. Propone también elecciones para una Asamblea Constituyente el 30 de noviembre de 1976 (!). Estas propuestas son apoyadas por Sa-Carneiro (líder del PPD y uno de los liberales más histéricos), que exige la declaración del estado de sitio.

Tras el rechazo de la reunión a estas propuestas, Palma Carlos vuelve a la carga a principios de julio, pidiendo al Consejo de Estado poderes más amplios para hacer frente al "clima de indisciplina social" que era "completamente contrario a mi temperamento y a mi concepto de democracia". En caso de ser rechazada la petición, dimitiría. Pero no existen ni bases de apoyo ni ambiente propicio para aceptar esto. Las propuestas de Palma Carlos, que van en la misma línea de reforzar los poderes del ejecutivo, plebiscitar a Spínola como presidente y retrasar las elecciones a Asamblea Constituyente hasta el 76, son desechadas por el MFA. Perdida la batalla, Palma Carlos renuncia al cargo, y con su derrota fracasan los planes de la camarilla spinolista, que intentaba cimentar la posición del general como árbitro y conductor del país, organizar un "Gobierno fuerte" y dar un margen de maniobra a los partidos burgueses para que se pudieran organizar. Spínola conserva la presidencia del Gobierno, y se prepara para una nueva oportunidad. Ya había sacrificado al primer ministro y, en lugar de tener un nuevo Gobierno Provisional sin ministros del PCP, se encuentra de bruces con un Gobierno más a la izquierda. Más importante, no consigue apartar al MFA del centro del poder. No sólo el primer ministro es ahora un militar, el coronel Vasco Gonçalves? sino que de diecisiete ministros hay ocho militares. Para más inri, Spínola levantaba, definitivamente, sospechas sobre su conducta entre los oficiales del MFA.

Finalmente, Spínola es forzado a reconocer el 27 de julio, el derecho a la independencia de las colonias, renunciando públicamente a sus tesis federalistas y neocolonialistas. Pero continuaba conspirando en la sombra. Sigue avisando de que "la patria continúa enferma; la patria continúa en peligro" (11 de julio), y de que "el clima de anarquía no puede continuar; (…) cualquier tentativa de romper la disciplina será tratada como una traición" (18 de julio). El llamamiento a la "mayoría silenciosa" y el 28 de Septiembre están de camino.

Protagonistas y perspectivas

Los capitanes habían tomado el poder el 25 de Abril, pero lo entregaron el mismo día, a la Junta de Generales y a Spínola. Luego, por la noche, hubo discrepancias sobre el programa del MFA. Spínola, en su primera alocución al país, haría referencia a la "defensa de Portugal uno y pluricontinental".

Estos hombres, habituados a obedecer y respetar las jerarquías, consideraban natural que debían ser sus superiores jerárquicos quienes mandaran. Casualmente, ¿no habían puesto los capitanes al corriente de las líneas generales y planes del MFA a Spínola y Costa Gomes, sin que éstos se hubiesen arriesgado a participar en la conspiración? El programa del MFA, por su parte, era simplemente antifascista. Hablaba vagamente de libertades cívicas, un "programa de salvación nacional", elecciones libres para una Asamblea Constituyente, etc. La ingenuidad de los capitanes era inversamente proporcional a la eficacia de su programa en dar respuesta a las tareas de la revolución. Esto no nos puede sorprender, al fin y al cabo el MFA era un movimiento de oficiales pequeñoburgueses. No era un partido político, no podía ser la vanguardia de la revolución.

Una crisis siempre divide a un ejército en líneas de clase. Por norma, la historia muestra que la base del ejército (los obreros y campesinos uniformados) se une al movimiento de masas y la cúpula, el cuerpo de oficiales, se mantiene fiel a la clase dominante. Pero la quiebra del capitalismo en Portugal era tan grande, la fuerza de la clase trabajadora tan inmensa que durante el proceso, una parte importante de los oficiales, radicalizándose, llegaría a romper con el capitalismo.

Mientras los capitanes entregaban el poder (suspendido en el aire, es cierto) a Spínola y éste conspiraba, los partidos obreros se habían convertido en un apéndice del MFA. No fue por casualidad, tal actuación era consecuencia de sus perspectivas incorrectas sobre la revolución. El papel que los militares desempeñaron durante la revolución no se debió a ninguna característica especial de las fuerzas armadas portuguesas, sino al hecho de que los partidos obreros no dotaron al movimiento de una dirección consecuente. Como dice una famosa frase de Hegel, "la naturaleza aborrece el vacío".

Desde el principio tanto PS como PCP definen la revolución en curso como democrática, planteando que el momento es de consolidación de las libertades democráticas y que sólo después, tras un período más o menos largo, se podría luchar por el socialismo.

Escrito en 1967, el libro Acçao revolucionária, capitulaçao e aventura de Álvaro Cunhal definía en los siguientes términos la postura del PCP en la caída de la dictadura: "La tarea fundamental de [un] Gobierno Provisional es la instauración de las libertades democráticas y la realización de elecciones libres para una Asamblea Constituyente. Que esta tarea sea realizada es la única condición que el Partido Comunista pone para su participación en el Gobierno". Y así fue. El propio 25 de Abril, la dirección del PCP reitera su disposición a colaborar "con todos los que desean luchar unidos para la creación de un Gobierno Provisional que instaure las libertades democráticas y acabe con la guerra, y que promueva a corto plazo elecciones para una Asamblea Constituyente". El PS tampoco tenía nada más que ofrecer a la clase trabajadora más que "una democracia pluralista". Aunque el 5 de mayo, en una entrevista al periódico belga Le peuble, Soares afirmase que "no se va a instalar en Lisboa un Gobierno de Frente Popular, sino un Gobierno de Salvación Nacional", las alteraciones semánticas no cambian el carácter de colaboración de clases del Gobierno Provisional.

El Gobierno Provisional, a cambio de preparar y convocar elecciones y de algunas reformas, como un salario mínimo y las bases de un servicio nacional de salud, tenía en el punto de mira, antes que nada, garantizar, tanto una "vía gradualista para la solución del problema colonial", como una "reforma gradual de la estructura agraria", y dejaba bien claro, por la total ausencia de referencias al respecto en el programa de Gobierno, que no se tocaría ni un dedo del poder de los grupos monopolistas. Mientras los partidos obreros se esforzaban en contener los "excesos" del proletariado, que podrían asustar a sus aliados demócratas y a los más sesudos militares, la burguesía a través de su hombre, Spínola, conspiraba.

Tanto el PS como el PCP explicaban sus posturas por el hecho de que se trataba de "un período especial", y con los argumentos de que "la correlación de fuerzas es desfavorable", de que un programa radical empujaría a la pequeña burguesía a los brazos de la reacción, y, finalmente, de que primero era necesario derrotar a la reacción y al peligro de un golpe fascista; sólo después de que la democracia estuviera asegurada se podía luchar por el socialismo.

Es verdad que se vivía un "período especial", pero ¿para qué sirve un programa si no puede ser aplicado en "períodos especiales"? Es cierto que PS y PCP afirmaban que su objetivo era la sociedad socialista, pero ésta era para mañana, nunca para hoy, era un fin más o menos lejano, y no una necesidad inmediata. En lo inmediato apenas tenían como meta introducir y aplicar reformas democráticas.

Los dos partidos justificaban el pacto con Spínola y los políticos liberales debido a la "correlación de fuerzas desfavorable". ¿Pero qué significaba esto? ¿Que la clase trabajadora no era capaz de colocarse al frente de las masas populares y tomar el poder? ¿Que no tenía voluntad y determinación para luchar, y, si fuera necesario, hasta el fin? Durante la Revolución Rusa, en 1917, el proletariado no necesitó de la ayuda de los liberales de entonces para llegar al poder, y constituía apenas el 10% de la población. En Portugal los trabajadores eran la gran mayoría; que la economía funcionara dependía totalmente de ellos, e incluso tenían una mayor formación. Además, antes del 25 de Abril y, sobre todo después, los trabajadores (tanto los manuales como los de cuello blanco) demostraron una enorme capacidad de lucha.

Se sucedían lucha tras lucha, huelga tras huelga, ocupaciones, manifestaciones, peticiones; los trabajadores iban a los mítines, comenzaban a militar masivamente en sus sindicatos y partidos, leían, discutían, tomaban postura. Y la revolución sólo estaba en sus primeras fases. ¿Qué más se podía pedir a la clase obrera? ¿Que todos los trabajadores llegasen a las mismas conclusiones al mismo tiempo? ¿Que hiciera innecesario un partido que organizara el movimiento de la clase? El papel de la dirección política del movimiento es basarse en sus sectores más avanzados y arrastrar, al calor de la lucha, al conjunto de los trabajadores. No fue por casualidad que Lenin explicó tantas veces: "una revolución es una dislocación de las clases". Las condiciones objetivas para la toma del poder por la clase obrera y las posibilidades de que la Revolución Portuguesa fuera el inicio de la revolución mundial sí existían, incluso más que en la Rusia de 1917.

Es verdad que, para tomar el poder, el proletariado necesita del auxilio, o, por lo menos, de la neutralidad de la pequeña burguesía. Es igualmente verdad que, en una situación de estabilidad, las clases medias son el principal cimiento social del capitalismo. Pero esto sólo ocurre cuando sus negocios van bien, o hay perspectiva para ello. Cuando no es así, la pequeña burguesía rápidamente se desprende de la camisa de la moderación. Si la pequeña burguesía tuviera un pavor genético al extremismo, ¿cómo explicar el hecho de que pueda sucumbir ante la demagogia fascista?

El desarrollo del capitalismo había sido, como vimos antes, el verdadero responsable de la proletarización de la pequeña burguesía, de su empobrecimiento relativo. El capitalismo no tenía nada que ofrecer a esta gente, sólo opresión e inseguridad. Estos sectores veían con simpatía la revolución, una buena parte participaba en el movimiento, y así sería, mientras considerase que la revolución y los revolucionarios respondían a sus aspiraciones.

No era por casualidad que el PPD, el principal partido burgués, fuera forzado, por la situación objetiva, a definirse "de centro-izquierda" y a hablar, incluso, de socialismo. Al establecer un pacto con los liberales, los partidos obreros estaban convencidos de que se aliaban a la pequeña burguesía. En realidad, las clases medias son muy heterogéneas, mucho más que el proletariado o la gran burguesía. Mientras que sus estratos más bajos, por sus condiciones de vida, tienden a aproximarse al proletariado, las capas más elevadas, por sus intereses, se aproximan a los capitalistas. Al establecer un pacto con los políticos liberales, que se apoyaban en los sentimientos antimonopolistas de estos sectores, no se estaban aliando a la pequeña burguesía, sino a sus explotadores políticos, apoyados y financiados por los monopolios. Y estos políticos liberales exigían un precio por esa alianza: frenar la movilización obrera, pues en caso contrario no estarían en disposición de aceptar el pacto.

Finalmente, vamos a hablar de la lucha democrática. ¿Luchar por la toma del poder por parte del proletariado, por la revolución socialista, era "saltar etapas"?

Rechazar las reivindicaciones democráticas, la lucha por reformas económicas y sociales, no sería un acto revolucionario, sino una demostración de sectarismo totalmente estéril. Pero la lucha por reivindicaciones mínimas o democráticas no excluye, más bien al contrario, la lucha por medidas más avanzadas, esto es, socialistas. El socialismo y, sobre todo, un programa de transición a la revolución socialista, no son sólo ideas bonitas. Por el contrario, son una condición necesaria para el triunfo de la revolución.

En la ola de huelgas que siguió al 25 de Abril los trabajadores exigían mucho y ya. Y tenían derecho a hacerlo. Es evidente que las huelgas conllevaban incomodidades, y algunas de ellas grandes. Pero la solución no era criticarlas o responsabilizar a los trabajadores. Los únicos responsables eran los mismos capitalistas que durante décadas negaron una vida digna a las masas populares. Es un hecho que la ola de huelgas desestabilizaba a la economía y que las reivindicaciones de los trabajadores eran inasumibles para el capitalismo portugués: ¡que la economía de Portugal dependiera de bajos salarios no era debido a una maldición de los dioses! La cuestión es que el capitalismo se había revelado totalmente incapaz de resolver los problemas de las masas y de dar respuesta a sus aspiraciones. Precisamente por eso, simultáneamente a la lucha por reformas era necesario explicar que sólo las nacionalizaciones bajo control obrero y la elaboración de un plan económico decidido democráticamente por los trabajadores podría asegurar las reformas que ellos tanto ansiaban. ¿Esto irritaría a los generales y burgueses liberales? Pues paciencia. Lo que no se podía era pedir a los trabajadores que fueran pacientes y entendiesen el "momento especial" que se vivía. Lo que no se podía, en definitiva, era sacrificar la lucha independiente del proletariado, a través de la cual éste se organizaba, formaba y fortalecía.

Incluso considerando que la prioridad era vencer a la reacción y eliminar la posibilidad de un golpe, que primero se debería asegurar la democracia y sólo después avanzar al socialismo, ¿por qué razón la democracia tenía que parar a las puertas de las empresas y de los cuarteles? ¡contra el sabotaje económico de los capitalistas sólo podía ser eficaz el control obrero de la producción! ¿Y por qué no podían los soldados gozar de derechos políticos y sindicales? ¿Por qué no podían tener el derecho de expresión y de asamblea en los cuarteles? La depuración de elementos fascistas sólo se podía efectuar con la elección y el control de los oficiales por la base.

En cuanto a la defensa de la democracia, ¿habría mejor método para combatir la amenaza de los fascistas que expropiar los bancos, las empresas y las tierras de la clase que los financiaba? ¿Habría mejor manera de vencer la crisis, la salida de capitales y el sabotaje económico, que podía enajenar el apoyo de las capas medias a la revolución, que nacionalizar los principales medios de producción bajo control democrático de los trabajadores? ¿Qué mejor forma de garantizar la libertad de información y de expresión que tener la televisión, las radios, los periódicos, bajo control obrero, en vez de estar en manos de media docena de capitalistas?

¿Qué mejor forma habría de asegurar la democracia que basar la toma de decisiones para la vida diaria de las poblaciones en las comisiones que surgían por todas partes? Los sóviets no nacieron en la cabeza de Lenin, nacieron como órganos de lucha del proletariado en una situación de combate al zarismo y por derechos democráticos, como comités de huelga centrales. Eran expresión de la voluntad de la clase obrera. En 1917, los bolcheviques, al mismo tiempo que luchaban por los más amplios derechos democráticos y por la convocatoria de una Asamblea Constituyente, agitaban con el eslogan de "todo el poder a los sóviets". Aquí no existía ninguna contradicción: al mismo tiempo que consideraban la elección de una Asamblea un paso adelante (con respecto a un Gobierno Provisional que no fue elegido por nadie), explicaban que la única clase verdaderamente democrática hasta el fin era la clase obrera. De ella, de sus organizaciones y de sus formas de lucha dependía la libertad recién conquistada. De nadie más.

¿Habría mejor manera de defender la Revolución Portuguesa contra la agresión imperialista que apelar a la lucha y a la acción de los trabajadores de todo el mundo, y al tiempo ayudar y estimular la revolución internacional?

¿Y la defensa de todo esto significaba "saltar etapas"? La defensa de todo esto sólo significa el único programa que podía consecuentemente hacer frente a las tareas de la revolución y a los peligros que le amenazaban.

Contra todo esto se puede argumentar que, aunque suene muy bien, no sería aceptado por el conjunto de la clase trabajadora. En sus Cartas desde lejos, Lenin explicaba que la etapa democrática de la revolución termina en el momento en que los liberales toman el poder. Después, el momento que se vive corresponde a la fase de transición a la revolución socialista, esto es, a la toma de conciencia por parte del proletariado de sus propias tareas. ¿Era diferente la situación en Portugal? Los trabajadores no llegan automáticamente a todas las conclusiones, es cierto. Pero la clase obrera, en su conjunto, no aprende políticamente a través de los libros sino por su propia experiencia. Si la mayoría de la clase no estuviese, en los primeros momentos, dispuesta a apoyar ese programa la alternativa no es abdicar de él. Por el contrario, ese programa es el instrumento para ganar el apoyo de las masas. La alternativa era, como Lenin decía en las Tesis de Abril, "explicar pacientemente". En última instancia, la marcha de la revolución confirmaría estos pronósticos.

La revolución acelera el paso

En principio, la formación del segundo Gobierno Provisional había mantenido los rasgos dominantes del primero. En primer lugar, a pesar de los choques entre la Comisión Coordinadora del MFA, por un lado, y la Junta de los Generales y la jerarquía, por otro, la composición del Gobierno intentaba mostrar públicamente la cohesión del ejército. Melo Antunes, Vitor Alves y Vasco Gonçalves, del MFA, eran compañeros de Gobierno de los spinolistas Firmino Miguel (ministro de Defensa) y José Eduardo Sanches Osório (ministro de Información). El respeto a Spínola, o por lo menos el rechazo a un enfrentamiento con él, era evidente.

En segundo lugar, ese Gobierno, en el que los representantes del PS y del PCP estaban rodeados por políticos liberales como Rui Vilar y Silva Lopes (ministros de Economía y Finanzas, respectivamente), o como la antigua directora del Centro de Documentación de la CUF (Lourdes Pintassilgo, ministra de Asuntos Sociales), promulgó leyes, una tras otra, limitando los derechos de huelga, manifestación y de libertad de prensa, y declarando de pasada un aumento de los precios de los bienes de consumo.

Habiendo sido avalado por los periódicos de Lisboa como el resultado de una victoria del "ala progresista" del MFA sobre los spinolistas, este Gobierno puso en evidencia las aspiraciones reales de la burguesía.

El 28 de Septiembre la clase trabajadora tasaría, por medio de su acción, el valor exacto de la correlación de fuerzas entre las clases, tras meses de un nuevo Gobierno de colaboración de clases, de decretos gubernamentales y de intervenciones del COPCON (Comité Operativo del Continente, formado entonces como un cuerpo al servicio del MFA dentro de las estructuras de las fuerzas armadas).

La composición del Gobierno era un espejo de su acción. Los puestos ministeriales claves estaban en buenas manos. Mientras la fuga de capitales y el sabotaje económico continúan, el ejecutivo procuraba "mantener las instituciones básicas de una economía de mercado; mientras los pides presos se amotinan por las "malas condiciones" en que se encontraban y miles de fascistas, antiguos legionarios y delatores, y hasta algunos pides, andaban sueltos, el Gobierno (27 de agosto) prohíbe las huelgas políticas, de solidaridad e interprofesionales, impone un preaviso de 37 días (!) y permite a los patrones el lock-out. Encima, las manifestaciones, por ley, sólo se podrían realizar después de las siete de la tarde, los días hábiles, y después de la una del mediodía, los sábados. Mientras los trabajadores luchaban por la depuración en sus empresas, el Gobierno metía en el congelador la depuración de las fuerzas armadas y las policiales (sólo habían sido depurados, en mayo, ¡42 oficiales!). Como explicaba Otelo Saraiva de Carvalho en el libro Cinco meses mudaram Portugal (Cinco meses cambiaron Portugal): "tenemos que entender que todos los elementos que integran las fuerzas militarizadas, como la Guardia Republicana y la Policía, son profesionales que, por norma, procuran desempeñar cabalmente sus funciones". Todo dependería, entonces, "de una orientación nueva de esas funciones", aprovechando el "buen profesionalismo" de esos elementos. Este "buen profesionalismo" se puso en evidencia cuando, el 14 de agosto, una manifestación de apoyo al MPLA (Movimiento Popular de Liberación de Angola) prohibida por el Gobierno, fue reprimida por la policía, que mató a un manifestante.

Aun así, el Gobierno era impotente para asegurar "el orden y la disciplina" necesarias. Oponiéndose a la requisición civil, al envío de tropas para impedir huelgas y a la militarización del trabajo que ello conllevaba, y a una ola de calumnias según las cuales las huelgas eran reaccionarias, los trabajadores de la TAP reinician la lucha a finales de agosto, exigiendo la purga de los "buenos profesionales" y la participación de los trabajadores en el control de la empresa. De poco valieron los llamamientos a la paciencia y la moderación; a inicios de septiembre, 7.000 obreros del astillero Lisnave desfilaron por Lisboa hasta el Ministerio de Trabajo, exigiendo la depuración de la empresa y protestando por la ley de huelga. Los militares enviados para impedir la manifestación acaban por abrir sus filas, dejando pasar a los manifestantes (a la luz de la ley esta manifestación era ilegal).

El Gobierno Provisional y el MFA intentaban conciliar lo irreconciliable. ¡En vano! Enfrentados a un enorme movimiento de la clase trabajadora, incapaces de moderarlo o disciplinarlo, y con la perspectiva inmediata de perder de golpe toda influencia en las colonias (a través de una descolonización que no controlaba), la burguesía y su hombre —Spínola— intentan (no tienen más remedio) un golpe de Estado. Eso ocurrió el 28 de septiembre. El punto de partida fue un discurso con ocasión de la independencia de la colonia portuguesa de Guinea-Bissau. El general, por televisión, hace un llamamiento a la "mayoría silenciosa" para "despertar y defenderse activamente de los totalitarismos extremistas", del "abuso de libertad" y de la "reivindicación descontrolada".

En "apoyo a las palabras del general Spínola" es convocada una manifestación de la "mayoría silenciosa" para el día 28 de septiembre, en Lisboa. Miles de comunicados, panfletos y carteles surgen por todo el país (unos firmados por una vaga "Comisión Organizadora", otros anónimos), con el apoyo abierto de los grupúsculos neofascistas.

La contrarrevolución levanta la cabeza, financiada por los capitalistas. Además de toda la propaganda anticomunista que invade el país, sale el periódico Bandarra haciendo apología de Spínola y del colonialismo, llamando a la "manifestación de la mayoría silenciosa" y lanzando amenazas veladas a la izquierda. En Bandarra sólo hay un anuncio publicitario: del Banco Pinto & Sotto Mayor. El Banco Espírito Santo "presta dinero" para que los organizadores de la manifestación alquilen mil autocares, que transportarán a los manifestantes del norte. Mientras tanto, los grupos neofascistas adquieren arsenal abundante para la manifestación. Vale todo para la convocatoria: distribución gratuita, en Guimaraes, de entradas para un partido de fútbol que se va a celebrar ese fin de semana en Lisboa, ofertas de viajes a Fátima para los campesinos pasando por la capital, etc., etc.

La contrarrevolución está exultante. Y cuenta con el apoyo más o menos explícito de los "respetables y democráticos" partidos burgueses. El CDS (Centro Democrático Social, a la derecha del PPD) asegura que "el pueblo portugués (…) no le negará" al general Spínola "el apoyo masivo". El PPD, miembro de la coalición de Gobierno, afirma que "las palabras del presidente de la República constituyen (…) un solemne aviso y una advertencia, tanto para Portugal como para Angola y Mozambique". No hay un apoyo claro a la manifestación, no interesaba a la burguesía apostar todas las fichas al mismo caballo, sino hacer una útil división del trabajo, pues algunos sectores no estaban totalmente convencidos del éxito del golpe.

El objetivo de la "mayoría silenciosa" no sólo era organizar una manifestación masiva que plebiscitase a Spínola, sino también provocar disturbios en Lisboa que diesen el pretexto para implantar el estado de sitio y amordazar a la prensa, confiriendo plenos poderes al Bonaparte portugués para reponer el orden y "disciplinar" a la clase trabajadora y a sus organizaciones.

Hasta entonces, el PS y el PCP habían insistido en presentar a Spínola como un "gran demócrata". Es más, Mário Soares, durante todo este tiempo, está en el extranjero, entre otras cosas empeñándose (como más tarde diría) en el "reconocimiento internacional" de Spínola, y preparando su intervención "triunfal" en la Asamblea General de la ONU. Los dirigentes del PS, simplemente, no comprendían la amenaza que gravitaba, también, sobre sus cabezas. La dirección del PCP, comprendiendo mejor los riesgos de la situación apelaba, aunque de forma un poco abstracta, a la vigilancia popular. Álvaro Cunhal, en un mitin en Amadora el 20, afirma: "¡Si la reacción aguza los dientes y se prepara a morder, es necesario partírselos antes de que muerda!". Sin embargo, el mismo PCP, en una nota de su Comité Central del 24 de abril insiste en que "sea dado todo el apoyo al Gobierno Provisional y al MFA para la adopción de medidas de depuración" y, aunque las considera insuficientes, "declara su apoyo a las medidas recientemente promulgadas por el Gobierno para hacer frente a la embestida de la reacción". ¡El mismo Gobierno donde se encontraban los conspiradores! La miopía de los dirigentes obreros era espantosa. No llamaban a la movilización, a la huelga general del proletariado, no estimulaban la creación de comisiones de soldados que dirigiesen la depuración en los cuarteles, no reclamaban el armamento de los sindicatos y de las comisiones de trabajadores para la defensa de su clase, no exigían, siquiera, la dimisión del conspirador Spínola.

A la escalada de provocaciones de la contrarrevolución los trabajadores responden tomando la iniciativa. Los ferroviarios y conductores de autobuses se niegan a transportar manifestantes. En la tarde del 27, a través de las radios, la Intersindical y los partidos de izquierda lanzan comunicados, y los trabajadores toman las calles. En las principales ciudades del país, de norte a sur, y especialmente en la roja Lisboa que se preparaba a acoger la manifestación de la "mayoría silenciosa", se levantan las primeras barricadas. En Oporto, esa madrugada, ¡cien mil trabajadores se manifiestan contra el golpe fascista! Sin una dirección a la altura de las circunstancias, casi sin armamento y sin coordinación, los destacamentos más avanzados de la clase son capaces de unirse a los soldados y marineros, al grito de "Portugal no será el Chile de Europa". ¡Y no lo fue, la clase trabajadora, unida, no lo permitió! Como más tarde confesó Otelo, "el asunto de las barricadas escapó completamente a las fuerzas del orden. Ni siquiera los soldados escaparon a la excitación de las masas". La contrarrevolución no poseía una base de apoyo mínimamente consistente entre la población civil o el ejército.

Forzado a dimitir, Spínola se retiró para continuar conspirando y esperar mejores tiempos, siendo sustituido por Costa Gomes. Con él fueron cesados sus oficiales afectos del Gobierno y de la Junta de Salvación. Se hicieron algunas depuraciones, y en noviembre los generales más viejos de las tres ramas pasaron a la reserva: los almirantes a los 62 años, los brigadas a los 60 y los coroneles y capitanes de la Armada a los 57. Así, incluso Spínola había pasado, oficialmente, a la reserva. Mientras tanto, en las altas esferas militares se procuraba que no se hostilizara demasiado al general del monóculo, ni a sus acólitos civiles (el PPD también formaba parte del tercer Gobierno Provisional). Los oficiales spinolistas no sólo estaban presentes en el MFA (Almeida Bruno, Mário Monge…), su implantación en el ejército continuaba siendo considerable. El mantenimiento de la unidad del ejército seguía siendo un tema central para el MFA.

El Movimiento de las Fuerzas Armadas se iba cimentando, creando una estructura interna. Había creado el COPCON (su brazo armado); después del 28 de septiembre, los oficiales creaban el entonces llamado Consejo de los Veinte, órgano colegiado de dirección del Movimiento que se basaba en la Asamblea de Delegados del MFA, con representantes de las tres ramas de las fuerzas armadas elegidos en cada unidad; así se reforzaba el carácter colegiado del poder político-militar. Simultáneamente, para llevar a las capas políticamente más atrasadas el programa del MFA, se inician las campañas de dinamización cultural, organizadas por la 5ª División, verdadero centro propagandístico del Movimiento.

En una situación de equilibrio entre las clases, en que la burguesía era incapaz de derrotar al movimiento de la clase obrera y la toma del poder por ésta se encontraba bloqueada por la ausencia de una dirección, el MFA jugaba el papel de árbitro de los conflictos. Lo había desempeñado en luchas laborales reponiendo el orden —por la fuerza— entre los trabajadores de la TAP, de la Timex o del Jornal do Comércio (Periódico del Comercio). Se presentaba como un árbitro entre los capitalistas y los trabajadores, imponiendo un compromiso. Sin embargo, se trataba de un árbitro que reivindicaba y se otorgaba el derecho de alterar las reglas del juego. Al fin y al cabo, como afirmaban los oficiales, "fuimos nosotros quienes hicimos la revolución".

Todavía el proyecto de reconstrucción nacional y de democratización del MFA no se situaba por encima de las clases. Al margen del poder democrático de los trabajadores, ¿existe alguna cosa que no sea la dictadura democrática de la burguesía? Este movimiento ecléctico de jóvenes oficiales era muy parecido al tenentismo brasileño de los años veinte (movimiento democrático pequeñoburgués de tenientes), que acabó por descomponerse en dos corrientes: un ala izquierda que se aproximó al Partido Comunista del Brasil y un ala derecha que se unió a Getulio Vargas.

Más pronto o más tarde, el MFA se vería obligado a escoger un bando y por tanto sufriría una división parecida. De momento mantenía una frágil unidad, intentando desempeñar un papel semibonapartista, pero esa unidad era minada por el fermento entre los soldados, como reflejo del movimiento de los trabajadores. Haciendo concesiones a la derecha y a la izquierda, e intentando conciliar a patronos y obreros, el MFA que defendía relaciones sociales de producción, emergía de la crisis del 28 de Septiembre como "motor de la revolución". O así lo consideraban los oficiales.

En camino hacia el 11 de Marzo

"La política es economía concentrada", explicaba Lenin. Y ésta continuaba siendo la piedra de toque de la revolución. La primera gran oleada del movimiento, en mayo y junio, reflejaba el deseo de la clase obrera de obtener reformas, más salarios, mejores condiciones de vida. Se reivindicaba asimismo la depuración de las empresas, incluso ciertas formas de control obrero. El 28 de septiembre fue la respuesta de la burguesía a ese movimiento y a esas exigencias incompatibles con el capitalismo portugués y un intento de "salvar", por lo menos, Angola. Y falló. Los trabajadores, comunistas y socialistas, habían aprendido ya la experiencia de luchar codo con codo.

Una nueva ola de luchas obreras surgiría como consecuencia de la degradación de la situación económica. En efecto, el tercer Gobierno Provisional no tenía soluciones para la crisis. Después del 28 de Septiembre, Vasco Gonçalves propone la realización de un domingo de trabajo para la nación, el 6 de octubre, siguiendo los llamamientos del PCP a dar la "batalla de la producción", y la campaña que éste había lanzado en junio para que los trabajadores diesen un día de salario para la revolución.

La respuesta de los trabajadores fue muy significativa aquel 6 de octubre. Pero, realmente, no solucionó nada. Además de que sea la clase trabajadora la que cargue con los sacrificios de la difícil situación económica, ¿qué solución da un día por la nación a la fuga de capitales, al sabotaje económico, a la ola de despidos que las empresas llevan a cabo o a la desbocada inflación, que a estas alturas se aproxima al 30%? Aparte de las debilidades específicas del capitalismo portugués, toda la economía mundial estaba inmersa en la peor crisis desde la posguerra. ¿Podía un día por la nación hacer otra cosa que extraer un día de trabajo no pagado a miles y miles de trabajadores? No, no podía.

Ante la carestía de la vida, los atrasos salariales, los despidos masivos y el cierre de empresas, los trabajadores empezaron a ensayar nuevas soluciones para vencer la crisis. Desde el 25 de Abril exigen un papel en la dirección y el control de empresas tan diversas como Arsenal, Carris, Banco de Fomento e CGD, la radio Emissora Nacional y Século (Siglo), Metropolitano, Portugal e Colónias, Renault, Ciba-Gey e Sandoz-Wander y UCAL. En la ITT se reivindica la elección del jefe de personal, y en la TAP la de los administradores. Las comisiones de trabajadores, en decenas y decenas de empresas, controlan los libros de cuentas, las salidas y entradas, los despidos y los nuevos contratos.

Contra la crisis se va imponiendo el control obrero. Algunos ejemplos: en el invierno los trabajadores de tres cadenas de supermercados (Nutripol, con 350 empleados, Pao de Açúcar, con 2.500, y AC Santos, con 450) intentaron constituir un enorme grupo autogestionado en el sector de la distribución. En la Nutripol los problemas habían comenzado el 30 de octubre, cuando la administración suspendió el pago de salarios, bajo pretexto de dificultades en la tesorería; la comisión de trabajadores reaccionó ocupando las tiendas y reteniendo el dinero de las ventas. Un mes más tarde el patrón cedió y pagó. El 10 de diciembre, la empresa amenazó con no dar la paga extra; el 11, los trabajadores repetían la operación; el 22, éstos pedían que el Estado se apropiara del activo de la Nutripol y confiscara los bienes personales de los administradores; el 9 de enero, el patrón se declaró en quiebra. Los trabajadores se opusieron al cierre de la empresa constituyéndose como cooperativa, y se fusionan con sus camaradas de AC Santos y Pao de Açucar, eligiéndose una comisión de administración del nuevo grupo.

Rápidamente, los obreros de empresas autogestionadas se lanzaban a la tarea de racionalizar los circuitos comerciales decidiendo, por ejemplo, comprar ladrillos fabricados en el país en vez de importarlos (a precios más elevados) de Inglaterra y si bien muchos proveedores les boicoteaban por solidaridad capitalista, una vez tras otra el boicot era roto por las comisiones de trabajadores de las empresas que se negaban a hacer entregas; esto es lo que pasó con la Unilever (empresa de margarina y detergentes), Gelmar (de productos congelados) y SAAP (de pescado fresco). Y desde enero surge una reivindicación: la nacionalización.

En el campo la situación no era diferente. El 10 de diciembre del 74 los trabajadores ocupaban la primera finca, Monte Outeiro, de 775 hectáreas, sólo 200 de ellas cultivadas.

En un principio, la lucha de los jornaleros se había centrado en el aumento del salario, en la garantía de empleo para los parados y en la reducción de la jornada laboral. Se habían formado comisiones pro sindicato. El proletariado rural seguía los pasos de sus hermanos de la ciudad.

Los grandes propietarios no asumían los acuerdos alcanzados. En vez de contratar nuevos jornaleros los despedían mientras dejaban abandonados la tierra y el ganado y congelaban las inversiones. A partir de septiembre del 74 la situación social y económica se agrava en las tierras del sur.

En Monte Outeiro el propietario rechaza a dos trabajadores contratados a través del sindicato, admitiéndolos en la mañana del 8 de agosto y despidiéndolos al finalizar el día. El 17 de agosto manifiesta su intención de despedir a doce jornaleros más. Fue el rechazo obstinado del propietario a cumplir lo acordado lo que llevó a los trabajadores, con el apoyo del sindicato, a ocupar la finca eligiendo una comisión representativa y haciendo un llamamiento a la intervención del Gobierno. Seguirían las ocupaciones de las fincas Donas Marias y Corte Condeça. Una chispa incendiaba la planicie; el movimiento se generalizaba y el 9 de febrero de 1975 se realizaba la I Conferencia de los Trabajadores Agrarios del Sur, bajo el eslogan "Liquidación de los latifundios, la tierra para quien la trabaja".

Por todas partes a través de la lucha y del curso de la revolución, los trabajadores iban tomando conciencia de sus tareas y sacando conclusiones. El 2 de enero del 75, la asamblea general del Sindicato de los Bancarios, en Lisboa, aprobaba una moción donde proponía al Gobierno la nacionalización de la banca, para "defender los intereses del pueblo portugués contra el imperialismo, los monopolios y los latifundistas".

Partiendo de una lucha defensiva, esto es, para mantener las conquistas de la ola huelguística de mayo y junio, los trabajadores percibían que la única manera de conservar los empleos, el nivel salarial y las conquistas sociales pasaba por la expropiación de los patronos. La autogestión, el control obrero y las nacionalizaciones ya no eran aspiraciones de la vanguardia, de los activistas del movimiento, eran una necesidad sentida por cada vez más amplios sectores de la clase. ¿Qué mejor ejemplo de esto que el de los trabajadores de la Sociedade Central de Cervejas, que exigieron la nacionalización de la empresa para salvaguardar el empleo? ¿O que el de Iogurtes Bom Dia, cuyos empleados ocuparon la fábrica y mantuvieron la producción en autogestión? ¿Acaso los bancarios habían sido en alguna revolución la vanguardia del proletariado? Pero en Portugal, a inicios del 75, este sector privilegiado de la clase había comprendido algo fundamental: que la nacionalización de la banca era esencial para "defender los intereses del pueblo portugués contra el imperialismo, los monopolios y los latifundistas".

En esta coyuntura es elaborado y discutido el famoso plan Melo Antunes. Los choques provocados en su elaboración habían sido difícilmente escondidos. En el Boletim do MFA (controlado por la izquierda militar) del 12 de noviembre del 74 se criticaba la "ausencia de una política económica general coherente" y la "lentitud con que son tomadas las decisiones". Esta impaciencia de algunos sectores del MFA era el resultado de la crisis, de la acción de los capitalistas y del vigor del movimiento obrero. Melo Antunes dio la respuesta en una conferencia de prensa, a principios de diciembre: "el Gobierno", donde él era un ministro sin cartera, "no seguirá el camino aventurero que pondría en cuestión las relaciones de producción en los países europeos occidentales".

El plan saldrá adelante finalmente, el 21 de febrero, cuando sea aprobado en Consejo de Ministros. ¡Qué parodia tan miserable! En plena revolución, el Plan Económico de Tres Años era menos radical que las medidas de posguerra tomadas en Francia e Italia, y mucho más comedido que el programa del Gobierno laborista británico en 1945-51. El Plan consistía en el control parcial de ciertas industrias (como hizo el Conselho Nacional de Indústria Británica en Gran Bretaña), en la expropiación de algunas tierras (aquellas cuyo abandono era escandaloso) y en el aumento de la inversión extranjera. El Estado controlaría el 51% de las minas más importantes y de los sectores del petróleo y petroquímica, gas natural, acero, tabaco, armamento. En Gran Bretaña en esa época, ¡esas empresas estaban totalmente nacionalizadas! Aparte de esto, se preveía la nacionalización de los bancos emisores.

Melo Antunes, al mismo tiempo que calificaba el plan de "revolucionario", se apresuró a tranquilizar a los capitalistas afirmando que no habría cambios "violentos y abruptos". Es evidente que incluso estas medidas, en las cabezas de los militares del MFA y de los ministros de PCP y PS, llevarían su tiempo, y que eventualmente no sólo se indemnizaría a los pequeños accionistas.

Durante sus primeros Congresos legales en octubre y diciembre, el PCP y el PS habían reafirmado su disposición a luchar por "una sociedad socialista". Si bien el Partido Comunista indicaba como tareas de la "revolución democrática y nacional" la reforma agraria y "liquidar los monopolios y promover el desarrollo económico general", no lo desmenuzaba en medidas concretas. En ese mismo VII Congreso, el PCP propuso una plataforma reivindicativa para el "momento actual"; en ella no aparecían referencias a nacionalizaciones, tan sólo el "control por el Estado de la actividad de la banca privada", el "apoyo y ayuda en créditos y otros estímulos a las empresas, pequeñas y grandes", la "fiscalización y control por el Estado de las empresas que se muestren incapaces de cumplir su función", el "refuerzo de las empresas públicas", la "requisa por el Estado de las tierras no cultivadas" y la "fuerte tributación a los grandes propietarios y rentistas absentistas" (de cultivar la tierra). Ni nacionalizaciones bajo control obrero ni reforma agraria.

En cuanto a la dirección del PS, si en su Congreso de diciembre criticaba a la "socialdemocracia, que es una experiencia histórica característica de los países industrializados y superdesarrollados de Europa, pero que no tiene aplicabilidad en Portugal", con respecto a sus "objetivos a corto plazo", eran los mismos que los indicados en el programa del MFA, que "suscribimos íntegramente". ¿Era casualidad que el mismo Melo Antunes del Plan "revolucionario" escribiese artículos en Portugal Socialista, órgano central del PS? ¿Acaso en septiembre del 74 Soares no se había reunido con Henry Kissinger para que éste enviase una delegación que comprobara la confianza que Estados Unidos podía depositar en la dirección del Partido Socialista?

Sin embargo, las organizaciones de masas no son, fueron ni serán herméticas como cemento. La radicalización del proletariado afectaba necesariamente a sus principales partidos, a su base social de apoyo, a sus militantes. Los trabajadores que en ese momento se ponían en lucha, ocupando empresas y tierras, aplicando la autogestión o exigiendo la nacionalización de sus empresas no eran trabajadores en abstracto, o marcianos. Eran trabajadores con convicciones y simpatías políticas, que militaban y presionaban. Eran en su gran mayoría, como los resultados para la Constituyente del 25 de abril del 75 demostró, trabajadores socialistas y comunistas. Es importante tener en cuenta que entre el 25 de Abril del 74 y el 25 de noviembre del 75 el número de militantes de PCP y PS pasaría, respectivamente, de algunos millares y algunas centenas a cerca de 100.000 y 60.000 (datos reales), excluyendo de estos cálculos la militancia de las Juventudes Comunistas y Socialistas. Si el crecimiento hubiera sido estable, sin altibajos (no lo fue), esto daría una media de 2.000 altas por semana a estos dos partidos, todas las semanas. Cuando a lo largo de la revolución se habla de las masas y de la clase trabajadora, se habla de esa enorme masa de trabajadores comunistas y socialistas. Y a esto podríamos sumar la militancia sindical que elegía dirigentes comunistas y también socialistas.

No es posible comprender la trayectoria de los partidos obreros sin entender que los deseos de sus dirigentes son sólo uno de los factores de la ecuación. Más allá de su voluntad subjetiva existen las presiones objetivas, tanto de la burguesía como del proletariado. Y éste veía en sus organizaciones instrumentos de lucha, recurrían a ellas, no a pequeños grupos con cuyas ideas podían simpatizar, pero en las que no veían fuerza. Los trabajadores no se limitaban a militar, acríticamente, sino que presionaban e intentaban transformar sus organizaciones. De otro modo ¿cómo sería posible, por ejemplo, que en el primer Congreso legal del PS, en diciembre del 74, las corrientes de izquierda obtuviesen cerca del 40% de los votos de los delegados? Y, en determinadas condiciones, esos mismos dirigentes podían ser forzados, por el curso de los acontecimientos, a ir más lejos de lo que querían.

Cuando los dirigentes de PS y PCP apoyaron el Plan de Tres Años demostraron a qué distancia veían el socialismo. No fue casualidad que la CIP (Confederación de la Industria Portuguesa) apoyara el plan. En él no había nada de socialista. En la medida que el Estado expandía su intervención en la economía, aliviaba a algunos sectores de la burguesía media de la presión monopolista. Es más, al fin y al cabo algunas de las "nacionalizaciones" permitían no tener que soportar, en un período de crisis, algunos sectores deficitarios pero esenciales para el funcionamiento de la economía. Lo que confiere a la economía un carácter de clase no es tanto la situación jurídica de la propiedad, sino las relaciones sociales de producción. Con tan tímidas intervenciones estatales y sin un plan económico democráticamente elaborado por los trabajadores, las propuestas de Melo Antunes no eran un paso en dirección al socialismo sino una manera de salvar el capitalismo en Portugal.

Pero este plan apenas dependía de los militares ni de la voluntad de los dirigentes reformistas. Aquí, la palabra la tenía principalmente el movimiento obrero, y, cuando el 7 de febrero miles de trabajadores marchan sobre Lisboa contra el desempleo y las maniobras militares de la OTAN a lo largo de la costa portuguesa, y a ellos se juntan los soldados enviados a reprimir la manifestación, la burguesía comprende que no será ningún "plan de tres años" lo que decidirá el impasse.

Simultáneamente, la política de colaboración de clases que los partidos obreros llevaban a cabo no permitía a este nuevo ciclo de luchas obreras encontrar una solución global. Fue necesario el 11 de Marzo para crear un nuevo cambio en la situación. Y el Plan de Tres Años, que había sido cocinado durante meses en los pasillos y despachos ministeriales, fue barrido de un plumazo. ¡El MFA proponía, los partidos de izquierda aceptaban y la lucha de clases disponía!

‘La vía socialista de la revolución’

Con la revolución al rojo vivo, la autoridad de los patronos minada y la indefinida situación política y social, la burguesía no podía esperar a las elecciones a la Asamblea Constituyente. Sabían que las masas populares rechazarían el capitalismo, que los partidos burgueses quedarían en minoría. Sentían la ardiente presión de la revolución y buscaban un general que les salvase con una nueva dictadura policiaco-militar para restablecer la ley y el orden.

Unas semanas antes del intento de golpe, en las elecciones a Consejos de Armas, Spínola midió sus fuerzas en el seno de la casta militar. Para la Asamblea del MFA fueron elegidos masivamente oficiales de los llamados centristas, partidarios de Spínola, antiguos compañeros y ayudantes suyos, frente a los militares de izquierdas partidarios de Melo Antunes, Vasco Gonçalves u Otelo. El mismo Otelo y tres de los cinco miembros del Comité de Coordinación del MFA fueron derrotados en las elecciones de oficiales. Otelo asistió a la Asamblea del MFA, el 17 de febrero, en calidad de comandante del COPCON, pero sin derecho a voto.

Era evidente un giro a la derecha en el seno de los oficiales, lo que significaba un tremendo peligro para la revolución. Contando con el apoyo de las altas finanzas (Espírito Santo, Champalimaud, etc.) y del embajador estadounidense Frank Carlucci, auténtico jefe de la CIA en Portugal, Spínola movilizó lo que no llegó a ser más que un ejército fantasma. Haciendo correr el bulo de que estaba preparándose una matanza de Pascua para convencer a los vacilantes, Spínola se preparó para el golpe. Cuando éste se produjo se demostró, una vez más, la verdadera correlación de fuerzas entre el proletariado y la burguesía.

Concretado sobre todo en los combates en torno al RAL (Regimiento de Artillería Ligera) 1, el golpe se esfumó en cuestión de minutos. Fue tal vez, la más ridícula tentativa contrarrevolucionaria de la historia. Fue un fracaso, precisamente, por la atmósfera revolucionaria que se respiraba y que estaba al rojo vivo, afectando no sólo a los trabajadores y campesinos, sino también a la base del ejército. No había un sólo regimiento en todo Portugal que desease ser utilizado contra la clase obrera. Los paracaidistas enviados a ocupar el RAL 1 aseguraban a la población de Sacavém, que se apresuró a defender el cuartel y que les interpelaba, que "nosotros no somos fascistas".

Pero no fue sólo en el RAL 1. Esta vez no se levantaron barricadas, pero de forma espontánea o respondiendo a llamamientos de las organizaciones obreras la población acudió rápidamente a los cuarteles a formar piquetes, y los sindicatos realizaron movilizaciones en las empresas. En Santarém, por ejemplo, el Regimiento de Caballería, cuyas simpatías spinolistas eran bien conocidas, fue bloqueado por un piquete popular.

Paralelamente, se iba organizando una respuesta global. En Oporto, la Intersindical llamó, pasado el mediodía, a la huelga general. Al producirse manifestaciones masivas de trabajadores, las fuerzas implicadas en el golpe se hundieron y Spínola y su Estado Mayor tuvieron que huir al Estado español en helicóptero.

Los capitalistas portugueses habían perdido el apoyo que tenían en la población después de 48 años de dictadura, miseria y guerra colonial. Más allá de la canalla fascista y de unos cuantos oficiales, nadie apoyaba el levantamiento de Spínola.

El intento de golpe reaccionario para inclinar la situación a favor de los intereses del capital había fracasado. Al contrario, la balanza se inclinaba más a la izquierda. Lenin dijo una vez que "a veces, la revolución necesita del látigo de la contrarrevolución". Una de las características de la Revolución Portuguesa fue que, precisamente por la ausencia de una dirección revolucionaria, todos los avances de la revolución fueron consecuencia de la respuesta obrera y popular a las tentativas de golpe de la burguesía y sus militares.

El mismo 11 de Marzo, los trabajadores de los bancos entraron en huelga, ocuparon las oficinas, formaron piquetes y exigieron su nacionalización. A la entrada de los bancos pancartas hechas deprisa y corriendo anunciaban "banco del pueblo" o "el banco pertenece al pueblo". En decenas de empresas, los trabajadores reunidos en asamblea exigían la nacionalización de las mismas, como en la CUF, las CRGE (Companhias Reunidas do Gás e Electricidade) o los CTT. En los transportes, los trabajadores incluso fueron más lejos; no sólo explicaron que este sector era el pilar de la economía, y que hacía tiempo que los patronos se dedicaban al sabotaje —como pasó en Chile en 1973—, sino que amenazaron con apoderarse de los vehículos y ponerlos a funcionar por su cuenta, en caso de que los empresarios no fueran expropiados por el Gobierno. El movimiento en decenas, centenas, incontables empresas era simplemente imparable.

El ya olvidado plan Melo Antunes había sido sobrepasado por la marcha de la revolución. El conjunto de la clase trabajadora comprendía y exigía la necesidad de expropiar a la burguesía como única forma de asegurar la libertad y las conquistas de esos doce meses. Presionados por las movilizaciones obreras, enfrentados al hecho de que las siete familias habían financiado el golpe y de que ellos habrían perdido la vida caso de haber triunfado, los "oficiales progresistas" siguieron la dirección que les indicaban los trabajadores. Aceptando los hechos, anunciaron la nacionalización de los bancos, con indemnizaciones sólo para los pequeños accionistas.

En la célebre asamblea salvaje del MFA los oficiales radicales tomaron medidas. Los oficiales de derecha fueron cesados. Se alteró la estructura del Estado Mayor, se formó un Consejo de la Revolución, con poderes totales para "dirigir y llevar a cabo el proceso revolucionario en Portugal", y se reorganizó la Asamblea General del MFA. Se detuvo a 131 militares golpistas, y también a muchos hombres de negocios, como a siete miembros de la familia Espírito Santo y a Jorge y José Manuel de Mello, directores de la CUF. Aunque después fueron liberados…

Después de la nacionalización de los bancos, como los trabajadores de seguros ocuparon sus empresas exigiendo la expropiación, el MFA decidió igualmente nacionalizar las compañías aseguradoras. Como los bancos y las aseguradoras controlaban una parte importante de la industria, se abría, de esta forma, una nueva etapa en la revolución portuguesa. Fue entonces cuando el MFA declaró que el objetivo de la revolución era ¡el socialismo! La casta de oficiales, protegida e impulsada por la acción de las masas, había consagrado un cambio fundamental. Había sido la acción y presión de los trabajadores lo que en todos los momentos decisivos de la revolución la había hecho avanzar. La fuerza motriz de la revolución eran los trabajadores y los soldados, encima de los cuales los oficiales intentaban mantener el equilibrio.

El MFA había declarado la vía socialista de la revolución. Generales y almirantes hablaban de socialismo y de "poder popular". Pero ¿podía la revolución socialista ser dirigida por los militares? "Las condiciones materiales determinan la conciencia social", explicaron Marx y Engels muchas veces. Y sólo el genio creador de la Historia podía proporcionar ese espectáculo extraordinario de la casta de oficiales a bordo del tren de la revolución. Pero no era por casualidad que los propios Marx y Engels explicaban que "la emancipación del proletariado será obra del proletariado mismo o no será nunca". El papel que estos militares desempeñaban venía del hecho de que, por un lado, el capitalismo había llegado a un impasse total, y por otro la clase obrera se encontraba sin una dirección marxista que llevase el proceso hasta el final. En una situación así, la casta militar jugaba el papel de árbitro.

Como explicaban los oficiales del MFA, "después de todo, fueron las Fuerzas Armadas y no los partidos políticos clandestinos ni los intelectuales los que hicimos la Revolución de Abril del 74. Somos la vanguardia de la revolución, y por eso tenemos derecho a asumir la dirección de la nación". En efecto, los partidos obreros no mostraban nada que se pareciese a una dirección. El 11 de Marzo los dirigentes del PS, criticando el golpe, apelaban sólo a que los trabajadores se mantuvieran "tranquilos y vigilantes", y a que cooperasen con el MFA y el Gobierno Provisional para que triunfase la democracia. ¡Sobre la expropiación de los mayores adversarios de la democracia en Portugal ni una sola palabra! Y cuando los siguientes días los trabajadores pretendieron ajustar cuentas con los patrones que habían intentado ahogar la clase en un baño de sangre, la dirección del Partido Socialista se quejaba de que "en los últimos meses hemos visto varios ejemplos de un confuso ‘anarco-populismo". ¡En las elecciones los dirigentes socialistas defendían la autogestión, pero cuando los trabajadores la ponían en práctica era un "desvarío"! Y, mientras tanto, las nacionalizaciones decididas por el MFA eran aceptadas con la misma naturalidad con que antes eran consideradas imposibles. El hecho de que el PPD continuara formando parte del Gobierno Provisional era, para Mário Soares, bastante natural, y no merecía reparos.

Ya Álvaro Cunhal, en un mitin el 16 de marzo, se quejaba de que "la agudización artificial de los conflictos sociales, los intentos de precipitarse sin razones válidas en una nueva oleada de huelgas, constituye, en su conjunto, una gran ofensiva contrarrevolucionaria que deteriora la situación política, creando un clima de caos e inseguridad" (!). ¡Como si la lucha de clases fuese un grifo que se abre y cierra cuando se quiere!, ¿acaso la situación del capitalismo portugués, agravado por el sabotaje activo de los patronos, dejaba más alternativa a los trabajadores que el "anarco-populismo", por utilizar la expresión de Soares? Quizás todo se hubiera podido resolver con el Plan de Tres Años, si no hubiera sido por la aventura de Spínola… En el mismo mitin, cuando entre los asistentes se gritó "MDP en lugar de PPD", el secretario general del PCP respondía que "será tal vez preferible esperar un poco para tomar las decisiones que la situación aconseja". En ningún lado se defiende un Gobierno obrero, en ningún lado se defiende la creación, ampliación y unificación de las Comisiones de trabajadores y soldados. En ningún lado se defiende un programa de independencia de clase. "La naturaleza aborrece el vacío", escribió Hegel. El papel que los militares desempeñaron no fue consecuencia de ninguna característica especial del MFA.

Y la casta de militares tenía su propia concepción de socialismo, como demostró el Pacto MFA-Partidos. El 11 de abril, en vez de convocar elecciones, seis partidos (CDS, PPD, PS, PCP, MDP y FSP —Frente Socialista Popular, escisión de izquierdas del PS—) firman la Plataforma de Acuerdo Constitucional, que concede al MFA el derecho de intervenir en todos los órganos de poder y de contribuir en la elaboración de un documento constitucional. El pacto daba al Movimiento un poder de intervención que iba desde el orden público hasta el funcionamiento de la Constituyente, pasando por la sanción de las leyes a elaborar; también influía en la elección del presidente de la República, y sólo el Consejo de la Revolución podía reformar la Constitución. Además, ésta tendría que "consagrar los principios fundamentales del Movimiento de las Fuerzas Armadas". El MFA debía conservar, así, el poder decisivo entre tres y cinco años después de las elecciones. En realidad, si de ellos dependiera, permanentemente. En ese caso habría que preguntarse de qué servirían las elecciones.

No fue extraño que con esta concepción de democracia y socialismo, ya en la fase final de la campaña electoral para la Constituyente, la Comisión Dinamizadora Central del MFA abogase por el voto en blanco, por considerar que buena parte del electorado no estaba suficientemente preparado para votar conscientemente. Así, el voto en blanco sería el voto al Movimiento, el "motor y brazo armado de la revolución".

De esta forma se constataban los prejuicios que la casta de oficiales poseía por la posición y función social que desempeñaban. Incluso empujados por el movimiento de la clase obrera y basándose en él, el MFA jamás construiría el socialismo. En todo caso llevaría hasta el fin el proceso de nacionalizaciones, levantando un Estado obrero burocráticamente deformado, en el que el poder no estaría en manos de los trabajadores sino de los militares. En realidad, no se habría diferenciado mucho de los regímenes bonapartistas de la Unión Soviética, China o Cuba.

La polarización de clases

Desde el inicio de la Revolución las relaciones entre PS y PCP habían sido tensas. En los primeros meses los dos partidos se habían enfrentado y en varias ocasiones el PS se encontró a la izquierda del PCP, como en la lucha de los CTTs en junio de 1974 o en la cuestión de la ley de huelga, cuando el PCP —con una parte de razón— se quejó de que después de acordar su aprobación, los socialistas la criticaran abiertamente. El PS intentaba así, disputar al PCP la hegemonía de la clase obrera. Pero el primer conflicto realmente serio se dio en enero de 1975, con respecto a la cuestión de la unidad sindical. Entonces vio la luz un proyecto de ley que consagraba la existencia de una única central sindical.

Rápidamente, el PS protestó por dicha ley argumentando, a través de su dirigente Salgado Zenha, que "si por vía de decreto se impone un sindicato único [por rama] y una confederación sindical única, por la misma lógica mañana se podrá imponer un partido único, una prensa única, una lista única de candidatos a la Asamblea Legislativa, etc., etc.". Por su parte, el PCP y los diversos grupos de extrema izquierda defendieron el principio de la unidad.

Es evidente que la unidad de la clase trabajadora es esencial, pero esa unidad tiene que ser construida con la lucha de los trabajadores, a través de su participación democrática en las estructuras sindicales. Impuesta por ley, apenas tiene el valor del papel en que está escrita. Defendiendo el derecho a la organización sindical, al derecho de los trabajadores a organizarse como democráticamente lo deseen, adoptando el lema "ni dirigismo ni pluralismo, sindicalismo de base", el Partido Socialista comienza a afirmarse como "el partido del socialismo en libertad".

El PS no fue capaz entonces de bloquear la ley de la unidad. La Comisión Coordinadora del MFA toma el partido de la unidad y, en la víspera de la votación en Consejo de Ministros, una gigantesca manifestación (de cien mil) en Lisboa inclina definitivamente el peso de la balanza.

Pero si la cuestión de la unidad había llevado al PS a amenazar con su salida del Gobierno, la escalada de confrontación entre Partido Socialista y PCP llegaría al extremo tras las elecciones a la Constituyente del 25 de abril del 75. En esas elecciones, el PS sería el partido más votado, con el 38,87% de los votos frente al 26,38 del PPD, el 12,53 del PCP, el 7,65 del CDS y el 4,12 del MDP. La extrema izquierda, en su conjunto, no llegaba al 4%, y en cuanto a los votos blancos y nulos —que serían, en buena medida, votos al MFA—, eran el 6,94%.

La mayoría electoral de la izquierda era clara. Los partidos burgueses apenas tenían un tercio de los votos. Pero si el proletariado estaba dividido entre el PS, de un lado, y PCP y MDP de otro, los resultados demostraban que el Partido Socialista era, objetivamente, el partido que más votos recogía en el seno de la clase trabajadora. Era el partido más votado en Lisboa, con el 46% de los votos frente al 19% del PCP; también lo era en Setúbal y Évora (aunque por pocas décimas), y por mucha ventaja, en Portalegre, Faro, Ribatejo u Oporto. El PCP sólo conseguía ser el partido más votado en el distrito de Beja (39% frente al 35% del PS).

Desde luego se imponía una pregunta: teniendo en cuenta estos resultados, ¿por qué aguantó la burguesía seis meses más de "anarquía revolucionaria", hasta el 25 de noviembre? En realidad, el voto al Partido Socialista no representaba un voto al capitalismo, sino un voto al "socialismo en libertad" que la dirección pregonaba. Después de 48 años de dictadura, la última cosa que los trabajadores deseaban hacer era perder los derechos democráticos conseguidos entonces. El PCP aparecía, para la mayoría de los trabajadores y por su propia responsabilidad, totalmente identificado con los Estados burocráticamente deformados del Este de Europa. Los sesgados elogios al "sol de la tierra" que se hacían en las páginas del Avante (órgano central del PCP) asustaban mucho a muchos trabajadores. Los obreros que votaban al Partido Socialista veían en él una alternativa posible al bonapartismo proletario; el rechazo del capitalismo por parte de la base obrera del PS es la única explicación de ese equilibrio de fuerzas y de esa situación de dualidad de poder que durará hasta finales de noviembre. La base de apoyo de PCP, MDP y la extrema izquierda, por sí sola, no permitía eso. Si existen dudas sobre los anhelos de la base obrera socialista, ahí estaban los carteles del PS para el Primero de Mayo de después de las elecciones: "control obrero" y "autogestión" eran las consignas.

Sea como fuere, la dirección del Partido Socialista no dejaría de aprovechar estos resultados a su favor, para combatir la influencia del PCP en las estructuras sindicales, en los medios de comunicación, en los ayuntamientos, en el Gobierno Provisional y en el seno del MFA. La burguesía, por su parte, después de haberse quemado los dedos en dos tentativas frustradas de golpe, comprendía mejor los servicios que los dirigentes socialdemócratas del PS le podían prestar. En realidad, no tenían alternativa, y desde entonces, la derecha se pega nítidamente al PS sin que eso incomodara a los dirigentes socialistas en lo más mínimo.

Y los conflictos reventaron en la conmemoración del Primero de Mayo. Es cierto que Soares pretendió crear un enfrentamiento, pero los dirigentes comunistas le dieron el pretexto servido en bandeja. El PS había exigido que sólo dieran discursos los dirigentes de PCP, Partido Socialista y MDP, dando de lado así a MES [Movimento de Esquerda Socialista] y FSP (Frente Socialista Popular, escisión del PS en enero) por no considerarlos representativos. Como intento de consenso se decidió que ningún partido tomaría la palabra. El PS, en respuesta, convocó una manifestación separada que terminaría junto a la de la Intersindical. El cortejo del PS llegó cuando el mitin ya había empezado. Y, mientras hablaba Vasco Gonçalves, Mário Soares hacía un discurso paralelo, escuchándose pitos y palmas. Ya hablaba Costa Gomes cuando Soares intentó llegar a la tribuna, lo que fue impedido por un militante de la Intersindical, que le acusaba de divisionismo. Volvió para atrás en medio de enfrentamientos físicos entre socialistas y comunistas. Y la televisión mostrando todo esto al país. Al día siguiente el PS convocaba en Lisboa una manifestación, donde participarían miles de personas, con el lema "hay que respetar la voluntad popular". Los conflictos que se sucedieron posteriormente sólo fortalecieron la posición del Partido Socialista.

Más grave aún sería el enfrentamiento por el periódico República. El 19 de mayo los trabajadores de República cesan a la dirección del periódico (afecta al PS), sacando la publicación con un nuevo director y una nueva redacción. Ese mismo día, los ministros socialistas deciden, en señal de protesta, no aparecer en las reuniones de Gobierno. En nombre de la libertad de expresión, el PS precipitaría la crisis política del verano.

El caso República reventó cuando sus trabajadores, sobre todo los tipógrafos, se oponen a su línea editorial ya que consideraban que había transformado el periódico en un órgano oficioso del Partido Socialista. Y como el PS estaba traicionando el proceso revolucionario… El PS moviliza a sus militantes, que se manifiestan frente a la sede del periódico hasta la madrugada. La consigna más gritada es significativa: "República es del pueblo, no de Moscú". Los dirigentes del PS no quieren el periódico, quieren la crisis. Aunque el PCP se apresura a decir que no tiene nada que ver con el caso, no condena las depuraciones en el periódico.

Es cierto que la lucha de los trabajadores de República debía ser apoyada y que éstos tenían el derecho de mandar en el periódico donde trabajaban y que las decisiones no pasaran sólo por los accionistas y redactores. Mas, simultáneamente, era necesario explicar que el PS, como el mayor partido obrero que era, no podía ser pura y simplemente excluido. El acceso de las organizaciones obreras a los órganos de prensa tenía que ser proporcional a la importancia de las mismas. Pero el PCP no podía criticar los métodos que estos trabajadores afectos a la extrema izquierda aplicaban en República. Hacerlo sería poner en cuestión su predominio en Diário de Notícias, Século, Diário de Lisboa, los servicios informativos de la Emissora Nacional o la televisión. Y es que ese predominio había sido alcanzado con esos mismos métodos por sus militantes…

Como en la Revolución Alemana, cuando en enero de 1919 los elementos más radicales ocuparon en Berlín la sede del órgano central del Partido Socialdemócrata, con el mismo pretexto lo hacían los trabajadores de República también en Lisboa en 1975. Este hecho fue utilizado por los líderes socialdemócratas para lanzar una campaña anticomunista encubierta en la defensa de la libertad.

Es verdad que al ser el órgano oficioso del PS, República prestaba un flaco servicio a la Revolución, como afirmaban sus trabajadores. Los dirigentes socialistas no querían, de hecho, implantar el socialismo en Portugal. Pero esto es una conclusión a la que su base social de apoyo todavía no había llegado. No deja de ser significativo de las aspiraciones de los simpatizantes y de la base militante y obrera del PS que, en las páginas de Portugal Socialista (periódico del PS), la posición del partido fuera defendida ¡recurriendo a un artículo de Carlos Marx sobre censura y libertad de prensa en Prusia! Al atacar al PS de esa manera, los trabajadores socialistas no vieron una depuración de los enemigos de la Revolución, sino una depuración de compañeros de su partido. Lejos de silenciar "las mentiras del PS", el caso República iba a darles una proyección como nunca habían tenido. Y la Fonte Luminosa [manifestación masiva organizada por el PS que serviría de punto de apoyo para liquidar las conquistas de la revolución (Nota del Traductor)] ya venía de camino…

Los consensos que el Consejo de la Revolución (CR) intentaba alcanzar no resultaron y, cuando el 10 de julio, el periódico reaparece bajo control de los trabajadores con el coronel Pereira de Carvalho como director nombrado por el CR, el PS abandona el Gobierno, un acto que fue seguido días más tarde por el PPD. Terminaba así, la experiencia del IV Gobierno Provisional que había tomado posesión después del 11 de Marzo.

Estos conflictos entre PS y PCP no eran debido a un enfrentamiento personal, o simplemente a la lucha por el poder entre dos partidos. Aunque de forma distorsionada, estos conflictos reflejaban la lucha entre las dos clases fundamentales de la sociedad portuguesa: la burguesía y el proletariado.

En una primera fase, los sectores decisivos de la burguesía habían apostado por Spínola para reponer el orden. Lo intentaron, primero, con el golpe constitucional de Palma Carlos. Fallaron. Lo siguiente fue la aventura, ya no palaciega, del 28 de septiembre. Como en el 11 de Marzo, la respuesta unitaria de la clase obrera a la que se unieron soldados y marineros y hasta oficiales radicales, impidió el paso a la contrarrevolución. Cada vez que la burguesía había intentado acabar con la revolución la había empujado más a la izquierda. De cualquier forma la burguesía, dividida, nunca había puesto todos los huevos en la misma cesta. Al mismo tiempo que conspiraba mantenía su partido "liberal y democrático" (el PPD) para colaborar en el Gobierno Provisional con los partidos obreros e implantar la democracia. Después del 11 de Marzo y de las elecciones para la Constituyente era evidente para los sectores más inteligentes de la burguesía —y también de las potencias imperialistas—, que la mejor arma que poseían para impedir el paso de la revolución era la dirección del Partido Socialista. Lo que no significa que otro sector no continuara rumiando su deseo de un golpe de fuerza. Las estructuras terroristas del MDLP o del ELP ahí estaban para demostrarlo. No existía ninguna divergencia seria entre los liberales y los reaccionarios. Sólo discrepaban en la manera de mantener su dominio de clase. Y esta división del trabajo no dejaba de ser, desde un punto de vista burgués, bastante útil.

La fuerza de la clase obrera, su alto grado de conciencia de clase, a pesar de la división entre socialistas y comunistas, imponían un serio equilibrio de fuerzas. La burguesía, al inicio del verano, empezaba a poder movilizar una base social de apoyo real, sobre todo entre los campesinos políticamente atrasados del Norte. Si las elecciones para la Constituyente habían demostrado una inequívoca voluntad obrera y popular de abrazar la "vía socialista", también habían reflejado que en varias regiones del país —el Norte fundamentalmente— el vendaval de la revolución sólo había soplado levemente.

Hasta aquí, la clase obrera hubiera podido fácilmente tomar el poder (y de manera pacífica), y si no lo hizo fue sólo por la ausencia de una dirección política que diese una solución global. Pero a partir del inicio del verano la lucha política deja implícita la posibilidad de un enfrentamiento violento.

La campaña anticomunista del PS había abierto la primera brecha. Los casos República y Rádio Renascença fueron el punto de partida para que la jerarquía católica y la reacción iniciaran una campaña sistemática contra la "amenaza comunista". El conflicto en Rádio Renascença comenzó tras el 25 de Abril, al intentar mantener el episcopado, la censura interna en la emisora. El conflicto que surgía de forma intermitente entre los trabajadores de la empresa y la jerarquía católica desembocó en estas fechas, en la ocupación y autogestión de la radio de Lisboa por parte de sus periodistas y administrativos, colocando la emisora "al servicio de la clase obrera, de los campesinos y de todos los trabajadores". ¡Rádio Renascença ya no era la "emisora católica"!

Pero la movilización de sectores del campesinado y de la pequeña burguesía urbana fue posible, aparte de por su atraso político, por el deterioro de su nivel de vida: el alza de precios, la especulación, la degradación de los circuitos comerciales, la ausencia de una política de crédito y de distribución consecuentes… La inexistencia de una tabla de precios eficaz, de un plan económico y de monopolio del comercio exterior en manos del Estado, contribuía a una pauperización de estos sectores de la población. Y en definitiva, ¿no eran "los comunistas" los que mandaban en el Gobierno Provisional, en el COPCON, en el MFA, en el Consejo de la Revolución, y los que controlaban Lisboa, la capital y el centro del poder? Igual que Franco, cuando cuarenta años atrás preguntaba demagógicamente a los campesinos "¿os ha dado de comer la República?", en el verano del 75 la canalla reaccionaria responsabilizaba al movimiento obrero de todos los males y fracasos que la bancarrota capitalista representaba para esos sectores.

Permitiendo el lavado de cara de la derecha y hasta de la extrema derecha, acusando a los "excesos" de la revolución y al "anarco-populismo" del colapso económico, y dirigiendo sus ataques hacia el poder emergente de las Comisiones de trabajadores, el PS no sólo defendía el orden democrático sustentado en la autoridad del Estado (instrumento último de dominación burguesa), sino que objetivamente pavimentaba el camino de la reacción.

Explicando su salida del Gobierno, el PS en su documento Vencer la crisis, salvar la Revolución del 28 de julio, argumentaba que "en la actual situación el Gobierno de salvación nacional deberá tener como objetivo inmediato la creación en el país de un clima de confianza, trabajo y disciplina". El mismo documento añadía que dicho Gobierno de salvación debía "reafirmar el principio de que las Comisiones de vecinos y trabajadores son las formas de poder popular, [pero] es preciso que no pretendan convertirse en un poder paralelo al aparato estatal".

"Confianza, trabajo y disciplina", porque las exigencias de los trabajadores serían, para Mário Soares, "inaceptables, excesivas y anarco-populistas". Buena parte de la economía estaba ya nacionalizada, pero sobre la necesidad de extender la socialización a las grandes empresas que quedaban en manos privadas y a las que pertenecían a grupos internacionales —el capital extranjero nunca llegaría a ser tocado—, ni una palabra. Como tampoco había referencias a llevar hasta el final la expropiación del latifundio, o la necesidad de sustituir las leyes del mercado, todavía predominantes, por la planificación consciente y democrática de los productores.

"Las Comisiones de vecinos y trabajadores son las formas de poder popular"; como la dirección socialdemócrata del PS no tenía fuerza para atacar de frente el poder emergente de los consejos obreros (en los cuales participaban muchos de sus militantes), intentaba que éstos no interfirieran en el aparato estatal y se convirtieran en un "poder paralelo". Hay que convertir las Comisiones en apéndices del Estado (burgués). El Partido Socialista estaba por tanto, dispuesto a combinar el refuerzo de las instituciones burguesas con la existencia de esos "órganos de poder popular", cuya función sería ilusoria y, evidentemente, efímera.

Si el PS defendía los puntos de vista de la burguesía y pequeña burguesía en el seno del movimiento obrero, ¿cuál era el papel del PCP, el principal blanco de los ataques del PS?

Desde el inicio de la Revolución, pero sobre todo en estos meses, el PCP insistía en la "Alianza Pueblo-MFA". Como se podía leer en la nota del Comité Central del 16 de junio, "esa alianza y esa unidad continúan siendo vitales para asegurar la victoria definitiva y total de la revolución". Pero la unidad del propio MFA era imposible. Necesariamente tendría que dividirse en líneas de clase. Es cierto que el MFA había decidido llevar a cabo nacionalizaciones y la "vía socialista" de la revolución. Pero ¿qué significaba esto? Que ante el 11 de Marzo y la ofensiva de la clase obrera el Movimiento, cuerpo de oficiales pequeñoburgueses, había seguido el rumbo que los trabajadores apuntaban; si se hubieran opuesto habrían sido barridos de la escena por la acción de los trabajadores y de los propios soldados. Independientemente de las voluntades y deseos de sus miembros tomados individualmente, las fuerzas armadas y el MFA, como grupo social, pretendían jugar un papel bonapartista. Dicho de forma más cruda: la casta de oficiales quería mandar. ¿Hay otra explicación del pacto MFA-Partidos? En la medida en que el enfrentamiento entre las clases llegase a la cima, los militares tomarían partido por diferentes barricadas. ¿No fue esto lo que pasó después?

Incluso si la mayoría de los oficiales se mantuviese fiel a la "vía socialista", ¿daría lugar eso al socialismo de los consejos obreros, de los sóviets, o a un socialismo tutelado por la casta militar? El 8 de julio sería aprobado el Documento-guía Alianza Pueblo-MFA, que hablaba de poder popular y de sustitución gradual del Estado burgués por las asambleas populares. Pero el Documento-guía dejaba bien claro que, tal y como defendían todas las facciones dentro del MFA, el "monopolio del ejercicio de la violencia pertenecería al MFA". Según explicó Lenin hace ya mucho tiempo, "el Estado en última instancia es un cuerpo de hombres armados en defensa de la propiedad"; está claro, más allá de la exaltación del "poder popular", quién controlaría realmente el Estado.

Finalmente, ¿había alguna razón sólida para asegurar que este cuerpo de oficiales rompería con sus lazos de clase? Aunque parte de los oficiales diera el paso hacia una lucha abierta contra el capitalismo —como de hecho pasó—, la mayoría de la casta obligada a elegir entre el refuerzo de la "disciplina y autoridad del poder del Estado" y el "anarco-populismo" (es decir, la acción del proletariado y la consolidación de las Comisiones de trabajadores, y también de soldados dentro de los propios cuarteles), acabaría por optar por la solución que mejor le garantizase sus privilegios e intereses. Y así fue.

Así, en lugar de explicar la inevitabilidad de la ruptura del MFA y sus razones, en vez de estimular el desarrollo de las Comisiones de soldados y de subordinar el papel y la acción de los oficiales radicales a la lucha de los soldados, marineros y trabajadores, el PCP estaba haciendo lo contrario. Sometía la lucha del proletariado al sistema de alianzas con el MFA y alimentaba ilusiones en el papel de motor de la revolución que éste podía jugar.

Es más. En esa misma nota el PCP defendía que "la Asamblea Constituyente tiene como misión elaborar la nueva Constitución y no tiene que intervenir nada en la política cotidiana ni en la actividad del Gobierno". Pero, entonces ¿quién decidía la composición y la política del Gobierno? Seguramente, no los resultados del sufragio universal del día 25. Era evidente que quien lo debería hacer serían el movimiento obrero "presionado" y, sobre todo, el propio MFA.

La posición del PCP sobre la Asamblea Constituyente no era una cuestión baladí. En unos momentos en que era acusado de querer instaurar una dictadura, o, utilizando el lenguaje de la época, de querer "asaltar las estructuras de poder", el PCP demostraba, en la práctica, no saber oponer la democracia obrera a la democracia burguesa. Las ilusiones democráticas eran enormes entre los trabajadores. ¿Podía ser de otra forma? Durante 48 años el pueblo portugués había soportado una dictadura sin poder expresar su opinión mediante el voto. Por supuesto que las elecciones para la Constituyente se habían realizado en buena parte del país en un clima que era cualquier cosa menos democrático; por supuesto que los resultados reflejaban inexperiencia política en algunos sectores sociales. No menos verdad es que el destino de la revolución no podía ser sacrificado al oscurantismo de décadas, incluso siglos, que buena parte de la población reflejó en su voto. Por último, es evidente que los resultados reflejaban el sentimiento de las masas ayer, es decir, el mismo día 25 de abril del 75. La revolución es demasiado rápida para que se pueda esperar a todos, para que se pueda convencer a todos. Como ya ha demostrado la experiencia portuguesa, la opción no era un normal y civilizado camino democrático hasta llegar al socialismo. La burguesía había intentado, a través de la fuerza, invertir la situación dos veces. En cuanto pudiera, lo intentaría de nuevo. Ninguna clase dominante nunca, dejó de luchar por sus privilegios hasta el fin.

Pero la alternativa a la democracia burguesa, en esos momentos, no podía ser como exigían los grupos izquierdistas, la disolución inmediata de la Constituyente. Tampoco podía ser igualmente, excluir a esta asamblea de "intervenir en la política cotidiana [y] en la actividad del Gobierno", como proponía el PCP.

Las elecciones habían demostrado la influencia de los diversos partidos en las diferentes regiones y en las diferentes clases. Todo el país lo entendía así. La Asamblea Constituyente, sí, tenía que "intervenir en la política cotidiana [y] en la actividad del Gobierno". Pero tenía que hacerlo mientras no hubiese una alternativa real ante los ojos de las masas, que la pudiese sustituir como órgano de poder. Esa alternativa sólo podía ser el desarrollo y expansión del poder de las Comisiones de trabajadores, vecinos y soldados. Esa dualidad de poder que Soares tanto temía era la única alternativa. Y esto sólo ocurriría en la práctica, cuando las masas, por su propia experiencia, comprendiesen que sus comisiones, sus sóviets, eran mil veces más democráticos que la más democrática República burguesa.

Cuando en la Revolución Portuguesa se puso sobre la mesa la cuestión del poder, "cuestión central de cualquier revolución", como muy bien escribió Álvaro Cunhal, se definieron fácilmente las concepciones de los diferentes partidos. Los dirigentes del PS, defendiendo las estructuras del Estado burgués, eran ahora más que nunca, aliados de la burguesía y estaban apoyados por ésta y por las potencias imperialistas; si hablaban de defensa de la Revolución, de socialismo e incluso de "poder popular" era porque su base social de apoyo no les permitía lo contrario. En cuanto al PCP, insistía, como solución política a la crisis revolucionaria, en la defensa de la unidad del MFA y de la Alianza Pueblo-MFA. Es cierto que defendía el refuerzo de las organizaciones de base de la clase trabajadora, como se puede leer en sus comunicados de esos meses. Pero el eje fundamental era la Alianza Pueblo-MFA. No era por casualidad. Relegados en el plano electoral, la estrategia de poder de sus dirigentes pasaba por la correlación de fuerzas dentro del MFA y por la subordinación del movimiento obrero a esa alianza. Esa estrategia de poder, si hubiera resultado, hubiera desembocado no en el poder de los sóviets, de las Comisiones de trabajadores y soldados, sino en un Estado Obrero bonapartista en el que los medios de producción habrían estado socializados, pero el poder habría estado concentrado en sus manos y en las de sus aliados militares. Si los dirigentes del PS estaban orgánicamente ligados a la burguesía y al imperialismo, los del PCP no lo estaban menos a la burocracia soviética.

Crisis revolucionaria

El 11 de Marzo había inaugurado un nuevo ciclo en la revolución. Primero se nacionalizan los bancos, luego las aseguradoras. Y así, por la vía financiera, el Estado poseía por lo menos una parte considerable de las empresas: la siderurgia, el cemento, la petroquímica, los transportes, las telecomunicaciones, etc. Buena parte de la industria estaba en manos del Estado, y decenas y decenas de empresas funcionaban en autogestión, es decir, el control obrero convertía la propiedad privada en poco más que una ficción. Por otro lado, en los campos del Sur, rápidamente cientos de miles de hectáreas fueron ocupados, y en lugar de los latifundios brotaban del suelo como setas, Unidades Colectivas de Producción (UCPs). El poder económico de los siete grandes grupos se había desvanecido. No fue por azar ni por precipitación que The Times escribió en sus páginas que "el capitalismo ha muerto en Portugal". Por el contrario, esto traducía gráficamente el estado de ánimo y las perspectivas de los capitalistas de todo el mundo.

Pero en Portugal la perspectiva no era la abolición inmediata de lo que quedaba de un capitalismo que, sin estar muerto, sí se encontraba seriamente tocado. La solución para vencer la crisis pasaba por la "batalla de la producción", que durante meses fue un caballo de batalla de MFA, PCP, Intersindical e incluso PS. Era necesario producir más y limitar las reivindicaciones insoportables para la economía y las empresas aludidas. En mayo del 75 los metalúrgicos se contentaron con 4.000 escudos de salario mínimo, en vez de los 6.000 exigidos, y aceptaron también las 45 horas semanales de jornada, ¡cuando un año antes habían luchado por las 40!. Al mismo tiempo, el sindicato de los propios metalúrgicos exigía para las estructuras sindicales, amparándose en la misma "batalla de la producción", "las grandes tareas de control de la producción y de reestructuración de la economía".

De igual modo, los trabajadores de la SOCEL crearon consejos de producción y de control para mejorar la productividad, pero al mismo tiempo daban a esos consejos la tarea de controlar la correspondencia y la contabilidad de las empresas y de "abolir de ese modo el secreto comercial".

La ambigüedad es evidente, al mismo tiempo que se aceptaba por parte de los trabajadores, un aumento de sacrificios, en una economía que continuaba regida por las leyes del capitalismo se amenazaba, en razón del esfuerzo pedido, al conjunto del poder patronal.

De la misma forma, la lucha por la depuración en las empresas, la lucha contra el sabotaje, implicaba una fiscalización y un control obreros. También la lucha contra el desempleo imponía a los trabajadores de la empresa el control de las contrataciones y permisos, de los ritmos y procesos de producción, de los libros de cuentas, de los stocks y los pedidos.

Hasta tal punto ocurría esto, que independientemente de las perspectivas e intenciones originales de los trabajadores de una determinada empresa, la supervivencia de la misma y el mantenimiento de los puestos de trabajo y de las conquistas imponían necesariamente la superación de los límites de la propiedad y las relaciones sociales burguesas.

Y ahora unas palabras sobre los campos del Sur. En pleno proceso de disolución de los latifundios, garantizando puestos de trabajo para todos, los jornaleros experimentaron la inmensa alegría de la "primera cosecha en libertad", como ellos mismos decían.

Por estos procesos, aun atomizados, se podía medir el avance de la revolución y de la conciencia de los trabajadores. A pesar de la división de la clase, de la ausencia de perspectivas claras por parte de la dirección de la clase, serán estos saltos y avances en la conciencia de los trabajadores lo que hará tan difícil, compleja e irregular la recuperación capitalista en Portugal.

El IV Gobierno Provisional formado tras el 11 de Marzo se descompuso el 10 de julio, cuando el PS da el portazo como resultado del caso República y, sobre todo, del Documento-Guía aprobado en la Asamblea del MFA del día 8. El 13, con el asalto al Centro de Trabajo del PCP en Rio Maior, se desencadena la caza al comunista. El terror blanco levanta cabeza. En julio habrá 86 actos de terrorismo, con asaltos, pillaje e incendios en sedes del PCP, de la Intersindical y de partidos de extrema izquierda. En agosto, el terrorismo llega a su momento cumbre, con 153 acciones. Movilizada por la Iglesia, los partidos burgueses y las redes terroristas de la extrema derecha, la reacción muestra su verdadera cara. El COPCON, el MFA, el Gobierno, son impotentes para impedir esta venganza en el Norte.

Cuando el PS reúne a 70.000 personas el 18 de julio en el estadio de las Antas, en Oporto, y 100.000 en Lisboa, en la Fonte Luminosa al día siguiente, arrastra tras de sí a todos aquellos que hasta entonces, con miedo, habían permanecido callados. En esos mítines no sólo se aplaude a los líderes socialistas, no sólo se pide la dimisión de Vasco Gonçalves; los asistentes van más lejos, gritando "Cunhal al Tarrafal" o "Cunhal a Siberia", sin que Mário Soares y los otros dirigentes socialistas sientan la necesidad de mandar parar esas demostraciones de anticomunismo que apuntaban, con tiempo, al conjunto del movimiento obrero. Esto ocurría en el momento en que las primeras sedes de organizaciones obreras ya estaban en llamas. En el momento en que el clero grita contra el peligro de "dictadura", cuando lo que está ardiendo no son las iglesias, sino las sedes del PCP, incendiadas por los "creyentes". En el momento en que ser militante comunista comporta, en las regiones del Norte, un riesgo personal. Cuando la reacción persigue, apalea y asesina a activistas del movimiento obrero, Soares finge ignorarlo; estos días sólo hay un enemigo: el PCP.

Es en este contexto que se discute, al inicio de agosto, la formación del V Gobierno. Vasco Gonçalves será llamado a formarlo, pero desde el principio, tal proyecto está condenado por no tener apoyo suficiente. Sólo el PCP respaldará un Gobierno que después de su toma de posesión es anunciado como "de transición". Es un Gobierno que tiene contra sí a toda la derecha, el PS, la mayoría de la Asamblea Constituyente y una fracción significativa del MFA. Inevitablemente, el V Gobierno no haría más que precipitar la lucha abierta dentro del MFA.

El 7 de agosto surge el documento de los nueve (encabezados por Melo Antunes). Documento que unifica a los "moderados" y a la derecha dentro de las fuerzas armadas. Siguiendo la línea del documento del 28 de julio del PS critica la "progresiva descomposición de las estructuras del Estado", y denuncia "vigorosamente el anarquismo y el populismo". Además de eso, en el plano económico, los nueve proponían "el mantenimiento de nuestros lazos con Europa". De igual forma que el PS, afirmaba que lo que estaba en cuestión no eran las nacionalizaciones sino la forma de llevarlas a cabo y la oportunidad de su promulgación (esto es, que fueran consecuencia del 11 de Marzo), postulando que "las nacionalizaciones están sucediendo a un ritmo imposible de absorber".

El texto de Melo Antunes, elocuente por sí mismo, haría surgir otros documentos, principalmente un manifiesto alternativo escrito por oficiales radicales del COPCON, titulado Autocrítica revolucionaria del COPCON. Subrayan que "las propuestas presentadas [por los nueve] permitirán una recuperación de la derecha" y que "pretender construir el socialismo sin poner en cuestión la democracia burguesa" era engañoso. Finalmente, criticaba al MFA por insistir en "resolver las contradicciones a través de compromisos con partidos burgueses", situando el poder de los trabajadores en la formación y refuerzo "de esos órganos [las Comisiones], que deben servir como instrumentos para las soluciones económicas, que deben ser los auténticos órganos de poder político".

Las insuficiencias del documento eran enormes. No ponía de relieve la necesidad de la autodefensa de la clase y, sobre todo, no abordaba el problema crucial de la unidad de la clase trabajadora. Aun así, este documento surgía como una alternativa al de los nueve y dio lugar a auténticos debates entre los soldados, a través de asambleas, y llevando la fermentación política en los cuarteles a un punto sin precedentes. La crisis del MFA, del sistema jerárquico, se volvió más profunda, lo que se constataba con las reivindicaciones de depuración de oficiales reaccionarios y por la desobediencia de órdenes superiores por parte de los soldados. La disgregación del ejército y del Estado continuaba, las Comisiones se desarrollaban en las empresas, los barrios y los cuarteles. Pero no era suficiente, no mientras la clase trabajadora permaneciese dividida.

Si los dirigentes del PS lideraban ahora el combate por la "disciplina", el hecho es que el PCP en estos momentos decisivos, demostró no ser capaz de ganar a la base social de apoyo socialista, de unificar a su vez a la clase trabajadora, de ganar la simpatía, o al menos la neutralidad, de la pequeña burguesía urbana. Por el contrario, el gran perdedor de la crisis de julio y agosto sería el PCP. Los dirigentes comunistas habían permanecido en equilibrio sobre un proyecto político con una base muy reducida: la conquista electoral de la mayoría en el seno del MFA. ¡Como si la unidad del MFA pudiese resistir la ascensión impetuosa de la lucha de clases! De ahí que, cuando la unidad del MFA comenzó a romperse, el PCP pasó el tiempo intentando equilibrarse sobre el vacío. Durante esos dos meses cruciales, si el PCP tuvo una línea política, ésta fue bastante sinuosa.

Entre el 18 y el 19 de julio, el PCP describió los mítines organizados por el PS como una reedición del intento spinolista del 28 de septiembre. Mismos males, mismos remedios: el PCP y la Intersindical llamaron a levantar barricadas. Éstas no sólo fueron barridas, sino que permitieron a Soares tildar a los dirigentes comunistas de "paranoicos" y de echar más leña al fuego anticomunista. El PCP y el PS se acusaron mutuamente de socialfascistas. El 27 de julio, virando el rumbo, la Comisión Política del PCP publica un comunicado afirmando que "es urgente reforzar la unidad de todos los comunistas y socialistas, de católicos y no católicos". Pero ante la campaña apoyada en el documento de los nueve, a principios de agosto, se produjo un nuevo endurecimiento que desembocó el 20 de agosto en la participación del Partido, a última hora, en una manifestación convocada por las Comisiones de trabajadores controladas por la extrema izquierda. Esa misma noche, tuvo lugar una conferencia de prensa inesperada, en la que el secretario general del PCP dio a entender que su partido estaría dispuesto a dejar caer el V Gobierno y hacer regresar un Gobierno de gran coalición. Al día siguiente, Álvaro Cunhal declaraba a los micrófonos de la emisora Europe que "damos unilateralmente a nuestros militantes la orientación de buscar por todas partes contactos con los socialistas". Pero, dos días más tarde, el PCP invocó de nuevo los rumores de un golpe de Estado para poner a sus militantes en alerta contra los mismos dirigentes políticos y militares con los cuales las vísperas estaba dispuesto a formar un VI Gobierno. Este nuevo rumor terminó con la firma de un pacto (FUR, Frente de Unidade Revolucionária) con todas las organizaciones de extrema izquierda no maoístas, y posteriormente con la manifestación del 27 de agosto convocada por el FUR. Por discrepancias con las consignas, el PRP saldría de la manifestación antes del final, y el acuerdo político global con los grupos izquierdistas terminaba en ese mismo momento. Después de esto, el PCP reiteró sus propuestas de apertura a los "golpistas" de las vísperas.

Giro y vuelta a girar, pero en ningún momento el PCP propuso al PS la constitución de un frente único para salvar la revolución. En ningún momento el PCP propuso un Gobierno PS-PCP basado en la movilización de la clase trabajadora, basado en un programa que pudiese resolver la crisis. En ningún momento el Partido Comunista llevó tal programa a discusión de abajo arriba del PS, implicando desde los simpatizantes y militantes de base del Partido Socialista hasta sus dirigentes.

En ningún momento el PCP propone un programa que llevase hasta el final la nacionalización de las grandes empresas, la expropiación de los latifundios, la concentración en manos del Estado del comercio exterior y la sustitución de las leyes de la libre concurrencia por la planificación democrática y consciente de los recursos económicos del país bajo control de los trabajadores y de sus órganos de poder, las Comisiones. La alternativa económica que propone pasa por la "batalla de la producción". Pero ¿esto resolvería la escasez de créditos para los pequeños propietarios agrícolas, o sus dificultades para poner a buen precio sus productos en el mercado? Más que las encíclicas pastorales, era la inexistencia de un sector de distribución estatal eficaz lo que estaba en la base del descontento del campesinado del Norte. ¿Y cómo se podría acabar con el desempleo o con la carestía si las empresas portuguesas continuaban patinando sobre los mecanismos de la economía capitalista, sin implantar una escala móvil precios-salarios y una jornada que dividiese entre todos los trabajadores —también los parados— las horas necesarias para la producción? Ni la nacionalización, por sí sola, ponía fin a las leyes del mercado, ni podría, de forma milagrosa, impulsar la productividad. ¿Cómo se podría defender a la clase trabajadora de los ataques de la derecha mientras permaneciesen en el ejército oficiales reaccionarios cómplices con los atentados? ¿No tendrían que ser los soldados, a través de asambleas democráticas, quienes controlaran y eligieran a sus propios oficiales?

Pero ¿aceptarían todo esto los dirigentes socialistas? Es evidente que no, pero lo más importante era llevar esa discusión a la base obrera del PS, de demostrarle el rechazo de sus dirigentes a poner en práctica el único programa que podía salvar la revolución. De demostrarle, también, el rechazo de sus dirigentes a aceptar alianzas de izquierdas con un programa de izquierdas, para en cambio lavar la cara de la derecha.

Como explicaba Lenin en La enfermedad infantil del ‘izquierdismo’ en el comunismo, dirigiéndose a los comunistas ingleses: "Si los Henderson y los Snowden [los Mário Soares y Salgado Zenha de la época] rechazan el bloque con nosotros en estas condiciones, habremos ganado todavía más, pues habremos mostrado en el acto a las masas (tened en cuenta que incluso en el seno del Partido Laborista Independiente, puramente menchevique, completamente oportunista, las masas son partidarias de los sóviets) que los Henderson prefieren su intimidad con los capitalistas a la unión de todos los obreros. Habremos ganado en el acto ante las masas"*. Palabras clarificadoras…

¿Qué hicieron los bolcheviques en Rusia? Al mismo tiempo que denunciaban la política de los mencheviques y socialistas revolucionarios, les exigían que rompiesen con los kadetes (partido liberal de la burguesía rusa) y que tomasen ellos solos el poder, ya que representaban a la mayoría, y pusieran en práctica una política socialista. ¿Qué hicieron los Soares del 17? Lo rechazaron, lo rechazaron siempre. Fue gracias a esta política de denunciar la inconsistencia de los reformistas y su cobardía para llevar a cabo su programa, y la postura de los bolcheviques de defender la revolución con las armas en la mano de los intentos contrarrevolucionarios, como ocurrió durante el golpe de Kornílov (el Spínola de 1917), gracias a que hicieron todo esto, fueron capaces de unificar el proletariado ruso bajo su bandera, cuando antes estaba dividido y en su mayoría del lado de los reformistas. Al fin y al cabo, en los primeros meses, su consigna de "todo el poder a los sóviets", ¿no significaba una exhortación a los reformistas, que disponían de la mayoría en ellos, para que hicieran coincidir sus actos con sus palabras? De igual forma, era necesario forzar a Soares a materializar en actos concretos sus bonitas palabras sobre libertad, socialismo y progreso.

El VI Gobierno estaba de camino. Y con él, el proyecto de estabilización del Estado burgués y del MFA y de recuperación capitalista.

Si la reacción conseguía ahora movilizar a sectores de la pequeña burguesía y la clase obrera estaba dividida, ¿por qué no acabar de una vez por todas con la revolución? La respuesta es que tal enfrentamiento directo, en esos momentos, no contaría sólo con la oposición de los trabajadores comunistas, de la flor y nata del proletariado, sino también con el repudio de la base obrera socialista.

¿El epílogo de una revolución?

En el seno de la casta de oficiales la correlación de fuerzas había cambiado. Después del 11 de Marzo la izquierda militar y los oficiales radicales quedaron en mayoría en la Asamblea del MFA y en el Consejo de la Revolución. Pero en la medida que los moderados y la derecha recuperaban el ánimo como consecuencia de la división de la clase obrera y de los movimientos reaccionarios, la masa de oficiales, asustada con el "anarco-populismo" que iba invadiendo los cuarteles a través de las Comisiones y las asambleas, giró a la derecha suscribiendo el llamamiento de los nueve a restaurar la "disciplina" y el "orden".

El célebre pronunciamiento de Tancos, a principios de septiembre (cuando Vasco Gonçalves ya había sido obligado a dimitir), fue sólo una recomposición de la representación de los diferentes ramos de las fuerzas armadas en la Asamblea del MFA. Los moderados y la derecha tenían ahora una mayoría de apoyo entre los oficiales, por tanto era lógico que no estuvieran dispuestos a aceptar una correlación de fuerzas, en los órganos colegiados del MFA, desfasada respecto a la correlación de fuerzas real en el seno de la casta militar. Fue tan simple como eso.

Aun así, las cosas no se presentaban fáciles. El VI Gobierno no tomó posesión hasta el 19 de septiembre, con Pinheiro de Azevedo como primer ministro, y en medio de movilizaciones masivas (huelgas, manifestaciones y mítines), que anticipan la resistencia a un Gobierno con una composición más a la derecha (el PCP se quedará con un solo ministro). Es más, reflejando el ambiente en los cuarteles de la Región Militar de Lisboa y en el seno de la clase obrera, Otelo avisa de que si el VI Gobierno comienza a hacer una política de derechas el COPCON pasará a la oposición. Por tanto, el 26 de septiembre, el Gobierno crea la AMI, cuerpo militar que funcionaría autónomamente del COPCON. Este brazo militar de derechas sólo tenía una base sólida en los comandos de Amadora mandados por Jaime Neves. La Marina y las unidades del ejército de tierra de la Región Militar de Lisboa estaban al rojo vivo, más rojos que nunca.

El Gobierno intentará en seguida una demostración de fuerza, ocupando las estaciones de radio y televisión el 29 de septiembre. La única consecuencia será el cierre de la Rádio Renascença autogestionada, que la fuerza del movimiento obrero y popular reabrirá el 21 de octubre.

La dualidad del poder es evidente. Si la burguesía gana un control firme en la cúpula jerárquica de las fuerzas armadas, en la base los soldados dan inicio al movimiento revolucionario y semiclandestino de los SUV (Soldados Unidos Vencerao —Soldados Unidos Vencerán—); surgido en Oporto, realiza manifestaciones armadas en esa ciudad y en Coimbra, y la espectacular manifestación de Lisboa que, comenzando en Santos, se dirigirá hasta la prisión de Caxias arrastrando tras de sí a miles de personas y culminando con la liberación de dos camaradas presos.

Si por un lado crean la AMI, por otro los destacamentos rojos marchan en las manifestaciones obreras, se organiza en el RAL 1 un juramento a la bandera revolucionaria y el comandante del Fuerte de Almada amenaza con armar a la población. Si bien el Gobierno planeará dinamitar el transmisor de Rádio Renascença, pues no tiene otra forma de callar la radio "al servicio de la clase obrera", tendrá serios problemas para disponer de los explosivos: la guarnición del fortín de Lisboa exigirá saber cómo, por quién y para qué serán utilizados, rechazando cumplir la orden hasta que le sean dadas explicaciones convincentes.

En las empresas y en las calles la situación no es para la burguesía y para el VI Gobierno, mucho mejor. Coimbra, por ejemplo, conoce el 9 de octubre la mayor manifestación de su historia: 50.000 trabajadores marchando por las calles de la ciudad. Pero lo más importante: los meses de septiembre, octubre y noviembre corresponden a la tercera gran ola huelguística de la revolución. Oleada de huelgas contra la carestía y la amenaza de despidos, oleada de huelgas por los convenios colectivos, oleada de huelgas contra el VI Gobierno. Huelga tras huelga, empresa tras empresa, sector tras sector. Los trabajadores no están dispuestos a hacer más sacrificios, quieren lo que es justo. Además, sienten que este Gobierno intenta hacer girar la Revolución a la derecha.

El Gobierno, intentando demostrar fuerza, no dejaba de ser víctima de la fuerza obrera y del movimiento popular. Nada más formarse, los mutilados de la guerra colonial habían impedido a los ministros salir del Palácio de Sao Bento hasta que sus reivindicaciones fuesen satisfechas.

Pero la derecha y la reacción andaban sueltas; en Rio Mayor, Galvao de Melo agita una porra afirmando que aquella era "la voz de la tierra" y que "es necesario echar a los comunistas al mar". El anticomunismo se extiende y la escoria que se abriga en las redes terroristas continúan su "lucha por la libertad". Nunca como en estos meses se habló, se temió (y se planeó) tanto por la guerra civil. No había más margen de maniobra, ni base para alcanzar un consenso entre las clases: el 6 de noviembre, enfrentamientos entre propietarios agrícolas medianos y grandes, y jornaleros, se saldan con dos muertos y veintidós heridos.

Ante el descrédito del VI Gobierno y su incapacidad para gobernar, el Partido Socialista convoca una manifestación en su apoyo, a la que se suman el PPD, el CDS y la extrema derecha. El primer ministro lanza la consigna de "¡disciplina!", critica al PCP, la Intersindical y los grupos de extrema izquierda, y acusa a los trabajadores de hacer huelgas de más y trabajo de menos, a los periodistas de sólo contar mentiras (lo que en muchos casos era cierto…) y a la izquierda de preparar un golpe para imponer una dictadura. Y aseguraba: "¡El VI Gobierno se ha creado para gobernar!.

Veamos… Tres días después, cien mil obreros de la construcción entran en huelga por el convenio colectivo y secuestran la Asamblea Constituyente, poniéndole cerco y obligando al Gobierno a firmar la normativa que especificaba el salario mínimo del sector. La suprema humillación para el Gobierno fue ver cómo las tropas enviadas para romper el cerco a la Constituyente confraternizaron y se unieron a los obreros, compartiendo con ellos sardinas y vino tinto, mientras los pobres diputados se tenían que contentar con unos cuantos bocadillos.

Las movilizaciones de masas no le permiten al Gobierno una base mínimamente estable para poder gobernar. Si el V Gobierno había colapsado por no disponer de suficiente base social de apoyo, el VI experimentaba la incapacidad de imponer su agenda política en aquella coyuntura. El proletariado no lo permitía…

El impasse es absoluto. Una semana después de la manifestación de apoyo al Gobierno, se reúne una nueva manifestación, pero esta vez contra el Gobierno: 300.000 manifestantes, gente que llena totalmente el Terreiro de Paço y que se extiende por las calles adyacentes. Gana terreno la consigna "avanzar, avanzar, poder popular". En ese momento, cualquier solución pasa por la fuerza. La guerra es la continuación de la política por otros medios. La burguesía lo comprendía muy bien.

Los nueve necesitaban un pretexto. Con el clima político incandescente lanzan una provocación: la sustitución de Otelo por Vasco Lourenço (uno de los nueve) al frente de la Región Militar de Lisboa. Las unidades rojas lisboetas caen en la celada. En los días inmediatamente anteriores el Gobierno se había declarado en huelga (!), pues así conseguía trasladarse, junto a la Constituyente, a Oporto. El golpe estaba montado. Sólo era necesario que los oficiales radicales se dispersasen por todas partes. Y así fue.

Igual que en la Revolución Alemana en enero de 1919, cuando la burguesía junto a los socialdemócratas tenía sus divisiones preparadas para entrar en Berlín y poner fin a los Consejos Obreros, entonces también fue necesaria una provocación. El Gobierno cesó al jefe de policía de Berlín, que era un socialdemócrata de izquierdas y que, en la práctica, había transformado la policía berlinesa en una milicia obrera. Respondiendo a esta provocación, entendiendo que estaban perdiendo terreno y que las conquistas de la revolución se les escapaba por entre los dedos, los elementos más destacados del proletariado alemán declaran la huelga general y toman la ciudad, manteniendo el poder en manos de un Consejo General de los Consejos Obreros de la ciudad. Pero aislados, sin conseguir movilizar a las reservas fundamentales del proletariado alemán, la insurrección prematura de Berlín supuso la decapitación de la vanguardia obrera a través del asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Peor aún, se puso fin a la situación de doble poder.

Y, más de cincuenta años después, ¿no fue precisamente esto lo que pasó en Lisboa el 25 de noviembre de 1975? "La historia se repite sin repetirse". Hubo una insurrección prematura de los cuarteles rojos de Lisboa, motivada por la sustitución de Otelo, sin contar con el apoyo popular necesario, sin hacer un llamamiento a la movilización obrera. Sin una coordinación eficaz, las unidades de izquierda de Lisboa serían tomadas de una en una, ocupadas por Jaime Neves y unos cuantos cientos de miembros de comandos. Así terminaba la revolución.

¿Pero bastaban unos cuantos cientos de miembros de comandos? ¿Cómo podían algunos cientos de hombres decidir, así, el resultado de la gigantesca confrontación entre las clases que agitó el país durante más de un año y medio? ¿Pero acaso las masas habían sido preparadas para la tarea de la conquista del poder? Después de la Revolución de Octubre, Lenin argumentó que nueve décimas partes de la insurrección ya estaban hechas antes del 25 de Octubre. En Portugal nada ni nadie había preparado a las masas para la última y definitiva tarea: conquistar el poder, destruyendo en ese camino la máquina del Estado burgués.

Hacía meses que existía una clara situación de doble poder en Portugal. Al lado del viejo aparato estatal se levantaba el poder emergente de las Comisiones. Pero éstas eran todavía demasiado diferentes. Para que se convirtiesen en sóviets portugueses era necesario que, más allá de la lucha que realizaban en el terreno industrial dentro de las empresas, fuesen también, cada vez más, un órgano político de acción, discusión y ejecución política. No todas se encontraban a este nivel. A veces, incluso, las Comisiones jugaban un papel de sindicato paralelo, cuando una fuerza política era predominante en una empresa pero no en el sector. Había que extender el movimiento de las Comisiones pero, sobre todo, unificarlas a nivel local, regional y nacional. Y esto nunca se hizo. Dispersas y atomizadas, las Comisiones tendrían necesariamente, corta vida. Una situación de doble poder no puede durar siempre. O la vieja máquina estatal se recompone y disuelve los Consejos obreros (como fue el caso) o si no, el poder obrero embrionario derriba al Estado burgués (como pasó en Rusia). No existen terceras vías o soluciones negociadas.

Y por fin, las masas. Si en los primeros meses de la revolución se pudo haber tomado pacíficamente el poder, a partir del verano del 75, a medida que la burguesía va disponiendo de una base social de apoyo, la tarea de la toma del poder se complica. Y no nos podemos olvidar de los cerca de 300.000 retornados que, teniendo que salir de África en virtud de la descolonización, culpaban a la revolución de todos los males que habían pasado.

Con todo el factor determinante fue la falta de una respuesta unitaria de la clase trabajadora. Al contrario que las del 28 de Septiembre y del 11 de Marzo, la ofensiva que comienza en el verano de 1975 no es impedida, precisamente, porque los trabajadores socialistas y comunistas no están en el mismo lado de la barricada. Los dirigentes del Partido Socialista desempeñaron en todo el proceso el papel histórico de la socialdemocracia desde 1914: el de ser agentes de la burguesía en el seno de la clase trabajadora. Pero los dirigentes del PCP, por otro lado, no representaban los intereses independientes del proletariado. Es evidente que, en un determinado momento, llegaron a acariciar la idea de eliminar el capitalismo. Pero su política de alianzas basadas en Pueblo-MFA jamás podría dar lugar a la victoria de una revolución socialista, en las líneas de Octubre. Como mucho daría lugar a un Estado obrero burocráticamente deformado a semejanza de la Unión Soviética o de Bulgaria.

Es relevante que durante el VI Gobierno Provisional el PCP no hubiera abandonado el Gobierno y a la vez se colocara resueltamente al frente de las luchas. Debe ser caso único en la historia que un partido forme parte de un Gobierno y, simultáneamente, participe en todas las manifestaciones contra ese mismo Gobierno. Pues eso pasó en Portugal, en el otoño de 1975. La estrategia del PCP, en unos momentos en que ya no había consensos posibles, continuaba pasando por la unidad del MFA y por un Gobierno de coalición "más a la izquierda". Pero eso no podía ocurrir. Si anteriormente el Gobierno podía dar con una mano y quitar con otra, si en el pasado se podían alcanzar compromisos, por la fuerza de la lucha de clases ya no había "más campo abierto para los socialistas de palabra", como una vez afirmó Vasco Gonçalves. Ahora, el Gobierno estaba obligado a quitar con las dos manos. ¿No era esto lo que significaba el silenciamiento, a fuerza de bombas, del emisor de Rádio Renascença, a principios de noviembre? Por eso, en vez de conseguir a través de la presión popular la tan deseada recomposición de fuerzas en la estructura del MFA y del Gobierno, los dirigentes comunistas sólo consiguieron desarmar políticamente a la clase obrera.

¿La clase obrera podía, por su propia experiencia, comprender lo que era un Gobierno socialdemócrata? ¿Y acaso el VI Gobierno no era otra cosa que eso? Cuando en octubre, los metalúrgicos fuerzan al Gobierno a aceptar sus reivindicaciones, ¿no estaban también, los metalúrgicos socialistas comprobando el "socialismo" de su partido? Sólo en el conjunto de los astilleros Lisnave y Setenave existían cerca de 700 militantes socialistas. ¿Acaso no habían participado también ellos en la lucha por el convenio colectivo? ¿Acaso no estaban midiendo sus fuerzas, también ellos, con lo que debería ser su propio Gobierno? En Rusia, los obreros mencheviques, al medir sus fuerzas con el Gobierno entre Febrero y Octubre, llegaron a la conclusión de que éste no era su Gobierno, sino de la burguesía liberal.

¿Cómo podían los dirigentes comunistas ganar la base social de apoyo del PS si, en vez de reclamar a este partido la ruptura con el de la burguesía "liberal" (PPD) y la constitución de un Gobierno de las organizaciones obreras basado en un programa claro y en la movilización de la clase, se agarraba a los pocos puestos del aparato del Estado que aún conservaba? ¿No confirmaba esto las acusaciones del "asalto a las estructuras del poder"? ¿No sería todo eso, como mínimo, bastante confuso y sospechoso a los ojos de los obreros socialistas?

Si la base social de apoyo del PS le permaneció fiel fue porque veía en ese partido la mejor solución para conservar la libertad y los derechos democráticos que durante décadas le habían sido negados. De la misma manera, los trabajadores comunistas siguieron a su partido por todo lo que éste representaba: la dura lucha contra el fascismo y el hecho de ser el partido de masas que ante sus ojos más se enfrentaba a los empresarios. No comprender esto es no comprender nada.

La revolución se perdió por la ausencia de una organización marxista de masas. Por ningún otro motivo. La fuerza de la clase obrera era tan grande que, incluso después del 25 de Noviembre, la burguesía tuvo que esperar años hasta conseguir acabar con la reforma agraria o las empresas nacionalizadas. Como en Alemania en 1919, en Portugal después de que la burguesía hubiera acabado con la dualidad de poder, tuvo que resignarse a llevar a cabo una contrarrevolución democrática, a esperar años para demoler las conquistas de la revolución, a tener que soportar la existencia de una clase obrera fuertemente organizada. Si hubiese dependido sólo de la voluntad de los patronos, la clase obrera portuguesa habría sufrido el mismo destino que los trabajadores chilenos. Pero los capitalistas ya lo habían intentado antes y sólo habían radicalizado a la clase obrera. Fue el miedo a perder todo lo que les inhibió de intentar un nuevo golpe.

La entrada de Portugal en la Comunidad Económica Europea abrió un nuevo ciclo en la vida de nuestro país. Pero la crisis mundial que se desarrolla en estos momentos arrodillará al capitalismo portugués por su debilidad. Portugal y el resto de Europa y del mundo conocerán en el próximo periodo una nueva polarización de clases. Nuevas y grandiosas batallas obreras se desarrollarán en el futuro. El proceso no será lineal ni automático, pero será tan inevitable como la injusticia inherente al sistema capitalista. En el futuro la opción será "socialismo o barbarie", como escribió Engels. La tarea más inmediata de nuestra generación es formar cuadros marxistas que en las fábricas, empresas y escuelas, en los sindicatos y en nuestros partidos de clase, forjen, desde ya, el combate de mañana. No podemos permitirnos el lujo de perder un nuevo Abril.

* Lenin, La enfermedad infantil del ‘izquierdismo’ en el comunismo, Fundación Federico Engels, 1998, pág. 94. (N. del T.)

 

http://www.fundacionfedericoengels.org/index.php?option=com_content&view=article&id=156:portugal-1974-la-revolucion-de-los-claveles&catid=50:marxismo-hoy-no12&Itemid=102

Author: marxismo | Date: 12/04/2012 | No Comments »

Alberto Garzón Espinosa
Pijus Económicus
www.rebelion.org
12/4/12

Entre la ciudadanía hay un pensamiento generalizado que culpa de la crisis a los desmanes de los políticos y el gasto público. Se trata de un pensamiento claramente identificable con las tesis liberales según las cuales el gasto público debe ser mucho más bajo (lo que justifica los recortes) y que el mismo PP abandera en cada intervención. Por ejemplo, hoy mismo el PP ha comentado que “por culpa del expresidente [Zapatero] se ha incrementado el peso de la deuda pública en España” y que Sarkozy estaba acertando al señalar al gasto público como responsable de la crisis.

Ahora bien, todo este discurso es absolutamente ideológico y no se sustenta en ningún dato. Es aprovechado por el PP para justificar sus recortes de derechos y por UPyD para justificar su desbocado sentimiento centralista (al atacar directamente al sistema de financiación y gasto de las comunidades autónomas), pero siempre sin más instrumentos que el mero sentimiento o llamadas a las emociones primarias. Los datos, de hecho, corroboran que ese discurso está construido sobre una mentira.

Observad el siguiente gráfico, que muestra la cantidad de deuda pública en circulación. Está elaborado a partir de los datos de los Presupuestos Generales del Estado (PGE) de 2012, presentados el otro día.

Como se puede comprobar, la deuda pública se dispara después del estallido de la crisis y no antes. Es decir, la relación es exactamente la inversa a la que sugieren partidos como PP y UPyD. Por lo tanto la deuda pública no es la causa de la crisis sino que es precisamente la consecuencia de la misma. Esto ya lo hemos explicado en detalle y con datos y gráficos aquí, aquí, aquí y aquí.

En 2012 los intereses a pagar por la deuda pública serán de 28.848 millones de euros (para hacerse una idea, el recorte del PP es de 27.300 millones). Pero además el Estado se endeudará este año por un total de 186.100 millones de euros más (y si finalmente las previsiones del Gobierno no se cumplen estaremos ante una cantidad mayor), los cuales serán dedicados fundamentalmente para la refinanciación de la deuda (149.300 millones de euros). Es decir, el Estado se endeudará para pagar la deuda contraída antes. Y en la medida que suba la prima de riesgo esa refinanciación será más cara y la punción sobre el Estado será más grande.

Lo que me interesa señalar aquí es que precisamente la deuda pública se ha convertido en el mecanismo más efectivo de socialización de pérdidas y privatización de ganancias, es decir, de transferencia de dinero público a manos privadas. Está siendo el elemento de política económica más recurrido para cristalizar la inmensa estafa que está siendo esta crisis económica.

En el esquema adjunto aparece resumida la cronología de los fenómenos que he considero más importantes y que están vinculados a la deuda pública. Como se puede comprobar son los mercados financieros los que prestan el dinero necesario para que el Estado pueda seguir operando, pero a su vez exigen condiciones de ajuste que hacen cada vez más difícil devolver esos mismos préstamos. Es decir, los planes de ajuste recortan servicios públicos pero a la vez deterioran el crecimiento económico que posibilita que haya ingresos suficientes. Se entra en una espiral propia de las llamadas crisis de demanda.

En este punto el mecanismo de la deuda pública se convierte en una herramienta que ejerce una punción constante sobre el Estado que permite transferir dinero público a los bolsillos de los llamados mercados financieros (que son grandes bancos y grandes fortunas fundamentalmente). Se trata de un mecanismo de transferencia que los mercados tratan de consolidar a través de las instituciones políticas que dominan, a saber, la Comisión Europea, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Central Europeo. Y mediante los parlamentos nacionales llevan a cabo las políticas para consolidar ese mecanismo y garantizar que sigue operando correctamente, es decir, que sigue absorbiendo toda la sangre posible del Estado.

En las actuales condiciones políticas y económicas estamos asistiendo a un descomunal saqueo que amenaza no sólo con descomponer los débiles cimientos en los que se mantenía la estructura económica europea sino también en destruir la cohesión social y desencadenar estallidos sociales de gran envergadura.

Y un elemento importante a destacar es que los parlamentos nacionales y por lo tanto los partidos políticos están siendo meros títeres de poderes no electos que tienen unos claros intereses económicos. La estrecha vinculación que existe entre los grandes partidos y las grandes empresas y fortunas no hace sino confirmar la existencia de una élite social y política con intereses de clase que domina e influye en todos los espacios políticos, la mayor parte de las veces sin legitimidad y en otras ocasiones con un decadente apoyo.

http://www.agarzon.net/?p=1769

Pijus Economicus

Author: marxismo | Date: 10/04/2012 | No Comments »

Ernst Bloch

Cuando el estudiante Marx llegó a Berlín, en 1836, hacía cinco años que Hegel había muerto. Pero su espíritu seguía dominando a todos como si se encontrase a sus espaldas; hasta a los enemigos les trazaba el camino. El joven Marx escribe a su padre una carta en la que le dice que se siente cada vez más encadenado a Hegel, a pesar de su «grotesca melodía pétrea».

Bajo la influencia de la izquierda hegeliana y, más tarde, sobre todo, de Feuerbach, Marx fue desplazándose, triunfalmente, del espíritu al hombre. Pasó de la idea a la necesidad y a sus avatares sociales, de los movimientos de la cabeza a los de la realidad nacidos de los intereses económicos.

Ahora bien, si Marx de este modo puso a Hegel de pie, Hegel por su parte demostró que sus pies podían sustentar un recio cuerpo. Hay unas palabras poco cuidadas del gran espiritualista que parecen escritas no ya por el maestro del joven Marx, sino incluso por el del Marx materialista. En 1807[i] escribía Hegel desde Bamberg, donde trabajaba como redactor de un periódico, a su amigo de Jena, el mayor Knebel: «Me he convencido por experiencia de la verdad de lo que dice la Biblia y he hecho de ello mi estrella polar: buscad, ante todo, la comida y el vestido, y el reino de Dios os será dado por añadidura.» (Werke, t. XVII, pp. 629 s.)

Esta sentencia tiene en la Biblia (Mat., 6, 33), como es sabido, el tenor contrario; es una aportación más, comprobada también en el joven Marx, a la teoría de que la idea hegeliana no siempre necesita volverse del revés para dejar ver la tela roja de que está formada[1]. Y justamente este volverse del revés, rasgo capital del hegelianismo, había llegado ya, en el propio maestro, a su vencimiento, y estaba listo para realizarse. Indudablemente, era a la idea a la que Hegel confiaba la tarea de hacer llegar lo que sólo adviene por los cuerpos y por los hombres, pero llegó a menudo a no confiar a la idea más tarea que la de ser el reflejo de lo que acontece en las relaciones concretas de la existencia presente. Esta constante legalidad dialéctica la salvaron Marx y Engels, como escribe este último en el prólogo del Anti-Dühring, «haciéndola pasar a la concepción histórico-materialista de la naturaleza y de la historia». Una vez hecha concreta, la dialéctica guía todos los análisis de Marx; como irrupción de lo nuevo a través de la apariencia y como suspensión conservante de lo que debe ser mantenido en suspensión[ii], la dialéctica justifica todas las esperanzas de Marx. Es ella la que le mueve a ver en el proletariado, no sólo la negación del hombre, sino precisamente por ello, por esta deshumanización llevada al extremo, la condición determinante de una «negación de la negación».

Lo que termina con Marx es la dialéctica hegeliana considerada como el parlamento y la réplica de un diálogo cósmico; pero la dialéctica como proceso real es ahora precisamente cuando se pone de manifiesto. Lo que termina con Marx es el arqueólogo hegeliano, es el espíritu doblemente espiritualizado como recuerdo, que canceló en el cortejo dialéctico de los espíritus, no ya los espíritus mismos, sino el cortejo, el proceso o, como diría Marx, el espacio y el tiempo de la producción. Pero ahora es cuando se destaca visiblemente el todo real y su substrato realmente omnipotente en calidad de materia dialéctica que se mantiene abierta como proceso.

Esta materia despoja a la dialéctica hegeliana de todo lo que tiene de fantasmal y la hace oscilar de un lado para el otro, pero no reduce solamente a recuerdo el nuevo punto de apoyo. Esta materia no reduce la esencia que sirve de fundamento a lo que ha sido, ni tampoco a una sustancia existente desde el primer momento y que, por decirlo así, se extiende por todas partes, lista y terminada. La materia dialéctica no es tampoco, por ello, en modo alguno, la materia inmutable del materialismo mecánico. El adjetivo «dialéctica» es algo más que un simple adorno que apenas le roce la piel. La materia dialéctica no mira en su totalidad hacia los horizontes del pasado, como el espíritu hegeliano del recuerdo y como la materia mecánica desde Demócrito, sino que mira a los horizontes del porvenir. Laborando hacia él, hacia ese porvenir que va implícito en ella misma y que aún no se ha revelado, no sólo como fenómeno, sino como esencia, ve el materialismo dialéctico a la materia.

Marx hace a Hegel este reproche: «En la filosofía hegeliana de la historia, como en su filosofía de la naturaleza, el hijo da a luz a la madre, el espíritu engendra la naturaleza, la religión cristiana produce el paganismo, el resultado crea el comienzo.» Pero en el materialismo mecánico el comienzo no engendra ni siquiera un resultado. Su materia es estéril, infecunda; en cambio, la materia dialéctica encierra toda la vida del proceso en sí, fuera de sí y para sí, señalado por Hegel. Su reconocimiento ha destronado al logos de Hegel, con toda su domeñada inquietud y su inquieta rigidez; pero, en cambio, ha recogido la herencia de su reino histórico. Con todas sus diversidades, cualidades y lo que ya no es, evidentemente, algo histórico, sino lo decisivo del porvenir, la referencia a una totalidad futura y a fondo.

Tal es el cambio (cualitativo) de Hegel a Marx y sus consecuencias: el cortejo de los espíritus se convierte en el proceso terrenal y el contenido fijo del recuerdo en un fondo inagotable de materia dialéctica. No fue, pues, la mera coincidencia de que Marx fuese discípulo de Hegel, sino la lógica misma de la cosa, lo que hizo que se mantuviesen a la orden del día, en el marxismo, tantos términos tomados del lenguaje filosófico hegeliano (tales como «enajenación», «exteriorización», «cambio de la cantidad en calidad», etc.).

Las obras más vivas, para los marxistas, entre las de Hegel, son, por la dialéctica, la Fenomenología y la Lógica.[2] Pero ellas no agotan la herencia, puesto que precisamente las obras sistemáticas consagradas a la filosofía de lo real contienen una riqueza dialéctica siempre nueva, de contenido muy diverso. Engels escribió su Dialéctica de la naturaleza siguiendo las huellas de Hegel, y Marx tomó de la Filosofía del derecho hegeliana la fundamental distinción entre «sociedad civil» y «Estado» y muchas cosas más que afectan al contenido y que no se refieren solamente a lo «metodológico». La Estética de Hegel está construida en gran parte sobre la base de las relaciones sociales y ordenada según esas relaciones, con una perspectiva que, aun significando siempre el «ideal», no deja de ser concreta; allí donde lo ideológico interviene en la cultura, Marx se refiere a los conceptos hegelianos concernientes al arte. Lenin pensó en todas esas referencias cuando definió la doctrina de Marx «como la continuación directa e inmediata de la doctrina de los grandes representantes de la filosofía, de la economía política y del socialismo» (Tres fuentes y tres partes constituyentes del marxismo, Obras, t. XVI, p. 349). Muchas partes de la obra hegeliana -la que menos se deja olvidar a este respecto es la filosofía de la religión (izquierda hegeliana, Feuerbach)- pertenecen por lo tanto a la historia de la mediación del marxismo, de ese marxismo que, según ya sabemos, no está cerrado. Así, pues, incluso en tanto que «continuación», el marxismo es y permanece como una realidad nueva en relación no solamente con Hegel, sino con toda la filosofía anterior a él; una realidad nueva porque aquí la filosofía no aparece ya -cosa que ocurría hasta entonces- como la de una sociedad de clases, sino como la de la superación (Aufhebung) de una sociedad de clases. Esta novedad no ha surgido, sin embargo, por un abrupto milagro, muy al contrario: sin la filosofía clásica alemana, sin esta mediación, ella no estaría ahí.

El hombre, dice Marx, se distingue del topo en que, antes de construir, levanta los planos. Para poder actuar con éxito tiene, evidentemente, que pensar la cosa, tenerla en la cabeza antes de ejecutarla. Pero no, como con tanta frecuencia lo hace Hegel, acercándose a las cosas con un concepto o un movimiento esquemático de conceptos llevados a ellas desde fuera. El conocimiento no emerge de las honduras del propio ánimo ni es el espectador de sí mismo: es, pura y simplemente, el reflejo de los fenómenos de la realidad y de sus modalidades de existencia relativamente permanentes (categorías). Marx, al igual que Hegel, no reconoce los hechos como tales, sino solamente como momentos de procesos. Y esta nota procesal hace que cada conocimiento tenga su tiempo, que la filosofía, como Hegel dice, sea, realmente, «su tiempo captado en pensamientos» (y no sólo el suyo, sino también el que le sigue y en que aquél se transforma ya).

En este punto, Marx recoge íntegramente el pensamiento de Hegel, agudizándolo de un modo característico y alejándose del plan de la simple contemplación: «No basta que el pensamiento pugne por abrirse paso en la realidad; es necesario que la realidad misma se esfuerce por abrirse paso en el pensamiento.» El sujeto pensante, en esta interacción dialéctica, se halla referido a la coyuntura o madurez histórica del objeto que se trata de comprender. De este modo se distingue totalmente entre el sujeto como exponente de la simple contemplación pensante y el sujeto de la historia real. En Hegel coincidían ambos de un modo tan completo como aquí se distinguen: el sujeto creador de pensamientos era también el sujeto creador de historia, menos en el caso del sujeto contemplador, el de la filosofía, que llega demasiado tarde. Pero también esta conciencia a posteriori del filósofo, a la que Hegel reduce el sujeto del pensar, es, en el fondo, el sujeto creador de historia, sólo que post festum, descansando sobre sus laureles. El pensar y el ser, la cara y la cruz, coinciden en la moneda cósmica de Hegel, aun cuando la cara en estado de jubilación se limite a registrar la marcha del mundo que ella es.

Marx, en cambio, no ve en el sujeto creador de pensamiento absolutamente nada, como no sea un nido de chifladuras, de falsa conciencia, de consideraciones al margen de lo real, que es el proceso de producción. O bien valora el mismo pensamiento cuando se trate de un pensamiento detrás del cual haya un conocimiento concreto, un vehículo del acaecer real, como factor de la producción: sólo entonces, y entonces de un modo incondicional, es este pensamiento fuente de historia. El pensamiento como conciencia de clase, como ciencia revolucionaria, convertido en una poderosa fuerza de producción, forma parte del sujeto creador de historia, de la historia conscientemente hecha.

Pero, en Marx, el sujeto fundamental no es nunca el espíritu, sino el hombre social en la vida económica. Y tampoco es el hombre abstracto, el hombre como simple ser genérico, el hombre de Feuerbach, sino el hombre como conjunto de las relaciones sociales, el hombre como ser sujeto a cambios históricos, como un ser que, en última instancia, aún no se ha encontrado a sí mismo ni se ha emancipado. *

De este modo, la relación dialéctica entre sujeto y objeto, en la que el uno corrige y hace cambiar continuamente al otro, labora, esencialmente, en la infraestructura económico-técnica de la historia, que hasta aquí es lo mismo que el edificio, en el reino social de los intereses y no en el reino celestial de las ideas. Marx interpreta en este sentido la Fenomenología de Hegel, como si realmente su autor, en contra de su propio idealismo, hubiese mantenido esta dialéctica material. Lo grande de la Fenomenología, así entendida, está, de una parte, en que «Hegel concibe la creación del hombre por sí mismo como un proceso», y, de otra parte, y sobre todo, en que «capta la esencia del trabajo y concibe al hombre objetivo, al hombre verdadero, por ser el real, como el resultado de su propio trabajo».

Así es como la creación por sí mismo del saber absoluto se convierte en la creación del hombre por sí mismo a través del trabajo; el devenir para sí del Espíritu (que también en Hegel es una faena dura, no se sabe por qué) se convierte en la historia real. Esta historia existe únicamente como una historia dialéctico-material, como una historia agitada toda ella por las luchas de clases, al final de la cual aparece como meta la «emancipación del hombre».

Hegel había puesto fin a su Historia de la filosofía con una cita de Virgilio ligeramente modificada: Tantae moles eras se ipsam cognoscere mentem (tanto trabajo costó el que el espíritu llegara a conocerse a sí mismo). Para Marx, este esfuerzo no fue nunca puramente espiritual. Y aunque, al igual que Hegel, tomara como tema de la historia humana la antigua inscripción grabada en el templo de Delfos: «Conócete a ti mismo», distaba mucho de definir el conocimiento de sí mismo, coincidiendo con la izquierda hegeliana, como la simple «filosofía de la autoconciencia». El conocimiento de sí mismo, en Marx, pasa a ser algo activo, es el conocimiento que el obrero adquiere de sí mismo al comprenderse como hombre convertido en mercancía y, al mismo tiempo, como un sujeto creador de valores, lo que supera revolucionariamente su carácter de mercancía. Tal es la práctica de la inscripción délfica en Marx: una supresión de la enajenación, supresión efectiva que desemboca en la praxis. En una praxis que hace penetrar tan profundamente como le es posible, en el aparente decreto del azar y en el destino que la reificación ha tornado opaco, el proceso de producción y las relaciones humanas que ese proceso pone en marcha.

La dialéctica, así concebida, tiene que resignarse a no seguir siendo el procedimiento con que se abordan desde fuera las cosas. En realidad, tampoco ésta había sido la intención de Hegel, tampoco éste gustaba de una metodología separada de la materia, tampoco él profesaba, como hemos visto, una teoría del conocimiento que diese vueltas por fuera alrededor de las cosas. No obstante, Hegel desarrolla su dialéctica como una dialéctica puramente idealista, la cual, aunque habla mucho del país y de las gentes, habla de ello siempre como contando lo que ha visto en un viaje apriorístico.

Para Marx, en cambio, la dialéctica no es nunca un método empleado para elaborar la historia, sino que es la historia misma. La burguesía dentro de la sociedad feudal, el proletariado dentro de la sociedad burguesa, las crisis nacidas del contraste entre el régimen de producción de la gran industria, que es ya un régimen de producción colectivo, y las relaciones de producción del capitalismo privado: todas estas contradicciones, surgidas en el seno de la sociedad existente en un momento dado, no son contradicciones que se transporten a la cosa misma de un modo teórico-metodológico, ni son tampoco simples fenómenos superficiales susceptibles de ser remendados, sino que forman parte, como Marx enseña, del modo de existir de la cosa, de la dialéctica de su esencia. La contradicción de una sociedad, cuando se ve llevada al extremo, empuja en la realidad hacia su superación, no en un libro sobre la realidad, para dar satisfacción al espíritu y dejar que en la realidad misma sigan las cosas como hasta allí. No; las cosas, en la realidad, nunca siguen siendo las mismas, pues la fuerza creadora del conocimiento dialéctico revolucionario hace que marchen siempre hacia algo nuevo y mejor, y esto es posible gracias precisamente a la dialéctica real de la materia misma, a este sustrato en el que, por lo demás, no queda nunca piedra sobre piedra y en el que, ciertamente, sólo por medio del hombre de acción conocedor, como última forma de la materia, es posible construir con las piedras movedizas una casa y una patria, es decir, lo que los antiguos utopistas llamaban el regnum hominis, el mundo para los hombres.

Pues bien, para poder mover así el mundo, como fragmento del universo y en él, la dialéctica tiene que ser, para Marx, lo que en efecto es: historia. Todas las categorías y todas las «esferas» (el derecho, el arte, la ciencia) funcionan únicamente, en una realidad que se desplaza históricamente, como formas de la existencia actual que, lejos de formar un sistema cerrado que permanezca igual a sí mismo, varían de una sociedad a otra; sobre todo, no existe para estas «esferas» (para la supraestructura cultural) ninguna clase de autarquía, que Hegel sí les reconoce.

Marx afirma también la existencia de un medio histórico unitario (de una esencia mediadora) en lo que se refiere a la naturaleza: «Sólo una ciencia conocemos, la ciencia de la historia. La historia puede enfocarse desde dos puntos de vista, el de la historia de la naturaleza y el de la historia de los hombres. Sin embargo, se trata de dos aspectos inseparables; mientras existan hombres se condicionarán mutuamente la historia de la naturaleza y la historia de los hombres.» (La Ideología Alemana, 1846.)

Pero lo fundamental, lo que aparece constantemente reiterado en toda esta dialéctica hegeliana puesta de pie: no debe permanecer jamás en una actitud puramente contemplativa. El sujeto de esta relación sujeto-objeto del materialismo panhistórico aparece determinado como un sujeto activo, realmente creador. Y este rasgo anticontemplativo de Marx se dirige siempre tanto contra el materialismo a la antigua usanza como contra Hegel. Ya en su tesis doctoral, Marx echaba de menos en Demócrito, el primer gran materialista, el «principio energético»; y, consecuente con ello, reprochaba a Feuerbach el que también su materialismo fuese puramente contemplativo, demasiado objetivista. De tal modo que, aquí, la realidad, mucho más que en Hegel, «se concibe solamente bajo la forma del objeto o de la intuición, pero no como actividad humana sensible, como práctica, no de un modo subjetivo» (Tesis sobre Feuerbach, 1845.)

Nos encontraríamos así, en Hegel, con que «el lado activo, por oposición al materialismo, es desarrollado por el idealismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, como es natural, no conoce, como tal, la actividad real, sensible». Por consiguiente, Marx no cree, en última instancia, que Hegel dé totalmente de lado a lo «existencial» o «intensivo», como creían los antihegelianos Kierkegaard y Schelling, mirando la cosa a través de su idealismo «positivo». Marx acentúa siempre en la dialéctica hegeliana la relación existente sujeto-objeto y nos enseña que el sujeto, que en Hegel no faltaba, por muy abstracto que fuese, es un poder material. Marx muestra que la vida humana es lo único existente en el conjunto de relaciones sociales condicionantes, pero no deja de presentar al hombre, con su trabajo, como instaurador y modificador de esas relaciones. Y en el lugar de la confusión mecánica de un mundo en el que absolutamente nada tiene sentido aparte de una necesidad externa, Marx conserva la tradición viva, transmitida por Hegel, de un humanismo del desarrollo que viene de Leibniz. Todo el universo es aquí un sistema abierto de luces que se cruzan dialécticamente mediante un trabajo de interacción. Su ápice es la humanidad ya objetivamente no alienada entre objetos que ya no son alienados. Tal es la vida de Hegel en Marx; un tipo de sociedad distinto de aquel en que Hegel desarrolló su obra de pensamiento es el que hoy reivindica la herencia de la filosofía clásica alemana.

Textos

** «Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversos modos; de lo que se trata es de transformarlo.» (Tesis sobre Feuerbach, 1845.)

«Los viejos hegelianos lo habían comprendido todo desde el momento en que lo reducían a una de las categorías lógicas de Hegel. Los neohegelianos lo criticaban todo sin más que deslizar en ello estas o las otras representaciones religiosas, o de declararlo como téblógico. Los neohegelianos coinciden con los viejos hegelianos en la fe en el imperio de la religión, de los conceptos, de lo universal, en el mundo existente. Lo que ocurre es que los unos combaten este imperio como una usurpación, mientras que los otros lo aclaman como legítimo.

** Una vez que los pensamientos imperantes se separan de los individuos imperantes y, sobre todo, de las relaciones nacidas de una determinada fase de las condiciones de producción, llegando por este camino al resultado de que en la historia gobiernan siempre los pensamientos, es muy fácil abstraer de estos diversos pensamientos el pensamiento, la idea, etc., como lo que domina en la historia, concibiendo así todos estos diversos pensamientos y conceptos como "autodeterminaciones" del concepto que en la historia se desarrolla. Esto es lo que hace la filosofía especulativa.» (Ideología alemana, Introducción, 1845-1846.)

** «¿Cree la crítica crítica haber llegado ni siquiera al comienzo del conocimiento de la realidad histórica, mientras excluya del movimiento histórico el comportamiento teórico y práctico del hombre ante la naturaleza, las ciencias naturales y la industria? ¿O cree haber conocido ya, en realidad, un período cualquiera, sin haber conocido, por ejemplo, la industria de este período, el régimen inmediato de producción de la vida misma? Claro está que la crítica espiritualista, teológica, la crítica crítica, sólo conoce -por lo menos, en su imaginación- las grandes acciones políticas, literarias y teológicas de la historia. Del mismo modo que separa el pensamiento de los sentidos, el alma del cuerpo, que se separa a sí misma del mundo, separa la historia de las ciencias naturales y de la industria, y no ve la cuna de la historia en la burda producción material de la tierra, sino en las vaporosas nubes del cielo.» (La Sagrada Familia, 1844-1845.)

** «Hegel se queda dos veces a mitad de camino: una vez, cuando presenta la filosofía como la existencia del espíritu absoluto, pero negándose, al mismo tiempo, a presentar al individuo filosófico real como el espíritu absoluto; otra vez, cuando sólo como espectáculo deja que el espíritu absoluto haga historia. En efecto, como el espíritu absoluto sólo post festum llega a cobrar conciencia como espíritu creador del mundo en los filósofos, su fabricación de la historia sólo existe en la conciencia, en la opinión y en la representación del filósofo, en la imaginación especulativa.» (Ibídem.)

** «Lo grande de la Fenomenología de Hegel y de su resultado final -la dialéctica, la negatividad, como el principio motor y creador- consiste, de una parte, en que Hegel concibe la creación del hombre por sí mismo como un proceso, la objetivación como enfrentamiento, como enajenación y como superación de esta enajenación; es decir, en que capta la esencia del trabajo y comprende al hombre objetivo, al hombre verdadero, real, como resultado de su propio trabajo.» (Manuscritos económico-filosóficos, 1844.)

** «Me declaré abiertamente discípulo de aquel gran pensador, llegando incluso a coquetear, de vez en cuando, en el capítulo consagrado a la teoría del valor, con su lenguaje peculiar. El hecho de que la dialéctica sufra en manos de Hegel una mistificación, no obsta para que este filósofo fuese el primero que supo exponer de un modo amplio y consciente sus modalidades generales. Lo que ocurre es que en él la dialéctica aparece invertida. No hay más que volverla del revés, y en seguida se descubre bajo la corteza mística la semilla racional.

La dialéctica mistificada estaba de moda en Alemania, porque parecía transfigurar lo existente. Reducida a su forma racional, es el escándalo y el azote de la burguesía y de sus portavoces doctrinarios, porque en la inteligencia y explicación positiva de lo que existe abriga a la par la inteligencia de su negación, de su muerte forzosa; porque enfoca toda forma actual en pleno movimiento, sin omitir, por tanto, lo que tiene de perecedero, sin dejarse asustar por nada, crítica y revolucionaria por esencia.» (El capital, postfacio a la 2a ed., 1873.)

** «El mismo espíritu que construye los ferrocarriles con las manos de los obreros es el que construye los sistemas filosóficos en el cerebro de los filósofos. La filosofía no vive fuera del mundo, como el cerebro no vive fuera del hombre por el mero hecho de que no tenga su sede en el estómago; es cierto que la filosofía asoma al mundo con el cerebro antes de pisar con los pies en la tierra, mientras que muchas otras esferas humanas pisan con los pies en la tierra y arrancan con las manos los frutos del mundo, mucho antes de que puedan siquiera sospechar que también la cabeza es de este mundo o que este mundo es el mundo de la cabeza.» (Gaceta del Rin, 14 julio 1842.)

** «Así como la filosofía encuentra en el proletariado sus armas materiales, el proletariado encuentra en la filosofía sus armas espirituales, y tan pronto como el rayo del pensamiento prenda a fondo en este candoroso suelo popular, se realizará la emancipación de los alemanes como hombres. La filosofía no puede realizarse sin la superación del proletariado; el proletariado, a su vez, no puede superarse sin la realización de la filosofía.» (Contribución a la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, 1844.)

Notas

i. El 30 de agosto (Correspondencia, I, p. 186).

ii. Aquí se traduce “Aufhebung” por “suspensión”, dado que el propio autor está jugando con la diversidad de sentidos del término alemán. (Nota de la edición digital.)

1. Así lo veíamos a propósito de la antropologización feuerbachiana de la religión, y así se confirmó, también, sobre todo, en el punto fundamental de la filosofía de Hegel, en la teoría del cambio cualitativo. Tampoco esta teoría es construida por Marx «trayéndola de la Luna», por la sencilla razón de que ya en Hegel no moraba en la Luna únicamente, ni eso, siquiera, era una herejía que flotase en el aire como un fantasma. Además de ello, la dialéctica hegeliana reflejaba los procesos más reales, traducía en la superficie, entre las premisas y la conclusión, lo mismo que de un modo real ocurría por debajo de ella entre los hombres en las relaciones concretas de la existencia.Esta última vitalidad la toma Marx de Hegel, y con ella adquiere seriedad la ramificadísima meditación. Es la verdad que Marx dijo una vez que no había hecho sino «coquetear» con la manera peculiar de expresarse de Hegel; pero esta actitud, no muy comprometedora, se refiere solamente, expressis verbis, al modo (le expresarse y no, como los revisionistas se empeñan en entender, falseando a Marx, a la dialéctica misma, que Marx hizo suya ya para siempre y a lo largo de toda su obra. La dialéctica guía todos sus análisis e ilustra, como el gusano en la manzana, pero también como la mariposa en el capullo, todas sus esperanzas. Es ella la que le permite, a diferencia de los anteriores utopistas, de los utopistas abstractos, ver en la miseria, además de la miseria, el punto en que ésta hace crisis y se cambia en rebeldía.

2. Algunos, como Georg Lukács, llegan incluso a limitar la herencia de Hegel al método por el que luchó, entendiendo que «el cuerpo muerto del sistema escrito» sólo tiene interés, hoy, como «botín de filólogos y fabricantes de sistemas» (Geschichte und Klassenbewusstsein, 1923, p. 31). Pero no perdamos de vista esto: Engels escribió una dialéctica de la naturaleza siguiendo las huellas de Hegel, y Marx tomó de la filosofía hegeliana del derecho la fundamental distinción entre «Estado» y «sociedad civil», y muchas cosas más que afectan al contenido y que no se refieren solamente a lo «metodológico». Todo Hegel forma parte de la historia de las ideas del marxismo -que, como es sabido, no forma una unidad cerrada-, aunque hay que reconocer que ha sido el método dialéctico lo que más a fondo influyó en él.

http://www.marxists.org/espanol/bloch/1949/a.htm

* (Subrayados y resaltados nuestros, Amador)

Author: marxismo | Date: 08/04/2012 | No Comments »

El estado y la revolución

Capitulo III – EL ESTADO Y LA REVOLUCION. LA EXPERIENCIA DE LA COMUNA DE PARIS DE 1871. EL ANALISIS DE MARX

Vladimir Ilyich Lenin

Владимир Ильич Ленин

Es sabido que algunos meses antes de la Comuna, en el otoño de 1870, Marx previno a los obreros de París; demostrándoles que la tentativa de derribar el gobierno sería un disparate dictado por la desesperación. Pero cuando en marzo de 1871 se impuso a los obreros el combate decisivo y ellos lo aceptaron, cuando la insurrección fue un hecho, Marx saludó la revolución proletaria con el más grande entusiasmo, a pesar de todos los malos augurios. Marx no se aferró a la condena pedantesca de un movimiento "extemporáneo", como el tristemente célebre renegado ruso del marxismo Plejánov, que en noviembre de 1905 había escrito alentando a la lucha a los obreros y campesinos y que después de diciembre de 1905 se puso a gritar como un liberal cualquiera: "¡No se debía haber empuñado las armas!" Marx, por el contrario, no se contentó con entusiasmarse ante el heroísmo de los comuneros, que, según sus palabras, "tomaban el cielo por asalto". Marx veía en aquel movimiento revolucionario de masas, aunque éste no llegó a alcanzar sus objetivos, una experiencia histórica de grandiosa importancia, un cierto paso hacia adelante de la revolución proletaria mundial, un paso práctico más importante que cientos de programas y de raciocinios. Analizar esta experiencia, sacar de ella las enseñanzas tácticas, revisar a la luz de ella su teoría: he aquí cómo concebía su misión Marx.
La única "corrección" que Marx consideró necesario introducir en el "Manifiesto Comunista" fue hecha por él a base de la experiencia revolucionaria de los comuneros de París.
El último prólogo a la nueva edición alemana del "Manifiesto Comunista", suscrito por sus dos autores, lleva la fecha de 24 de junio de 1872. En este prólogo, los autores, Carlos Marx y Federico Engels, dicen que el programa del "Manifiesto Comunista" está "ahora anticuado en ciertos puntos".
". . . La Comuna ha demostrado, sobre todo — continúan –, que *la clase obrera no puede simplemente tomar posesión de la máquina estatal existente y ponerla en marcha para sus propios fines. . .* "
Las palabras puestas entre asteriscos, en esta cita, fueron tomadas por sus autores de la obra de Marx "La guerra civil en Francia".
Así, pues, Marx y Engels atribuían una importancia tan gigantesca a esta enseñanza fundamental y principal de la Comuna de Paris, que la introdujeron como corrección esencial en el "Manifiesto Comunista".
Es sobremanera característico que precisamente esta corrección esencial haya sido tergiversada por los oportunistas y que su sentido sea, probablemente, desconocido de las nueve décimas partes, si no del noventa y nueve por ciento de los lectores del "Manifiesto Comunista". De esta tergiversación trataremos en detalle más abajo, en el capítulo consagrado especialmente a las tergiversaciones. Aquí, bastará señalar que la manera corriente, vulgar, de "entender" las notables palabras de Marx citadas por nosotros consiste en suponer que Marx subraya aquí la idea del desarrollo lento, por oposición a la toma del Poder por la violencia, y otras cosas por el estilo.
En realidad, es precisamente lo contrario. El pensamiento de Marx consiste en que la clase obrera debe destruir, romper la "máquina estatal existente" y no limitarse simplemente a apoderarse de ella.
El 12 de abril de 1871, es decir, justamente en plena Comuna, Marx escribió a Kugelmann:
"Si te fijas en el último capítulo de mi ’18 Brumario’, verás que expongo como próxima tentativa de la revolución francesa, no hacer pasar de unas manos a otras la máquina burocrático-militar, como se venia haciendo hasta ahora, sino r o m p e r l a [subrayado por Marx; en el original zerbrechen], y ésta es justamente la condición previa de toda verdadera revolución popular en el continente. En esto, precisamente, consiste la tentativa de nuestros heroicos camaradas de Paris" (pág. 709 de la revista "Neue Zeit", t. XX, I, año 1901-1902). (Las cartas de Marx a Kugelmann han sido publicadas en ruso no menos que en dos ediciones, una de ellas redactada por mi y con un prólogo mío.)
En estas palabras: "romper la máquina burocrático-militar del Estado", se encierra, concisamente expresada, la enseñanza fundamental del marxismo en punto a la cuestión de las tareas del proletariado en la revolución respecto al Estado. ¡Y esta enseñanza es precisamente la que no sólo olvida en absoluto, sino que tergiversa directamente la "interpretación" imperante, kautskiana, del marxismo!
En cuanto a la referencia de Marx al "18 Brumario", más arriba hemos citado en su integridad el pasaje correspondiente.
Interesa señalar especialmente dos lugares en el mencionado pasaje de Marx. En primer término, Marx limita su conclusión al continente. Esto era lógico en 1871, cuando Inglaterra era todavía un modelo de país netamente capitalista, pero sin militarismo y, en una medida considerable, sin burocracia. Por eso, Marx excluía a Inglaterra, donde la revolución, e incluso una revolución popular, se consideraba y era entonces posible sin la condición previa de destruir "la máquina estatal existente". Hoy, en 1917, en la época de la primera gran guerra imperialista, esta limitación hecha por Marx no tiene razón de ser. Inglaterra y Norteamérica, los más grandes y los últimos representantes — en el mundo entero — de la "libertad" anglosajona, en el sentido de ausencia de militarismo y de burocratismo, han ido rodando completamente al inmundo y sangriento pantano, común a toda Europa, de las instituciones burocrático-militares, que todo lo someten y lo aplastan. Hoy, también en Inglaterra y en Norteamérica es "condición previa de toda revolución verdaderamente popular" el romper, el destruirla "máquina estatal existente" (y que allí ha alcanzado, en los años de 1914 a 1917, la perfección "europea", la perfección común al imperialismo).
En segundo lugar, merece especial atención la observación extraordinariamente profunda de Marx de que la destrucción de la máquina burocrático-militar del Estado es"condición previa de toda revolución verdaderamente popular".
Este concepto de revolución "popular " parece extraño en boca de Marx, y los plejanovistas y mencheviques rusos, estos secuaces de Struve que quieren hacerse pasar por marxistas, podrían tal vez explicar esta expresión de Marx como un "lapsus". Han reducido el marxismo a una deformación liberal tan mezquina, que, para ellos, no existe más que la antítesis entre revolución burguesa y proletaria, y hasta esta antítesis la comprenden de un modo increíblemente escolástico.
Si tomamos como ejemplos las revoluciones del siglo XX, tendremos que reconocer como burguesas, naturalmente, también las revoluciones portuguesa y turca. Pero ni la una ni la otra son revoluciones "populares", pues ni en la una ni en la otra actúa perceptiblemente, de un modo activo, por propia iniciativa, con sus propias reivindicaciones económicas y políticas, la masa del pueblo, la inmensa mayoría de éste. En cambio, la revolución burguesa rusa de 1905 a 1907, aunque no registrase éxitos tan "brillantes" como los que alcanzaron en ciertos momentos ías revoluciones portuguesa y turca, fue, sin duda, una revolución "verdaderamente popular", pues la masa del pueblo, la mayoría de éste, las "más bajas capas" sociales, aplastadas por el yugo y la explotación, levantáronse por propia iniciativa, estamparon en todo el curso de la revolución el sello de sus reivindicaciones, de sus intentos de construir a su modo una nueva sociedad en lugar de la sociedad vieja que era destruida.
En la Europa de 1871, el proletariado no formaba la mayoría ni en un solo país del continente. Una revolución "popular", que arrastrase al movimiento verdaderamente a la mayoría, sólo podía serlo aquella que abarcase tanto al proletariado como a los campesinos. Ambas clases formaban en aquel entonces el "pueblo". Ambas clases están unidas por el hecho de que la "máquina burocrático-militar del Estado" las oprime, las esclaviza, las explota. Destruir, romper esta máquina: tal es el verdadero interés del "pueblo", de su mayoría, de los obreros y de la mayoría de los campesinos, tal es la "condición previa" para una alianza libre de los campesinos pobres con los proletarios, sin cuya alianza la democracia será precaria, y la transformación socialista, imposible.
Hacia esta alianza precisamente se abría camino, como es sabido, la Comuna de París, si bien no alcanzó su objetivo por una serie de causas de carácter interno y externo.
Consiguientemente, al hablar de una "revolución verdaderamente popular", Marx, sin olvidar para nada las características de la pequeña burguesía (de las cuales habló mucho y con frecuencia), tenía en cuenta con la mayor precisión la correlación efectiva de clases en la mayoría de los Estados continentales de Europa, en 1871. Y, de otra parte, constataba que la "destrucción" de la máquina estatal responde a los intereses de los obreros y campesinos, los une, plantea ante ellos la tarea común de suprimir al "parásito" y sustituirlo por algo nuevo.
¿Pero con qué sustituirlo concretamente?

http://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1910s/estyrev/hoja4.htm

Author: marxismo | Date: | No Comments »

Estartegiamilitar

ANTENAMUTANTE.NET

Las perspectivas de dominación geopolítica a nivel global, han forjado a través del tiempo una política hegemónica que abarca todos los aspectos de la vida humana sobre la tierra definida por la doctrina militar, llamada dominación de espectro completo (Join Chiefs of Staff, 96,2000). Esta es la doctrina de contrainsurgencia para el siglo XXI, la cual pretende imponer una cárcel global a la humanidad donde mares, cielos, tierras y sus entrañas se privatizan, bajo la excusa de seguridad; para esto cuenta con la investigación geográfica, espacial, social y cultural a su servicio.

Este sistema de espectro completo, busca generar una estrategia de guerra combinada, a partir de cuatro dimensiones: prevención, disuasión, persecución y eliminación.

Donde las pequeñas comunidades, son vistas como un impedimento para los planes de posicionamiento estratégico, en las diferentes regiones de interés, por esto son catalogadas como "potenciales focos de terrorismo". A partir de esto se plantean las "guerras preventivas", con las que se busca realmente la eliminación de cualquier brote de autonomía por parte de estas comunidades marginales, planteando la nueva geoestratégica para el siglo XXI. (Ceceña,2006).

Su centro es la fuerza conjunta (task force) y su proceso de transformación a través del tiempo dada la diversidad de maniobras que deben ejecutar estos cuerpos en las diferentes teatros de guerra, generándose estos como laboratorios de guerra (Plan Colombia e Iniciativa Mérida, en Latinoamérica).

El componente transnacional es piedra angular en esta doctrina militar, debido a la perspectiva de la privatización de los ejércitos y la industria militar, siendo una estrategia para la no responsabilidad de gobiernos extranjeros en incursiones militares a otros países, en lo que respecta a trafico de drogas y personas, masacres y torturas, adiestramiento a grupos paramilitares, violaciones sexuales, en fin, todo tipo de acciones violentas en contra de las comunidades que componen nuestra tierra. Así aparecen empresas como Dyncorp, MRL, Nortrop Grupman.

Además de lo anterior vemos como la estrategia militar obedece a intereses económicos no de Estados, sino de transnacionales, esto se evidencia en la guerras "preventivas, desarrolladas en Irak y Afganistán en el e caso del petróleo, así como en Colombia y México principalmente como ejes expansores de esta estrategia de militarización en toda Latinoamérica, para el caso del agua, los recursos biológicos, el petróleo y la minería a gran escala.

LA USAID

La política exterior de Estados Unidos genera espacios de dominio geoestratégico, a partir del posicionamiento de sus comandos militares (comando central, comando norte, comando sur, comando pacifico y comando europeo). Con la política exterior antiterrorista de Bush Jr., la Usaid desde el año 2006, alineó sus acciones, con el Departamento de Estado y el Departamento de Defensa, con lo cual busca coordinar de una manera mas directa, las acciones de este departamento frente a las cuestiones políticas y militares inmediatas de la doctrina de Estado.

A partir de esto, se creó una nueva oficina dentro de la Usaid, llamada Office of Militar Affaires (OMA), la cual se encarga directamente de coordinar las ayudas humanitarias, la planificación y doctrina del Departamento de Estado y el de Defensa. (Berkowitz, 2006).

Enviando "profesionales del desarrollo", a las cinco comandos combatientes en que se dividen geográficamente, las fuerzas armadas de Estados Unidos asiste a militares profesionales en la determinación de necesidades y prioridades.

Uno de los objetivos centrales de la OMA es aumentar el vínculo entre ONGs y las fuerzas armadas norteamericanas. Pues como mismo dice la Usaid: Trabajamos en estrecha cooperación con organizaciones voluntarias privadas, organizaciones locales, universidades, compañías norteamericanas, organismos internacionales, otros gobiernos y otros organismos gubernamentales de los Estados Unidos. USAID trabaja con más de 3.500 compañías norteamericanas y más de 300 organizaciones voluntarias privadas, con sede en los Estados Unidos. (www.usaid.gov).

Para el caso latinoamericano, la Usaid, se plantea como eje central el encubrimiento de las acciones del Comando Sur, pues gran parte de las acciones cívico -militares, son acciones camufladas para el reconocimiento y posicionamiento geoestratégico de las fuerzas extranjeras en la región.

DARPA (AGENCIA DE PROYECTOS DE INVESTIGACIÓN AVANZADA PARA LA DEFENSA)

Esta agencia agrupa diferentes empresas aeronáuticas, militares, laboratorios de investigación de diferentes áreas y universidades en todo el planeta, las cuales se encargan de desarrollar la tecnología para el uso militar, y también de las grandes empresas multinacionales. (Ceceña, 2006).

Uno de los aspectos del trabajo de DARPA es la investigación de la diversidad lingüística y cultural que busca la incorporación de estos conocimientos dentro de un sistema computarizado, capaz de interactuar, asimilar o reproducir estructuras de pensamiento, obviamente para aplicación militar y geoestrategia.(DARPA, 2003)

Este tipo de trabajos innovadores propende por la construcción de un sistema simulado de guerra, donde se pueda generar espacios de análisis estratégicos, a partir de diversas variables ecológicas, políticas, culturales, etc; lo que Madera denomina "Ecología de la insurgencia" dentro de los sistemas de información Geografica con finalidades militares. (SIG militar).

FSMO (OFICINA DE SERVICIOS MILITARES EN EL EXTRANJERO)

Esta encargada de los programas analíticos de las "amenazas" asimétricas (guerrillas/terroristas) y emergentes (movimientos sociales y comunidades), desarrollos militares a nivel regional y ambientes operacionales en todo el mundo, a partir de la doctrina geoestratégica. (Sedillo, 2009).

La FSMO se encarga de patrocinar el proyecto México indígena, el cual tiene su base de operaciones es Oaxaca, caracterizado por ser uno de los estados donde existe mayor población indígena y empoderamiento social. El proyecto busca construir un SIG capaz de mostrar las dinámicas de las comunidades de Oaxaca, o el llamado panorama cultural, como parte de las estrategias de monitoreo a nivel militar. Este sistema parte de las investigaciones militares hechas en Colombia como parte de las operaciones de Estados Unidos en este país. A partir del análisis de datos geográficos de carácter civil se crean estrategias de "contrainsurgencia" y monitoreo de los diferentes espacios geográficos de posibles conflictos por intermedio del análisis en la evolución de situaciones sociales generadas en el país, sumado a los componentes de organización de las comunidades y movimientos sociales. Este tipo de análisis se han planteado desde el concepto de ecología de la insurgencia el cual busca la integración de la información civil de carácter sociológico y antropológico, con datos lingüísticos, geográficos y ambientales, planteándose como sistemas de análisis contextual para las estrategias contrainsurgentes (Madera,2005).

La dominación del espectro completo es, entonces, un conjunto de estrategias no solo mediáticas, basadas en el discurso del terrorismo, sino que se constituye en una red de acciones basadas principalmente en el análisis de datos y construcción de estrategias conjuntas desde el ámbito académico, económico, político, militar y civil; el cual permea todas las capas de la sociedad humana, construyéndose como una cárcel global adornada por el espectáculo patético de la muerte en sus diferentes caras.

ESTRUCTURA DE LAS BASES MILITARES NORTEAMERICANAS

La red de bases militares para Latinoamérica es una estructura coordinada para el monitoreo (espionaje) a través de un sistema de radares y centros de escucha a lo largo del Caribe, Centro y Suramérica; las bases militares, navales y aéreas a lo largo del Pacifico, el Caribe, los Andes, la Amazonía y la Pampa cumplen diversas funciones como sitios estratégicos para control de recursos, centros de entrenamiento militar para diversos ejércitos y centros estratégicos para ataques sorpresa entre sus principales funciones.
Sistema de bases

Este se compone de siete tipos de centros:

1. (FOL) locación de operaciones de avanzada, caracterizados por ser plataformas portátiles de inteligencia, las cuales se encargan de hacer reconocimientos y compilación de información para operaciones en terreno en conexión directa con el Centro Espacial de Guerra (SWC), ubicado en la base de la fuerza aérea Schiever colorado Springs, conectada con las fuerzas de tierra de EEUU y sus aliados locales.( TNI, Drogas y Conflicto # 8.2003, 5).
2. (CSL) locación cooperativa de seguridad, caracterizado por ser un centro de acogida de la nación anfitriona a las tropas extranjeras de EE.UU. en actividades contra terroristas y antinarcóticos , con el fin de facilitar el acceso de contingencia como punto focal para las actividades de cooperación en seguridad, pudiendo contener equipos para posicionamiento estratégico. Siendo estos de rápida escalada, con ubicación táctica, ampliable a convertirse en un FOS.
3. (MOB) base principal de operaciones, base establecida en territorio amistoso con fuerzas de combate estacionadas permanentemente, las estructuras de mando y control, e instalaciones de apoyo familiar. Sirve como punto de anclaje para el rendimiento, la formación, la participación y el compromiso de EE.UU. en la OTAN. Gran infraestructura, acceso estratégico, mando y control establecido; el cual maneja los sitios de operación y seguridad cooperativa, capacidad de apoyo y ubicación.
4. (FOS) sitio de operaciones de avanzada, lugar extendido posicionado como "sitio caliente", con presencia de apoyo militar limitado de EE.UU., su equipo aloja fuerzas rotativas, siendo este un foco de formación regional y bilateral, estos sitios están diseñados para satisfacer todo tipo de situaciones, puede ser utilizado por tiempo prolongado.
5. (FSL) lugar de apoyo en avanzada, servicio de apoyo fuera del territorio continental de EE.UU., deposito de reserva de material de guerra, para reparación de aviones y centro de transporte, esta puede ser manipulada por militares de EE.UU., o militares del país anfitrión; este es simplemente un centro de abastecimiento donde múltiples escuadrones de diversos lugares se apoyan en un único lugar.
6. (PS) lugar de pre-posición, sitio seguro que contiene material de reserva de guerra (Combate y Apoyo de Combate) buscando una posición estratégica para las fuerzas rotativas y expedicionarias. Esta puede ser colocada con un MOB o un FOS, generalmente son sostenidos por los contratistas de apoyo y pueden ser estas bases marítimas.
7. (ERI) infraestructura en ruta, ubicación estratégica y duradera con activos de infraestructura que ofrecen la posibilidad de una rápida expansión, y mantener el proyecto de poder militar y sus contingencias en tiempos de crisis. Este tipo de bases sirven como puntos de anclaje para el rendimiento, la formación, la participación y el compromiso de EE.UU. También puede ser un MOB o FOS.

Abril de 2012.

http://www.cronicon.net/paginas/edicanter/Ediciones70/nota6.htm

Author: marxismo | Date: 01/04/2012 | No Comments »

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Bertolt Brecht
Berlín (Alemania), 1934.*

El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia y escribir la verdad tendrá que vencer por lo menos cinco dificultades. Tendrá que tener el valor de escribir la verdad aunque se la desfigure por doquier; la inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como un arma; el discernimiento indispensable para difundirla.

Tales dificultades son enormes para los que escriben bajo el fascismo, pero también para los exiliados y los expulsados, y para los que viven en las democracias burguesas.

I. El valor de escribir la verdad

Para mucha gente es evidente que el escritor debe escribir la verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir en la desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita mucho valor.

Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna: «No hay pasión más noble que el amor al sacrificio».

En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el interrogante: ¿Mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas y razas imperfectas, el valor está en decir: ¿Es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean taras?

También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos fueron vencidos no porque eran buenos sino porque eran débiles requiere cierto valor.

Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triunfo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. Formulan reclamaciones generales en un mundo de amigos inofensivos y reclaman una justicia general por la que no han combatido nunca. También reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del botín. En síntesis sólo admiten una verdad: la que les suena bien.

Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no les exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no conocen la verdad.

II. La inteligencia necesaria para descubrir la verdad

Tampoco es fácil descubrir la verdad. Por lo menos la que es fecunda. Así, según opinión general, los grandes Estados caen uno tras otro en la barbarie extrema. Y una guerra intestina que se desarrolla implacablemente puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado que convertiría nuestro continente en un montón de ruinas. Evidentemente, se trata de verdades. No se puede negar que llueve hacia abajo: numerosos poetas escriben verdades de este género. Son como el pintor que cubría de frescos las paredes de un barco que se estaba hundiendo. El haber resuelto nuestra primera dificultad les procura una cierta dificultad de conciencia. Es cierto que no se dejan engañar por los poderosos, pero ¿escuchan los gritos de los torturados? No; pintan imágenes. Esta actitud absurda les sume en un profundo desconcierto, del que no dejan de sacar provecho; en su lugar otros buscarían las causas. No creáis que sea cosa fácil distinguir sus verdades de las vulgaridades referentes a la lluvia; al principio parecen importantes, pues la operación artística consiste precisamente en dar importancia a algo. Pero mirad la cosa de cerca: os daréis cuenta que no dejan de decir: no se puede impedir que llueva hacia abajo.

También están los que por falta de conocimientos no llegan a la verdad. Y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen a los poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas célebres a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se contentan con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre ellos.

Me permito decir a todos los escritores de esta época confusa y rica en transformaciones que hay que conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la práctica si no falta la necesaria aplicación. Es muy sencillo descubrir fragmentos de verdad, e incluso verdades enteras. El que busca necesita un método, pero se puede encontrar sin método, e incluso sin objeto que buscar. Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicación de la verdad: los que la lean serán incapaces de transformar esa verdad en acción. Los escritores que se contentan con acumular pequeños hechos no sirven para hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra ambición. Por consiguiente esos escritores no están a la altura de su misión.

III. El arte de hacer la verdad manejable como arma

La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben.

Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para mi, el fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, y bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa.

Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica.

Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.

Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que éstos olvidan que tales métodos se practican también en sus propios países.

Ciertos países logran todavía conservar sus formas de propiedad gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin recurso a la violencia, la posesión de los medios de producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser defendidos por la violencia declarada.

Ciertos países no tienen necesidad, para mantener sus monopolios bárbaros, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural (filosofía, arte, literatura); de ahí que acepten perfectamente oir a los exiliados alemanes estigmatizar su propio régimen por haber destruido esas comodidades. A sus ojos es un argumento suplementario en favor de la guerra.

¿Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: «Guerra sin cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del «mal», la oficina del infierno, el trono del anticristo»? No. Los que así gritan son tontos, impotentes gentes peligrosas. Sus discursos tienden a la destrucción de un país, de un país entero con todos sus habitantes, pues los gases asfixiantes no perdonan a los inocentes.

Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso. Peroran sobre el «alemán», estigmatizan el «mal», y sus auditorios se interrogan: ¿Debemos dejar de ser alemanes? ¿Bastará con que seamos buenos para que el infierno desaparezca? Cuando manejan sus tópicos sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la acción. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las catástrofes aparecen claramente: los hombres. Vivimos una época en que el destino del hombre es el hombre.

El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la «naturaleza» del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa.

El que quiera describir el fascismo y la guerra grandes desgracias, pero no calamidades «naturales» debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar verídicamente un estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.

IV. Cómo saber a quién confiar la verdad

Un hábito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace que el escritor no se ocupe de la difusión de sus obras. Se figura que su editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo. Y se dice: yo hablo, y los que quieren entenderme, me entienden. En la realidad, el escritor habla, y los que pueden pagar, le entienden. Sus palabras jamás llegan a todos, y los que las escuchan no quieren entenderlo todo.

Sobre esto se ha dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes. Transformar la «acción de escribir a alguien» en «acto de escribir» es algo que me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos.

Para ser revelado, el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para nosotros, escritores, es importante saber a quién la decimos y quién nos la dice; a los que viven en condiciones intolerables debemos decirles la verdad sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos solamente a las gentes de un solo sector: hay otros que evolucionan y se hacen susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal que comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se oponían a todo cambio de régimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias cuando vieron que sus hijos, al volver de una larga guerra, quedaban reducidos al paro forzoso.

La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: «yo soy incapaz de hacer daño a una mosca». Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.

V. Proceder con astucia para difundir la verdad

Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone el hacerla operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan. De ahí que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad.

Confucio alteró el texto de un viejo almanaque popular cambiando algunas palabras: en lugar de escribir «el maestro Kun hizo matar al filósofo Wan», escribió: «el maestro Kun hizo asesinar al filósofo Wan». En el pasaje donde se hablaba de la muerte del tirano Sundso, «muerto en un atentado», reemplazó la palabra «muerto» por «ejecutado», abriendo la vía a una nueva concepción de la historia.

El que en la actualidad reemplaza «pueblo» por «población», y «tierra» por «propiedad rural», se niega ya a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia. La palabra «pueblo» implica una unidad fundada en intereses comunes; sólo habría que emplearla en plural, puesto que únicamente existen «intereses comunes» entre varios pueblos. La «población» de una misma región tiene intereses diversos e incluso antagónicos. Esta verdad no debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice «la tierra», personificando sus encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y «el gesto augusto del sembrador» no se cotiza en Bolsa. El término justo es «propiedad rural».

Cuando reina la opresión, no hablemos de «disciplina», sino de «sumisión» pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo, el vocablo «dignidad» vale más que la palabra «honor», pues tiene más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se precipita para tener la ventaja de defender el «honor» de un pueblo, y con qué liberalidad los ricos distribuyen el «honor» a los que trabajan para enriquecerlos.

La astucia de Confucio es utilizable también en nuestros días. También la de Tomás Moro. Este último describió un país utópico idéntico a la Inglaterra de aquella época, pero en el que las injusticias se presentaban como costumbres admitidas por todo el mundo.

Cuando Lenin, perseguido por la policía del Zar, quiso dar una idea de la explotación de Sajalín por la burguesía rusa, sustituyó Rusia por el Japón y Sajalín por Corea. La identidad de las dos burguesías era evidente, pero como Rusia estaba en guerra con el Japón la censura dejó pasar el trabajo de Lenin.

Hay una infinidad de astucias posibles para engañar a un Estado receloso. Voltaire luchó contra las supersticiones religiosas de su tiempo escribiendo la historia galante de «La Doncella de Orleans»: describiendo en un bello estilo aventuras galantes sacadas de la vida de los grandes. Voltaire llevó a éstos a abandonar la religión (que hasta entonces tenían por caución de su vida disoluta). De repente se hicieron los propagadores celosos de las obras de Voltaire y ridiculizaron a la policía que defendía sus privilegios. La actitud de los grandes permitió la difusión ilícita de las ideas del escritor entre el público burgués, hacia el que precisamente apuntaba Voltaire.

Decía Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la propagación de su ateísmo epicúreo. Las virtudes literarias de una obra pueden favorecer su difusión clandestina. Pero hay que reconocer que a veces suscitan múltiples sospechas. De ahí la necesidad de descuidarlas deliberadamente en ciertas ocasiones. Tal sería el caso, por ejemplo, si se introdujera en una novela policíaca -género literario desacreditado- la descripción de condiciones sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificaría completamente la novela policíaca.

En la obra de Shakespeare se puede encontrar un modelo de verdad propagada por la astucia: el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y la pintura que hace de él es mucho más aleccionadora que la del criminal. Dejándose dominar por los hechos, Antonio saca de ellos su fuerza de convicción mucho más que de su propio juicio.

Jonathan Swift propuso en un panfleto que los niños de los pobres fueran puestos a la venta en las carnicerías para que reinara la abundancia en el país. Después de efectuar cálculos minuciosos, el célebre escritor probó que se podrían realizar economías importantes llevando la lógica hasta el fin. Swift jugaba al monstruo. Defendía con pasión absolutista algo que odiaba. Era una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera podía encontrar una solución más sensata que la suya, o al menos más humana; sobre todo, aquellos que no habían comprendido a dónde conducía este tipo de razonamiento.

Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que éste adopte, sirve la causa de los oprimidos. En efecto, los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país cuando se muere de hambre. Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la desgracia. El horror al trabajo que no alimenta al que lo efectúa es asimismo una cosa baja, y baja también la protesta contra la locura que se impone y la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etc. Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión.

Sin embargo, el pensamiento triunfa todavía en ciertos dominios en que resulta indispensable para la dictadura. En el arte de la guerra, por ejemplo, y en la utilización de las técnicas. Resulta indispensable pensar para remediar, mediante la invención de tejidos «ersatz», la penuria de lana. Para explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la militarización de la juventud no es posible renunciar al pensamiento. Pero recurriendo a la astucia se puede evitar el elogio de la guerra, al que nos incitan los nuevos maestros del pensamiento. Así, la cuestión ¿cómo orientar la guerra? lleva a la pregunta: ¿vale la pena hacer la guerra? Lo que equivale a preguntar: ¿cómo evitar la guerra inútil? Evidentemente, no es fácil plantear esta cuestión en público hoy. Pero ¿quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la verdad? Evidentemente no.

Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad análoga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. Por ejemplo, los descubrimientos biológicos de Darwin eran susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se inquietó. La policía no veía en ello nada nocivo. Los últimos descubrimientos físicos implican consecuencias de orden filosófico que podrían poner en tela de juicio los dogmas irracionales que utiliza la opresión. Las investigaciones de Hegel en el dominio de la lógica facilitaron a los clásicos de la revolución proletaria, Marx y Lenin, métodos de un valor inestimable. Las ciencias son solidarias entre sí, pero su desarrollo es desigual según los dominios; el Estado es incapaz de controlarlos todos. Así, los pioneros de la verdad pueden encontrar terrenos de investigación relativamente poco vigilados. Lo importante es enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables. Los dirigentes odian las transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, a ser posible durante un milenio: que la Luna se detuviese y el Sol interrumpiese su carrera. Entonces nadie tendría hambre ni reclamaría alimentos. Nadie respondería cuando ellos abriesen fuego; su salva sería necesariamente la última.

Subrayar el carácter transitorio de las cosas equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación contiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante método -la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas- puede ser aplicado al examen de materias como la biología y la química, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se corre el riesgo de suscitar la atención. Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras.

Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de la policía. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el Gobierno. De ahí que hablen de destino. Es al destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al Gobierno.

Pero en general es posible reclinar los lugares comunes sobre el destino y demostrar que el hombre se forja su propio destino. Ahí tenéis el ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldición. La mujer se había arrojado al agua, el hombre se había ahorcado. Un día, el hijo se casó con una joven que aportaba como dote algunas hectáreas de tierra. De golpe, se acabó la maldición. En la aldea se interpretó el acontecimiento de diversos modos. Unos lo atribuyeron al natural alegre de la joven; otros a la dote, que permitía, al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso un poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripción algún detalle relacionado con el trabajo de los hombres. En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.

Conclusión

La gran verdad de nuestra época -conocerla no es todo, pero ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad importante- es ésta: nuestro continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia. ¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice claramente por qué? Los que torturan lo hacen por conservar la propiedad privada de los medios de producción.

Ciertamente, esta afirmación nos hará perder muchos amigos: todos los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las formas actuales de propiedad.

Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producción. Digámoslo a los que sufren del statu quo y que, por consiguiente, tienen más interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producción.

http://www.lainsignia.org/2004/enero/cul_062.htm

*Presentación: J.G.

El presente texto apareció en noviembre de 1963 en el Boletín del Seminario de Derecho Político de la Universidad de Salamanca (España), publicación dirigida en aquella época por el profesor Enrique Tierno Galván, de cuyo fallecimiento se cumplieron dieciocho años el pasado 19 de enero.

Ensayista y político, Tierno Galván fue fundador del Partido Socialista Popular (PSP), organización que se integró en 1978 en el PSOE. Elegido alcalde de Madrid al frente de una coalición del Partido Socialista y el Partido Comunista de España (PCE) en abril de 1979, renovó su cargo en 1983 y se mantuvo al frente del consistorio madrileño hasta su muerte.

«¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice claramente por qué?», se pregunta Bertolt Brecht en el texto que hoy les presentamos. Sirva entonces como homenaje de La Insignia a un hombre que buscó respuestas. Y que a veces, las encontró.

Author: marxismo | Date: 31/03/2012 | No Comments »

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LA SAGRADA FAMILIA F. Engels & K. Marx

PROLOGO

En Alemania, el humanismo realista no tiene enemigo más peligroso que el espiritualismo o idealismo especulativo que, en lugar del hombre individual real, pone la "conciencia" o el "espíritu", y enseña con el evangelista: El espíritu vivifica, el cuerpo no sirve para nada. Claro está que este espíritu sin cuerpo es espíritu solamente en la imaginación. Precisamente combatimos en la crítica de Bauer la especulación que se reproduce en forma de caricatura. Es a nuestros ojos la expresión más perfecta del principio germano-cristiano, que hace su última tentativa, transformando la crítica misma en un poder transcendental.

Nuestra exposición se relaciona preferentemente a la Allgemeine Literaturzeitung de Bauer -cuyos ocho primeros números tenemos a la vista-, porque la crítica de Bruno Bauer y, por consecuencia, la inepcia de la especulación alemana en general, alcanzan allí su apogeo. La crítica crítica (la crítica de la Literaturzeitung) es tanto más instructiva en cuanto que ella da a la deformación de la realidad por medio de la filosofía, el ritmo terminado de una comedia muy documental. Ved, por ejemplo, a Faucher y Szeliga. La Literaturzeitung nos surte de los materiales que pueden servir para hacer comprender, incluso al gran público, las ilusiones de la filosofía especulativa. Tal es la finalidad de nuestro trabajo.

Nuestra exposición, naturalmente, está en función de su tema. La crítica crítica se encuentra, en general, por debajo del nivel ya alcanzado por el desenvolvimiento teórico alemán. La naturaleza de nuestro tema justifica, pues, el que no insistamos aquí más extensamente sobre este desenvolvimiento.

La crítica crítica más bien nos obliga a hacer valer contra ella los resultados ya adquiridos.

Esta polémica es, a nuestros ojos, en consecuencia, el prólogo de trabajos personales en los que, cada uno por su cuenta, naturalmente, expondremos nuestra opinión positiva y, por lo tanto, nuestra posición positiva frente a las doctrinas filosóficas y sociales modernas.

ENGELS-MARX.

París, setiembre de 1844.

 

II.-EL MISTERIO DE LA CONSTRUCCION ESPECULATIVA

El misterio de la exposición crítica de los Misterios de París, es el misterio de la construcción especulativa de Hegel. Después de haber reducido a la categoría del misterio la perversión en la civilización y la privación de todo derecho en el Estado, el señor Szeliga lanza al misterio en plena circulación especulativa. Podemos caracterizar, en pocas palabras, la construcción especulativa en general. En su discusión de los Misterios de París, el señor Szeliga nos dará su aplicación en detalle.

Cuando, operando con realidades, manzanas, peras, fresas, almendras, yo me formo la noción general fruta; cuando, yendo más lejos, me imagino que mi noción abstracta, sacada de las frutas reales, es decir, la fruta, es una entidad que existe fuera de mí y constituye hasta la verdadera entidad de la manzana, de la pera, yo declaro, en lenguaje especulativo, que la fruta es la substancia de la pera, de la manzana, de la almendra, etc. Digo, pues, que lo que ‘hay de esencial en la pera o en la manzana, no es el ser pera o manzana. Lo que les es esencial, no es su ser real, concreto, que cae bajo los sentidos, sino la entidad abstracta que he deducido y que les he substituido, la entidad de mi representación: la fruta. Declaro a la manzana, la pera, la almendra, etc., simples modos de existencia de la fruta. Mi inteligencia finita, pero sostenida por los sentidos, distingue, es cierto, una manzana de una pera y una pera de una almendra; pero mi razón especulativa declara que esta diferencia sensible es inesencial e indiferente. Ve en la manzana el mismo elemento que en la pera, y en la pera el mismo elemento que en la almendra, es decir, la fruta. Las frutas reales y particulares no son más que frutas aparentes cuya substancia, la fruta, es la verdadera esencia.

De esta manera no se llega a determinar mayormente nada. El mineralogista que se limitara a declarar que todos los minerales son realmente el mineral, no sería mineralogista más que en su imaginación. A cada mineral, el mineralogista especulativo dice: el mineral, y su ciencia se limita a repetir este término tantas veces como hay verdaderos minerales.

Después de haber hecho una fruta abstracta, la fruta, de las diferentes frutas reales, la especulación -para llegar a la apariencia de un contenido real-, debe tratar, en consecuencia, de una manera u otra, de regresar de la fruta, de la substancia, a las verdaderas frutas diferentes, a la pera, la manzana, la almendra, etc. Pero cuanto más fácil es -hablando de las frutas reales- producir el concepto abstracto, la fruta, tanto más difícil es -hablando del concepto abstracto, la fruta-, producir frutas reales. Es hasta imposible, a-menos que se renuncie a la abstracción, de que se pase de la abstracción a su contrario.

La filosofía especulativa renuncia, pues, a la abstracción de la fruta, pero renuncia de manera especulativa, mística, teniendo aires de no renunciar a ello. Así, únicamente en apariencia se eleva por encima de la abstracción. He aquí cómo, probablemente, razona: Si la manzana, la pera, la almendra, la fresa, etc., no son, en realidad, más que la substancia, la fruta, ¿cómo es posible que la fruta se me aparezca tanto bajo el aspecto de la manzana, como bajo el aspecto de la pera, etc.? ¿De dónde viene esta apariencia de diversidad tan manifiestamente contraria a mi concepción especulativa de la unidad, de la substancia, de la fruta?

La razón está -responde la filosofía especulativa- en que la fruta no es una entidad sin vida, sin caracteres distintivos, sin movimiento, sino una entidad dotada de vida, de caracteres distintivos, de movimiento. La diferencia de las frutas ordinarias en nada importa a mi inteligencia sensible, pero ella importa al fruto mismo, a la razón especulativa. Las diversas frutas "profanas" son diferentes manifestaciones de la fruta única; son cristalizaciones que forman la fruta misma. De esta manera, por ejemplo, la fruta, adquiere en la manzana y la pera, el aspecto de una manzana y de una pera. No hay que decir, pues, como cuando se colocaba en punto de vista de la substancia: la pera es la fruta, la manzana es la fruta, la almendra es la fruta; hay que decir, por el contrario: la fruta se presenta como pera, la fruta se presenta como almendra, y las diferencias que distinguen a la manzana, la pera, la almendra, son las diferencias mismas de la fruta y ellas hacen de las frutas particulares miembros diferentes en el proceso vital de la fruta. La fruta, en consecuencia, no es más una unidad sin con tenido ni diferencia; es la unidad en tanto que generalidad, en tanto que totalidad de las frutas que forman "una serie orgánicamente distribuida". En cada miembro de esta serie, la fruta adquiere una figura más desarrollada, más netamente caracterizada hasta que ella al fin sea, en tanto que resumen de todas las frutas, la unidad viviente que contiene y reproduce incesantemente cada uno de sus elementos, a igual como todos los miembros del cuerpo se transforman incesantemente en sangre y son reproducidos incesantemente por la sangre.

Ya se ve: mientras que la religión cristiana no conoce más que una sola encarnación de Dios, la filosofía especulativa tiene tantas encarnaciones como cosas existen; es así cómo ella posee aquí, en cada fruta, una encarnación de la substancia, de la fruta absoluta. Para la filosofía especulativa el interés principal consiste, pues, en producir la existencia de las frutas reales y en declarar, de manera misteriosa, que hay manzanas, peras, etcétera. Pero las manzanas, las peras, etc., que encontramos en el mundo especulativo, no son más que apariencias de manzanas, peras, etc., pues son manifestaciones de la fruta, entidad racional, abstracta y, por lo tanto, ellas mismas son entidades racionales abstractas. Por consecuencia, lo que os produce placer en la especulación, es encontrar en ella a todas las frutas reales, pero sólo como frutas, teniendo un valor místico superior, surgidas del éter de vuestro cerebro y no de la tierra material, encarnaciones de la fruta, del sujeto absoluto. Volviendo, pues, de la abstracción, de la entidad racional sobrenatural, de la fruta, a las frutas reales y naturales, daréis, en cambio, a las frutas naturales un valor sobrenatural y las transformaréis en otras tantas abstracciones. Vuestro interés principal es, precisamente, demostrar la unidad de la fruta en todas sus manifestaciones, manzana, pera, almendra, etc.; probar, por consecuencia, la conexión mística de estas frutas y hacer ver cómo, en cada una de esas frutas, la fruta se realiza gradualmente y, por ejemplo, pasa necesariamente de su estado de almendra a su estado de pera. El valor de las frutas individuales no consiste, pues, en sus propiedades naturales, sino en su propiedad especulativa, que les asigna un lugar determinado en el proceso vital de la fruta absoluta.

El hombre ordinario no cree adelantar nada de extraordinario diciendo que existen manzanas y peras. Pero el filósofo, expresando esta existencia de manera especulativa, ha dicho algo extraordinario. Ha hecho un milagro: de la entidad racional irreal, la fruta, ha producido las entidades naturales reales, las manzanas, las peras, etc. En otros términos: de su propia inteligencia abstracta, que él se representa exteriormente a sí mismo como un sujeto absoluto, aquí la fruta, ha sacado esas frutas y, en toda existencia que enuncia, realiza un acto creador.

La filosofía especulativa, claro está, no puede realizar esta creación continua más que intercalando, corno siendo de su propia invención, propiedades reconocidas por todos como pertenecientes en realidad a la manzana, a la pera, etcétera; dando los nombres de cosas reales a lo que la razón abstracta únicamente puede crear, es decir, a las fórmulas racionales abstractas; declarando, finalmente, que su propia actividad, por la cual pasa de la representación manzana a la representación pera, es la actividad misma del sujeto absoluto, la fruta.

A esta operación se la llama, en lenguaje especulativo, comprender la substancia como sujeto, como proceso interior, como persona absoluta, y esta comprensión constituye el carácter esencial del método hegeliano.

Era necesario realizar todas estas observaciones preliminares con el objeto de hacer inteligible al señor Szeliga. Hasta aquí el señor Szeliga ha hecho entrar realidades, tales como el derecho y la civilización, en la categoría del misterio, y, de esta manera, ha hecho del misterio la substancia. Pero únicamente ahora se eleva a la altura verdaderamente especulativa, hegeliana, y transforma al misterio en sujeto autónomo que se encarna en condiciones y personas reales, y que se manifiesta en condesas, marqueses, grisetas, porteros, notarios, charlatanes, así como en intrigas de amor, bailes, puertas de madera, etc. Después de haber sacado del mundo real la categoría misterio, saca de esta categoría al mundo real.

Y los misterios de la construcción especulativa se revelarán con tanta mayor claridad en la exposición del señor Szeliga, en cuando éste posee, indiscutiblemente, una doble ventaja sobre Hegel. El proceso mediante el cual el filósofo pasa de un objeto a otro, por medio de la intuición sensible y la representación, Hegel trata de dárnoslo, con una maestría de sofista, como el proceso de la entidad racional imaginada, del sujeto absoluto. Además, a menudo llega a tener, en el curso mismo de su exposición especulativa, un desarrollo concreto y yendo al fondo mismo de las cosas. Resulta de ello que el lector toma a la especulación por la realidad y a la realidad por la especulación.

En el señor Szeliga desaparecen estas dos dificultades. Su dialéctica no conoce hipocresía ni fingimiento. Ejecuta su pequeño juego con una honestidad loable y con la rectitud más segura. Pero en ninguna parte desenvuelve un contenido real, en tal forma que en él la construcción especulativa se presenta sin ningún adorno molesto, sin que nada anfibológico nos oculte la bella desnudez. Pero también encontramos, en la aventura del señor Szeliga, la ruidosa prueba de este doble fenómeno: en apariencia, la especulación se crea ella misma y a priori su objeto; pero, por otra parte, y precisamente porque ella quiere, mediante sofismas, negar la dependen-cia racional y natural que la une a ese objeto, cae en la dependencia más irracional y menos natural con respecto a ese objeto, cuyas determinaciones más accidentales y más individuales se ve obligada a construir como absolutamente necesarias y generales.

http://www.marxists.org/espanol/m-e/1840s/sagfamilia/05.htm#ii

Author: marxismo | Date: 27/03/2012 | No Comments »

Educación Pública

· Entrevista con una de las máximas autoridades pedagógicas de Argentina, la maestra y académica, Susana Vior.

Andrés Figueroa Cornejo

Susana Vior, maestra legendaria y autoridad académica en materia educacional en Argentina, laboró durante 22 años como docente de Enseñanza Media y formación de maestros. El 23 de marzo de 2012 cumplió medio siglo dedicado concentradamente a la enseñanza. Hasta 1991 fue Decana en Educación de la Universidad Nacional y Pública de Luján y desde 1996 dirige la Maestría en Política y Gestión sobre el ámbito en esa misma casa de estudios superiores. Es investigadora  y ha publicado entre un sinnúmero de artículos y documentación pedagógica en distintos lugares del mundo, los libros “Estado y Educación en las Provincias” (investigación cooperativa) y  “Formación de Profesores: política, currículo e instituciones”.

La maestra Susana Vior destila la ternura apremiante de quien ama lo que hace y las convicciones hondas de quien sabe lo que dice. El encuentro con el periodista que firma la entrevista fue ofrecida en su oficina universitaria en la Ciudad de Buenos Aires. Un lugar sencillo transparentado por las ventanas y la puerta siempre abierta.

-¿Qué es la educación pública, por qué, para qué, para quién?

“Los sistemas educativos fueron desarrollados por la sociedad burguesa con la intención de incorporar a las clases sociales más populares a la producción capitalista. Ese es el objetivo esencial de la burguesía. Ahora bien; los sectores populares van a la educación pública buscando muchas otras cosas. La escuela pública en Argentina, muy tempranamente, fue un espacio de socialización sustantivo. El pueblo se apropió, en un proceso dialéctico, de múltiples aprendizajes en la enseñanza pública. En este país, desde fines del siglo XIX y principios del XX, la educación se expandió a pasos agigantados y rápidamente decreció el analfabetismo. Asimismo, casi al mismo tiempo, los sectores populares lucharon por el ingreso a la enseñanza media. Y luego la pelea social fue por la entrada a la universidad. De otra manera no podría entenderse que en 1916 la gente haya votado contra el gobierno conservador. Esa fue la tradición educativa que conoció mi generación y en la cual nos formamos. Yo estudié en escuela, liceo y universidad públicas.”

-¿Por qué una madre o apoderado de una niña, un niño o un joven debería optar por la educación pública, además de los beneficios de la socialización?

“Porque debería ser el lugar de todos, donde aprendemos a convivir, a ser solidarios, a cooperar. Los chicos que tienen la fortuna de provenir de entornos que posibilitan su mejor formación, tienen que aprender a colaborar con el otro que cuenta con menos facilidades. En la fractura social producida por un conjunto de factores, perdieron todos. Estamos ante las posibilidades extraordinarias que ofrece un mundo más abierto, pero la sociedad argentina se fragmenta también por  una escolaridad ultra segmentada. Los pobres han quedado relegados a instituciones que poco tienen que ver con la escuela pública democrática, cuyos fines se asociaban a la distribución del conocimiento. A partir de la década de los 90, se impuso la aberración de la promoción automática. Al comienzo entre primero y segundo grado; después entre primero, segundo y tercero; y ahora  vale que los educandos pasen de curso a como dé lugar. El propósito estatal al respecto tiene que ver con las estadísticas, menos con la formación de calidad.”

-De acuerdo a los guarismos, en la  Ciudad de Buenos Aires la educación es mitad pública y mitad  privada, y en provincias la proporción es alrededor de 6:4 a favor  de la pública…

“Ello revela una despreocupación absoluta de la sociedad respecto de lo que ocurre con la enseñanza. A veces pienso que una es el ‘llanero solitario’ por ocuparse de la pedagogía. Las capas medias, en todo su espectro, consideran que tienen resuelta la enseñanza sólo enviando a sus hijos a los establecimientos privados o seleccionando la mejor escuela pública a la que puedan acceder. Pero tanto en una como en otra, hay muy diversa calidad educativa. Y cuando hablo de calidad, no me refiero a una mercancía, como es el concepto que los organismos internacionales introdujeron y que se vincula a competitividad y eficientismo.”

-También se habla de evaluación…

“Se evaluó, se sigue evaluando, y la calidad de las instituciones educativas de todos los niveles de enseñanza no ha mejorado  en absoluto. En concreto, ha empeorado. Aunque uno descrea de los rankings, Argentina está cada vez más abajo en los listados de las mejores universidades del planeta. Recién aparece en alrededor del lugar 270 en el mundo, y en el décimo de América Latina. Sin embargo, continuamos evaluando por medio de un aparataje muy costoso en vez de ubicar los recursos en el sitio que corresponde.”

LOS DOCENTES A LA PIZARRA

-¿Y qué papel han jugado los profesores en este entramado?

“He tenido casos en la universidad de estudiantes que me han comunicado que en los establecimientos escolares los obligan a poner las calificaciones con lápiz de carbón. Ello para que a la dirección y los supervisores de la escuela les resulte más fácil ‘arreglar’ las notas. Por otro lado, existe un empobrecimiento muy grande en el propio proceso de formación de los docentes. Los estudiantes ingresan a la educación superior para constituirse en maestros o profesores, luego de 12 años de escolarización en los que no han logrado leer ni escribir adecuadamente, ni contar con un correcto aprendizaje en las disciplinas científicas. ¿Cómo formamos a un buen docente en la universidad, entonces? Muchos estudiantes optan por la enseñanza porque tuvieron excelentes maestros y consideran de buena fe que tiene sentido la docencia. No obstante, incluso, una a veces escucha intervenciones de ciertos dirigentes sindicales del profesorado que dan vergüenza. Y muchos sindicatos docentes son de un corporativismo impresentable.”

-¿Qué deberían hacer los pedagogos organizados en Argentina?

“Empezar realmente a discutir muy a fondo qué educación tenemos, dónde están desempeñándose, qué están haciendo, con quién y con qué están colaborando, y cómo salimos en conjunto de este drama. Naturalmente que los profesores de hoy son un producto histórico. Son resultado de años y años de mala formación y pésimas condiciones laborales. Sin duda, hoy los educadores debemos estudiar más. Formarse críticamente es una necesidad imperiosa. Y a la vez, tenemos que hacer una autocrítica profunda. Un ejemplo: el gobierno de la Ciudad cierra cursos en la educación pública. Obviamente tenemos  que luchar contra esa política destructiva. Pero es imprescindible debatir nacionalmente por qué los chicos no están en las escuelas. ¿Por qué se llega a un quinto año de secundaria con cinco alumnos? ¿Qué pasó con todos los demás? Esos son nuestros temas. No es posible buscar argumentos exculpatorios, y aquí me incluyo. Se trata de resolver ‘la pesada herencia’.”

EL RELATO EDUCATIVO DEL PODER

-Pero la inversión en enseñanza a escala estatal resulta significativa…

“Sin embargo, nadie que sepa en qué situación se encuentra nuestro sistema educativo  hubiera comenzado por dotar a cada chico de un computador portátil. ¿Para qué? ¿Para que puedan reproducir individualmente lo que no saben, y accedan más fácilmente al ‘entretenimiento’ alienante? Ahora ocurre que hay profesores que en la escuela secundaria están contentos con la medida porque, al menos, ya tienen menos indisciplina en la clase.”

-CFK tiene ideas algo distintas respecto de la enseñanza…

“La Presidenta de la nación dice que los docentes trabajan 4 horas y tienen 3 meses de vacaciones, lo cual es una falsedad flagrante. Pero la Presidenta no es tonta. Ella aprovecha la existencia de un sentido común en la sociedad, enemigo de la educación pública. Hay un sector de la población no menor que, efectivamente, cree que los profesores trabajan 4 horas y que con 3 mil pesos mensuales pueden vivir. Lo real es que los docentes, en general, deben hacer dos turnos. Muchos trabajan en la noche y otros se ven obligados a desempeñarse en otro tipo de quehaceres remunerativos los fines de semana para llegar a fin de mes. Sin contar que un docente hace clases en un primer año, tocan el timbre y ya se enfrenta a un quinto año o parte para otra escuela. ¿Cómo se imparte buena educación así? Por otro lado, que el profesor deba sustituir a los padres, hacer de psicólogo infantil, asistente social y hasta atender el comedor escolar, también funciona como una excusa para quienes  no cumplen con su tarea docente. Es terrible decirlo. Nuestro profesorado tiene gran responsabilidad de haber llegado a esta situación. Se aceptaron esas imposiciones, en lugar de batallar para que el Estado asumiera por medio de otras instituciones esos quehaceres distintos a la pedagogía. Por ejemplo, ¿qué hace el Ministerio de Salud? En el actual momento no existe  control sanitario de los chicos en las escuelas.”

LA GOBERNABILIDAD COMO ESTANDARTE ABSOLUTO

-Es bien sabido que la educación privada tiene como objetivo primero y último la ganancia, el lucro. Asimismo, se sabe que en los países desarrollados el sistema escolar público es más que hegemónico, como en Finlandia. ¿Por qué en Argentina y América Latina los gobiernos de turno privilegian la enseñanza privada?

“Ello corresponde a un largo proceso previo. Por ejemplo, en Argentina el subsidio a la educación privada proviene de una ley de 1947, durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón. Se trató, en  parte, de un compromiso que el peronismo realizó con la Iglesia Católica antes de las elecciones de 1946. Y posteriormente, ese compromiso  continuó expandiéndose, con el  argumento de igualar los salarios de los docentes de las escuelas públicas y las privadas. Previo a esas fechas, no hubo subsidio a los privados. Ahora bien, tampoco habría sido posible extender la escolaridad sólo con la inversión en la escuela pública. De hecho, se dijo que el que podía pagar, que lo hiciera, tanto en educación como en salud. Aquí nunca existió lo que se define como Estado de Bienestar. A lo sumo tuvimos un Estado benefactor, que es bien distinto. Es decir, un Estado que asiste a aquella población que no está en condiciones de bastarse por sí misma. Lo grave es que en la actualidad prácticamente no se observa  aumento de la matrícula. Y al interior de ese no incremento, ha crecido la enseñanza privada.”

-¿Por qué?

“Porque la privada ofrece un tipo de ‘compañero de banco’ que satisface sobre todo a los estratos medios y altos que buscan un ‘mejor roce social’”.

-¿Y cuál es el fin estratégico de las políticas mencionadas, entonces?

“Simplemente, mantener la gobernabilidad.”

LAS RELACIONES DE FUERZAS

-El estado de la educación y la salud  no hacen más que reflejar las contradicciones sociales realmente existentes. ¿Qué ocurriría si luego de una compleja caminata histórica los trabajadores y el pueblo salieran de la pura resistencia y comenzaran la edificación de su hegemonía social?

“Pasa que las clases subordinadas, hasta ahora, se han limitado a demandar más escuelas, mayor cobertura. Nunca se discutió en profundidad la naturaleza de esa enseñanza. Salvo en un par de momentos en que los sectores más conservadores de la derecha política intentaron instaurar reformas regresivas. Una famosa ocurrió en 1916, antes de la elección de Irigoyen, cuando los conservadores plantearon abiertamente la reducción de años de escolaridad obligatoria, de 6 a 4 años. Y en 1968, durante la dictadura de Onganía, el ministro de Educación de la época retomó de alguna manera esa reforma, donde el acento estaría puesto en el aprendizaje de oficios al servicio franco del capital. Sin embargo, entonces Argentina y el mundo eran otros, existían relaciones de fuerzas sociales muy distintas a las actuales. Entonces el futuro era nuestro. En plena dictadura, el pueblo se movilizó y los de arriba tuvieron que derogar la reforma.”   

LOS MITOS

-A raíz del enorme movimiento estudiantil de Chile, tanto el 2006 como el año pasado, muchos miraron a Argentina como un ejemplo de educación pública, entre otras cosas porque sin prueba de admisión a la universidad los problemas parecían solucionados…

“Esa supuesta democratización de la universidad pública argentina es perversa. El sistema de libre ingreso oculta su perversión, aun más que la gratuidad. Pero siempre terminamos en lo mismo. Los que tuvieron escolaridad pobre reproducen esa condición al interior de la universidad. Este es otro tema tabú en Argentina. Si una plantea que el libre ingreso no es democratizador en la realidad, te devoran. Objetivamente, en nuestros días ha disminuido el número de aspirantes que buscan ingresar al conjunto del sistema universitario. Es trágico, porque hasta los propios jóvenes son conscientes de que en las condiciones en que se escolarizaron no van a lograr  terminar una carrera universitaria. Uno puede preguntarse si hay que volver a un ingreso selectivo. La respuesta es NO. La solución está en fortalecer la enseñanza básica, primaria y secundaria, como para que quienes deseen ingresar al nivel superior estén, efectivamente, preparados para hacerlo.”

-¿Y la educación como medio de movilidad social?

“Históricamente fue así. Pero porque entonces, en general, existía movilidad social. Hoy ya no.  Eric Hobsbawm señala que hacia el final del siglo XX surge por vez primera una generación que tiene claro que no sólo no podrá superar la calidad de vida de sus padres, sino que sufrirán su empeoramiento. El neoconservadurismo –que muchos llaman neoliberalismo- logró establecer una estructura social donde cada quien tiene un sitio asignado, como una sociedad estamental sin movilidad social alguna. En Argentina, hasta antes del golpe de 1976, existía movilidad social.”

“LOS JÓVENES SERÁN LOS PROTAGONISTAS”

-¿Cuáles son las personalidades que reivindica como abrevaderos que han alentado su trabajo?

“Fidel Castro, más allá de algunas diferencias que una pueda tener con él. Fidel ha sido el gran pedagogo del siglo XX. Un hombre que consiguió educar a su pueblo de un modo incomparable. Algunos discursos de Fidel han valido más que muchos volúmenes escritos por científicos sociales y políticos. Admiro a aquellos maestros que pusieron lo mejor de sí en tantos lugares inhóspitos y solitarios. Hablo de viejos amigos que a una la fueron moldeando.”

-¿Qué importancia cobra la lucha de las clases empobrecidas a la hora de transformar el panorama predominante?

“Es la única salida. No hay otra. Sin vanguardismos políticos, pero sí con una conducción muy bien formada. De lo contrario, acabaremos una vez más protestando en la plaza pública y nada más. Honestamente considero que nos hace falta una generación que no esté manchada por el sectarismo político. La alternativa política vendrá de la mano con la superación histórica del pasado. Y los jóvenes serán los protagonistas.”

Marzo 27 de 2012